Cuando fuimos dos: La definición de la pareja

por Miguel Carreira

La definición de las relaciones sentimentales es seguramente un tema mucho más rico de lo que se pueda intuir en la mayor parte de las ficciones, tanto por el volumen de textos que se le dedican como por la profundidad de los mismos. La ficción actual, en concreto, tiene una acusadísima tendencia al solipsismo y/o al egotismo, que la ha hecho muy descuidada sobre esta cuestión en particular.

Atención: aquí estamos hablando de las relaciones sentimentales. También podríamos estar hablando —de hecho estaría muy bien, pero hoy no toca— de las relaciones en general, de relaciones más amplias o directamente, de formas de relación diferentes, como puedan ser la amistad, la familia, la sociedad, el estado-nación, la UE o las comunidades de vecinos. Pero no, aquí estamos hablando de relaciones sentimentales. Más atención: tampoco estamos hablando de elementos que influyen en las relaciones o de las pasiones que afectan al individuo en su trato con las entidades a las que pertenece. Dichas pasiones (algunos ejemplos serían amor, celos, cariño, opresión, envidia, dolor, alegría, hambre) son inevitables al hablar de las relaciones, pero son temas que sí se tratan profusamente en la ficción. Aquí nos referimos a la relación, o más bien a la definición de la relación sentimental, entendiendo ésta como el pacto que se asume entre los individuos que participan de la misma.

Tradicionalmente las relaciones sentimentales se definen en la sociedad occidental como una pareja de individuos que establecen un pacto de convivencia, el cual implica una serie de acuerdos. Como en cualquier acuerdo, sea entre individuos o entidades, un pacto implica ciertas limitaciones en la libertad que no dejan de ser limitaciones de la voluntad de cada uno de los individuos, limitaciones que los participantes conceden a cambio de lo que consideran un bien mayor. Es decir, cada uno de los miembros de la relación renuncia a una parte de su libertad que, en cierto sentido, queda depositada en el otro. Una de las manifestaciones más notorias de esta renuncia de libertad es la monogamia —que es la forma de ordenación sexual más extendida en la sociedad occidental—, pero no la única. En la monogamia ambos individuos renuncian a su libertad sexual a cambio de la libertad sexual de su pareja, pero lo mismo sucede, con la libertad de movimiento. La pareja tradicional entiende la pareja como individuos que cohabitan un espacio. No en vano, una de las primeras causas aducibles de divorcio ha sido y es el abandono del hogar conyugal.

factor-criticio-cuando-fuimos-dos-imagen-1Cuando fuimos dos es la historia de una pareja que se cuenta a partir de su derrumbe. Los protagonistas son Eloy (Felipe Andrés) y César (Dorian Sojo). Desde el hogar que una vez compartieron como pareja relatan al público la historia de su relación. Eloy y César son individuos muy diferentes. Tanto que el mayor problema de la obra puede ser para el espectador asumir el hecho de que estas dos personalidades hayan decidido unirse como pareja. Ante esta reticencia, la obra se justifica con la atracción sexual y la simpatía de los personajes que, en sus mejores momentos, poseen una efervescencia comunicativa en la que mucho tiene que ver la solvencia de los actores protagonistas. Sin embargo hay una explicación más profunda. Diría incluso que hay una explicación real que dicha efervescencia no hace sino justificar a nivel diegético, y es que tanto Eloy como César son más arquetipos que personajes.

César es un individuo seguro de sí mismo. Frecuenta los gimnasios, es fuerte, arrogante, simpático, incluso exhuberante y no duda en afirmar que se expresa a través del sexo, modalidad comunicativa en la que, según sabemos, se ha mostrado particularmente locuaz durante toda su existencia. ¿Puede ser el sexo una forma de expresión? Indudablemente, aunque es cierto que, a la hora de matizar conceptos complejos es un sistema mucho más limitado que las banderas de señales, el código morse o el lenguaje. Pero a César no le preocupan los matices. Entiende su existencia de una forma primaria, física: un cuerpo, un hombre.

Eloy es escritor. En realidad no sabemos muy bien lo que escribe ni cómo lo escribe. No tenemos acceso a ningún texto suyo. Sabemos que escribe novelas y que éstas tratan sobre relaciones. Sabemos que su primera novela ha sido densa, quizás presuntuosa, pero nada de eso nos dice demasiado. No importa. Eloy es alguien que se expresa a través de las palabras. Es más inseguro que César, lo suficiente como para que su definición como escritor tenga mucho que ver con el reconocimiento del público. Cuando se presenta a sí mismo como escritor, antes de haber publicado su primera novela, hace esa salvedad. Es escritor, pero aún no ha publicado. No es escritor completamente. No lo será hasta que haya sido reconocido socialmente como tal.

Hay un momento en el que Cuando fuimos dos parece que quiere llegar a convertirse en un quiasmo: el cruce entre las relaciones de los dos personajes y de dos formas de comunicarse —divididas aquí en comunicación tradicional-personal, y comunicación virtual-mecánica—. Si ésa fuese la vía a explorar, estaríamos ante una obra muy distinta, pero este camino se abandona (acertadamente) pronto. Aunque en los primeros minutos de la obra parece que van a tener mucha importancia los nuevos medios, redes sociales, etc., pronto nos damos cuenta de que la misma comunicación, en sentido lato, es sólo uno de los atributos de la pareja y de que el hecho de que los nuevos medios (redes sociales, mails, teléfonos móviles) entren una y otra vez en escena es sólo un síntoma de la reformulación que la pareja exige cuando se erige sobre un nuevo contexto.

La pregunta entonces parece obvia: ¿por qué hay que reformular la pareja? Porque la pareja, después de todo, es un pacto. Un pacto de difícil cumplimiento —no lo digo yo, ahí están la historia y los índices de divorcio[1]— que se vuelve todavía más complejo desde el momento en el que los términos de dicho pacto empiezan a no estar claros o las bases que lo fundamentan pierden solidez.

Las lineas maestras que definen la pareja han venido dados en la sociedad occidental por una serie de instituciones —esencialmente la Iglesia, la Ley, la sociedad— que dictaban y vigilaban el cumplimiento de los términos del pacto. El progresivo avance de la individualidad como derecho ha ido desplazando a estas instituciones del pacto de la pareja —que se considera del dominio privado—. Es decir, existe el sentimiento progresivamente generalizado de que una relación sentimental pertenece exclusivamente a la vida privada de los individuos —hay cierta candidez teórica en esta suposición si se toma en sentido estricto—, por lo que cualquier intrusión o vigilancia externa se considera una intromisión.

Ahora bien, si los términos de una relación no están dictados desde el exterior de la pareja, ésta tiene dos opciones: o bien establece un nuevo pacto de convivencia o bien opta por la suposición más o menos tácita de su acuerdo. Entre los dos extremos hay una gama de grises, que varía en función del nivel de explicitud de los términos.

Hay varios aciertos particularmente inteligentes en Cuando fuimos dos. Uno pasa por el hecho de que se trate de una pareja homosexual. Otro pasa por la forma de tratar el que sea una pareja homosexual. Aún hay algunos más, pero por ahora nos vamos a centrar en estos dos. Empezaremos por la última, porque, aunque acertada, también resulta menos productiva en términos de análisis.

Cuando fuimos dos trata el hecho de que sus protagonistas son homosexuales con el juicio suficiente como para no negar que ello incluye un elemento diferenciador respecto a una relación heterosexual, pero también con la capacidad de no convertir la afirmación de la diferencia en un escollo para el avance de la trama. Hay un momento en el que, a partir de una novela de Eloy (recordemos, uno de los protagonistas) se reflexiona sobre lo que implica la temática homosexual. Pretender que una obra con protagonistas homosexuales es «absolutamente equiparable» a una trama sobre una relación heterosexual puede ser bienintencionado —puede serlo, no estoy seguro de que lo sea—, pero no es hoy por hoy realista, si entendemos ese «absolutamente equiparable» como la negación del hecho de que los personajes no tengan su identidad sexual más presente de lo que estaría en una relación heterosexual.

La homosexualidad está en vías de normalización, pero pretender que está absolutamente normalizada es ilusorio. Todavía hoy aparecen famosos declarando en revistas y periódicos su homosexualidad. Todavía la homosexualidad es algo de lo que, se dice, se toma conciencia. Los homosexuales son gente que, se dice, salen del armario, es decir, gente que declara su condición sexual, un paso que nadie espera de individuos heterosexuales. Es más, si es usted un individuo heterosexual, le animo a que le explique a sus padres su condición y observe su reacción, para que pueda comprobar de qué estamos hablando.

Aspirar a que ese nivel de conciencia sobre la identidad sexual no tenga ningún peso sobre las relaciones posteriores de los homosexuales y sobre el grado de influencia de su identidad sexual en su personalidad y sus interacciones parece difícil en nuestra realidad social, pero la obra no se deja embarrar en ese asunto. Lo tiene en cuenta y lo usa como un matiz más de la relación, a sabiendas de que, por otra parte, la homosexualidad de los personajes sirve, como decíamos, para acentuar esa necesidad de formulación del concepto de pareja entre los protagonistas.

César y Eloy hablan mucho sobre cómo conciben su relación. Eloy es inseguro y entiende su posición en el mundo a través de las palabras. Busca darle un nombre a lo que hay alrededor de su vida, sustantivar para darle cuerpo a su forma de estar en el mundo. César es más físico. Su forma de existir está ligada a la libertad de su cuerpo, a la que no quiere renunciar, de ahí que nunca se haya involucrado en una relación sentimental.

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Para César «ser dos», como dice Eloy en algún momento, supone un sacrificio mayor, puesto que implica una renuncia a una parte notable de aquello que forma su identidad, y a lo que no está dispuesto a renunciar de todo. Los dos personajes están condenados a dialogar acerca de cómo entienden una relación en la que, en algún momento, se ven atrapados más por la inercia de la atracción o incluso por el amor que por el interés, la necesidad o el provecho de configurar ese amor como una relación.

Su homosexualidad subraya además el terreno quebradizo de su pacto. Puesto que la homosexualidad ha sido censurada durante años por las mismas instituciones que definían la forma de las relaciones, parece lógico que, con la licitación de las relaciones homosexuales, haya ahora algún tipo de reflexión acerca de si éstas tienen que adaptarse obligatoriamente al molde exacto que han heredado de esas instituciones que los han negado. Dicho de otra forma, ahora todos tienen permiso para acceder al club es lógico que surja la pregunta: ¿por qué entrar al club? ¿Qué tiene de bueno? ¿No está perdiendo socios cada año? ¿Por qué no fundar nuestro propio club? O incluso: ¿qué necesidad tenemos de un club?

Para César la relación es convivir. Para Eloy, se trata de coexistir. Ambos, en el fondo, entienden la relación como una prolongación de sí mismos y de su concepción del mundo. Las limitaciones inherentes al pacto, al no estar implícitas, se vuelven quebradizas. La forma de vivir de César, más física, implica que la relación es un pacto que está vinculado a la presencia de dos individuos. Dos hombres: dos cuerpos. Para César la relación es un pacto in praesentia, por lo que el sexo ocasional fuera de la pareja no es descartable. César asume que la relación es la forma que adopta la convivencia y la convivencia es un fenómeno que sólo se da plenamente en la coincidencia de los cuerpos. Por eso, del mismo modo que considera válidas las relaciones físicas con otros hombres si éstas no afectan a la pareja (aquello de «ojos que no ven»), se entrega más apasionadamente a la relación cuando está con su pareja —es César, de hecho, el que parece que pone más ahínco en salvar la relación cuando entra en crisis—.

Eloy, por su parte, considera la relación como una forma más abstracta; una entidad trascendente. Para él la relación se convierte en un atributo inherente a los individuos que participan en ella. La relación convierte a los participantes en «individuos dentro de una relación» y entiende que eso no es circunstancial, sino esencial, la pertenencia a la pareja pasa a formar parte de la identidad de los miembros. Eloy está mucho más cerca de la concepción tradicional de la pareja y le resulta imposible entenderlo cuando César le acusa de serle infiel intelectualmente, una forma de infidelidad que, en opinión de César, es mucho más grave que la infidelidad física.

Al final el pacto está condenado. Eloy, durante toda la obra, insiste en que la relación todavía existe, que todavía puede sobrevivir. Eloy se refiere al amor. César, con la lucidez de su pragmatismo, ha entendido que el amor es sólo uno de los atributos de la relación. Intuitivamente ha entendido que la relación no ha sobrevivido a la falta de precisión de su pacto. Ninguno de los dos ha sido capaz de renunciar a una parte de su personalidad que debía sacrificar para hacer de la relación una entidad sólida. Para crear la relación, para hacer nacer una entidad nueva, algo debía morir, algo en cada uno de ellos. Ni César ni Eloy son capaces de verlo o, lo que es peor, aunque lo ven, no son capaces de asumirlo. Quizás porque ambos son partes de esta época nuestra, que se ha hecho tan alérgica a la renuncia, a la muerte, al aburrimiento… Ya sea en la economía o en las relaciones humanas, nos hemos acostumbrado a no saber perder. Nos hemos olvidado de que no se puede caminar levantando los dos pies al mismo tiempo.


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Dirección: Fernando J. López
Interp: Doriam Sojo, Felipe Andrés


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Fernando J. López
Ediciones Ñaque
2012


[1] Una cadena tan pesada que para llevarla hacen falta dos, y aún entre tres en algunos casos. La frase es de Dumas y, aunque no es del todo pertinente, al que suscribe le hace mucha gracia.

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