Diario de invierno o la última paja

Por La paja en el ojo

 Hay tres tipos de lectores de Paul Auster: el que nunca lo ha leído (no leer a Paul Auster no es algo excluyente para ser lector de Paul Auster), el que lo lee, y el que ya no lo lee. Yo pertenezco a este último y selecto grupo. A Auster hay que leerlo con pasión, pero también hay que aprender a dejar de hacerlo, al igual que a una cierta edad hay que aprender a dejar de hacerse pajas.

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En la foto: Enrique Vila-Matas cuando fue a N.Y. a pedir la mano de la hija de Paul Auster. “Touch her boobs always frontwards”, said Mr. Auster. “Yeah!”, said Mr. Vila-Matas.

Hace años que no leo a Auster, y aun así compro todos sus libros. Auster, a estas alturas, es de la familia, como un hermanito o un mejor amigo, y se presume de familia y amigos, pero nunca presta uno demasiada atención a lo que hacen éstos o aquéllos. Es un privilegio del que se goza. Yo a Auster lo dejé de leer con la publicación de Viajes por el Scriptorium.

Uno ya conoce sobradamente a Auster. Leyó todo lo que había sacado con anterioridad, vio sus películas, escuchó cantar a su hija Sophie, se encontró con esta sagrada familia en el Círculo de Bellas Artes (esposa-marido-hija) y estrechó la mano del gran autor y guiñó el ojo a Sophie. Ella le correspondió con un gesto galante, como inclinándose en una recepción real.

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Una vez más, Sophie Auster colaborando con su padre para la portada (y esto es primicia) de su siguiente libro: Summer Journal, que la editorial Anagrama titulará Diario de verano.

Lo dicho, es alguien muy cercano como para dejar de serle fiel, pero al mismo tiempo uno ya está cansado de sus triquiñuelas metaliterarias, de su humanismo, de su savoir faire.

Para mí Brooklyn Follies fue el hermanamiento definitivo con Auster. Así y todo, seguí teniendo dudas, ya que la consanguinidad exige análisis y contraanálisis, de modo que me leí 162 páginas de las 185 que tiene Viajes por el Scriptorium (no me pregunten de qué iba este libro), la contraportada de Un hombre en la oscuridad y, en un alarde por distanciarme de mi reciente familiaridad con Auster, 56 páginas de Invisible. Mi madurez como lector de Auster vino con Sunset Park (ni siquiera lo compré), y sobre Diario de invierno, ¿qué decir? Solamente me quedaré con el título. Es leerlo y sentir una gran pesadez en el pecho, como esas reuniones obligadas de Navidad, esos reencuentros a los que no puedes faltar y que, si uno pudiera, enviaría a un doble para que cumpliera con el compromiso (obsérvese el paralelismo que existe entre los adalides de la negación de la escritura o la desaparición del autor, y la negación de la lectura y la desaparición del lector).

No diré que Diario de invierno lo va a leer su tía porque sería un contrasentido (ya he dicho que la familia tiene unos privilegios). Diario de invierno lo leerán inocentes lectores, todavía con granos y masturbadores vocacionales, pero alguien de la familia, un mejor amigo, nunca.

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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2 comentarios sobre “Diario de invierno o la última paja

  • el 12 julio, 2012 a las 12:14
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    Todo esto que has descrito, es justo lo que me pasa a mí con Paul Auster. Alma gemela, que eso es lo que eres.

  • el 23 julio, 2012 a las 15:24
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    Se agradece la sintonía parental. Saludos, herman@.

Comentarios cerrados.