Tener razón

Por Tabaret

El idioma castellano tiene, dentro de su infinita amplitud, aciertos y fallos. Lo de infinita amplitud, por cierto, es más un recurso retórico que una realidad, porque tengo delante mi primer y único diccionario –jamás he tenido necesidad de otro– y la verdad es que es bastante ligero, apenas unas treinta páginas en cartón. Además si descontamos los dibujos de Caponata y otros personajes de Barrio Sésamo la verdad es que el texto en sí es bastante reducido; se puede leer perfectamente en una sola tarde y hasta sobra tiempo para resolver el laberinto del final.

En el idioma castellano, decía, hay palabras y expresiones muy bien hechas y otras que resultan engañosas. La palabra «empitonar», por ejemplo, a mí me parece una palabra bastante divertida de decir, pero resulta que sirve para nombrar una acción, como poco, peliaguda. En mi diccionario la ilustración que acompaña al término es bastante escabrosa, debo señalar. Otras, en cambio, están muy bien puestas y demuestran que existe en la lengua una admirable sabiduría subterránea. Yo me voy a detener aquí en la expresión «tener razón».

En el idioma castellano la razón es algo que se tiene y el término no podría estar mejor escogido. Quizás pudieran haberse escogido otros términos para señalar la relación de armonía que se establece entre las ideas u opiniones del sujeto y la realidad, sea esta un fenómeno observable o un constructo admitido[1]. Podría hablarse de conexión –y en lugar de decir «tengo razón» podríamos decir «mantengo una comunicación privilegiada con la razón»–. Podría hablarse de una correspondencia en base a la distancia –y diríamos «me siento cerca de la razón» o, de forma más poética «siento que la razón es una imagen más cercana para mí que para ti, pues de tus razonamientos colijo que sus límites se te presentan todavía borrosos»–. Serían formas posibles. Quizás un tanto aparatosas, pero el idioma siempre ha’podío acortarse cuando l’a venío bien, así que no veo por qué en este caso no podría lograrlo sin desvirtuar la relación, antes mencionada, entre el sujeto y la cuestión referida. ¿Por qué no se utilizan estas fórmulas entonces? Pues porque el castellano y sus hablantes saben muy bien que la razón es algo que se tiene, es una cosa que se posee y cuya propiedad, además, no es como quien tiene una multipropiedad en la Costa Brava. La razón es como los calzoncillos. Es algo que uno tiene y, simplemente, no quieres que nadie use los tuyos.

Dos individuos con razón, como usted bien sabe, no pueden coexistir en el espacio. Se pueden tolerar en el tiempo, a no ser que el individuo con razón A y el individuo con razón B consigan convencer a una serie de sujetos de que, por ejemplo, su razón está acorde con las ideas de Dios sobre algún tema en particular –charcutería y cosas así–, en cuyo caso la coexistencia en el tiempo sólo se admitirá con reservas. Si dos individuos con razón coinciden en el espacio, entonces el individuo con razón A intentará por todos los medios convencer al individuo con razón B de que sus argumentos coinciden a la perfección con lo que se denomina «la verdad». El individuo con razón B, por su parte, ejecutará el movimiento inverso, e intentará convencer al individuo con razón A de que es él quien posee las razones y argumentos que describen con más precisión la susodicha verdad, tal vez añadiendo la reflexión de que el mantener una discrepancia convierte al individuo A en un cretino. Ambos individuos saben bien que, tal y como nos enseña el idioma castellano, la razón es algo que se «tiene» y no algo que se «busca» y que, en consecuencia, cualquier señal mínima de que se produce un movimiento hacia algún punto externo a la propia y afirmada razón se considerará señal inequívoca de que esta no se posee completamente, cosa que es, a todas luces, ridícula.

Dado que la razón es un enemigo formidable, es frecuente que el combate entre dos individuos que la poseen llegue a un punto muerto. En esos casos es frecuente que los sujetos recurran a argumentos que despejen las dudas sobre la existencia efectiva de su razón. Una prueba muy válida a la hora de demostrar la existencia de conceptos, ideas o seres mitológicos (como duendes o esquimales) es demostrar la existencia física de los mismos, cosa que se puede hacer, simplemente, señalando que poseen una situación específica en el espacio. Este es el nacimiento de la expresión «por mis cojones» que vendría a señalar la zona aproximada en la que se ubica la existencia de la razón. «Por mis cojones» es, de hecho, la formulación abreviada de una expresión un tanto más larga, que vendría a ser «la razón para esto se ubica aproximadamente por la zona de mis testículos, así que sólo tienes que venir a comprobarlo». Antiguamente se consideraba que los órganos genitales masculinos poseían una fabulosa capacidad de reciocinio. Galeno fue el primero en asegurar que, por el contrario, los testículos albergaban el valor y la capacidad de distinguir el color azul. Conocido bromista, a Galeno le encantaba hacer regalos de color azul a sus amistades femeninas y luego golpear con el codo a sus amistades masculinas fingiendo retorcerse de risa mientras preguntaba: «¿Y el color? ¿Te gusta el color? ¿Qué me dices del color?».

En conclusión, el uso del verbo «tener» para señalar la relación de los individuos con la razón demuestra que los creadores del idioma castellano –Epi, Blas y Coco, según una ilustración de mi diccionario– poseían una potente intuición filosófica por la que todos debemos estar pero que muy agradecidos.

 


[1] Extraigo la definición de Elmo aprende epistemología, Madrid, Gredos, 1980

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Un comentario sobre “Tener razón

  • el 23 noviembre, 2012 a las 16:29
    Permalink

    Jajajaja, un texto muy divertido, Tabaret. Y sabio. La relación que estableces entre la razón y los calzoncillos está a la altura de la que Clint Eastwood estableció entre entre el ojo del culo y las opiniones (aunque, en realidad, la frase de que “todo el mundo tiene su propia opinión y piensa que la de los demás está llena de mierda” la pronunciara James Caan en Jardines de Piedra, pero queda mucho mejor si la hubiera dicho Clint).

Comentarios cerrados.