Escuela de rebeldía; de Salvador Seguí

por Miguel Carreira

No creo que lo mejor de Escuela de rebeldía sean sus cualidades literarias. Sí tiene valor documental –por ser su autor quien es y por retratar lo que retrata– y tiene el mérito de poner encima de la mesa cuestiones que, en un contexto de crisis, cobran una nueva vigencia.

Un poco de contexto histórico: Salvador Seguí, el autor de Escuela de rebeldía, fue uno de los líderes históricos del anarquismo. Trabajó como pintor durante toda su vida. El desempeño de una actividad profesional al margen de su labor política, que hoy se consideraría una muestra de pésimo gusto y seguramente habría hecho que el sr. Seguí fuese tenido como un imbécil incapaz de liderar cualquier tipo de propuesta política, se consideraba entonces perfectamente normal. Eran otros tiempos. Entonces los sindicalistas y, especialmente, los anarquistas, eran partidarios de que los representantes de los trabajadores fuesen, a su vez, trabajadores, y suponían que la condición de trabajador involucraba el desarrollo de algún tipo de actividad laboral.

Tampoco es cuestión de volvernos locos o ciegos de nostalgia, ni hay por qué empezar a decir ahora que aquélla fue una edad dorada. Más bien al contrario. Para empezar, la violencia estaba mucho más generalizada, podemos decir incluso que era un elemento político cotidiano. El propio Seguí murió a balazos en 1923, acribillado por miembros del Sindicato Libre, una organización que tenía poco de sindicato y menos de libre, pero que contaba con balas y con el apoyo de la extrema derecha y de grupos patronales, que vieron en los pistoleros un recurso para contener a los revoltosos grupos obreros. El anarquismo, a su vez, está vinculado a una tradición de violencia que ha servido para esquematizar en exceso su propuestas política.

Escuela de rebeldía cuenta la historia de Juan Antonio, un trabajador que no es Salvador Seguí, pero podría serlo. Eso a pesar de que se nota que Seguí lo que quiere no es hacer una novela autobiográfica. Lo que le interesa es llegar a una especie de modelo; el camino de perfección paradigmático que hace el obrero paradigmático hasta convertirse en el perfecto y paradigmático anarquista. Posiblemente por eso, por poner distancia y por hacer de Juan Antonio un paria perfecto, Seguí hace que no nazca en Cataluña, como él mismo, sino que le da origen andaluz y luego se lo lleva a Barcelona, donde transcurre el resto de la novela. Barcelona, por aquel entonces, era el centro del anarquismo español y también el lugar donde la represión contra los elementos obreros era más virulenta. Al hacer a Juan Antonio andaluz de nacimiento y catalán de acción, Seguí traza un cordón entre las dos zonas más activas del anarquismo español de la época.

Decíamos que Escuela de rebeldía, en lo literario, no es un libro notable. Sin embargo, como novela regular, uno casi tiene el impulso de decir que es un sano ejercicio de lectura. Porque lo que intenta Seguí, en apenas setenta páginas, no es un cuento, ni una parábola, ni un tratado filosófico. Lo que intenta Seguí es, por estructura y ambición, nada menos, que una novela, una novela en toda regla al estilo de las grandes novelas del siglo XIX y que tiene a Zola como referente más inmediato. Una novela que sigue a un personaje, desde que nace hasta que muere y que incluye la maduración psicológica del individuo mediante su enfrentamiento con el mundo. Lo que Sthendal hace en setecientes páginas, Seguí lo quiere hacer en setenta, a ver si se puede. Resulta que no, no se puede.

Este tipo de novelas, con estas aspiraciones, hoy ya no se hacen, pero por entonces todavía el naturalismo tenía su tirón. En el fondo, era el modelo a seguir. El modernismo anglosajón todavía no se había convertido en una posibilidad y, de todas formas, en España, del asunto del modernismo, nos enteramos bastante tarde y bastante mal. En todo caso, si Escuela de rebeldía puede funcionar como ese sano ejercicio de lectura que comentábamos es porque, con ella, se puede entender mejor el enorme talento para la animación de caracteres que hay en las grandes novelas del siglo XIX –quizás más que en ningún otro en Balzac–. Escuela de rebeldía fracasa precisamente donde estas novelas pican más alto.

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Las grandes novelas del realismo –y vecindades– conseguían narrar la vida de un hombre y, al hacerlo, podían eludir años enteros de la existencia de su protagonista, sin que las elipsis nos resultasen extrañas o sin que nos diese la impresión de que nos faltaban piezas en el puzzle. Vemos madurar a los protagonistas y vemos evolucionar su pensamiento, y todo nos resulta perfectamente natural, perfectamente continuo, a pesar de que, en muchas de estas novelas, un análisis no demasiado detenido nos revela que el efecto de continuidad es un truco de magia: ahora, en una mano, tenemos el personaje de Monsieur Tal, que está aquí y piensa esto. Fíjese bien, que no hay nada en la manga. De repente, el sr. Balzac nos enseña a una condesa de buen ver con la otra mano y con la primera ¡op! nos cambia a nuestro bienintencionado contable en un rijoso calavera… et voila! La comedia humana. Balzac podía hacerlo, Flaubert podía hacerlo, Dickens podía hacerlo, Galdós podía hacerlo. Seguí, no.

Dicho esto, la novela no carece totalmente de méritos literarios. Ni su falta de calidad como novela –la narración falla sobre todo por eso, por pretender ser novela, por aspirar a un tipo de construcción que la excede– implica que lo que se traslada sea un pensamiento ramplón. Al contrario, hay un par de momentos en la historia que realmente llegan a funcionar. Especialmente cuando Juan Antonio encuentra a María Rosa –sí, es cierto, no es una gran elección de nombres–, la que será su compañera y la que galvanizará la conversión definitiva de Juan Antonio. En el encuentro entre ambos hay momentos en la que María Rosa se muestra como un personaje de cierto interés y, sobre todo, un personaje creíble y animado. Juan Antonio, por su parten, nunca llega a ser un personaje verosímil. Se nota demasiado que lo que a Seguí le interesa es convertir a Juan Antonio en un símbolo y al pobre le falta el toque de magia que lo convierta en un niño de verdad. Esto, para nuestra forma de leer novelas, es muy difícil de sostener. Yo no sé si existe un mundo paralelo en el que los lectores de novelas estén acostumbrados a este tipo de personajes. En el nuestro, Juan Antonio es un personaje, en el mejor de los casos, asintótico. Podemos acercarnos a él, pero nunca llegamos a tocarlo del todo. Con María Rosa sí llegamos a entrar en comunión. Es algo muy breve, pero está ahí y, además, el fragmento tiene el mérito añadido de sortear con bastante solvencia lo que no deja de ser una situación melodramática, un tanto de opereta.

Pero más allá de lo literario, Escuela de rebeldía es un documento interesante por dos razones. Una, porque sirve para entrar en contacto con una época histórica y, sobre todo, con una parte de esa historia, el anarquismo, que ha sido muy mal conocida y muy mal difundida por la historia y la narrativa en España. Uno ve las películas sobre la Guerra Civil española y da la impresión de que todo ahí era una balsa de aceite. Al final no queda más remedio que preguntarse qué pudo salir mal en un ejército de gente tan guapa y tan voluntariosa, todos remando en la misma dirección. En fin, no hay que ser un erudito para saber que la cosa no fue así del todo, pero en el cine –no tanto en literatura– es más bien difícil encontrar tan siquiera una alusión al grave enfrentamiento entre anarquistas y comunistas que lastró al bando republicano y sin el cual, quizás, sólo quizás, la Guerra Civil habría tenido un final diferente.

La segunda razón es que Escuela de rebeldía invita a una reflexión sobre el anarquismo en sí. Una reflexión que, quizás hoy más que nunca, dado el progresivo enturbiamiento de las relaciones entre la población y sus instituciones políticas, parece necesario.

factor-critico-escuela-de-rebeldia-imagen-2Por supuesto, hablamos de reflexión, que no de adhesión. No nos atreveremos desde aquí a recomendar una u otra opción política, pero sí nos atreveremos –porque creemos que es nuestro papel– a recordar la necesidad de llevar a cabo una reflexión política seria, profunda y libre de todo prejuicio en un momento en el que parece evidente que en España la degradación de la política y de las relaciones de la política con el pueblo amenazan el propio sistema y algunos de los principios más nobles que lo animan. Es necesario reflexionar, por ejemplo, para evitar el riesgo de que se confunda la forma –es decir, las actuales estructuras, instituciones y reglamentos– con el fondo –el principio democrático mismo–. Parece claro también que una reflexión política que aspire a examinar la cuestión desde sus fundamentos debe ocuparse del anarquismo, más allá de sectarismos o romanticismos. Pensar el anarquismo, por su parte, implica pensar en su esencia, en sus objetivos y, claro también en sus métodos históricos, uno de los cuales, el que se relaciona de forma automática con el anarquismo (lo cual no deja de ser una simplificación de un fenómeno mucho más complejo) es el de la violencia y su uso en política.

El hombre es un pobre ser que ha perdido sus instintos y no ha alcanzado la sabiduría. La frase no es mía, es de Cela, aunque tengo que prevenir a cualquier cazador de consignas de que aquí cito de memoria y tampoco recuerdo el lugar concreto en el que pueda buscarla. En todo caso, es una frase muy redonda, que creo que puede servir para introducir uno de los caracteres fundamentales del hombre: su naturaleza social. El hombre es poca cosa sin sociedad y, por tanto, está condenado a ser un animal político –Aristóteles estableció ese concepto que, creo, nadie ha derogado después–. Desde el momento en el que el hombre decide agruparse con sus semejantes, por cuestiones de supervivencia y para tener con quien charlar –esto lo dice la Biblia, qué quieren que les diga–, una de las primeras decisiones que habrá tenido que tomar es la de si estos grupos deben estar regidos por algún tipo de jerarquía o no.

Por supuesto, lo más probable es que el ser humano no se haya tenido que plantear nunca esta cuestión de forma literal. Lo que estamos haciendo aquí es practicar un juego de reconstrucción caricaturesca de la historia para representar de forma plástica la cuestión de si las jerarquías que estructuran una sociedad son necesarias u opcionales. La reflexión sobre el anarquismo es, en su base, una reflexión sobre el poder, sobre la necesidad del poder y sobre las relaciones del poder con los individuos. El anarquismo dice que la humanidad no necesita de una jerarquía para sostener una comunidad. La historia, salvo contados y breves experimentos, dice lo contrario. También es verdad que la historia ha sostenido cosas que, a toro pasado, parecen más bien excéntricas, como el esclavismo o la viruela.

Cabe señalar que Escuela de rebeldía no es una exposición sobre los principios del anarquismo. Es sobre todo, y sin salir del ámbito de una narración novelesca, una exploración sobre las posibilidades de una revolución, sobre si los cambio de una sociedad se pueden dar a partir de una evolución de lo que había antes o si un mundo nuevo necesita –y hasta merece– nuevos principios que arranquen desde lo más hondo, es decir, no ya desde la renovación de las instituciones, sino desde la verdadera raíz del cambio que propone el anarquismo en cada una de sus muchas formas: un hombre nuevo para un mundo nuevo.


Escuela de rebeldía
Salvador SeguíPeriférica
Biblioteca Portatil
ISBN 978-84-92865-60-4
2012
72 pgs

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