Hay música en el sótano. Balada de Caín, de Manuel Vicent

por David Sánchez  Usanos

El sello BackList se dedica, entre otras cosas, a rescatar joyas pérdidas en los catálogos de editoriales ahora pertenecientes al Grupo Planeta. Así lo hicieron, por ejemplo, con el excelente Baudelaire de González-Ruano. Ahora es el turno de la novela con la que Manuel Vicent ganó el Premio Nadal en 1986. ¿Cómo puede estar descatalogada una obra merecedora de tal galardón siendo su autor columnista en activo de El País? Esa es la realidad cultural-editorial de España. Imagínense qué no pasará con escritores actualmente menos expuestos o ya desaparecidos. Quizá el ejemplo más sangrante sea el de Francisco Umbral. Con la excepción de Mortal y rosa, y algún otro que puede escapárseme, sus libros son realmente difíciles de encontrar (curiosamente BackList también recuperó algunos en el volumen Hojas de Madrid).

Pero dejemos los lamentos para otra ocasión y pasemos a ocuparnos de este libro. En él Vicent anuda la historia, alterada a su manera, del Caín bíblico con la de un tipo que toca el saxo en un club de jazz de la Gran Manzana. Sí, han leído bien. En las páginas de esta obra, Caín es, a la vez, el primogénito de Adán y Eva que anda errante por mares y desiertos y un buscador (de almas, de experiencia, de vida, de tesoros) que se interna en un Nueva York nocturno, a medias furtivo, a medias espectacular. El protagonista de esta balada es un personaje fascinante que lo mismo cae erotizado por Abel que libra combates legendarios con panteras de ojos verdes o boxea con un Yahvé a medio camino entre un mafioso y un capataz. El mismo Caín que se cruza en el asfalto neoyorquino con personajes escapados de un disco de Lou Reed o se entrega a los placeres de la carne con una camarera llamada Helen. Hombres-rata, caimanes ciegos e historias que se fraguan en los retretes de los juzgados son algunos de los materiales con los que Manuel Vicent compone su canción.

Antes he mencionado la palabra «novela» pero ahora me arrepiento. Esto no es una novela. No hay propiamente una historia que se desarrolle, personajes que evolucionen o alguna trama o acción que experimente cambio de sentido. Aquí no pasa nada. ¿Qué diablos es Balada de Caín, entonces? Ciertamente a lo que más se parece es a un ejercicio lírico. O a una escena imposible en la que un genio apellidado Buonarroti se deja los ojos en la bóveda más citada del mundo mientras abajo, acuclillado y con un cigarrillo en la comisura de los labios, Jackson Pollock vierte medio bote de pintura sobre un lienzo extendido en el suelo. Pero sabido es que la poesía no vende demasiado y Manuel Vicent, que de tonto no tiene un pelo, hábilmente la ha disfrazado de novela. Sin embargo, ya digo que estamos ante algo que se asemeja mucho a un poema de casi doscientas páginas. Hablaré entonces, simplemente, de «libro».

Balada de Caín es un libro excelente. Un despliegue apabullante de recursos a la hora de usar el castellano. Algo que siempre he admirado de Vicent es su magisterio en las descripciones. Los colores del cielo y de la tierra, la sal del mar, los mil perfumes de una situación, la luz y la oscuridad en sus múltiples graduaciones, lo frío y lo cálido, lo seco y lo húmedo… en fin, los muchos matices de la física tienen en Vicent a uno de sus escritores definitivos. El adjetivo idóneo, el ritmo adecuado, la frase perfecta. Si el lector admite el juego que propone Balada de Caín (dos mundos, dos tiempos, dos destinos que se alternan y confunden en una misma melodía saturnal) se verá arrastrado por ese torbellino hasta el final.

Manuel Vicent decide hacer un collage con dos de las mitologías más asentadas en occidente, aquella que tiene que ver con Biblos y la que se alimenta del cine y de la música vinculados a la ciudad de Nueva York, y nos entrega unas páginas soberbias. El sexo y la música sirven como mecanismos que regulan el flujo entre un tiempo y otro, entre caravanas que atraviesan el país de los hititas o barcos con la proa apuntando a Jaffa y las alcantarillas de Manhattan o el inevitable hotel Chelsea. Pueden detectarse influencias de Jorge Luis Borges, Henry Miller e incluso algún guiño a Dante y a la ciencia-ficción, pero es el propio Manuel Vicent quien se impone y, al ritmo elegante que marca el jazz de Coleman Hawkins, escribe una obra experimental que resulta de lo más logrado. Un texto que se mueve entre lo onírico y lo psicoactivo pero que, a diferencia de otras obras más conocidas dentro de ese registro, está admirablemente escrito.


FactorCritico-balada-de-cain-fondoBalada de Caín
Manuel Vicent
ISBN: 978-84-08-00368-7
Backlist
Madrid, 2012
192 páginas

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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