Triage

Triage es una novela formada por la unión de breves pasajes de entre una línea y dos páginas escritos en un tipo de prosa poética a la que Pedro Salinas llamó, con felicidad, “prosía”. El hilo narrativo está enredado de tal forma que las cuentas de la historia forman agregados irregulares, como si fuese un largo collar de perlas con el que ha estado jugando un niño.

Esto no es una carencia, sino una característica, pues se trata de una prosa más armónica que melódica. Ciertamente, si esta novela fuese una obra musical, no sería un aria de Mozart, con una melodía (aquí, argumento) fácilmente memorizable y comunicable, sino una cantata de Bach, pues está formada por resonancias indefinidas de acordes que fluctúan de formas difíciles de retener.

Para Bach, esa incapacidad de asir y comunicar el efecto de sus cantatas buscaba hacer sentir al oyente la incapacidad de asir y comunicar la presencia infinita de Dios en el corazón del creyente. Evidentemente, el libro de Patricio Alvarado no es un canto celebratorio ni del infinito efecto, que es la naturaleza, ni de la infinita causa, que es Dios, como los llamaba Giordano Bruno, pero sí es una obra armónica, aunque de una armonía minimalista, casi, aunque parezca una paradoja, monódica.

Pienso, por ejemplo, en el filósofo francés Alain –el más periodista de todos los filósofos y el más filósofo de todos los periodistas-, quien solía tocar al piano con un solo dedo la quinta sinfonía de Beethoven con el objetivo de recordarse la insuficiencia de los modos humanos para captar la grandeza del universo. He ahí una armonía monódica, porque la sencilla melodía que tocaba Alain era un modo de hacer resonar en él, aunque fuese de forma negativa, toda aquella música que nadie es capaz de captar. Del mismo modo, la armonía minimalista de Patricio Alvarado nos hace sentir mediante vibraciones poéticas la descomposición de un mundo en el que, como diría John Donne, en Anatomía del mundo, “se ha perdido toda coherencia”.

El protagonista vaga por espacios indefinidos como un alma en pena. Pero ese espacio no se parece tanto a “La biblioteca de Babel”, de Jorge Luis Borges, como al Astillero de Juan Carlos Onetti o, más aún, a un almacén de Amazon, en tanto que espacio alegórico de un mundo deshumanizado en el que las personas son objetos menos valiosos que las mercancías con las que trajinan. De algún modo, Triage es la expansión narrativa de la afirmación de Richard Sennet según la cual el paraíso libertario de los años sesenta (ni Dios, ni patria, ni ley) se ha convertido en el infierno neoliberal de los 2000 (ni sentido, ni sociedad, ni regulación).

Pero en esta novela no sólo los lazos sociales se han soltado, sino también los individuales, dejando el suelo lleno de coágulos de serrín. Al leer Triage pensé en el prólogo a El jardín imperfecto, de Todorov, un texto en el que la modernidad es presentada como un pacto fáustico en el que, a cambio de libertad, el hombre ha debido pagar un triple precio: primero, Dios o el sentido, luego el prójimo o la comunidad, y, finalmente, el alma o la identidad.

No se trata, por supuesto, de la nostalgia por lo absoluto, de la que hablaba Steiner. Patricio no es un Pascal posmoderno. No se trata tampoco de celebrar la disolución como una oportunidad para gozar sin restricciones. Patricio no es un Sade posmoderno. Triage es la constatación de un naufragio, la epopeya de un hundimiento, como La balsa de la medusa.

Cabe decir que Triage no es –por lo menos para mí- un libro que ceda a la desesperación. Para empezar, porque el mero hecho de escribir, aunque sea para dar cuenta de una derrota, es un acto triunfal, semejante al de aquel que es capaz de reír en la desgracia. Para continuar, porque la belleza, en general, y el lirismo desgarrado de estas páginas, en particular, es un acto de resistencia frente al nihilismo, que logra, en virtud de su esfuerzo, que el carbón oprimido se transforme en diamante.

El título de este libro, Triage, hace referencia a los protocolos de selección y clasificación, ya sea de los pacientes en los servicios de emergencias de los hospitales, ya sea de los afectados por algún tipo de desastre. La idea está estrechamente ligada con nuestra época.

En primer lugar, el triaje armoniza a la perfección con el pathos apocalíptico que reina en nuestra época, en la que la erosión de numerosos límites –sociales, económicos, culturales, ontológicos- nos ha hecho sentir que el mundo se disolvía en una papilla informe e injusta.

En segundo lugar, el triaje hace referencia a la economización de nuestras sociedades, pues el triaje exige realizar cálculos con aquello que creemos que es incalculable, como es la vida humana. Baste recordar a Napoleón precursor de los modernos protocolos de triaje, cuando ordenó a sus médicos tratar sólo a los soldados heridos que podrían reincorporarse a la lucha. Cada vez que un gobierno vota unos presupuestos está haciendo triaje, pues está seleccionando a quién va a salvar primero. Y hasta aquí quiero leer.

En tercer lugar, el triaje nos remite a la idea de “criterio”, que es precisamente aquello que más se echa de menos en una época como la nuestra. La ciencia ficción juega habitualmente con la idea del triaje. Imaginemos que el planeta tierra se vuelve inhabitable y tenemos que escoger a un grupo de personas para que vayan a otro planeta a reiniciar la historia de la humanidad, ¿enviaríamos a militares, ingenieros y deportistas o a filósofos, poetas y músicos? ¿Qué debemos salvar? ¿Qué vale la pena salvar? ¿Qué significa ser humano? Estas son las preguntas que ocultan la idea del “triaje”, y el libro de Patricio Alvarado tiene muy clara la respuesta: la poesía.

Puede parecer una respuesta tópica y algo obsoleta, desde Lucrecio, Nietzsche o de Rubén Darío. Me atrevería, sin embargo, a decir que esta opinión debería ser reexaminada, nada más y nada menos que por los ingenieros de la NASA. Me explicaré brevemente. Hace unos tres años leí un libro en el que el filósofo Pierre Hadot analizaba las actas de un congreso de antropología de los astronautas. En este congreso se constataba que la mayor parte de los astronautas suelen acabar embarcados en un espiritualismo exagerado, llegando muchos de ellos a ingresar en todo tipo de sectas y activismos excéntricos. La sensación es que a estos hombres, con dos y tres carreras de ciencias y una gran preparación física, técnica e incluso psicológica, les había faltado, simplemente, como ya había afirmado Lucrecio en el De rerum natura¸ algo de poesía y de filosofía para poder asumir las perspectivas sublimes a las que habían sido expuestos.

Ésa me parece que es también la función de la poesía en la obra de Patricio Alvarado: permitirnos mantenerle la mirada, no ya al cosmos, sino al caos, no ya a los cielos, sino a los infiernos de la soledad y la alienación. Ciertamente, cuando se describe la soledad diciendo que “la casera me prestó un colchón inflable que tiene un pequeño agujero. Me despierto cada madrugada en el suelo, sobre el pedazo de plástico desinflado”, junto a la inevitable sensación de tristeza, sentimos la alegría eterna de la forma, la inteligencia y la empatía triunfando sobre el caos.

Bernat Castany Prado

Triage
Patricio Alvarado
Alquimia Ediciones
140 páginas

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