Relámpagos, de Jean Echenoz

por Roberto Bartual

En la mañana del 30 de junio de 1908, una explosión mil veces más potente que la de Hiroshima sorprendió a los habitantes de Vanavara, un puesto comercial siberiano situado en la remota región de Tunguska, empujándolos como peleles contra graneros, porches y carruajes por efecto de la onda expansiva. El estallido se había producido a más de 80 kilómetros de distancia, suficientes como para que les alcanzara una ola de calor que hizo enloquecer a mosquitos, saltamontes, tábanos, recién despiertos después del invierno, plantaciones enteras de cebollas marchitas en un instante, ventanas estallando al unísono, un cazador muerto, aplastado por un reno contra un árbol. Un área de bosque de más de 2000 kilómetros cuadrados quedó completamente devastada por la explosión, pero cuando el humo se hubo disipado y los lugareños pudieron visitar el lugar donde se había originado el estallido, se encontraron con algo muy distinto a lo que esperaban.

Aunque el bosque estaba arrasado, los árboles yacían en el suelo, con la corteza intacta y sin signo alguno de combustión. Habían sido simplemente arrancados de cuajo o partidos por el tronco. Pero según iban avanzando, el espectáculo era aún más desconcertante. Al llegar a unos 15 kilómetros del epicentro, vieron que ya no había árboles tumbados; estaban todos en pie, con las cortezas arrancadas pero perfectamente erguidos. Y en el suelo, nada. Ningún cráter, ninguna roca partida, ni siquiera una brizna de hierba quemada, como si, con un manotazo invisible, un dios demente hubiera tumbado el bosque entero.

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Con el tiempo, y después de una expedición científica en los años 20, el gobierno soviético dio carpetazo a lo que sería conocido como «el incidente de Tunguska», atribuyendo la explosión a un meteorito que, al estallar en la atmósfera sin tocar el suelo, no dejó más huellas que las derivadas de su onda expansiva. Sin embargo, en aquel lejano 1908 algunos rumores apuntaban hacia otra causa bien distinta. Aquella mañana de verano, el explorador Robert Peary se dirigía al Polo Norte y, unos días antes, había recibido un telegrama firmado por su gran amigo, el inventor Nikola Tesla, en el que le pedía que reuniera en cubierta a toda su tripulación en un día y a una hora convenida para que pudieran presenciar el mensaje de bienvenida al fin del mundo que les mandaba. El día era el 30 de junio; la hora, las 7 de la mañana. Ni Peary ni su tripulación vieron nada, pero mientras ellos permanecían en cubierta atentos al cielo, el bosque de Tunguska estallaba en pedazos a unos 3300 kilómetros de distancia.

Nadie habría recordado aquel telegrama, si Tesla no hubiera anunciado años más tarde la invención de su «Rayo de la Muerte»: un poderoso generador de ondas sónicas, capaz de destruir aviones y maquinaria militar proyectándolas a miles de kilómetros de distancia. ¿Había sido provocado el incidente de Tunguska por un error de cálculo en uno de los experimentos preliminares de Tesla? ¿Llegó realmente Tesla a fabricar un Rayo de la Muerte, el arma que, según él, puesta en manos de las principales potencias mundiales, pondría fin a todas las guerras? Quién sabe… Lo que sí sabemos es que, por increíble que parezca, Tesla, además de idear una forma viable de usar la corriente alterna sentando la base de nuestro actual sistema eléctrico, encontró la manera de transmitir electricidad sin cables y de manera gratuita, usando únicamente la superficie terrestre como conductor (invención que nunca pudo desarrollar, pues cuando el magnate que le financiaba, J. P. Morgan, escuchó la palabra «gratuita», bloqueó inmediatamente sus fondos). También sabemos que a principios de siglo, Tesla provocó un terremoto artificial de pequeñas dimensiones en la ciudad de Nueva York (un suceso ampliamente documentado en su momento), con un artefacto de tecnología consistente, aunque a menor escala, con el que hipotéticamente podría haber causado el evento de Tunguska.

Éste es el tipo de historia, probablemente ficticia, pero fascinante, que el lector no podrá encontrar en la novela sobre Nikola Tesla Relámpagos, de Jean Echenoz.

Lo cual llama bastante la atención si consideramos que el libro arranca con la advertencia de que su autor no se ha propuesto escribir una biografía, sino una obra de ficción. Relámpagos es una novela, dice Echenoz, pero entonces ¿por qué en su interior sólo encontramos un desapasionado resumen de los pocos datos objetivos que se conocen sobre la vida de Tesla? Un resumen como el que podríamos leer en su ficha de la Wikipedia, como bien apunta en su reseña Juan Malherido. Cierto es que dichos datos pueden resultar fascinantes para el lector que no esté familiarizado con invenciones de Tesla como sus generadores de corriente alterna, la iluminación inalámbrica, su rivalidad con Edison, su fobia a los microbios y a las mujeres, o su colombofilia compulsiva. Pero, en el fondo, todos estos «hechos objetivos» no dejan de ser un álbum de recuerdos terriblemente aburrido si se les despoja de las enormes posibilidades que en principio ofrecen, al autor y al lector, para la fabulación.

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La historia del Rayo de la Muerte es buen ejemplo de ello. Echenoz sólo menciona lo comprobable: que varios periódicos publicaron las declaraciones de Tesla en torno a su invención y que un Tesla ya anciano y probablemente chocho envió secciones parciales de sus planos a Ministerios de Guerra extranjeros, además del de Estados Unidos. Pero, si Relámpagos es una novela, ¿por qué atenerse a lo objetivo? ¿Por qué desdeñar historias como la del Rayo de la Muerte, mencionándolo en apenas dos líneas para luego rechazarlo como la locura de un viejo senil? El caso es que tal vez lo fuera. Hay que darle la razón a Echenoz porque la verdad es ésta: cuando estalló el bosque de Tunguska, Peary ni siquiera había zarpado aún de Nueva York, por lo que difícilmente pudo ser el destinatario de ninguna explosión de bienvenida lanzada por Tesla.

Y aun así… Aun así el nombre de Tesla sigue estando asociado al incidente de Tunguska, igual que sigue estando asociado a lo paranormal (estuvo investigando la telepatía después de «predecir» la muerte de su madre), o a diversas teorías de la conspiración como la ocultación de vida inteligente en Marte o a la posibilidad de que la instalación HAARP del gobierno estadounidense en Alaska esté preparada para producir terremotos usando tecnología de Tesla. Quizá todo esto sea falso, mero abono para la especulación bizarra; pero la cuestión es ésta: estamos hablando de un señor que hacía pasar corrientes de 100.000 voltios por su cuerpo sin sufrir el menor daño, un tipo que iluminaba bombillas con su propia mano siempre y cuando sus pies pisaran suelo electrificado, alguien que, de recibir la financiación apropiada, tal vez podría haber conseguido que la distribución de electricidad fuera completamente gratuita a nivel mundial… con las consecuencias que eso podría haber tenido para el desarrollo económico. Ante esto (y, créanlo o no, estamos hablando de hechos documentados), que el resto de lo que se ha dicho de Tesla sea cierto o falso, es completamente irrelevante.

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El problema es que, si a fuerza de ser «objetivo», o «serio», o cualquier otro adjetivo entrecomillado de color beis con los que tan bien se puede definir a tantos escritores franceses; si a fuerza de ser todo eso, digo, despojamos a Tesla de su dimensión pop no sólo se le hace un flaco favor como figura histórica y como símbolo, pues estamos hablando de alguien cuya sola existencia pone en entredicho la historia oficial de la ciencia del siglo XX, sino que además, y éste es un pecado aún mayor, se le hace un flaco favor al género novelístico, pues Echenoz no hace otra cosa más que echar freno voluntario a la imaginación en cada página de Relámpagos, negando la cualidad más hermosa del género novelístico: la capacidad de fabulación.

Capacidad que sí se encuentra en otras obras que abordan la figura de Tesla, mucho más recomendables para el lector con imaginación; como, por ejemplo, su autobiografía, My Inventions, que sin pretensión de ser novela, incluye un hermosísimo relato sobre su infancia en el que nos describe minuciosamente sus intentos de levitar desde lo alto de un granero mediante el poco recomendable método de contener la respiración y lanzarse al vacío (!), o su extraordinaria capacidad de ver literalmente en el aire, flotando, sus generadores de corriente alterna antes de construirlos (y no «visualizarlos» como describe desdeñosamente Echenoz), dejándolos funcionar en su mente (o suspendidos sobre la habitación, si hemos de creerle) durante meses para comprobar el desgaste de las piezas antes de registrar la patente.

Los alegatos de Tesla en su autobiografía son tan increíbles como el western de ciencia-ficción  que Thomas Pynchon construye en torno a él en su novela Contraluz, pero por lo menos ponen de manifiesto lo que Echenoz no ha sabido ver: que de nada sirve escribir sobre Tesla si no se cree en él. Reducir a Tesla al nivel de un simple chiflado con síndrome de Diógenes, como hace Echenoz, es destruir la esperanza –quizá vana, pero al fin y al cabo esperanza– de que al menos una persona, a lo largo de aquel terrible siglo XX, deseó algo bueno para la humanidad e incluso quizá pudo llegar a conseguirlo.


factor-critico-relampagos-finalRelámpagos
Jean Echenoz
Anagrama
ISBN: 978-84-339-3336-2
Barcelona 2012

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5 comentarios sobre “Relámpagos, de Jean Echenoz

  • el 8 noviembre, 2012 a las 23:26
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    Una de las cosas que me gusta de Relámpagos es que se cuenta desde el punto de vista de Gregor/Tesla, desde su interior, desde el propio sentimiento del impenetrable inventor. Momentos tan estupendos como cuando descubre ese único intento de erección en toda su vida por un contacto casual con el brazo de Katherine, por ejemplo, del cual el libro tiene más. Es curioso, esa desgana que le ves, que yo creo más bien una determinación de sencillez narrativa, creo que humaniza a Tesla y lo aleja del mito. Que es en lo que en tu entrada apelas como falta irrenunciable: siendo tan grande el mito ¿por qué fijarse en el hombre?. Como si eso lo ninguneara. Y puede ser cierto en un imaginario determinado, en la historia del pop. Pero claro, ¿eso es cómo vivió él su misma historia? Yo es que eso creo que no es así.

    En realidad, es la opción seguida por Echenoz para Zatopek y Ravel (que es el que menos me ha interesado de todos), y a mí me ha entusiasmado. Hablaré de Relámpagos en mi blog, pero además hablaré de gestión, porque el libro tiene un par de páginas (breves) sobre el tema y el fracaso obvio de Nikola en ese aspecto (lógico, es innovador y no gestor, pero es tozudo y cree saber gestionar; pero sigue molando desde empresa, no digamos cuando se compara con el hecho de que General Electric, Westinghouse y JPMorgan se cruzaron en el camino)

    Por cierto, que no sé si te comenté, pero que los científicos/ingenieros de principios del siglo XX estudiaran cosas que hoy consideramos esotéricas no fue extraño. El mundo estaba lleno de maravillas, y del mismo modo que había rayos descubiertos por Roentgen o radiaciones descubiertas por los Curie que no se veían, la posibilidad de ondas telepáticas, por ejemplo, no se despreciaba y hay importantes nobeles que los intentaron estudiar. Pierre Curie es un ejemplo, sin ir más lejos. Vamos, que no necesariamente es un valor exclusivo de Tesla.

  • el 9 noviembre, 2012 a las 18:42
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    No estoy de acuerdo contigo. Cierto es que hay momentos en los que la narración parece estar focalizada en el interior de Tesla, como ese momento que citas del contacto casual con Katharine Johnson: es el sentimiento de Tesla el que queda destilado en el libro. Sin embargo, cuando la “novela” toca, por decirlo de alguna manera, las partes más sensacionalistas; por ejemplo, sus capacidades sinestésicas o lo del rayo de la muerte, Echenoz no asume el punto
    de vista o el sentimiento de Tesla, que como nos deja claro en su autobiografía “Mis inventos”, era totalmente sensacionalista al respecto. Es decir, que Echenoz hace un esfuerzo por hablar desde el corazón de Tesla solo cuando
    le conviene.

    Por ejemplo, todo el rollo con respecto a las palomas. Echenoz hace algún comentario al respecto diciendo que es absurda su afición a las palomas considerando la fobia que tiene a los microbios y a la suciedad. Y
    lo es, pero no dice que su fascinación con las palomas tenía que ver con las habilidades magnéticas, de orientación, que tiene el cerebro de estos animalitos. Vamos, que si Relámpagos quiere ser un “Tesla, el hombre”, entonces, le falta muchísima documentación para conseguirlo.

    Por otro lado, insisto. Quizá Tesla no se viera a sí mismo en vida como icono del pop, pero sí hizo muchísimo por alimentar su mito. Hasta el punto de que es bastante probable que se lo creyera. Basta con leer “Mis inventos” para darse cuenta de ello. Así que la excusa de la focalización interna no sé yo si es del todo válida…

  • el 10 noviembre, 2012 a las 20:40
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    mmmh… yo tee veo demasiado teslófilo, e igual no lo merece, porque… ¿hasta qué punto es fiable su leyenda construida por él mismo?. Yo es que estoy de acuerdo con la desmitificación, y eso de que Echenoz lo hace cuando le conviene tendría taaaanto que discutir incluso desde un punto de vista científico. Yo he leído lo de la orientación de las palomas y la fascinación de Tesla por ello, pero ahora no recuerdo en cuál de los dos textos que he leído sobre él, no puedo asegurar que en efecto sí o no esté en el de Echenoz, donde sí recuerdo cómo se mete con el hecho de que eso acabó siendo obsesión contradictoria. Por otro lado, estos científicos del siglo XX que buscaban su mito abundaron, no son sólo Tesla, el componente megalomaníaco de esta gente estaba desarrolladito. E imagino que la desmitificación podria haber sido más amplia y Echenoz no lo hace, porque el personaje le cae simpático y está dispuesto a no meter en el dedo respecto a por ejemplo la negación de décadas de tesla respecto a la relatividad de Einstein. Qué dice de ello en my inventions??

  • el 11 noviembre, 2012 a las 12:12
    Permalink

    El problema de la “desmitificación” que hace Echenoz es precisamente ese, que la canaliza en detalles como el de las palomas; cómo nos vamos
    a tomar en serio a un científico que tenía fobia a las mujeres por las bacterias que tienen encima y, sin embargo, llenaba la habitación de palomas
    asquerosas. Si hubiera basado la desmitificación en sus inventos, pues bien. A mí también me gustaría encontrar un libro sobre Tesla en el que
    alguien con formación científica explique claramente si el proyecto de Tesla de distribuir electricidad gratuitamente a través de la superficie terrestre
    podía haber sido factible si hubiera tenido la financiación apropiada. Pero dando argumentos científicos para ello, y no argumentando que el tipo
    tenía síndrome de diógenes. Eso no es desmitificación, es solo pintarle como un pobre diablo.

    En cuanto a literatura desmitificadora sobre Tesla, está bien la primera biografía que se escribió sobre él, “Prodigal Genius”, de John J. O’Neill, un
    tipo con bastante formación científica que le entrevistó varias veces a lo largo de su vida. No juega al victimismo como otros autores (en plan,
    Tesla hubiera salvado el mundo si le hubiera financiado un verdadero filántropo), pero sí se toma en serio otras cosas como la posibilidad de que
    Tesla inventara una máquina con la que provocó un temblor de tierra en varias manzanas de Nueva York a finales del XIX (hecho documentado
    que creo no menciona Echenoz, o si lo menciona lo hace con un cierto desdén). Y también habla bastante a fondo del rechazo de Tesla a la
    teoría de la relatividad y, sobre todo, a la física cuántica. Creo que es lo más equilibrado que he leído sobre Tesla.

  • el 11 noviembre, 2012 a las 18:44
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    a veces parece que hemos leído libros distintos, porque no reconozco el desdén. Como mucho, puedes hablar de que mencione hechos con velocidad porque resume una vida muy larga y llena de mil anécdotas en poco más de 100 páginas, aunque si quisieras verlo con buenos ojos hablaríamos de capacidad de resumen, o de búsqueda de lo breve y concreto. Yo creo recrodar que Echenoz sí menciona el pequeño desaguisado de NYC, pero lo ve desde el punto de vista de Tesla, algo que deba suceder, algo menor, por que se van a quejar estos mangurrianes de vecinos dado que lo que investigo les llevará a un mundo mejor.

    francamente, Tesla fue un desastre como gestor, no era la persona más adecuada para llevar a cabo industrialmente su propias ideas. Cómo dilapidaba la financiación que conseguía es una muestra, y la falta de objetivos y transparencia y comunicación con su equipo un índice claro de que todo le llevaría al desastre. Bueno, pues en ese DESASTRE es dónde yo encuentro la poética del antihéroe científico que encarna Tesla, con sus supervillanos financieros en su imaginario, y el expectante mundo al que presentarse como un mago de lo eléctrico como si esto respondiera a fuerzas oscuras incomprensibles. Obvio, claro que existe un suspiro de mad doctor ahí, pero creo que es un signo de los tiempos, bien que lo podía ser Edison, bien que lo podían ser los Lumiere, etc.

    y sí, el libro me ha gustado mucho porque en su dibujo le pone los pies en la tierra a Tesla el Hombre (a Tesla el Científico le costaría más, y en eso creo que tampoco Cheney lo logra), pero es que yo no creo que eso deba ser malo para su imagen. Desmitificar es bueno. Saber sus rarezas es magnífico. Ambas cosas le humanizan, y no me hacen para nada pensar en su inferioridad como científico, sino que me muestran que el alma humana tiene estas cosas. Incluso diría que le hacen hasta mucho más simpático de lo que era en vida, que dados los datos dudo que a ninguno nos hubiera gustado compartir con él demasiado tiempo (no digamos si este fuera laboral). Lo voy a decir de otro modo, usando palabras de otro autor:

    ‘Las anécdotas sobre los grandes hombres son una lectura reconfortante. de acuerdo, pensará el lector, cierto es que no he descubierto el cloroformo, pero al menos no era el peor estudiante de la escuela como Liebig. Naturalmente no fui el primero en hallas la arsfenamina, pero al menos no soy tan despistado como Ehrlich, que se escribía cartas a sí mismo. En cuestión de elementos está claro que Mendeléyev me supera, pero seguro que soy mucho más aseado y presentable que él por lo que al pelo respecta. ¿Y he olvidado presentarme alguna vez en mi propia boda como Pasteur? ¿Acaso he cerrado alguna vez el azucarero con llave como Laplace para que no lo utilizara mi mujer? La verdad es que, comparados con ellos, todos nos sentimos un poco más sensatos, mejor educados, incluso, más magnánimos por lo que respecta al día a día. Además, la perspectiva del tiempo nos ha permitido saber qué científico tenía razón y cuál estaba vergonzosamente equivocado. ¡Qué inofensivo nos parece hoy un tal Pettenhoffer! Fue un médico que combatió de un modo vehemente los estudios sobre la acción patógena de las bacterias. Cuado Koch descubrió la bacteria Vibrio Cholerae, Pettenhoffer se bebió una probeta entera llena de estos desagradables gérmenes durante una demostración pública tratando de demostrar que los bacteriólogos, con Koch a la cabeza, eran unos mitómanos peligrosos. La singular grandeza de esta anécdota radica en el hecho de que no le pasó nada a Pettenhoffer. Conservó su salud hasta el último de sus días, pregonó burlonamente que tenía razón. Por qué no enfermó continua siendo un misterio para la medicina. Pero no para la psicología. A veces aparecen personas con una resistencia especialmente vigorosa a los hechos evidentes. ¡Qué agradable y honroso es no ser como Pettenhoffer!’
    (de Wislawa Szymborska, ‘Lecturas no obligatorias’)

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