Malas Pulgas

por Tabaret

Vamos a imaginar una historia. Una historia como las de antes, como las de la Biblia o los mitos griegos, historias que tengan por detrás un trasfondo y que digan cosas importantes de verdad, que te enseñen que no debes matar y que si haces cosas raras con el ganado te puede salir un hijo minotauro.

En nuestra historia, había una vez un gigante. Era un gigante enorme, el mayor que había existido jamás. Tenía piernas como troncos y bebía barriles con pajitas que se fabricaba él mismo vaciando secuoyas. El gigante era temido por todos, pero, al mismo tiempo, no le faltaban amigos. ¿Cómo es posible? Pues porque el gigante, además de gigante, era el mayor artesano del mundo. Fabricaba un poco de todo. Fabricaba ollas, coches, secadores de pelo, cuadernos en espiral, de los que tienen la espiral por el lado y de los que la tienen por encima, con los que se puede escribir hasta el borde, fabricaba chisteras, tenía mucho ganado, más que nadie, y era el principal proveedor armamentístico de sus amigos.

Todos sus amigos lo admiraban mucho, porque se habían convertido en lo que todos querían llegar a ser. A sus espaldas se burlaban de él, pero siempre muy bajito, porque todo el mundo sabía de buena tinta que el gigante tenía muy mal genio. Además, poseía un poderoso bastón, conocido como Lostiumpater. Los amigos del gigante sabían que, un golpe de Lostiumpater podía enviarlos al otro barrio, así que le consentían al gigante pequeños abusos. Temían al gigante y, sobre todo, temían a Lostiumpater, pero el gigante no acababa de portarse mal con ellos, entre otras cosas porque el gigante, por muy poderoso que fuese y por muchas cosas que tuviese, necesitaba de sus amigo. No podía fabricar ollas si ellos no le daban cobre. No podía fabricar coches, si ellos no circulaban por las carreteras. Sin amigos, no tendría sentido fabricar secadores de pelo y nadie querría comprar sus maravillosos cuadernos en espiral. Necesitaba amigos con cabezas en las que poder poner sus chisteras y gente que estuviese dispuesta a adquirir sus cada vez más modernas piezas de armamento, excepto unas pocas que se las guardaba para sí y siempre eran las mejores porque, caramba, ser amigos está bien, pero tampoco hay que pasarse.

Pero había una sombra en la completa felicidad del gigante. No muy lejos, al otro lado del río, había un gigante que era tan grande como él. Igual que él, tenía un enorme bastón, que se llamaba Trancazodeldemonium, e igual que él tenía un montón de amigos que le compraban todo lo que fabricaba, le vendían todo lo que hacían y, en general, estaban convencidos de que su gigante era el más grande y el más bruto del universo.

Todos los años, los dos gigantes se citaban en la orilla del río. Se quitaban las camisas, blandían sus enormes bastones -no me venga ahora con rollos freudianos, por favor, esto es un cuento para niños– y dejaban a sus amigos admiradísimos de la potencia con la que Lostiumpater y Trancazodeldemonium silbaban sobre sus cabezas. ¡Había que ver la habilidad de los dos gigantes! Los dos enormes bastones giraban, hacían remolinos sobre sus cabezas y, cuando golpeaban con ellos en el suelo, lo hacían con tanta fuerza que a los dos lados del río parecía que había llegado el fin del mundo. El espectáculo era tan impresionante que, cada año, varios amigos de cada uno de los dos gigantes, llevados por la excitación del momento, intentaban cruzar el río, armados con pequeños bastones y subfusiles de asalto. Naturalmente, ninguno de esos pequeños amigos tenía la más mínima posibilidad de conquistar el otro lado del río. Es más, ellos sabían que no tenían ninguna opción, que un golpe de Lostiumpater o un revés de Trancazodeldemonium bastaban para separarles las cabezas del cuerpo como si fuesen pelotas de golf, pero los amigos de los gigantes confiaban en que, llegado el caso, sus enormes amigos cruzarían el río para ayudarlos.

Cada año varios de los pequeños amigos de los gigantes intentaban cruzar el río y cada años ocurría lo mismo. Todos los años los dos gigantes se amenazaban desde sus respectivas orillas, agitaban el puño y juraban vengarse de cualquiera de sus pequeños amigos que hubiesen perecido ese año durante el ritual.

Un año uno de los dos gigantes no apareció. Igual todavía llega.

Fin.

¿Decepcionante, verdad? Pues más o menos esto es la Guerra Fría.

Yo no sé con qué cara van a contar estas cosas los libros de historia dentro de unos siglos, cuando haya pasado el tiempo. Me supongo que, con esa lucidez que da la persepectiva, se limitarán a evitar el tema o le pondrán un nombre más descriptivo como: «los cincuenta años en los que no pasó nada» o tal vez «la edad de los fanfarrones».

Y ahora, por favor, no me venga con que había no se qué hostilidad soterrada. No me cuente usted lo de los conflictos que servían como vías de escape para la presión. Esas mismas guerras, u otras parecidas, las había antes y después de la guerra. La hostilidad, permanece. La posibilidad de que el día de mañana este valle de lágrimas estalle como una pompa de jabón, porque la señora de la limpieza se ha apoyado en el botón rojo sin avisar, pues mire, sigue más o menos igual. Ahora parece que los dos gigantes, que ya no quedan en el río, se dedican a fabricar unas cosas que se llaman «bombas de vacío», que pueden pegar pepinazos parecidos a los que daban Lostiumpater y Trancazodeldemonium, pero no están reguladas por ningún tratado nuclear. ¿Se siente más tranquilo? ¿Menos?

Yo me quedo igual.

Fin

 

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