La crisis no ha tenido lugar (aún); Cenital de Emilio Bueso

por Miguel Carreira

«Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?.

Coleridge

Me van a perdonar ustedes que personalice, pero voy a empezar refiriéndome a una conversación que tuve hace poco con unos amigos. Hablábamos de dar miedo, de dar miedo en el cine y luego, con el correr de la conversación, de dar miedo en la ficción en general. La charla terminó en un enfrentamiento irresoluble acerca de si es fácil o difícil dar miedo cuando se hace ficción. Ahora que me he leído Cenital ya sé que es fácil y ya sé cómo se hace (o ya sé cómo lo hacen otros, que no es lo mismo). Se hace así.

La frase del principio ya hemos visto que es de Coleridge, pero creo que, casi todos los que la conocen, la conocen -la conocemos- gracias a Borges. La idea de la frase está clara y, además, las películas la han explotado bastante: hay una frontera, que distingue la realidad de los sueños, cuyo derrumbe resulta, en el mejor de los casos, desconcertante. En el peor de los casos, da miedo, y mucho.

Pero puede dar mucho más. Pongamos por un momento, que en el sueño no se atraviesa el paraíso. Pongamos que lo que se atraviesa es el infierno y que, allí, claro, a uno no le dan ninguna flor, así que al despertarse nuestro soñador no tiene nada en la mano. Entonces se levanta, toma una ducha, desayuna, coge el metro para ir a trabajar y allí, en el periódico gratuito, se encuentra, no en la portada, sino en páginas interiores, una noticia con una fotografía, y en la fotografía resulta que aparece la misma puerta del infierno que ha soñado la noche anterior. Eso da miedo. Eso da mucho miedo y eso, poco más o menos, es de lo que trata Cenital.

Vamos a librarnos de las metáforas. Cenital transcurre en un mundo postapocalíptico en el que el fin de la civilización no ha llegado a causa de una catástrofe nuclear, ni por culpa del deshielo, ni de los casquetes polares, acontecimientos que, al fin y al cabo, podrían o no producirse. Aquí el final de la civilización ha llegado por algo que sabemos con toda seguridad que sucederá, antes o después: se llama Peak Oil, que es el nombre (por supuesto, inglés, todas las cosas importantes tienen un nombre eficaz en inglés) con el que se conoce al momento en que la humanidad alcance su máxima capacidad para extraer petróleo. Por si alguien está muy, muy despistado el petróleo es esa cosa negra a partir de la cual hacemos funcionar los coches, los aviones y los tractores; construimos aparatos plásticos, fibras sintéticas, herbicidas, detergentes etc., etc., etc. También se le conoce como “oro negro” o como “el rey del mambo de la civilización”.

Un poco menos conocido que el término «Peak Oil» es el término «Crush Oil». Para explicarlo vamos a recordar que, cada vez que oímos en las noticias que sube el petróleo, nos atamos los machos, porque sabemos que una subida del petróleo se traduce automáticamente en una subida de la gasolina, los transportes, el pan y, en general, de todo aquello en cuyo proceso de producción o transporte influya el petróleo. Es decir, de todo. Esto de que el precio del petróleo suba de tanto en cuando es así porque, a pesar de que la producción de petróleo se ha ido incrementando históricamente desde que comenzó a explotarse para la producción de energía, la demanda ha ido subiendo, como poco a la par y generalmente bastante por encima. Además, el coste de extracción también ha ido variando progresivamente, y a esto tenemos que sumar el hecho de que, para qué engañarnos, siempre hay gente que intenta sacar la mayor tajada posible.

El petróleo ha sido, hasta el momento, algo que ha habido en cantidad suficiente para todos, siempre y cuando pudiera pagarse, claro, y el crush oil pone nombre al momento en el que eso deja de ser así. El momento en el que, simplemente, deja de haber petróleo para todos y en el que todo el mundo empieza a tener mucho miedo y a cabrearse cantidad porque no hay petróleo para poner en marcha un coche de fórmula uno, para viajar en avión a Londres o para arrancar un tractor.

El Crush Oil tiene mucho que ver con el peak oil pero tampoco son fenómenos totalmente paralelos, porque en el Crush Oil intervienen además otros factores. Por ejemplo, el hecho de que existan varios países que han sido muy, muy pobres hasta el momento y que, ahora, siguen siendo «muy pobres». Pero ya solo son eso, «muy pobres» a secas, así que, a partir de ese único «muy» que va del «muy, muy pobres» a «muy pobres» a secas, hay cientos de millones de personas en China, en Brasil y en India que, en este mismo momento, están barajando comprar un coche, como en occidente, y dejar de ir a todas partes en bicicleta, lo que significa que ese único adverbio que va del  «muy, muy pobres» al  «muy pobres» a secas es una de las mayores amenazas para el sostenimiento del planeta. Ya ve usted[1].

Claro, ahora a ver quién le explica a esta gente que para vivir como un occidental tiene uno que ser occidental, porque, si no, no va a haber forma de mantener el carrusel en marcha. La cosa tiene especial importancia ahora que el carrusel se está quedando sin pilas. Estamos seguros de que habrá gente que pondrá todo su empeño y su buena voluntad en explicárselo de forma razonable, pero la historia nos dice que siempre ha habido gente que es que no quiere oír.

El Crush Oil para decirlo a las claras, pone nombre a una crisis económica en la que ya no se trata de saber de qué fondo crediticio internacional vamos a sacar un dinero virtual con el que compensar la carencia de dinero virtual que asola a una serie de bancos, para que así esos bancos puedan volver a reactivar la máquina de crédito que genera dinero virtual, y que ese dinero virtual vuelva a ejercer su función de combustible de nuestra economía. La crisis actual es poco menos que una milonga, en comparación con lo otro, porque ahora mismo se trata «sólo» de aclarar que había una cantidad de dinero que creíamos que teníamos y que, en realidad, no existe, que nunca ha existido. Los veinte mil millones de Bankia no los han robado Rato y Cía., que pueden ser culpables de ineptitud o de cobardía y también quizás de algunas cosas más, pero no de robar veinte mil millones. Eso no le cabe a nadie en los bolsillos. Esos veinte mil millones, simplemente, no han existido jamás. Es un dinero que un montón de avariciosos individuos han ido imaginando con sus ordenadores, apostando en una carrera contra el futuro. Ahora el futuro ha llegado, y es malo, pero (ay) todavía puede ser mucho peor. El Crush Oil pone nombre a una crisis en la que de lo que se trata no es de números en una máquina -que, no vayamos a simplificar, es algo muy importante, tal y como se está demostrando-, sino de pan, de trigo, de la próxima cosecha; se trata de hambre. Se trata de saber de dónde vamos a sacar el petróleo -léase, la energía- para poner en marcha las cosechadoras, o las máquinas que deben llevar comida a las hipertróficas ciudades del mundo.

Si ahora piensa usted que todavía nos queda mucho para eso, le diré que, en propiedad, podríamos estar hablando en pasado. Técnicamente, hemos sobrepasado el límite máximo de las reservas convencionales y, si todavía podemos aplazar la declaración oficial de que hemos llegado al punto de inflexión, es porque confiamos en encontrar reservas que aún no hemos encontrado y en explotar pozos que aún no hemos sabido cómo explotar. Otra carrera al futuro. Sería bueno que estuviésemos buscando una alternativa viable para un producto que utilizamos para generar el 80% de la energía que consumimos. En lugar de eso, seguimos embarcados en una partida gigante de póquer, en la que nadie quiere reconocer que todos (Alemania, España, Italia, EE.UU., China, Brasil…) hemos estado jugando de farol. Simplemente, ese dinero no está, nunca ha estado ahí. Como dice Krugman, nuestro déficit es su superávit. Estamos moviendo la deuda de un lugar a otro. Al intentar terminar con esa deuda que recorre Europa somos como el niño que está en la playa con su cubo e intenta cambiar de sitio el agua del mar. Apostamos a jugar de nuevo al futuro -tal vez el dinero aparezca por algún lado- porque es lo que siempre se ha hecho y siempre ha funcionado, pero por primera vez en la historia reciente de la humanidad, por primera vez en la historia particular y ridícula de toda una generación, parece que el futuro no será mejor.

Todo esto, en realidad, Bueso no lo pone en la novela. Lo que hace es introducir el tema y luego explicarlo a medida que desarrolla una trama que se sitúa en un futuro apocalíptico, después de un colapso económico mundial. Hay muchos futuros posibles, así que, si es usted un alma sensible le advierto de que lo que viene no le va a gustar. La novela de Bueso trata sobre un grupo de gente que ha conseguido escapar de la implosión post-petróleo, estableciendo una comuna basada en la producción autosuficiente. Suena a poblado hippie, pero la cosa no va del todo por ahí. Aquí los hippies no se fían del todo de la paz y el amor y llevan fusiles de asalto y ballestas, por si las moscas.

Bueso nos explica un poco la vida de la comuna: qué hacen unos y qué hacen otros en esa comunidad, qué hacían unos y qué hacían otros antes del colapso financiero… Le advierto al lector que es posible que la vida de los personajes de la comuna no le interese demasiado, porque a las quince o veinte páginas puede que esté demasiado ocupado pensando en dónde puede usted almacenar cantidades ingentes de latas de conservas o cuánto tiempo podría sobrevivir al margen de la civilización si las cosas no vienen muy mal dadas.[2]

De todos los personajes el que más protagonismo tiene es un tal Destral. Destral es lo que queda cuando mezclas a Julien Sorel y el protagonista de Mad Max. Bueso va intercalando la vida en la comuna con las entradas de blog en las que, antes del colapso, Destral, anticipaba la destrucción de la sociedad del petróleo. Por si no asustaba lo suficiente, Bueso añade además una serie de documentos preapocalípticos, entre los que se incluyen citas (reales) de economistas, de sociólogos, de informes del Deutsche Bank, de Ali G y de Siniestro Total. Según avanza la trama de la novela, Bueso incluso tiene el detalle de hacernos ver que, por muy mal que vayan las cosas, siempre pueden ir a peor, dado que el ser humano está dotado de la habilidad de renovar sobre la marcha su notable talento para hacerse putadas los unos a los otros, incluso en las peores condiciones, incluso cuando su potencia tecnológica y mecánica se haya visto considerablemente mermada.

Pues eso. Si quiere usted pasar miedo, pruebe a soñar que atraviesa el infierno, que el infierno es un campo de petróleo en llamas y que, al despertar, tiene la mano manchada de fuel oil. Ah, y a su vecino al lado, dispuesto a cortársela.


FactorCrítico-Cenital-EmilioBueso-FondoCenital
Emilio Bueso
ISBN: 978-84-15065-26-5
Salto de Página
Madrid,2012
288 pgs


[1] En algún lugar he leído que una de las grandes amenazas ecológicas del planeta es que los chinos descubran las ventajas del papel higiénico. La metáfora es tan evidente que resulta hasta grosera —en más de un sentido.

[2] El que suscribe ha hecho su cálculo personal, que ha resultado ser de diecisiete minutos y medio. Quizás parezca que no es mucho pero, son doce minutos más que Jose María Gutierrez «Guti».

[3] La mano, hombre, no todo va a ser malo.

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Un comentario sobre “La crisis no ha tenido lugar (aún); Cenital de Emilio Bueso

  • el 1 junio, 2012 a las 15:40
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    Magnífica reseña. Qué ganas de leer el libro!

Comentarios cerrados.