Una distopía sobre la maternidad. Subte; de Rafael Pinedo

Por Jorge de Barnola

El de la utopía es uno de los géneros híbridos más interesantes que se pueden dar en literatura. Obedece a la necesidad de presentar una alternativa a un sistema desequilibrado e injusto que pone en una balanza a los oprimidos y en la otra a los opresores. Parece como si la propia estructura humana (al igual que muchas de las estructuras del reino animal, como sucede con las hormigas y las abejas) no pudiera subsistir sin un sistema piramidal de jerarquías.

En nuestro Occidente la utopía tomó forma en la Antigua Grecia, y uno de sus padres fue Antístenes, que según Diógenes Laercio había ideado una República que se oponía a la propiedad privada y abogaba por el regreso a los orígenes, huyendo de las ciudades que se habían convertido en lugares depravados. También defendía la igualdad de sexos y la eliminación de la identidad nacional.

Esta piedra angular se repetiría durante siglos, porque la idea de la utopía se basa justamente en eso, en exponer los principios fundamentales de un posible mundo mejor, un mundo más justo e igualitario.

Después vendrían Platón, Yámbulo, Moro, Campanella, Montesquieu, Diderot… y tantos otros que ofrecían alternativas a un modelo insostenible.

Pero lo más interesante de este género se produciría con la llegada de la Ilustración, porque la ciencia se pone al servicio del hombre y entran en juego desde las teorías de la evolución a las del eugenismo.

Es justo en este momento cuando la «utopía» (que siempre se daba en mundos paralelos al nuestro, coetáneos en el tiempo) se plantea la posibilidad de pensar el destino del hombre en otro espacio temporal, en un futuro imaginario. Esto se produjo en 1770, gracias a Luis-Sébastien Mercier, que escribió El año 2440. Sueño como jamás he conocido. Fue el pistoletazo de salida para las llamadas «ucronías».

Si sumamos esto a la industrialización galopante de los siguientes años y a la aceptación de las teorías evolutivas de Darwin, veremos como el género va tomando una consistencia particular, en donde se suma la didáctica, la filosofía, la ciencia, la sociología, la tecnología… todo al servicio de la literatura y de un nuevo género que podríamos llamar «ciencia-ficción», o también de «anticipación» si se quiere.

Porque lo que se intenta es hacer crítica social proyectando modelos económicos a un futuro determinado, estudiar la evolución de ese sistema para saber en qué puede acabar. Y, por lo general, partiendo de las injusticias sociales que se acentuarían en el siglo XIX, el futuro no era nada alentador.

Antes de que se produjeran las distopías (gracias al nuevo prisma pesimista que distorsiona las utopías ingenuas del pasado) más famosas del siglo XX, ya habíamos visto mundos oscuros y postapocalípticos en Bulwer-Lytton o en Wells, futuros en los que el hombre parece haber perdido sus rasgos culturales y de progreso y vuelve a las cavernas, se reorganiza nuevamente en clanes, tribus, e incluso pierde el lenguaje. Involuciona.

El tríptico de Rafael Pinedo se sostiene en esto: en la involución. Imagina un mundo en donde el hombre va descendiendo en su jerarquía de animal dominante para adaptarse al nuevo entorno natural, un paraje sombrío que nos devuelve al origen de las cosas.

Plop, Frío y Subte es la trilogía del desgaste, de la involución. Y Subte supone el broche definitivo del regreso a lo animal.

Se podría decir que las tres son novelas hermanas en temática e incluso sincrónicas (un tiempo indeterminado que nos muestra nuestro mundo devastado).

Subte transcurre dentro de túneles de trenes. Nos lleva de la mano de su protagonista, Proc, una mujer embarazada cuyo cometido es dar a luz en el otro extremo del túnel, inmolarse para, en una suerte de metempsicosis, entregar su alma a su futuro recién nacido. Traslado del alma a otra morada, otro cuerpo. Y Proc emprende un viaje que recuerda al de los salmones remontando el río para desovar, y todo esto después de un Ritual de Apareamiento.

En Subte vemos dos especies distintas: las de los sordos y las de los ciegos. Los dos viven alejados de la luz, unos justo en la entrada del túnel del tren, y los otros mucho más profundo, en donde todo es oscuridad y sólo se percibe la realidad mediante el tacto y la percepción que imprime un sistema de sonar, como murciélagos arrojando ultrasonidos para configurar el entorno.

Son dos tribus diferentes con diferentes leyes y costumbres.

Rafael Pinedo no ejerce de Virgilio enseñándonos estos mundos. Se limita a dejarnos en territorio desconocido y que nos entendamos como buenamente podamos. Y ahí está su acierto, que no justifica ni explica esa realidad: las cosas son como son.

Por eso a veces resulta complicado entender la situación espacial, porque está construida desde la percepción de los personajes, no para que el lector lo perciba. El lector tiene que poner de su parte para reconocer ese escenario, para comprender qué significa «durmiente» o «entenado».

A veces sí que es evidente, pero es que sin estas pistas quizás nos perderíamos irremediablemente en la confusión:

El viejo Birm había dicho: «Uno va por el túnel, encuentra un cuarto pequeño, entra, los cables se cortan por el peso, el cuarto se cae, uno se muere. Eso es un ascensor».

A pesar de que la novela es desalentadora, por lo que tiene de futuro incierto, es un canto también al renacer, al optimismo, aunque para ello sea necesaria la metamorfosis, la transformación en animal. Algo que sólo puede producir el amor de una madre por su hijo.

Proc hace su particular viaje de desovación y cae en las manos de los ciegos, una suerte de topos con un sistema jerárquico mucho más cruel e irracional que el propio sistema de Proc (que también tiene sus irracionalidades, aunque para ella es de lo más racional).

El mundo de Subte tiene ecos de Wells, por eso reconocemos a los “elois” en los “sordos” y a los “morlocks” en los “ciegos”. Pero en este caso no disponemos de máquina del tiempo que nos lleve a estos parajes. Sólo aparecemos. El libro es la máquina del tiempo. El lenguaje preciso, sencillo, cortante es la máquina del tiempo. Proc es nuestro guía a falta de viajero de la máquina del tiempo.

Todo está condicionado por el vértigo del lenguaje, por la percepción temporal y espacial que nos brinda la ignorancia de nuestro entorno, aunque sea reconocible por lo que tiene de vestigios del pasado (de nuestro presente).

Pinedo se salta las distopías de Huxley, Orwell y Bradbury y nos pone frente a una realidad que recuerda en mucho a la epidemia tramada por Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, para abrirnos los ojos a un mundo distorsionado en donde las reglas han cambiado y sus protagonistas son más animales que hombres, como una fábula sobre la condición humana en donde la involución nos acerca al principio fundamental de la vida: el sentimiento de maternidad y la supervivencia de la especie.

Cuando vuelve en sí encuentra que su hija está dormida sobre ella. Pensó en su hija (¿es su hija?).
Salió de adentro de ella; ella no sabía que era posible, pero salió de adentro.

Toca entre sus piernas. Nunca vio eso. Una gelatina viscosa. Nunca sacan eso de las madres muertas. […]


Subte
Rafael Pinedo
ISBN 978-84-15065-29-6
Salto de Página
Madrid, 2012
92 pgs

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