Rosalie Blum (2016), de Julien Rappenau | Factor Crítico

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Realidad: laberinto, puzzle, ángulos. Sientes, como Vincent (Kyan Khojandy), que tu presente se asemeja a una cinta corredera de pasos programados. No se escucha el aleteo de ningún cometa, aunque no dejas de diseñarlos como quien aún no se resiste a la imposibilidad de los sueños, que parecen hasta ahora abocados a las distancias que no se podrán superar, como aquella con la que mantienes una relación que no sabes cómo definir, tan difusa es, no deja de aplazar un nuevo encuentro desde que se trasladó a otra ciudad. Tu realidad parece sujeta como el cordel de un cometa, a tu madre, que vive en el piso de arriba, como si aún permanecieras anclado en tu infancia, como si tu vida fuera la continuación de la de tu padre, como ahora regentas la peluquería que él regentaba. Sientes, como Aude (Alice Isaaz), que tu futuro es un agujero negro que absorbe cualquier luz de lo posible. Por eso, te entregas a la apatía. Te postras, como paladeas el placer de volver a meterte a la cama cuando ya es mediodía. Tienes veinticinco años, pero ya sientes que tu vida se encasquilló en el tope del escaso horizonte, como abandonaste la universidad un año atrás. Sientes que tu vida se restringirá a etiquetar objetos que nada tienen que ver contigo, como así sientes la realidad, ajena, un escenario aún sin perfilar del todo, del mismo modo que vives en una habitación injertada en una fábrica abandonada, una apariencia de vivienda en un espacio de herrumbre, compartiendo piso con un peculiar hombre que parece extraído de una fantasía, un hombre de circo que quiere hacer pasar por león a una perra chow chow para que salte a través de un aro. En tu baño puedes encontrarte con un caimán que se llama Diego, y te preguntas si tu realidad algún día podría cobrar forma. Sientes que tu pasado te lastra, y pesa, y duele.

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Sientes, como Rosalie (Noemi Lvovsky). que nunca podrás finalizar las cartas que vuelvan a reabrir un vínculo que quedó cortado con quien brotó de tus entrañas. Te sientes al margen, expendiendo productos en un ultramarinos como esa figura difusa que intercambia mercancías con quien las compra, alguien de quien nadie parece percatarse de su presencia, o preguntarse por ella, más allá de la función que cumple, sin saber que el suelo sobre el que da sus pasos es un temblor que no cesa y gravilla que se introduce en sus entrañas. Hasta que el acontecimiento surca, y alumbra, la vida de esos tres personajes, cuyo destinos se entrelaza, y transfigura el escenario de cada uno. Hasta que Vincent (Kyan Khojandy) se pregunta de qué conoce a la mujer que parece ser la única que abre a deshoras su ultramarino, Rosalie, y decide seguirla. No sabe con claridad por qué la sigue. Y las apariencias pueden ser equívocas para quien se pregunta por qué aquel hombre sigue a aquella mujer. Desde luego intrigante, e incluso promesa de un posible futuro para quien creía, como Aude (Alice Isaaz), que ya no había expectativas, y de entrada se intriga con la propuesta que le hace su tía, Rosalie. Porque quien se sentía perseguida por un pasado que duele quizás sienta un alivio estimulante en la atención de una figura cuyas intenciones desconoce. Y, como se sabe, las interrogantes son lumbres de historias, que también pueden dotar de luz a las vidas postradas en su soledad.

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Porque la excelente Rosalie Blum (2016), de Julien Rappenau, adaptación de la serie de novelas gráficas de Camille Jourdy, es una historia de soledades que se ponen en movimiento en dirección a una conciliación, la de unos personajes con el mismo tiempo, del que parecían extraídos, atrapados en la vida programada, la apatía o la amargura. La narración sorprende con sus cursos imprevistos. Vincent transgrede su presente de cinta corredera y abre la espesura de la realidad con sus pasos que siguen a una figura incierta, porque inciertos son sus mimos motivos. Y la realidad se abre con múltiples recovecos de posibles, como la narración cambia el paso y de perspectiva, por lo que nos encontramos observando los hechos desde otros ángulos que no imaginábamos que estaban presentes en el fuera de campo o entre las figuras de telón de fondo de la persecución en busca de una historia que el propio Vincent no sabe cuál puede ser.

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Y entran en escena otras historias, otros ángulos. Entra en escena Aude, que reactiva su mirada apática, como recupera su cámara fotográfica, y se pone en movimiento como si hubiera aún una expectativa que perseguir en la vida que quizá, del modo más imprevisible, teja un futuro que no imaginaba. Como comprendemos por qué Rosalie abría el comercio a deshoras, como quien no tiene prisa en volver al hogar, o por qué ausentaba su mirada en la barra de un bar. Porque a veces, sentimos que los sueños se desmenuzan y caen con el peso de la gravedad, y nos convierten en figuras que ya se aparcan sin sentir que haya hilo que tejer. Pero puede que cuando menos lo esperes, los cometas se eleven y dancen con el viento, porque a veces son los vientos los que rigen de la misma manera que ponemos en movimiento el cometa que diseñamos con nuestras persecuciones y planes, y ese extraño cruce de azares y voluntades hilvana un escenario que quizá sea el que te concilie con tu pasado, y logres finalizar por fin aquella carta, o alumbre tu presente que ahora resulta estimulante en su condición impredecible, como el cordel que se te puede ir de las manos, o propulse tu futuro porque sientes que hay sueños que sí pueden ser cometas que sientas a tu lado.

por Alexander Zárate

Rosalie Blum
Julien Rappenau
Int: Noemi Lvovsky, Kyan Khojandy, Alice Isaaz, Anemone, Philippe Rebbot
Francia, 2016
97  min.

 

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Rosalie Blum (2016), de Julien Rappenau
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