El esnobismo o la banalidad del mal. La cena, de Robert Koch

por Jorge de Barnola

Koch es el trasunto holandés de Fernando Fernán Gómez o Jordi Mollá. Es actor y escribe novelas. Aunque esto no aclara nada.

También hay escritores que han hecho sus cameos en el cine (Houellebecq ha sido uno de los últimos), y si echamos la vista atrás, veremos que el dramaturgo de antaño salía a escena como un personaje más de sus propias obras o de las de otros.

Esto es importante porque la recreación de un mundo (en este caso el literario) tiene mucho de método de Stanislavsky. El escritor se sumerge de lleno en la historia de unos personajes, y viaja con ellos y se convierte en ellos, independientemente de que en la vida real el autor no tenga nada que ver con sus personajes. Porque es un completo error creer que en una obra podemos encontrar la personalidad auténtica de su creador. Pienso en America Psycho, y aquí nadie pensará que tras Patrick Bateman se esconde Bret Easton Ellis.

La creación es un juego, es ponerse en la situación y elucubrar sobre qué mueve a una persona ajena a nosotros a hacer algo concreto o qué sentimientos tiene ante una situación determinada.

Hace unos años, la sociedad española contempló horrorizada cómo unos adolescentes de elevada posición social quemaban a una indigente en un cajero de Barcelona. La fecha: 16 de diciembre de 2005. La noticia dio la vuelta al mundo, y hoy por hoy, si no nos lo recuerdan, parece que ha caído en el olvido.

La escritora catalana María Barbal publicó Emma, haciendo el viaje iniciático (y fatal) de la verdadera protagonista de esta historia: María del Rosario Endrinal Petit. Y lo propio hizo Arturo San Agustín con La noche que quemaron a la mendiga. En estos casos se expone el crimen desde la óptica de la víctima, rastreando ese mundo del subsuelo que cada día aflora más a nuestros ojos a medida que pasan los meses de esta crisis económica que padecemos y que parece no tener fin. Milagros García Guerrero también rastreó esta realidad en Mendigo, y a uno se le eriza la piel al pensar en los motivos que lleva a una persona a descender hasta el peldaño de los parias. Las razones son diversas: o es un statu quo heredado o bien se llega por enfermedad mental, depresión y falta de fortuna.

Herman Koch (Arnhem, 1953) tiene en su haber casi una veintena de libros y en los Países Bajos causa furor. La cena le ha granjeado cuantiosas ventas y llegó a España a través del sello Ediciones Salamandra.

La cena es mucho más que una novela sobre un crimen, es una radiografía del esnobismo.

Koch, buen conocedor de España, ha trasladado aquellos sucesos a su Holanda natal y ha compuesto un mosaico sorprendente sobre la banalidad del Mal.

La novela está escrita en primera persona, desde la óptica del padre de uno de los niños implicados en el crimen, y ya en las primeras páginas vemos esa aura de esnobismo que envuelve a El gran Gatsby o a La hoguera de las vanidades.

La estructura del libro es muy reveladora en cuanto al contenido: Aperitivo, Entrantes, Segundo, Postres, Digestivo y Propina.

La comida (aquí la llamaríamos “gastronomía”) es una parte fundamental en esa exposición del esnobismo, de las clases altas en el escaparate de la exclusividad, reflejándose su vanidad y falta de respeto hacia todos aquellos que no comparten su mismo estilo de vida.

Serge jamás reserva con tres meses de antelación. Suele hacerlo el mismo día; se lo toma como un juego, dice. Hay restaurantes que siempre dejan mesa libre para personas como Serge Lohman […]. Cabría preguntarse si en todo el país queda algún restaurante donde no pierdan los papeles al oír el nombre de Serge Lohman al teléfono.

En la novela, dos hermanos (uno de ellos futuro Primer Ministro de Holanda) y sus respectivas mujeres se encuentran en un restaurante selecto para hablar de lo que han hecho sus hijos en una noche de juerga. El escenario es ése: exquisiteces en un plato, modales refinados e impostados (son maneras aprendidas recientemente porque los protagonistas son nuevos ricos) y conversaciones sobre cine, la carta del restaurante, la enología… Todo esto antes de empezar el verdadero asunto que les ha llevado a reunirse allí.

—Los cangrejos de río están aderezados con vinagreta de estragón y cebollino —nos instruyó el maître. Se había apostado junto al plato de Serge y señalaba con el meñique—. Esto son robozuelos de los Vosgos. —El meñique saltó de los cangrejos de río a dos setas marrones, partidas longitudinalmente por la mitad: parecían arrancadas del suelo pocos minutos antes, pues en la parte del tallo había algo pegado que, en mi opinión, sólo podía ser tierra.

La tragedia se va preparando sobre la mesa, aunque cada uno de los personajes lleva ya tiempo rumiando sobre el asunto porque solamente se trata de la exégesis de la tragedia que ya ha sucedido. Pero las apariencias imperan.

Koch recurre “al buen comer” a la hora de mostrar a los personajes del drama, informándonos durante más de cien páginas de cada detalle que va sucediendo en la mesa. Uno piensa en los cuentos gastronómicos de Roald Dahl en Relatos de lo inesperado, y también siente la necesidad de rememorar esa imitatio de Chaucer o Boccaccio que hizo Cecil Saint Laurent en La sobremesa o ese viaje a la tragedia que gira en torno a la comida en Los ojos perdidos de Rafael García Serrano.

Llegado el Segundo plato, se empiezan a reconstruir los hechos. Es interesante la forma que tiene Koch para contarnos la historia. Los flashbacks o analepsis son continuos, y la acción salta de un lugar a otro, rellenando los espacios de la vida del padre de familia para explicarnos la relación con su hijo adolescente.

Hablábamos de la estructura porque a veces es difícil seguir los saltos y el itinerario de lo que el autor considera importante para que entendamos cómo ha llegado su hijo a cometer un crimen de esa envergadura, y llama la atención porque se recrea en asuntos insustanciales (como el encuentro de un hombre en los urinarios que quiere fotografiar al futuro Primer Ministro y cuya secuencia se dilata durante treinta páginas, intercalando secuencias del pasado y reflexiones del propio narrador de la historia), muy en la línea del viaje en 8 de Mathias, el memorable vendedor de El mirón en el clásico de  Robbe Grillet. Tiempo y espacio se entremezclan en esta “cena” en un restaurante distintivo, en donde el amor del padre por el hijo es capaz de justificar lo injustificable, muy en la línea de un Raskolnikov en sus explicaciones para defender en su conciencia el asesinato de una vieja usurera.

Y el protagonista de La cena lo defiende así:

[…] En un grupo de cien personas ¿cuántos cabrones hay? ¿Cuántos padres que hablan a sus hijos de malas maneras? ¿A cuántos capullos les apesta el aliento, pero no hacen nada por remediarlo? ¿Cuántos quejicas inútiles se pasan la vida lamentándose de injusticias imaginarias que se han cometido contra ellos? Mirad a vuestros alrededor, les dije. ¿Cuántos compañeros de clase preferiríais que no volviesen mañana al colegio? Pensad en ese pariente vuestro, el tío pesado que siempre sale con sus estúpidas anécdotas en las fiestas de cumpleaños, el primo feo que maltrata a su gato. Pensad en el alivio que sentiríais, no sólo vosotros sino toda la familia, si ese tío o ese primo pisaran una mina o fuesen alcanzados por una bomba. Si ese pariente desapareciese de la faz de la tierra.

La cena nos habla sobre la responsabilidad de los padres a la hora de educar a los hijos, cómo sus palabras, sus actos, repercuten en las futuras acciones que cometerán éstos.

La muerte de la mendiga no tiene ninguna importancia para estos personajes del drama. Es un daño colateral y buscan no verse salpicados públicamente, tapar el asesinato que puede verse en YouTube (aunque en la novela los actores del crimen no son reconocidos por las cámaras del banco).

—Babette y yo hemos tenido una charla con Rick esta tarde —dijo Serge—. Tenemos la impresión de que lo está pasando muy mal. Que se arrepiente muchísimo de lo que hicieron. Le quita el sueño, literalmente. Tiene muy mal aspecto. Y está afectando a su rendimiento escolar.

Es el punto de vista del otro, tan válido como cualquiera, aunque nos haga retorcernos de desagrado ante la banalidad del Mal.


La cena de Robert Koch, editorial Salamandra

La cena
Robert Koch
Editorial Salamandra
Barcelona
288 pgs

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