La historia del subrayado.

por Tabaret

La historia del subrayado es compleja y triste. Parece ser que el subrayado, en principio, no iba para subrayado,  que en los tiempos heroicos de la escritura, cuando lo que se escribía se escribía con cincel y piedra y, por lo tanto, había que pensárselo mucho antes de anotar cualquier cosa, tachar era una cosa muy complicada, porque la herramienta se enganchaba en los arabescos y las rúbricas. Además se escribía tan mal que no era del todo fácil distinguir entre un tachado y un defecto de la caligrafía. Los primeros amanuenses de la piedra observaron que resultaba más sencillo tachar por debajo de la piedra, haciendo una raya entre los renglones. Luego esta práctica se olvidó, los lectores posteriores lo entendieron todo al revés y todo empezó a irse un poco a la mierda, porque los lectores posteriores, ya se sabe, nunca se enteran de nada. Pensaron que lo que estaba subrayado era lo más importante, cuando, en realidad, se trataba de lo prescindible, de lo equivocado y hasta de lo peligroso.

Tengo un amigo que se cree lingüista y paleógrafo. En realidad es farmacéutico, y ha confundido mi muy justificada admiración por su capacidad para descifrar letras de médicos con una legítima preparación para entender y opinar sobre escrituras antiguas. Según él, que conoce esta teoría del subrayado como tachón, uno de los primeros, quizás el tachador original, fue el propio Moisés. Moisés el profeta, el liberador de los judíos de Egipto, el hombre que tenía linea directa con Dios y el redactor de los Diez Mandamientos. Según este amigo mío -cuya capacidad, insisto, ha de tomarse con muchas precauciones- el susodicho Moisés, inspirado por Dios, habría escrito en tablas los mandamientos de su ley, pero, más tarde, y bajo la misma inspiración, habría querido tachar uno de ellos, para indicar que el todopoderoso se lo habría pensado mejor y que aquel mandamiento, en concreto, no había que tomárselo muy en serio. Dicho mandamiento habría sido tachado, según la práctica de la época, con una linea inferior. Los famosos lectores posteriores lo habrían entendido todo muy mal, y habrían supuesto que ese mandamiento -y no algún otro de los que, en principio, sostenían tesis más graves- era el que Dios consideraba el más importante de todos, si es que uno quería estar con él a partir un piñón.

Mi amigo siempre se niega a puntualizar a qué mandamiento en concreto se refiere la anécdota. Según él, expertos exégetas de todos los tiempos coinciden en afirmar, que, de no ser por ese equívoco, la historia de la humanidad habría sido bastante más divertida. Esto ya nunca se sabrá

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