Guapos en Marrakech; Camino de ida, de Carlos Salem

Por Miguel Ángel Mala

Los sueños no mueren, Octavio, como mucho, los dormimos.

El nombre de Camino de ida señala hacia una dirección muy concreta, que en el vasto mundo del cine suele tener el rótulo de Road Movie, lo que podríamos traducir como una historia de carretera y manta. Un periplo por moteles polvorientos –si no hay polvo no tiene gracia–, en el que los crepúsculos son interminables y las llantas de un coche muerden el asfalto con saña. Y eso es esta novela, donde el protagonista, llamado Octavio, circula por Marruecos dando tumbos, envuelto en una sórdida trama de espionaje.

Octavio pertenece a esa estirpe de hombres maduros que creen haber perdido el tren de la vida hace mucho tiempo. Padres de familia con ilusiones adolescentes que, de golpe y porrazo, deciden dar un cambio de rumbo y se tiran por el terraplén de la aventura. Primero suelen deshacerse de sus esposas –transmutadas en harpías abominables– y a partir de ahí el hombre maduro comienza una nueva existencia, en la que el deseo de vivir prima por sobre todas las cosas, liberado de responsabilidades. Y escapa por un pelo de matones muy peligrosos, se calza a mujeres despampanantes, fuma hachís, duerme a la intemperie, porta un revólver del calibre treinta y ocho con tres balas que en alguna ocasión tendrá que disparar.

La trama, que como vemos no es demasiado original ni excesivamente elaborada, posee un contrapunto poético en los extractos que inician cada parte del libro, donde Carlos Gardel pasa por diferentes momentos de su vida, escritos con el temple del mejor porteño. El tono completamente distinto, la realidad del personaje histórico frente a la irrealidad del protagonista ficticio, la seriedad del mito frente a la sátira de aventuras, produce un cosquilleo agradable que cuaja con natural distinción en esta novela peculiar.

El ADN de la parte principal la emparenta con otras obras españolas —Los fantasmas de Edimburgo de Eloy Cebrián, la saga del detective innombrado de Eduardo Mendoza, los cruasanes de Pablo Tusset, Los trenes de Pound de Vicente Marco o las novelas de Mario Conde de Leonardo Padura—, en las que un sarcasmo existencial venido a menos viene a mezclarse con las fantasías erótico festivas de un cuarentón, una corriente de tintes reivindicativos, de revisionismo de vidas grises, de hombrías sometidas al imperio de la familia que entran en erupción contra las cadenas que los han tenido presos durante tantos años.

El humor juega una baza importantísima en estas obras, porque no se puede ver de otro modo esa revisión, de otra forma que bajo un prisma irónico, porque resulta tan patética y exorbitada que da risa. Y es que esos personajes son perdedores o lo han sido hasta la fecha –«Estaba escrito que yo debía perder, como había perdido siempre»–, hombres caducos cuyo orgullo lleva tanto tiempo reprimido que por fuerza han de rebelarse siguiendo los dictados de la sátira. A nuestro protagonista –«Yo iba a ser pianista, bombero, pirata y explorador»– se le muere presuntamente la parienta, le llueven el dinero y las mujeres, le cae una pistola entre las manos, le crece la polla…

Y es que ese humor es una marca constante en la novela, transformando toda la trama en una corriente ligera, más bien poco creíble sin que eso importe demasiado, porque el narrador domina el juego de rozar la inverosimilitud o directamente zambullirse en ella sin que nadie clame al cielo. Humor en el lenguaje, despojado de pretensiones barrocas, humor en las situaciones, plagadas de momentos absurdos, humor en las imágenes y en las citas a la sociedad y a los modelos culturales.

El protagonista cuenta con un escudero porteño, Soldati, un anciano argentino que hace de ángel de la guarda y de complemento cómico, un tipo entrañable al estilo del Fermín Romero de Torres de La sombra del viento. Juntos, Octavio y Soldati serán uña y carne a lo largo de las peripecias que jalonan el camino de ida por el que transita esta novela. Pero el narrador de Salem es un espíritu inquieto, un culo de mal asiento al que no le duran ni los escoltas, e introduce como segundo compañero de viaje a un Carlos Gardel revivido que le aporta al libro un aire poderoso, un aire casi épico, por las resonancias que traen a la memoria ese nombre, esa voz, ese porte.

—Don Carlos…

—Para usted Carlitos, amigo Octavio.

—Yo no quiero fastidiarle los planes, pero creí que usted, lo que quería, era matar a Julio Iglesias…

Y Gardel no es el único náufrago rescatado por Salem. Se producen encuentros con personajes de otras épocas como Paul Bowles, al que llama sarcásticamente Raoul Mowles, el gato llamado Jorge Luis –Borges– o el director de cine experimental Grimaldi

El gordo (…) trató de acariciar a Jorge Luis, pero el gato le arañó la mano.

—Un animal sabio —dijo Mowles tocando las cicatrices de su propia mano—: reconoce a un hijo de puta en cuanto lo huele.

Cabe destacar la habilidad del autor para encadenar diálogos no demasiado brillantes pero sí divertidos y eficaces, que contribuyen a intensificar el ritmo de la narración con el desparpajo de réplicas incesantes en las que los personajes hacen filosofía cínica de sus vidas, al estilo del genial Philip Marlowe. Una ética del desengaño, en la que se mezcla el detective hard boiled americano, el malevo porteño y el pícaro español en sentencias fulminantes: «Desde que se inventó la pólvora, se acabaron los guapos». Los tres coprotagonistas –Octavio, Soldati y Garde– demuestran actuar como verdaderos caballeros en un mundo podrido:

—Pues vaya mierda de amigo, ese Razzano —dije un poco borracho.

—La verdad que sí, Octavio. Pero era un amigo.

Y es que hay en este libro una suerte de animosidad justiciera que lo engrandece, unos principios de honor que ensalzan la amistad por encima de todo y que denuncian la explotación de los más pobres por los más ricos –no olvidemos que la acción tiene lugar en Marruecos, donde la miseria es ley–. El sinsentido del mundo elevado al rango de lucha en cierto modo marxista, plasmada en la final ficticia de la Copa del Mundo, una final España –Marruecos en la que dos vecinos, el europeo y el africano, el occidental y el oriental, el árabe y el cristiano, saldan deudas sobre el campo sin que lleguemos a saber el resultado. Porque a Salem no le interesa ofrecernos una conclusión final, sino un interrogante, un absurdo en el que vivimos inmersos y al que tratamos de sacarle jugo cada día.

—Oiga, ¿no ha pensado en morirse?

—¿Me toma el pelo? Cada mañana.

—No digo eso, sino otra clase de muerte. Tengo un amigo que lo puede recomendar para la inmortalidad.

—Usted tiene unos amigos muy raros, (…)—dijo Mowles. 


factor-critico-Camino-de-ida-fondoCamino de ida
Carlos Salem
ISBN: 978-84-937181-0-7
Salto de Página
Madrid, 2009
224 pgs

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

Please follow and like us:

Quizás también te interese

Revista Factor Crítico

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic