22/11/63, o los multiversos de Stephen King

por Jorge de Barnola

La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

Saki

Stephen King forma parte ya de nuestro acervo cultural contemporáneo. Desde que en los años setenta revolucionara el escenario del terror literario con Carrie, El misterio de Salem’s Lot y El resplandor, el autor de Maine ha permanecido inalterable en una línea in crescendo, a caballo del cine (prácticamente toda su producción se ha pasado al celuloide), la novela popular y la investigación de nuestros miedos más profundos.

Siempre se ha dicho que las novelas que le encumbraron (aquellas que le etiquetaron como un escritor de género) fueron también las que le encasillaron. Y es posible que King, de no haber sido por esos primeros títulos, se hubiera convertido en un escritor costumbrista, social y realista. Lo interesante es ver cómo en cada una de sus novelas de «género» King ha aprovechado para destilar ese microuniverso (el de la geografía de Maine elevado a lo ficcional) para ir introduciendo sus inquietudes y sus obsesiones. Y cuando ha tenido ocasión de desviarse de lo que se esperaba de él (la nueva novela de «género» de King que nos aguardaba todos los años en las estanterías de los bestsellers de las librerías) lo ha hecho de una forma natural, ampliando esas vetas sociales que se entreveían en sus novelas fantásticas. Es el ejemplo de sus nouvelles Cuenta conmigo, Rita Hayworth y la redención de Shawshank o Cadena perpetua (son verdaderos clásicos que se incluyen en Las cuatro estaciones y Las cuatro después de la medianoche).

Si hubiera que situar a King en un mapa conceptual de la literatura, habría que colocarle junto a los grandes escritores del siglo XX (entre sus coetáneos no tiene que agachar la cabeza ni ante Roth, ni DeLillo, ni Pynchon ni McCarthy… poned el nombre que queráis) y seguramente el gran escritor de género de terror junto a Poe y Lovecraff.

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Habrá alguno (o cientos) que se escandalizará ante la propuesta de ponerle entre aquellos que son siempre candidatos al galardón por antonomasia, pero, como diría King, la opinión es como el culo, todo el mundo tiene uno (frase que también se le viene atribuyendo a Coppola y a Eastwood).

El problema de King es que gusta, y mucho, y cuando vemos sus libros en manos de todo el mundo, el intelectual reconcentrado y el intelectual de postín tiende a despreciarlo porque desde su punto de vista la buena literatura es sólo un placer para delicatessen, para los grandes gourmets que entienden de literatura (o creen entender), los iniciados por el sufrimiento de los grandes petardos universales (hay que decirlo: muchos de los grandes autores universales son unos auténticos petardos).

Sí, es cierto, a King se le lee mucho, muchísimo, pero hay que leerle más. Hay que aprender de él, así de simple.

Decíamos que King era uno de los maestros del género de terror, pero este asunto es algo que podría molestar, y con razón, al mismísimo King (aunque también él ha fomentado esa imagen porque encontró en dicho género la forma de perpetuarse como uno de los grandes). Y, sin embargo, muchas veces nuestro escritor de Maine ha intentado despojarse de esta etiqueta (las etiquetas son para los modistos y los traficantes de la moda).

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King en su casa de Bangor, Maine, en 1982

 

El género es algo que encasilla, que cercena la posibilidad de otros géneros, como un burka de la literatura que se ve desde lejos y se mira de refilón cuando se pasa junto a él, a no ser que uno profese admiración por dicho género y aproveche la proximidad para guiñar el ojo al encorsetado autor: «Así me gusta, que vayas con género». Y sí, hay quien se siente bien yendo con el género puesto por la vida, reivindicando su fe de alguna forma, sus creencias y credenciales, pero otros sienten cómo dicho género se le ha impuesto (como los burkas y los pañuelos menos metafóricos de ciertas sociedades), y es difícil (e incluso imposible) salir sin los atavíos correspondientes porque al autor de marras se le considerará un provocador o cualquier cosa peor. Por asuntos más triviales se han lapidado a personas.

Esta explicación viene porque 22/11/63 no es una novela de terror, sino que coquetea mucho más con la novela social, realista o incluso con la novela de amor. Cierto que se sirve de un elemento fantástico para ejecutarla, pero ese es sólo la puerta que nos permite acceder al universo creado por King.

 No creo que 22/11/63 se pueda considerar ciencia-ficción (sí lo sería el tramo final de la novela, en donde se adentra en la ucronía). El hecho de que exista esa puerta que conduce al pasado no es síntoma de la existencia de un género (el hecho de la existencia de un giro en los acontecimientos que deriva en la novela ucrónica, tampoco).

 factor-critico-22-11-63-imagen-3El autor de Maine ya había experimentado en otras ocasiones con los viajes en el tiempo para pergeñar sus historias, como vemos en La niebla, en donde una puerta creada por el hombre traía a todas las criaturas temibles del universo a la Tierra, o en La expedición, en la que exploraba las inconveniencias de la teletransportación, o también en Langoliers, en donde otra puerta abierta del espacio-tiempo llevaba a los protagonistas una hora al pasado.

 Esto es interesante porque King ficciona con posibilidades de la misma teoría para variar las tramas de sus historias (llámese «el multiverso de King»).

 Quizás la que más se acercaría a 22/11/63 sería Langoliers, con la excepción de que en esta nouvelle el pasado no permanece, sino que se desintegra al cabo de unas horas. En 22/11/63 el pasado siempre está ahí (no se habla nunca del futuro), y cuando uno atraviesa la puerta para viajar al pasado (es algo así como el hueco por el que cae Alicia en su mundo soñado) y después lo hace por su lado contrario para volver al presente, la posibilidad de reiniciar el contador, los acontecimientos, depende tan sólo de franquear nuevamente la puerta para regresar a la misma hora, del mismo día, del mismo mes de 1958: «Y cuando bajas los escalones, siempre son las 11:58 de la mañana del 9 de septiembre de 1958».

Sí, «cuando bajas los escalones» el protagonista (y con él el lector) viaja al pasado. Es así de sencillo, y no se necesitan más explicaciones.

Mientras que en otras ocasiones King se había devanado los sesos intentando hacernos comprender los viajes en el tiempo, intentando justificar y explicar lo que hace siempre la ciencia, en 22/11/63 no hace nada de eso. Y ese salto injustificado hace a la novela muy verosímil. Sólo hay que aceptarlo, como haría cualquier niño adentrándose en un libro de fantasía.

King juega bien las bazas de las que dispone para componer una novela creíble y a la vez increíble por su sencillez. Se sirve del principio de la Navaja de Ockham para explicar el salto temporal («En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta»), para llevarnos de la mano a ese espacio-tiempo en donde todo es posible, y al mismo tiempo es fiel a la teoría que contradice la máxima, la antiteoría o la llamada Antinavaja de Ockham, lo que da lugar a la creación del Multiverso y la moderna Teoría de Cuerdas.

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Lee Harvey Oswald tras su detención

 

Sobre el modus operandi no habría que añadir más. Lo que sigue a continuación es una novela que transcurre desde 1958 a 1963.

Jake Epping es un profesor de inglés que acude a almorzar con frecuencia a Al´s Diner, una hamburguesería que ofrece una carne de primerísima calidad, algo que hace desconfiar a los lugareños porque el precio es irrisorio. El local lo regenta Al Templeton, un hombre que confiará en su cliente más asiduo para desvelarle un secreto. Y ese secreto es el agujero de gusano.

Pero es un agujero de gusano muy limitado: sólo viaja a una fecha. ¿Y qué se puede hacer en esa época? No gran cosa. O muchas cosas pero como se vivía entonces. ¿Qué utilidad puede tener entonces? Quizás para alterar acontecimientos, para cambiar situaciones injustas del presente. Pequeños cambios que afecten a individuos concretos, que mejoren la calidad de vida de algunos habitantes de la localidad.

¿Algo más? Sí, pero habría que esperar unos años en ese tiempo (dejar que allí pase el tiempo) y no volver a cruzar la brecha temporal porque el reloj se reiniciaría: «Y cuando bajas los escalones, siempre son las 11:58 de la mañana del 9 de septiembre de 1958». Y, sin embargo, el tiempo sí pasa para el «viajero del tiempo» (como en el relato de La expedición, aunque aquí el paso del tiempo afecte más a la conciencia que al cuerpo). Por el contrario, siempre, siempre han pasado sólo dos minutos en el presente.

Al Templeton tiene un plan, pero él no puede ejecutarlo. Ha envejecido prematuramente en el presente (el tiempo para él sí ha transcurrido en sus numerosos viajes) y está enfermo. Por eso le confía su plan a Jake Epping: hay que evitar el asesinato de John F. Kennedy. A nivel internacional, la posibilidad de que siguiera viviendo y fuera reelegido como presidente de los EEUU, tendría importantes repercusiones. Para empezar, en el creciente conflicto bélico en Vietnam. Y para eso nos basta con recordar lo que había dicho el secretario de defensa Robert McNamara, que Kennedy tenía pensado retirar las tropas estadounidenses de Vietnam tras su probable reelección en 1964. De ese modo, se habrían salvado miles de vidas estadounidenses y un par de millones de almas vietnamitas. E incluso se podría salvar la vida de Martin Luther King al producirse una alteración en los acontecimientos.

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Puede resultar un planteamiento infantil, pero el asunto Kennedy no es baladí en EEUU.

El pensamiento que nos vendrá a la cabeza será que bastaría con hacer desaparecer del mapa a Lee Harvey Oswald, pero eso tendría sentido si se aceptara la versión oficial de los hechos y no diéramos credibilidad a la Teoría de la Conspiración. Considerando que Oswald era un pésimo tirador según recordaban sus excompañeros marines, la participación de este en el asesinato de Kennedy queda en entredicho.

El viaje es inevitable (el viaje del paso del tiempo desde 1958 a 1963), y Jake Epping, ahora reconvertido en George Amberson en la nueva existencia que le toca vivir, se transformará en un hombre más de esos años en los que empieza a sentirse más vivo que nunca.

Hay algo que no se le escapará al lector desde las primeras páginas de 22/11/63, y es el cariño con el que Stephen King ha reconstruido esa época. La nostalgia de aquellos años de su infancia (ya lo vimos en The Body, que en España conocimos a través de la película Cuenta conmigo) hace que su prosa sea emotiva, nos emocione y nos deje con el corazón en un puño. Se podría decir que 22/11/63 es su novela más sentida, recreándose en una radiografía social y política llena de aciertos.

Pienso ahora en una serie que nos llevó a esa época, Mad Men, y el fallo que había en esa serie era la exposición exagerada de tópicos de los 60. Los matices negativos (que son matices «negativos» simplemente por una cuestión de contraposición con lo que se considera «políticamente correcto» en la actualidad) sólo tienen cabida si un narrador en primera persona los destaca (en Mad Men la narración es omnisciente y el juicio crítico no tendría sentido) y ese narrador tiene el juicio crítico desde la óptica de nuestra época (del año 2012 en el caso de la novela de King). Por eso, las valoraciones de Jake Epping/ George Amberson son pertinentes. Nos habla de olores, de música, de la segregación de blancos y negros, de autobuses llenos de humo de tabaco, de las relaciones maritales, de la educación… Nos lleva a esa época y nos describe cómo era ese mundo ya tan alejado y distinto. Casi como un Marty McFly a bordo del DeLorean. Y es que, si hay algo que nos recuerda 22/11/63, es a la película de Robert Zemeckis.

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Es una novela larga, todo hay que decirlo, y suceden muchas cosas (son cinco años los que pasa el protagonista en el otro lado de la puerta), y también encontramos varias novelas en una, ya sea en las primeras trescientas páginas dedicadas al asunto Harry Dunning y su padre (aquí casi una novela de género negro) o las quinientas dedicadas a Sadie Dunhill (una novela de amor) en las que al mismo tiempo se va construyendo la trama para evitar el asesinato de Kennedy. Y faltaría hablar de la novela ucrónica, pero ya he desvelado demasiado.

A lo largo de la lectura, me esforcé en destapar agujeros de la novela tan compleja (a la par que sencilla por su exposición) que nos ofrecía King. Y lo cierto es que tenía que callarme la boca cada vez que descubría que las puntadas estaban bien dadas y que no dejaba hilo suelto.

Sin embargo, retomando la teoría de Ockham, me he dado cuenta, a medida que escribía esta reseña, de que hay un hilo muy gordo (casi una cuerda) que da bandazos en la novela. Y es tan enorme que no se ve (no voy a decir de qué se trata porque saberlo sólo puede perjudicar la lectura de la novela, y es una novela que merece leerse y disfrutarla). Es como si King lo hubiera hecho adrede, como si se contradijera a sí mismo en esa Antinavaja tan necesaria a la hora de ejecutar una de sus más logradas novelas, desde el principio hasta el final. Pero Stephen King es un prestidigitador con muchos años de experiencia, y no necesita ocultar sus errores, sino mostrarlos sin tapujos, de este modo todo puede pasar desapercibido. Y eso no es nada sencillo.

Bajé el pie izquierdo, después otra vez el derecho, y de repente noté un pequeño estallido dentro de mi cabeza, exactamente igual al que uno oye en un avión cuando se produce un cambio súbito de presión. El campo oscuro tras mis párpados se tornó rojo y sentí cierta calidez en la piel. Era la luz del sol.


factor-critico-22-11-63-final-revista22/11/63
Stephen King
Traducción de Gabriel Dols Gallardo y José Óscar Hernández Sendín
ISBN 978-84-013524-8-5
Plaza & Janes Editores
Barcelona, 2012
864 pp

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