Tu voz entre otras mil

Tu voz entre otras mil

Pese a que se estrenó el 15 de mayo, no fue hasta hace un par de semanas cuando por fin pude ver el documental sobre Antonio Vega, aprovechando su salida en dvd. Debido a su tortuoso proceso de producción, del que hablaremos luego, me desenganché de su finalización y de su estreno en los cines madrileños, en parte porque apenas voy al cine, y en parte porque la sesión a la que pronto se vio abocado (la sesión golfa) nunca ha ido conmigo. Señores: ME QUEDO DORMIDO EN LAS PELÍCULAS QUE EMPIEZAN A LAS DOCE Y MEDIA DE LA NOCHE. No hay más.

El documental, por resumirlo de forma sencilla a la vez que aplastante, se centra en el músico y compositor pop más conocido de España. Pero hay otra cosa que resaltar sobre ese músico: además del más conocido, también fue el mejor. Y seguramente el más consentido, o el más sobrevalorado y a la vez infravalorado, y sobre el que más se ha escrito, y mentido, y al final, ni todas las voces de los que le conocieron unidas a las del propio creador para descubrir su verdadero perfil son capaces de resumir su verdadera identidad mejor que las siguientes frases: “Lucha de gigantes”. “Chica de ayer”. “Desordenada habitación”. “El sitio de mi recreo”. “Una décima de segundo”. Estamos hablando, acaso, de un hombre que ha colado por lo menos cinco canciones entre las diez mejores de la historia del pop español. Y quizá diez entre las veinte mejores. La mejor (“Lucha de gigantes”) es suya. La más emblemática (“Chica de ayer”), también. Es, por tanto, un documento excelente este de Paloma Concejero, porque es, por encima de todas las cosas, un retrato muy, muy trabajado, sobre el mejor.

En su concepto, es Antonio Vega: Tu voz entre otras mil un retrato riguroso, íntimo y certero de un “poeta que quiso ser astronauta”, de un chaval inquieto, con un cociente intelectual similar al de Einstein, que empezó a rasguear la guitarra pronto, que compuso una canción enorme pronto, que estuvo metido en jaleos pronto y que a partir de entonces, de una forma incomprensible para el neófito, decidió mantener su figura en la penumbra.

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Sí, sí, también era drogadicto. Podemos disfrazarlo o matizarlo como queramos. “Maldito”. “Esquivo”. “Introvertido”. O como eligieron los que le hicieron aquel homenaje en forma de disco de tributo no póstumo y que a Antonio tanto le disgustó: “Ese chico triste y solitario”. Porque del documental se desprende, y sus seguidores ya lo sabían, que ni era triste ni estaba solo. Pero sí, le pegaba duro. Y el documental, ¿qué hace con esto? ¿Lo explota? ¿Informa demasiado sobre ello? ¿SE CENTRA en ello? Pues, tal vez, un poco de todo. Desde luego, no lo trata de refilón, como alguien sin duda más timorato y moralista hubiese hecho. Tampoco lo soslaya, y sobran un par de imágenes, que aunque Concejero las considere espontáneas y frescas, propias del azar, son TAN evidentes que bien pudiera haberlas eliminado del montaje final. Caballos en el monte. ¡Caballos en el monte en un documental sobre un tipo adicto a la heroína!

Tampoco es que el documental hable de jaco, jamaro, yetos, etc. Pero tampoco necesitábamos a un sin dientes tocando “Brown Sugar” en el Retiro con una guitarra clásica desafinada (cosa que no aparece, pero poco le falta, al respecto del tema de la droga). El documental no enseña nada nuevo. Aporta, eso sí, detalles curiosos (y, debo decir, escabrosos) para el seguidor más morrallero: Antonio empezó a fumar base y se volvió loco, ¡y desarmó un amplificador igual que Camarón desarmaba televisores! ¿Es eso cosa de drogadictos endemoniados? Qué detalle más curioso. También hay relatos crudos, secos, muy reales: su mujer, Teresa Lloret, y su “instinto de supervivencia”, es un personaje clave en el documental, y por lo demás, absolutamente relevante y potente. Da gusto verla, reconstruida, rehecha, aunque conserve algunos tics. Su discurso es coherente y se nota que se quisieron y se respetaron. Bien por Antonio: hizo muchas elecciones discutibles en su vida, pero también eligió bien a su primera mujer. Y también a la segunda. Pero ya llegaremos ahí.

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El tema de la droga, créanme, da para otro párrafo más. No es que debamos evitar hablar sobre ello. Tampoco hay que excederse. Lo que más me gusta a este respecto del documental es que no es ni moralista, ni pedante, ni pretende ser un tratado maniqueo sobre lo que está bien y lo que está mal. Muestra, enseña y trata la cuestión, sin poner ni quitar. Lo cual (casi) siempre es bueno. Y en este punto aparece el asunto del cretino que explica el primer escarceo de Antonio con la heroína, y la hermana del cretino, a la que también se le paró el reloj en 1981 pero que al menos presenta un discurso algo más coherente, y apunta con el dedo a una señora que en los 80 cantaba en un grupo super molón de la movida pero que ahora bien podría emitir resoluciones sobre invalidez en el Instituto Nacional de la Seguridad Social, con su maquillaje y sus modales de funcionaria bien educada, aunque altiva.

Es aquí cuando me erguí en el sillón y empecé a ver la enorme labor de Concejero en la búsqueda de personajes, situaciones, testimonios, etc. Los documentales dependen fundamentalmente de dos cosas: una es la labor de investigación y documentación previa, y otra, casi tan importante como la primera, es que, mientras son rodados, quienes lo producen tengan suerte; que, de pronto, pase algo inesperado ante la cámara. Al no ser una película de ficción, y al ser los personajes seres reales, y no actores, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva, un documental puede tener la inmensa suerte de contar con un punto de inflexión. Una aparición inesperada, un personaje con carisma, una situación disparatada, una contradicción, una inconsistencia pueden modificarlo y hacerlo crecer, y en el mejor de los casos elevarlo y que coja unos vuelos que sin el suceso inesperado no tendría.

Aquí estamos repasando al Antonio niño, y tenemos varios personajes clave en su vida: su madre, que ha sufrido bastante la pobre mujer, pero que habla y se desenvuelve bien y tiene ciertos dejes en la dicción que hacen que su discurso resulte agradable y sentido, que te lo creas, que inmediatamente empatices con ella; un hermano de Antonio, Carlos, enigmático y con cierto parecido al compositor; las hermanas que quedan vivas de Antonio (murió una hermana y también un hermano antes que él), simpáticas y bienintencionadas. Y tenemos las grabaciones del padre de Antonio, que era un médico obsesionado con recoger todas las vivencias familiares con una cámara Súper 8. Y lo que pienso sobre ello es que ese señor seguramente estaba más ocupado organizando todo ese cotarro que prestando atención a cada uno de sus (glups) ¡seis! hijos. ¿Seis hijos hoy en día? ¿Cómo les dedicas tiempo a los seis, si encima eres médico y cineasta frustrado? Tenemos, por tanto, la gran familia feliz con el hijo, digamos, inquieto. Y el hijo toca la guitarra, y el hijo hace la mili, y compone un tema, y queremos saber quién es ella, la chica que conoció ayer, y luego se muere Canito, y se monta un grupo, y… ¡bum! Aparece un auténtico lunático en pantalla, y de pronto el documental se transforma. Dentro el asunto de la droga. Y ahí ves que, incluso para probarla, Antonio era un chico educado, tímido, de familia adinerada, pero al que le gustaba el precipicio, y en más de un sentido. Les ha pasado a tantos…

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Curiosamente, ahí es cuando llegan su canción más conocida y también sus mejores discos con Nacha Pop, Buena Disposición (1982), Más números, otras letras (1984) y el EP Magia y precisión (1984). Es ahí cuando llegan los personajes entrañables, los inteligentes protagonistas musicales del film. La gente que construyó y sostuvo junto a Antonio un grupo mítico, arrogante, con calidad (más que ninguno de los de su época), un grupo difícil, que no aceptaba las reglas de Los 40 Principales, una banda inmensa, irregular en su ejecución y precisa en el empuje, que tocó con los Ramones, y que conforma una de las carreras más emocionantes e intensas de la década de los 80 en España. Y esos personajes, en su mayoría rebosantes de lucidez, son Nacho García Vega, Carlos Brooking, Ñete, Jaime Conde y Marco Rosa, así como Carlos Narea, productor de la época y también del primer disco en solitario de Antonio Vega No me iré mañana (1990). Ahí se empieza a desgranar, de forma cronológica aunque no demasiado exhaustiva, el momento de madurez y grandeza expansiva de Antonio Vega. Un momento, por cierto, que acaba con los dos discos de Nacha Pop más vendedores –El Momento (1987) y el directo Nacha Pop 80/80 (1988) – y que no obstante conducen a una de las claves de la vida de Antonio Vega, otra de las aportaciones fundamentales del documental: Antonio Vega vivió, de forma compulsiva, sumido en la enorme frustración de no ser trascendente comercialmente.

Este hecho, que choca frontalmente con el haber compuesto algunas de las mejores canciones de la historia del pop español (incluso debería decir del pop, y punto), le consumió, le hizo aun más esquivo, y seguramente al tiempo altivo e independiente. Porque es casi indescifrable, un hecho inaudito, que un señor que compone “Chica de ayer” o “Lucha de gigantes” no goce de la repercusión comercial de otros contemporáneos (los del todo vale, los poetas que publican hasta lo que escriben en papel de váter, los de las mansiones en Miami, los triunfitos, etc.). Y esto, que tengo que reconocer que siempre pensé que a Antonio no le importaba, constituye uno de los vértices de su existencia y, por ende, de este magnífico documental.

Siempre tuve la impresión de que Antonio era uno de esos músicos auténticos a los que no les importa lo más mínimo sonar en el Simago. Pero qué idiotez. Cualquier artista, y cuando digo cualquiera me refiero exactamente a TODOS LOS ARTISTAS, desea trascender, ser reconocido, cobrar una recompensa por su obra. ¿Quién no? ¿Van Gogh? ¿Alguno que pueda levantar el dedito? La verdad es que ni eso les resta autenticidad, ni todo el reconocimiento de la prensa puede encubrir el hecho definitivo de que una obra de arte está hecha para ser conocida. No quiero decir con esto que cualquier mamotreto merezca reconocimiento y dinero. Lo que quiero decir, y lo que viene a expresar el documental, es que mientras otros saboreaban las mieles del éxito facturando obras menores, Antonio, autor de una obra capital, tuvo que malvivir en épocas de su vida e incluso esperar sentado en un sofá a que la discográfica propietaria de su catálogo se dignase atenderle previamente a la publicación de su primera obra en solitario, el mencionado No me iré mañana (una obra excelente, viva, parida con una pulsión creadora irrefrenable y que contiene algunas de las piezas definitivas de su carrera). Y es aquí donde entra otro de los personajes clave del documental, Nacho Béjar,  guitarrista de la banda de Antonio, productor de uno de sus discos, y uno de sus mejores amigos durante más de una década. También se incorpora aquí al relato Basilio Martí, teclista y uno de los pocos amigos de Antonio que resistió los envites de su frustrante y a la vez extremadamente reconfortante amistad hasta el final.

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¿Por qué tantas contradicciones? ¿Por qué canciones tan buenas vendían tan poco? ¿Por qué un tipo con un cociente intelectual tan elevado malgastaba su vida y su talento con las drogas? ¿Por qué era un amigo tan peculiar? ¿Por qué alternaba actuaciones mágicas con otras insultantes? Aquí llega la lidia, damas y caballeros. Y es que a Antonio Vega, en uno de los símiles más espeluznantes y poco atinados que ha creado la crítica artística, se le conoció durante una época como “el Curro Romero del pop español”.

Vamos a desgranar eso. ¿Hasta dónde llegan las similitudes? Pues en que alternaban grandes actuaciones con sonoros fiascos. Fin de la cuestión. Ni siquiera ambos eran andaluces (Romero de Camas, Antonio madrileño), ni utilizaban ambos instrumental de inferior tamaño al de sus homólogos (Curro llevaba un capote pequeño, Vega desmontaba amplificadores carísimos y no los volvía a armar), y mientras el matador sevillano era temeroso hasta la exageración, Antonio era compulsivo, perfeccionista, aventurero, temerario, y físicamente empezó con el kárate y el alpinismo, mientras que Curro Romero lo único que hizo fue engordar con los años. ¿En qué se parecían? ¿En que ambos tenían “duende”? Vamos, el duende se aplica al flamenco, y como mucho, al boxeo de Arturo Gatti. Sí, Antonio tenía duende, demonios, ¡claro que lo tenía! Pero las cosas que le he visto hacer a Curro Romero en una plaza de toros (huir descaradamente del toro, torear a mil kilómetros de distancia del animal, dejar vendidos a compañeros en lugar de ir al quite, entrar a matar degollando al bicho) JAMÁS se las he visto a Antonio. Ni siquiera la deslavazada y caótica actuación que el documental presenta, perteneciente a la gira de Anatomía de una ola (1998) puede tildarse de cobarde.

Antonio nunca fue un cobarde. Pero, en realidad, el mejor retrato de Antonio a este respecto puede encontrarse en el fabuloso libro de Alex Fernández De Castro sobre Nacha Pop, llamado “Magia y precisión”, que ofrece un relato mucho más expansivo y concienzudo sobre la carrera del grupo (cosa lógica, al tratarse de un libro que rebasa ampliamente las trescientas y pico páginas), en el que se relata un momento sobrecogedor que describe perfectamente quién era Antonio Vega sobre un escenario: en la gira de El momento, durante uno de sus soliloquios, alguien del público le chilla “¡Cuentista!” Y Antonio salta, indignado, “¡Eso no, jamás!” Podemos llamarle de todo, desde niño mimado del rock español hasta inconsistente, golfo o cosas peores. Pero cuentista no. Ni cobarde. Permítanme que insista: cobarde, jamás. Y Curro Romero no sé si era un cobarde, pero sí sé, porque lo he visto cien veces, que tenía más miedo que Carracuca.

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¿De qué tenía miedo Antonio? Pues, por lo visto y leído, y sobre todo por lo escuchado en su obra, tenía miedo sobre todo de una cosa: de la inmensidad, donde nadie oía su voz.

Por lo demás, imagino que tenía miedo de los lugares comunes del ser humano: el dolor, la soledad, la muerte. Pero yo creo que Antonio temía más que nada esa soledad, esa incomprensión, ese sofá en el que le hacían esperar, esa negativa de la discográfica, la incertidumbre, la ansiedad, las deudas, los sinsabores de ser un grande que no tiene donde caerse muerto. Sus mudanzas, sus laberintos emocionales, sus amigos yendo y viniendo… era él, en realidad, quien iba y venía. Alguien que filosofaba, atento y cariñoso, lúcido hasta el extremo, que de pronto desaparecía o se volvía egoísta, paranoico y voraz.

En cuanto a datos (datos sobre su adicción, sobre su sonido, sobre vivencias, sobre conciertos, amigos, familia, detalles, física, química y astronomía) el documental es completísimo. La preproducción ha sido brutal. En parte, por cómo se hizo este documental: durante años, sin ninguna ayuda financiera. Obtuvo, según el documento que la productora facilitó en internet, “buenas palabras, ninguna respuesta”. Tampoco se sometió “el acabado final a las exigencias impuestas por posibles coproductores”. Productora pequeña, independiente, arrogante como lo eran Nacha. Bien por ellos. Querían “el control sobre el acabado de la cinta más allá de criterios comerciales que comprometerían su calidad y acortarían su metraje”. Fundamental, a mi juicio. El tercer problema de la preproducción surge del propio retrato: investigar la vida de Antonio Vega duró tres años, en los cuales fueron surgiendo ramificaciones, hechos inéditos, nuevas búsquedas, nuevos cajones que abrir. Su “caótica y fascinante existencia” provocaba nuevos retrasos, y como consecuencia, más gastos. De pronto, la directora y su equipo deciden replantear la película y, después de un primer montaje, lanzarse a una segunda versión en la que siguen trabajando, dedicada a quienes ayudaron a finalizar el documental, una serie de “mecenas”, que aportaron dinero para el proyecto a través del conocido sistema de crowdfunding, que cabría resumir en la frase “cuando los mamones de la industria pasan de tu cara, busca gente solidaria y comprometida que te pague el proyecto, y dales algo jugoso a cambio de que te echen una mano”. Así, la gente “deseosa de recibir para compartir y reciclar”, aportaron el dinero que faltaba, y para ellos habrá una segunda edición del documental, o mejor dicho, un montaje de “otra película” basada en material inédito y que se quedó fuera del documental original, y que presumiblemente lleva por título “Persiguiendo sombras”.

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Y es esa colaboración solidaria de los fans la que termina la película: ayuda a finalizar el montaje, paga el archivo de imágenes de televisión, así como los procesos finales de la postproducción: (conformado, etalonaje, restauración de sonido de cintas de cassette con la voz de Antonio Vega contando su vida a Bosco Ussía), así como las mezclas y codificación del material para la proyección en salas digitales. La cantidad que se pidió a los fans no cubría el resto de gastos, pero fue “el empujón definitivo”. Así, uno de los mayores tesoros de Antonio Vega (su público incondicional, el que le perdonaba todo como los seguidores de Curro Romero a su ídolo), desvela el resto de tesoros, los que el documental muestra en su viaje sin retorno desde el niño acelerado hasta el que llegó, de forma imprevista, a la cincuentena, componiendo y girando, con su banda, protagonizando idas y venidas, retornos, quedadas, grandezas, desconciertos.

En cuanto a la música, resulta importante aclarar algo al neófito. Porque este documental, o mejor dicho, su banda sonora, no se entiende si no se conoce un poco a Antonio Vega. Hay dos cosas que resaltar a este respecto: pese a su labor cronológica, su evolución musical no queda suficientemente explicada. Y, en conexión con esto, lo que sucede con la banda sonora es que está fundamentalmente basada en tomas alternativas e inéditas de sus mejores canciones, lo cual es un regalo para los fans, un tesoro para quienes le seguimos, pero que puede resultar difícil de asimilar para alguien que no le conozca. Las versiones de su cancionero que recoge el documental son asombrosas, pero sobre todo para un fan. Porque la fragilidad, el tormento, incluso los desafines, son aun más evidentes en esas tomas alternativas que en las mezclas publicadas. Antonio canta y se esconde, canta y se emborracha, toca la guitarra y mete gambazos, Antonio se levanta, se cae, se vuelve a levantar… la historia de su vida, para quienes le conocieron. Pero ¿y los que no? ¿Acaso no se pueden llevar la imagen, con el documental en la mano y escuchando algunas de las versiones que ofrece, de que este tío era un cachondo que se permitía desafinar en un recital porque, sencillamente, todo le importaba un carajo con tal de tener su dosis y sus maquetas de tren y sus filosofadas y su telescopio?

Me preocupa que el documental no logre transmitir, para alguien recién introducido en su música, la grandeza de su material oficial. Porque, dejando a un lado la lista de las intocables, incluso el segundo estante de la discografía de Vega (representado por canciones como “Cada uno su razón”, “Lo que tú y yo sabemos”, “Tesoros”, “Persiguiendo sombras”, “Esperando nada”, “Se dejaba llevar por ti”, “Háblame a los ojos”, “A trabajos forzados” o “Atrás”) sigue siendo mejor que la primera línea del frente del pop español. Incluso lo que vendría a ser un disco de descartes del disco de MEJORES CANCIONES (que no es lo mismo que un GRANDES ÉXITOS, porque por lo visto Antonio sólo tuvo uno, la “Chica de ayer”), incluiría “Alta tensión”, “A medio camino”, “Para bien y para mal”, “Seda y hierro”, “Elixir de juventud”, “Ahora sé que mis amigos”, “Puertas abiertas”, “Agua de río”, “Anatomía de una ola”, “Angel de orión”, y otras muchas que siguen estando por encima de la gran mayoría del material publicado entre 1980 y 2009 en nuestro país. Espero equivocarme y que esas piezas inéditas, alternativas, que suenan en el documental sirvan como ejemplo de su espasmódica genialidad. No se me ocurre una forma más pretenciosa y satisfactoria de describir su legado musical. Una genialidad que provoca espasmos, sí.

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Tu voz entre otras mil es en realidad muchas cosas. La primera de ellas, un merecido homenaje. Paloma Concejero, y se nota, es fan de Antonio Vega. Esto es lo primero, lo esencial. Alguien imparcial no podría haber hecho un relato tan dotado. Al final, y coincidiendo con el estreno, parece ser que la familia de Antonio se enfadó, al ver el montaje final que iría a parar a los cines. Que se centraba demasiado en lo escabroso, decían. En parte, les entiendo. O por lo menos, lo respeto. Pero ellos fueron quienes abrieron la puerta a la directora, que se metió en ello como un torrente, dispuesta a completar su tributo con honestidad, sin tapujos, de una forma sincera y directa. Y lo consigue. Repito, quitando dos o tres imágenes oníricas, lo consigue de veras. Estamos delante de una obra que, para un seguidor histérico de Antonio Vega como yo, roza la perfección.

Seguidor histérico, que no ciego. Y por eso me gustan las intervenciones de su mujer y de muchos amigos y conocidos, que no hablan del mito, sino también del hombre. Del hombre egoísta e imperfecto, del tipo esquivo, huidizo, sardónico, ratilla, pícaro, extremadamente sagaz y ensimismado. Y me gusta la definición de la obra que hace la propia productora, que no va a tirar piedras contra su propio tejado, pero que lo define certeramente y sin modestia, porque no hace falta: “Lejos del tratamiento hagiográfico y conductista que suele atribuírsele a una amplia producción del subgénero del documental musical, en parte concentrado en dar cuenta de la vida de algún artista clave para un determinado imaginario, Antonio Vega: Tu voz entre otras mil logra ofrecer un retrato poliédrico, singular y no autocomplaciente del músico madrileño. Coincidiendo casi su estreno con el quinto aniversario de su fallecimiento (el 12 de mayo de 2009), Paloma Concejero […] no solo documenta la trayectoria seguida por Vega hasta cumplir su sueño profesional […] El filme es, sobre todo, la reconstrucción de un perfil íntimo del artista a partir de testimonios de sus allegados (y sus diferentes perspectivas) y de valioso material de archivo privado, e inédito, donde el espectador podrá conocer sus intereses más allá de la música, sus principales obsesiones y angustias, su carácter y la alteración del mismo una vez cayó preso de la heroína”. Y eso es, exactamente, lo que el documental ofrece. Muchas versiones, sin voz en off (gracias, Paloma, por no contratar a un tipo con voz de Ramón Langa contándonos lo que ya estamos viendo), y la propia voz de Antonio desvelando aspectos de su persona que nunca habíamos escuchado. Otro libro, en esta ocasión menos fantástico aunque igualmente esencial para conocer su figura, es el que publicó Bosco Ussía (en un formato ilegible, un mamotreto anchísimo y con un peso de una tonelada) tras pasar cuatro años con su grabadora al lado de Antonio en la época que va desde la publicación De un lugar perdido (2001) hasta la salida de 3.000 noches con Marga (2005). Ahí, en esas cintas, en ese libro monstruoso, el músico fue desgranando impresiones, momentos de su biografía, frustraciones, nostalgias, recuerdos y deseos que el documental recoge de su (no demasiado) viva voz, tal como surgieron, aunque vienen a probar que Ussía fue fiel a las cintas (sí, lo he comparado, soy así de freak, y en las cintas Antonio dice lo mismo que Ussía recoge en su libro). Lo único que el libro de Bosco tiene y el documental no, y es una pena, es el momento en que Antonio Vega muere. El cómo muere. Aunque en el documental nos emociona su madre, contando las últimas palabras que Antonio le dedicó, tumbado en la cama del hospital de la que ya no se levantaría más: “Mamá, te quiero mucho”.

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Los testimonios de su entorno más cercano (su madre y sus hermanos, su ex mujer) son certeros, emotivos. Los de su otra familia (su banda y un reducidísimo grupo de amigos), así como los de los antiguos miembros de Nacha Pop y otros nombres por él respetados, muestran la imagen completa de Antonio. El retrato fiel. Y aparece el músico, y sale a relucir el frustrado, el pícaro y el auténtico, el insobornable Antonio Vega. Que era mucho más que un chico triste, solitario y atormentado. Ese fue el error de la prensa, pero no por ser un retrato incierto (que también) sino porque provocó la sobrerreacción de sus fans, tan poco dados a la ironía sobre este tema. Era Antonio quien ironizaba, en privado, sobre las chorradas y los desagradables presagios que se vertían sobre él. Es un documental sobre su figura coral, con fotos, filmaciones y entrevistas inéditas, manuscritos y dibujos, lugares que marcaron su vida e inspiraron sus canciones, y secuencias metafóricas, a modo de clip, “fieles a su espíritu ensoñador” según la productora. Un documental que cada uno (si supiera, si pudiera) lo hubiera hecho a su manera, y yo hubiese sustituido las imágenes metafóricas por más imágenes de conciertos o de los estudios de grabación, o por más entrevistas con Nacho García Vega, uno de los grandes damnificados del documental, si puede decirse así.

Siempre me cayó bien Nacho, me gustaba su insolencia y su arrogancia, y algunas canciones suyas, quizás impulsadas por el enorme nivel de su primo Antonio, forman parte de lo mejor del catálogo de Nacha y por tanto de lo mejor de los 80 en España (“Nadie puede parar”, “Visiones”, “No necesitas más”, “Buque que no llega”, “Pagas caro mi humor”, “Asustado estoy”), aunque también tiene un buen número de piezas de lo más hortera de bolera que se ha compuesto en este país, pero siempre con valentía y con descaro. Creo que su importancia en la primera parte de la carrera de Antonio (a juzgar por el libro de Fernández de Castro) daba para una mayor participación en el documental. Más espacio. Más voz. Habría que preguntarle a la directora por su escasa presencia, o quizás haya que despacharlo con un tópico propio de un periodista sensacionalista: si no se llevaban demasiado bien, ¿para qué vamos a darle espacio a una voz crítica? Ah, pero… ¿no estábamos ante un documental coral y un retrato verdadero? Creo que Nacho tenía algo más que decir. Me gustaría preguntarle a él su opinión sobre el documental.

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Musicalmente, de nuevo, hay que decir que la última parte de su carrera está recogida con pinzas. Falta algo de información sobre Océano de sol (1994), un buen disco muy mal producido, y que le granjeó a Antonio problemas con el miembro de Roxy Music, Phil Manzanera, y sobre el que se podría haber hablado más. Aparece sin embargo Joan Bibiloni, productor de Anatomía de una ola, y el documental es poderoso también aquí, porque, como las buenas películas, hace que mis sentimientos sobre un personaje oscilen a lo largo del metraje: Bibiloni, al principio, me cae bastante mal, pero luego cuenta algo de una forma que hace que le gane respeto. En cuanto a las otras ausencias, no hay nada sobre las colaboraciones de Antonio, algunas de las cuales dieron lugar al recomendable Escapadas (2004), y me hubiera gustado saber más de su amistad con Antonio Flores, qué opina Serrat de su sensacional versión de “Romance de Curro el Palmo”, o los Hombres G de cómo Antonio les patea el culo con su rendición de “La carretera”, convirtiendo una tonadilla popera en un clásico sobre “cómo es estar de gira”. O “Agárrate a mí María”, de los Secretos, en la cual, aunque parezca increíble, Antonio logra parecer aun más desvalido que Enrique Urquijo. Que ya es decir.

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“Mis canciones dicen a gritos todo lo que la gente quiere saber de mí”, decía Antonio. No lo sé, porque era tradición entre sus seguidores escrutar sus textos, creer que sabíamos, descifrar lo que nos quería decir Antonio en sus canciones. Pero a lo mejor, muchas eran literales, y otras simples ensoñaciones, ficciones, retratos bucólicos, y sus letras eran una parte de nuestras vivencias pero sólo porque nosotros lo creíamos así. Antonio no nos contaba su vida; nos cantaba la nuestra. Y dejó nuestra vida un poco medias, porque dejó a medias sus libros de relatos, sus ensayos, sus dibujos, su gira de teatros, su último disco (el bienintencionado y sin embargo terriblemente irregular 3.000 noches con Marga), su retorno con Nacha en 2008 (por favor, que alguien remasterice ya Gira Reiniciando 88/08, porque no hay un disco en la historia del rock que suene tan bajito), su propia existencia se quedó a medias, y así nos dejó, a medias con la nuestra.

Y si sus discos son su obra, el testimonio definitivo sobre su figura lo tenemos gracias a Paloma Concejero. La edición del dvd, bastante cuidada, incluye una bonita entrevista con ella en la plaza del Dos de Mayo. Parece una de esas chicas interesantes que toda la vida se han podido ver y conocer en Malasaña, chicas soñadoras, complejas, bonitas y con un punto de seriedad y otro de tormento. Pero alguien que sabe explicarse, con ideas propias, alguien que no se ha dejado impresionar por el ingente material y lo ha logrado acabar. Quizás algo cansada, pero con sencillez, logra trasladar la excitación y los escalofríos que sintió mientras daba forma al proyecto. Cansada de un camino tal vez demasiado largo, pero descansada tras redondearlo, transmite con suavidad todo lo que significó trabajar tantos años con la documentación, la voz y los cuentos de Antonio Vega. Un endemoniado y frágil luchador contra gigantes que a veces sentía que este mundo se le quedaba pequeño, retratado en este fabuloso documental de forma respetuosa, quizás incompleta para abarcar al músico, pero suficiente para retratar al creador en su complejidad y en su grandeza. Incluso logra sacar partes desconocidas de Antonio, algunas negativas como su frustración ante el ostracismo pero también positivas, como ese gesto solidario cuando reconoce sentirse abatido por lo poco que cuida a los demás, por lo poco que hace por los demás, al no rehacerse nunca del todo de sus adicciones, descuidar a sus amigos, a sus mujeres, y no ser capaz de hacer algo tan necesario, tan natural, como ir al hospital a visitar a su novia enferma.

Es en esta última parte, la de su relación con Marga (una mujer fina, educada y elegante que el documental sugiere que fue arrastrada al consumo por Antonio, cosa que muy probablemente sucediese, porque esas cosas son así), con la aparición de la madre de ella y del resto de personajes que le rodearon en sus últimos días, donde queda el sabor amargo de pensar en qué hubiese sido de un chico como él de no haberse abandonado de una forma tan radical y desacomplejada a sus adicciones. “No soy nada sin la gente que me rodea. La mejor manera de mirar hacia adentro es verme reflejado en ellos”, le dijo un día Vega a Concejero. Familia, músicos y amigos son fieles a la memoria de Antonio de una manera tan inquebrantable “como arraigado el deseo”, dice la directora, “de que se destruya el mito, se rompa la leyenda confusa y oscura que a menudo le acompañó, tan a su pesar, hasta la muerte. Y en ese tono íntimo de confidencia, guiados por las palabras de Antonio, les escucharemos a todos, veremos sus caras, los lugares que amó, los objetos que estimularon su imaginación y le inspiraron. Visitaremos la parte más desconocida de su ser hasta llegar al lugar en el que confluyen todas las claves: su infancia y adolescencia. Y es allí donde descubriremos el valor que para él tenía lo onírico o su profundo amor por el cosmos y sus secretos. Observaremos de la mano de la madre a aquel pequeño mirando por el ojo de la cerradura las clases de guitarra que tomaban sus hermanos. […] El objetivo de nuestra cámara será la cerradura por la que espiar y la llave para abrir esa puerta misteriosa […]”

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Siempre se nos había presentado a un Antonio Vega ensimismado, misterioso, onírico. Y él siempre hizo promoción de sus discos repitiendo lo mismo: estoy limpio. Y los demás, gente que a su muerte escribió sobre él, como el señor Jose Mª Sanz, lo consideraban sobrevalorado, por sus adicciones y maldiciones y el hecho de que en este país, si eres yonqui, vales más que los demás (¿está usted seguro, Sr. Sanz?) Después, a la muerte, llegan los parabienes. Pero, en realidad, no ha sido hasta este documental cuando por fin hemos abierto del todo el abanico para, gracias a este admirable trabajo, obtener un retrato muy potente sobre todo lo que rodeaba al músico, y lo más importante, sobre la persona que había detrás del genio. Un chico que daba problemas ya desde el vientre de su madre, amigo de sus amigos, divertido y locuaz cuando quería, que componía grandes canciones. Las mejores. Y también lo demás, la droga y los fantasmas, y las noches sin dormir. Sí, se podían haber quitado las imágenes de los caballos. Pero no hubiera sido lo mismo. Esta es la obra de otra grande, Paloma Concejero. Y yo sólo puedo sentir respeto y agradecimiento por lo que ha hecho.

por Manuel López Sacristán


Antonio vega tu voz entre otras milAntonio Vega. Tu voz entre otras mil
Directora: Paloma Concejero
Fotografía: Juan Carlos Concejero
Karma Films
España, 2013
124 min

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Revista Factor Crítico
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