Escribir para ligar; o cómo escribir sin musa

por La Paja en el Ojo

Me pide el editor jefe de esta revista que escriba algo, que para eso me paga. Yo, que padezco de procrastinación mórbida (esto podría ser una tautología pero con el plus del desapego), considero una tortura esto de escribir.

Y ahora que lo pienso, creo que a partir de ahora todos mis artículos van a comenzar de este modo.

No me lleva nada de tiempo copiar y pegar y, al verlo así en un Word, anima muchísimo porque se ve que uno ya ha avanzado algo y lo demás es coser y cantar.

Y es que lo peor que hay es el llamado «síndrome de la página en blanco» o «el fantasma de la hoja en blanco». Es un padecimiento poco productivo que se da en las mentes creativas, por lo visto. También está el «miedo escénico», que es lo mismo pero haciendo el ridículo ante un público. En cualquier caso, se trata de un «bloqueo» que, bien mirado, se puede producir en cualquier situación de la vida: apatía, inapetencia, gatillazo, acojone, estreñimiento, desinterés, hartazgo, agarrotamiento, parálisis… Pues eso, los «bloqueos» son algo de lo más normal. No hace falta ponerse una chaqueta de pana y una bufanda enroscada al cuello para tener esos «síndromes».

Digo esto porque me repatea el clasismo que existe en ese mundo llamado «artístico». ¿No puede sufrir un síndrome de la página en blanco un mecánico que cambia el aceite a un coche? ¿No puede padecer miedo escénico la cajera de un supermercado? En realidad sí. Yo, en mi época de jovenzuelo, trabajando tras las barras de bares mil, sufría muchas veces el terror escénico ante los parroquianos. Y muchas veces me quedaba bloqueado y con la mente paralizada cuando me pedían las cosas a la vez.

También un profesor ante sus pupilos se puede quedar in albis y no saber qué decir: «¿Por dónde íbamos?».

A sí, lo que quería decir es que la creación no necesita de ningún motor «especial», de ninguna «musa» o «inspiración», porque tampoco se necesitan musas para conducir un taxi, o para echarle cemento a la pared con una llana. No hacen falta musas para diseñar una página web, ni para lijar una mesa, ni para soldar una cañería, ni para forjar el monigote de una puerta, ni para escribir un poema, ni para cortar el pelo a una persona, ni para retransmitir un partido de curling, ni para resolver una ecuación con un montón de potencias, ni para descubrir la vacuna definitiva del SIDA, ni para hacer una película, ni para pintar un cuadro, ni para hacer unas fabes con almejas, ni para barrer las calles tras un botellón. No hace falta inspiración de ningún tipo, sólo ganas, necesidad, trabajo, disciplina.

En la foto, Woody Allen, un buscador infatigable de musas que hizo del arte su más temible arma para ligar.

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Hay gente que está más facultada que otra para hacer ciertas cosas, de eso no hay duda (Gaudí lo pilló a la primera y así distribuía a los obreros, en función de sus destrezas), pero si detrás no hay un trabajo constante, una lucha contra uno mismo y los demás (los deportistas saben de esto un rato), poco se va a lograr en cualquier plano de la vida.

La creación es la misma historia, pero con unos clichés glamurosos que realmente no lo merecen.

Y a todo esto: me he ido por las ramas, o mucho más lejos, como Juan con sus habichuelas mágicas. En realidad, de lo que quería hablar era de por qué se escribe. De hecho, el verdadero principio de este artículo iba a ser:

Cuentan por ahí que una vez, en la Feria del Libro de Madrid, una periodista se le acercó a Manuel Vázquez Montalbán y le preguntó que por qué escribía:

«Para ligar. Todos los escritores escribimos para ligar, señora», contestó don Manuel.

Bueno, en realidad sólo llegué a escribir eso, porque me quedé en blanco. Me di cuenta de que lo importante es lo que no se cuenta, como preconizaba Hemingway, y que de esa incapacidad por escribir podía salir algo, un borrón de letras, de palabras, de frases… Es como si, en lugar de cerrar la boca y ahorrarse los discursos insustanciales, tuviera uno la necesidad de quitarse esa hoja en blanco a base de digresiones, de laberintos, de ramificaciones que conformarán un árbol que nos tapará de una vez por todas la visión del bosque. Es algo que hace una y otra vez Vila-Matas (un tipo que no liga tanto como lo hacía Vázquez Montalbán y que ha hecho mucho daño a los jóvenes escritores, pero de esto hablaré otro día), un tipo (ya lo he dicho, pero es nombrar a Vila-Matas y las palabras empiezan a tapar el bosque) que me recuerda a una cita de Bernard Shaw: «Soy tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar horas y horas sobre ella».

Aunque, pensándolo mejor, ¿quién necesitaría escribir si uno tuviera el físico de Sam Shepard?

Para bien o para mal, los escritores suelen ser feos (ellas más que ellos, todo hay que decirlo, aunque salvaría de la quema a Susana Fortes y a Paula Izquierdo) y su cometido no es otro que deslumbrar a los guapos y guapas con ese cariz cuasimístico que los envuelve.

A don Manuel no le faltaba algo de razón. ¡Qué digo, tenía toda la razón del mundo!

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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