La alquimia como relato. El diablo me obligó, de F. G. Haghenbeck

por Miguel Carreira

 En Trago amargo Haghenbeck entreveraba la coctelería con la novela negra. La pasión por la mezcla es una constante en el trabajo del mexicano. Aquella Trago amargo, sin ir más lejos, llevaba la acción al rodaje de La noche de la iguana, con lo que ya teníamos el tercer ingrediente de la mezcla: cine, cóctel y literatura. Para Haghenbeck la mezcla de géneros y de elementos no es sólo una barrera que saltar. No es sólo que considere que las limitaciones genéricas son una cortapisa que se debe ignorar. Hay, o parece haber, un esfuerzo consciente por la atracción de distintos materiales, como un químico que se afanase en mezclar el mayor número de elementos posibles en su probeta.

Antes de esta El diablo me obligó existía algo llamado Operación Bolívar. Operación Bolívar es un cómic del mexicano Edgar Clemént en el que se retrata un mundo en el que los ángeles se pasean por la Tierra, con no demasiada discreción. Ante esto los humanos reaccionan como ha reaccionado ancestralmente nuestra especie. Empiezan a cazar ángeles y montan un mercado derivado de dicha actividad. Cada especie con su tema, parece decirnos Clemént: los pájaros cantan, los ángeles vuelan, las nubes se levantan y nosotros a lo nuestro: convertir el valor en mercancía para montar una industra que, da igual a lo que se dediquen originariamente, acabarán por tener un lado oscuro y muy inquietante. Si la industria consiste en cazar ángeles como trofeos y para elaborar drogas, pues ese proceso es mucho más rápido, claro.

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Haghenbeck recoge de forma más o menos expresa el universo de Operación Bolívar. Uno de los personajes se apellida Clemént, una coincidencia que difícilmente puede considerarse sino un reconocimiento de su predecesora. Pero El diablo me obligó no es una precuela ni una secuela. Sin que el que suscribe haya leído una opinión expresa de Haghenbeck sobre el tema, opina que para el escritor mexicano las precuelas y las secuelas son una forma un tanto burda de reutilización literaria. Haghenbeck recoge el ambiente y, en cierto sentido, la dinámica de la idea. Hace guiños a su historia gemela, pero son entidades distintas. Los universos coexisten, pero las historias se separan. Aquí, son los demonios los que se pasean por la Tierra. Cambia, el objeto directo de la historia —objeto directo en sentido estrictamente sintáctico, aquello de quien recibe la acción del verbo, como nos contaron de niños— pero el sujeto es el mismo y actúa de la misma manera. El sujeto son los seres humanos, que se dedican a lo que se dedican, así que, si lo que hay en la Tierra pululando son demonios, pues entonces es con demonios que se organiza una industria, no más tétrica que la que aparecía en Operación Bolivar pero sí un punto más grotesca. Los beneficios aquí pasan por organizar peleas de demonios, que son algo no muy distinto de las peleas de gallos. Un poco más brutales, sí, pero eso se debe sobre todo a la capacidad de los contendientes.

Lo más parecido a un protagonista que tenemos en El diablo me obligó es Elvis Infante. En realidad la novela es más bien coral y, si buscamos un protagonista —o lo más parecido a un protagonista—, no es para intentar destilar una estructura más ortodoxa en la novela, sino para escoger el paradigma más representativo entre los personajes que la pueblan. Elvis Infante es un individuo casi tan pintoresco como su nombre indica pero, en contraste con la gente que le rodea, con su profesión y con su entorno profesional, resulta ser un tipo casi discreto. Elvis Infante es diablero, es decir, se dedica a cazar diablos. Como la caza de diablos es una actividad clandestina, la profesión oficial de Infante es santero, aunque buena parte de la novela transcurre en un momento anterior, en el que Infante está enrolado como Marine en el ejército de los EEUU.

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Elvis Infante comparte aventuras con un cura católico llamado Benjamin y con un capitán del ejército llamado Potocky. Cada uno de ellos carga su propia cruz, aunque el padre Benjamin lo hace con mucho más esfuerzo, al menos en apariencia. El padre Benjamin es arrebatadoramente guapo. Tiene como condena un trasero terso y turgente que atrae poderosamente a las mujeres, por lo que el pobre Benjamin mantiene una relación complicada con el voto de castidad. El capitán Potocky (sic), por su parte, parece inspirado en el coronel Kilgore, de Apocalipsis Now. En cada una de sus intervenciones uno está esperando que se decida a pedir a gritos una tabla de surf, cosa que, por suerte, no llega a hacer. Es un tipo tan habituado a vivir en el infierno —y que se encuentra tan cómodo en él— que la caza de demonios parece una actividad incluso adecuada.

Si quisiésemos dar la impresión de que Eldiablo me obligó es una novela más tradicional, con unos protagonistas definidos y una trama de progresión clásica, ya habríamos hecho un buen avance. Ya hemos localizado protagonistas, ambiente y los grandes rasgos de la trama. Nos faltaría la tesis. No la hay, pero tampoco se pueden decir que lo anterior exista y eso no nos ha impedido avanzar. Hay un momento en el que Elvis Infante le arrebata un bote de Demerol a su acompañante, el padre Benjamin. El sacerdote recurre a las drogas para sobrellevar sus dudas de fe y las pruebas que Dios le impone constantemente a través de sus muy atractivas posaderas. Infante le arrebata el Demerol a Benjamin porque —según le explica— no quiere que su compañero esté bajo sus efectos mientras trabajan. Infante, explica, no tiene nada en particular contra la droga. Infante cree que la droga no es mala —o no muy mala—. Cree que lo que hay alrededor de ella lo que es verdaderamente malo y Elvis Infante no es de esos tipos que se andan por las ramas de la moral. Si Elvis Infante dice que algo es malo es porque algo te puede matar, o dejarte calvo o impotente. La tesis de Infante es que, si tomas drogas, lo más probable es que acabes mal, pero no tanto por las drogas que consumas, sino porque acabarás cabreando a alguien o cabreándote con alguien y, en cualquier de los dos casos, todo terminará con una pistola en la boca de uno de los dos o con un golpe de cañería detrás de la cabeza.

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El diablo me obligó es más un cuadro que una novela. Más que la trama o los personajes importa el ambiente, la mezcla de elementos o el humor. Como casi siempre, lo mejor es lo peor y viceversa. Haghenbeck recuerda un poco a Tarantino en ese impulso por hacer aparecer y desaparecer personajes y referencias a toda velocidad, muchas veces por el puro placer de hacer aparecer personajes y referencias. Haghenbeck ha guionizado cómics y, a veces, da la impresión de que leemos más un cómic que una novela. En ocasiones la novela se detiene, para describirnos, por ejemplo, las aberraciones que forman el cuerpo del monstruo. Uno puede estar tentado a pensar que ciertas páginas en las que el narrador se deleita en las descripciones tienen su raíz en la parsimonia tradición descriptiva de la novela del XIX. Pero no van por ahí los tiros. Haghenbeck se detiene a describir el cuerpo del monstruo con la misma intención que en los cómics de superhéroes se añade de tanto en cuando una viñeta de tamaño especial con el héroe o el villano dibujado con todo detalle. La función es lo espectacular y el sentido también lo es.

Entre referencias, alusiones y gestos tomados de distintos medios —la música, el cómic, el cine…— la historia se adelgaza, presionada por los distintos elementos que comparecen. Pero, a diferencia de Tarantino, Haghenbeck no tiene la obsesión por hacer de cada escena un momento memorable. El director estadounidense ha dicho en muchas ocasiones que le gusta pensar en sus películas como un disco y que le gusta imaginar que los espectadores pasan por las escenas igual que quien escucha un disco se pasean por las pistas de un LP —u homónimo autorizado—, saltando de una escena a otra, viendo una y otra vez un momento en particular igual que quien repasa una y otra vez un riff.

Hay algo de esto en El diablo me obligó, pero los recursos del cine son distintos a los de una novela. La novela tiene un pulso más lento y la pirotecnia resulta menos vistosa. Se conserva, eso sí, el impulso por narrar a puñetazos. Como la medida cinematográfica de la secuencia es menos efectiva, Haghenbeck refuerza una unidad menor. Más de la mitad de los párrafos terminan en una punta afilada, en una frase contundente que apunta a la memoria.

Haghenbeck señalaba en una entrevista que Trago amargo es un libro que pensó para ser leído, paladeado y escuchado. La idea se mantiene, aunque el paladar ha perdido protagonismo a favor de la vista. Esta es una novela poderosamente visual. La historia se disuelve entre tonos oscuros.


factor-critico-el-diablo-me-obligó-finalEl diablo me obligó
Salto de Página
F. G. Haghenbeck
ISBN: 9788415065395
Madrid, 2012
206 pp

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