Mario Vargas Llosa

De todos los atributos, personales y profesionales, de Mario Vargas Llosa, no cabe duda de que hay uno que destaca sobremanera: su espléndida y elegante cabellera. Sobre gustos y escritores no no han escrito los autores (es un decir). Habrá quien prefiera la prosa, algo abrupta, de Gabo, habrá quien se decante por las arquitecturas robustas de Fuentes o por los laberintos metafísicos de Borges, pero, de lo que no cabe ninguna duda, es de que Vargas Llosa es, y ha sido siempre, el orgulloso teniente de la mejor cabellera del boom latinoamericano. Este es un dato fundamental, para entender su biografía y, por lo tanto, es un dato fundamental para entender su literatura (siempre que la literatura se lea en clave biográfica, que también es verdad que podría no hacerse) porque uno no se puede peinar una melena como la de Vargas Llosa cada mañana impunemente.

Es decir, si uno se tiene que levantar cada mañana y, a la hora de cumplir esa engorrosa rutina de ordenar los pelos frente al espejo, lo que se encuentra es una mata sedosa de ondas suaves que, para colmo, ha sabido encanecer con una precisión absoluta y exactísima para dotar a su propietario de una inquebrantable aura patricia, no es posible que eso no afecte de alguna manera a su poseedor. No es verosímil que el propietario de semejante maravilla filamentosa no piense en algún momento que es un escogido de la naturaleza, un niño mimado de la genética, un protegido del devenir de los tortuosos caminos de la evolución, aquellos que han guiado a la raza humana desde las vergonzosas e hirsutas cerdas neandertales a esa suave sinfonía de tallos queratinosos.

Mario Vargas Llosa ha sabido hacer siempre honor a su excelente melena y ha sabido adaptarse en cada momento a lo que las circunstancias exigían de ella. De joven, cuando su melena era maciza y morena, Vargas Llosa supo comportarse de acuerdo a lo que exigía su juventud. Uno no puede pasar a través de los sesenta con ese pelo sin dejar que en su literatura transpire la protesta. La revolución es incómoda, porque a poco que uno se descuide queda en manos de las masas (ya dijo en su momento Heidegger aquello de: “las masas es que no tienen ni puta idea de nada”), pero la revolución es individual y elegante y Mario supo rebelarse. Ahí están sus cachorros, corriendo por la ciudad, tan llenos de vida, jóvenes y contestatarios, rebeldes sin revolución, lozanos y fibrosos surcando para siempre las calles de Lima.

Pero la rebelión de Mario no era la de los demás y esto Mario lo supo desde muy pronto. Con treinta años Mario ya debió reparar en que sus compañeros de generación empezaban a perder el pelo, mientras que el suyo seguía creciendo, tal vez algo menos denso pero, a cambio, cada vez más fino y suave. Como si el mundo lo arrastrase a una vida en la que no cabe considerar la posibilidad de un sistema social que pueda limitar el acceso al champú con olores frutales y/o extracto de guayaba. Como estas cosas en América nunca están del todo seguras, Mario se hizo Europeo. Dejó que su excelente melena se hundiese en el aire seco de Madrid, lo enjuagó en la humedad luminosa de Barcelona y lo blandió bajo el cielo velado de París.

Todo esto no eran más que preparativos para su gran reto. Mario quería ser inglés. En el fondo de su corazón (Mario tiene el corazón justo debajo de los folículos), Mario siempre había sabido que él no podía ser un peruano que escribe desde Europa, sino un inglés de sienes plateadas que escribe, no sin cierto regocijo folclórico, sobre aquellas remotas tierras andinas que él tan bien conoce. Por eso, a medida que su fabulosa cabellera iba blanqueando, Mario empezó a adoptar los modales, el aspecto, la ideología y las suaves maneras de un antiguo embajador británico.

Ahora, cuando charla con sus amigos, en la intimidad del hogar, Mario les cuenta que a aquellos países remotos de América les habría ido mucho mejor si hubiesen implantado, ya hace años, un sano thatcherismo económico, que los librase de las aristas de las maquinaciones socialistas.

A medida que se ha ido convirtiendo en un antiguo embajador inglés, Mario ha desarrollado una cierta nostalgia, la verdad, un poco paternalista, por aquellos países que una vez conoció y que tantas veces ha recreado en sus novelas.

Cuando la nostalgia es muy fuerte, si Mario tiene la suerte de tener visitas en casa, se desliza inadvertidamente hacia una habitación que tiene en el fondo de la casa, abre un antiguo arcón y vuelve con sus invitados, pero ahora, por encima de su blanca camisa, Mario lleva un poncho de lana. Se ha quitado los gemelos y lleva una flauta andina con la que toca El condor pasa. Sus invitados se lo pasan muy bien, acompañan la canción dando palmadas y admiran mucho la habilidad de Mario para tocar ese instrumento tan raro. Al pasar la cabeza por el poncho, esos improvisados conciertos constituyen el único momento en el que alguien ha visto a Mario con la raya del pelo deshecha.

por Tabaret

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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