La linea del frente – Aixa de la Cruz

Li Bai, que tiene un reconocido prestigio como uno de los grandes poetas de la literatura china, opinaba que la vida está hecha de pequeñas alegrías y que el arte consiste en aprender a distinguirlas. Según una leyenda, probablemente falsa, Li Bai murió ebrio, cuando se lanzó al río para intentar abrazar el reflejo de la Luna, lo cual es una clara muestra de falta de discernimiento por parte de un artista acerca de la verdadera naturaleza de las alegrías de la vida o, al menos, de la mejor forma de disfrutar de dichas dichas alegrías.

La linea del frente retrato de Li Bo
Retrato de Li Bai

Li Bai pudo haber errado de forma espectacular (y fatal) a la hora de distinguir ciertas pequeñas alegrías de la vida o, al menos, a la hora de gestionar las susodichas alegrías, pero la idea del arte como vector organizador no deja de tener un cierto atractivo, aunque me temo que es un atractivo difícil de tomar en serio en nuestros tiempos, mucho más cínicos y posmodernos [i].

El arte de hoy no sólo no comparte los objetivos del vivaracho Li Bai. Hay una gran parte del Arte actual (téngase en cuenta que aquí utilizamos Arte para referirnos a cualquier forma de arte y no únicamente a las artes plásticas, razón por la cual evitamos el polémico término de arte contemporáneo. Téngase en cuenta también que intentamos utilizar el término “arte” de un modo meramente técnico, o, al menos, de un modo lo más técnico posible, sin que ello implique ninguna valoración cualitativa) que tiene objetivos radicalmente opuestos. Una gran parte del arte actual, en realidad una gran parte del arte de hace, por lo menos, tres siglos, tiene entre sus objetivos principales poner de relevancia la falta de uniformidad, de belleza, de equidad, de simetría o de justicia del mundo. Muchos consideran que la “función crítica” debe ser justamente la función principal del arte. Aquello del docere delectendo (enseñar deleitando) de Ovidio ha ido errando por distintos niveles de consideración crítica y hoy se considera una  cándida excentricidad de los tiempos antiguos, a la altura de la hieroscopia o de combatir la gripe a base de sanguijuelas y creo que la mayor parte de los espectadores, lectores y el público contemporáneo en general (incluyendo el que suscribe) se acercan a las obras regidas por este principio con un cierto resto de condescendencia que no tiene por qué ser ajeno ni está en absoluto reñido con el profundo respeto y admiración que dichas obras despiertan, en particular, por la atención y el dominio de los aspectos técnicos.

Todo esto viene al caso porque esta, La línea del frente trata, sobre todo, acerca de las diferencias entre el arte y la vida o, mejor dicho, entre la vida y la literatura o, todavía mejor dicho, entre la vida y el discurso. Quizás una forma mejor de expresarlo sería decir que La línea del frente trata, sobre todo, de la construcción de la identidad y, en particular, sobre cómo la identidad la construyen los individuos a partir de sí mismos, de su discurso, de su forma de entenderse y del personaje que ellos mismos se crean y sobre las fricciones que se crean cuando estas identidades creadas se ven en la difícil situación de enfrentarse al mundo. De entre todas las máscaras con las que salimos a la vida hay una que tendemos a confundir con nuestro propio rostro.

Esta dedicación al tratamiento de la identidad llama la atención en una novela cuya trama toca el tema de ETA y el conflicto vasco. Un tema que posee un campo de gravedad propio,  particularmente potente, del que pocas cosas pueden escapar. Es casi un tópico literario el hecho de que, si una novela trata sobre ETA trata sobre ETA, porque, como se sabe, hay cosas muy serias que se deben tratar así, con el respeto reverencial que se le depara a las chinchillas o a ciertas bacterias patógenas; cuando se procede a su análisis es necesario el aislamiento total para evitar que se contaminen con asuntos menores. Hay que reconocerle a La línea del frente el importante mérito de tratar el conflicto vasco sin convertirse en un libro sobre ETA. La capacidad de utilizar el conflicto, como un mero material narrativo, haciendo que el conflicto vasco sea uno más entre los múltiples juegos de espejos y paralelismos que se plantean en el libro. La ventaja de este tratamiento no es que se eviten realizar juicios políticos o que se tome posición, sino que aporta una dimensión nueva y enriquecedora, al mostrar (que no analizar) el conflicto, como una cuestión vinculada a la identidad, al discurso, a una forma de entenderse a sí mismos y de entender a los demás. El asunto vasco opera aquí como macrocosmos (más bien, macrocaos) que refleja el microcosmos (mismo chiste) de los personajes.

Castelao - Cousas - Se eu fose autor
Dibujo de Castelao para “Cousas”. Se eu fose autor

Con todo, sigo creyendo que el asunto vasco no deja de ser un afluente más dentro de un libro en el que la mayor parte del caudal discurre por los cauces de la identidad individual.

Por situar al lector, La línea del frente trata sobre Sofía, una estudiante de doctorado que se encierra en la casa de veraneo de la familia para terminar una tesis doctoral sobre el escritor Mikel Areiza, militante de ETA que huyó al destierro antes de suicidarse en Argentina. El encierro de Sofía tiene un doble, casi un triple sentido, en realidad. Además de terminar la redacción de su tesis, Sofía ha escogido la casa de Laredo, porque está cerca del penal del Dueso, donde cumple condena Jokin, un antiguo novio con el que Sofía ha retomado la relación. Decimos que habría un triple sentido porque la elección de Sofía está condicionada, no sólo por la cercanía al penal, sino también porque la urbanización, vacía durante los meses de invierno, le permite replicar el encierro de Jokin.

La trama no ofrece mucho más. Toda la novela (no es muy gruesa) gira en torno al encierro de Sofía, a sus muchos recuerdos, a sus escasas relaciones sociales (que se limitan a Jokin y a un fantasmal vecino, con quien comparte el espacio de la urbanización), a sus pocos planes de futuro (que, en realidad, se limitan a la perspectiva de terminar una tesis doctoral, sobre la cual no parece tener mayor interés) y a sus numerosísimos complejos de culpa.

El personaje de Sofía es algo así como un compendio de todas las características que suelen tener los intelectuales de la novela contemporánea. Sofía es inteligente, es culta y tienes momentos de ingenio, pero también es egoísta, neurótica, autoconsciente, aterradoramente solipsista (su obsesión consigo misma sólo se me ocurre calificarla de “enamoramiento” aunque sea una relación complicada) y está afectada por una especie de complejo de culpa ecolálico que la obliga a volver una y otra vez sobre sus fantasmas personales, fantasmas que Sofía se toma muy en serio y entre los cuales destaca (porque es al que Sofía le da más importancia) que Sofía es una pija poco comprometida con la sociedad que se ve a sí misma como una pija poco comprometida con la sociedad. Curiosamente el plan de Sofía para enfrentar este complejo en particular no pasa por involucrarse más o de forma diferente con la sociedad, sino por aislarse de ella para terminar una tesis doctoral (un formato sobre el que manifiesta ciertas dudas) sobre un escritor al que ella misma no parece conceder demasiada importancia, más allá de que le sirva como objeto de investigación.

Desde su refugio de Laredo Sofía va construyendo el mundo alrededor de sí misma. Como una diosa neurótica, Sofía intenta que su verbo se haga carne, y despliega sobre el mundo real un manto de palabras con el que intenta envolver el mundo que la rodea. Incluso su novio Jokin (que no es el tipo más avispado del mundo) se da cuenta de que su relación con Sofía obedece, esencialmente, a su necesidad de sematización compulsiva.

Li Bai quería utilizar el arte para distinguir las delicias del mundo. Pero el arte o, por lo menos, la literatura, aún en su forma más básica (el discurso) puede ser todo lo contrario o algo totalmente distinto. El arte puede ser el reflejo del callejón del gato, pero el arte también puede ser un engañoso canto de sirena. La promesa de un orden que, aunque no sea bello, ni armónico, ni necesario, ni justo, no deja de ser orden y, por lo tanto, ofrece un asidero para la inteligencia, un apoyo que permita pensar que, quizás, no estemos tan locos.

[i] El autor no pretende equiparar aquí cinismo con posmodernidad, aunque son dos palabras que tiende a ver juntas con una frecuencia que, quizás no signifique nada, pero que no deja de ser estadísticamente llamativa.

La linea del frenteLa linea del frente
Aixa de la Cruz
Editorial Salto de Página
184 pp
Madrid, 2017

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