Charles Darwin fundador de Israel (III)

por Tabaret


Continuamos la serie Charles Darwin fundador de Israel, que había empezado Aquí [capítulo 1] y seguido Aquí [capítulo 2]


A la mañana siguiente Mcleod se despertó de un excelente humor. Hizo sus ejercicios matinales mientras se felicitaba interiormente por el éxito de la reunión con el obispo del día antes. Las historia de la mancha en forma de Nicolás de Bari había sido un arranque de inspiración genial. Ahora el obispo no sólo deseaba una joya bibliográfica, sino que también anhelaba un objeto religioso. Comprarlo, por tanto, ya no sólo significaba adquirir un objeto materialmente valioso, sino un objeto que podría hacer pasar delante de otros representantes de la iglesia católica, como el pío rescate de una reliquia sagrada de las manos de la iglesia anglicana. Mcleod pensó para sí que había sido muy astuto al decir que el libro había ido a parar a una iglesia polaca y, por lo tanto, católica. De este modo el obispo podría justificar el dispendio económico —porque Mcleod tenía claro que aquello iba a ser un dispendio económico— con la coartada religiosa. Quizás incluso podría utilizar ese argumento para cargar la compra del libro en las cuentas de la diócesis, lo que, sin duda, ayudaría a que se desprendiese del dinero con más facilidad.

Mcleod hizo un desayuno ligero y dio una misa matutina. Aquella mañana los feligreses quedaron sorprendidos por el buen temperamento de Mcleod que, por lo general, se mostraba más bien huraño en el púlpito. Sus sermones solían ser amargos y bruscos pero, esa mañana, mientras explicaba a sus feligreses la parábola del hijo pródigo se permitió añadir detalles insólitos, como que el comportamiento del hijo se debía a «cosas de juventud» o, un poco más adelante, a afirmar que el comportamiento del padre podía ser descrito (y esta es la versión de algunos feligreses sobre el discurso de Mcleod, aunque muchos otros se negaban a admitirlo) como el propio de «un tipo cojonudo».

Después de la misa Mcleod se dirigió a una comida en la que había quedado citado con el obispo. Cuando los dos se encontraron en la puerta y se dieron la mano Mcleod todavía intentó sugerir al obispo que durante la noche le habían asaltado dudas terribles acerca de la venta de su precioso libro. Al fin y al cabo, recordó, no se trataba solo de un objeto bibliográficamente precioso, también era una joya sagrada.

Pero, para sorpresa de Mcleod, el obispo ya no mostraba hacia él la amabilidad que había esperado. Mcleod estaba convencido de que el día anterior el obispo había quedado tan encandilado por sus historias que intentaría hacer todo lo posible por conseguir el libro y, de hecho, esperaba a un obispo casi zalamero. En cambio, y aunque tampoco sería exacto describir la actitud del obispo como hostil, Mcleod la encontró, como poco, distante. Cuando Mcleod quiso sacar el libro de Tertuliano de la bolsa el obispo lo detuvo con un gesto sobresaltado y un tanto conspirativo, añadiendo que no era el momento de hablar del asunto. Luego se alejó de Mcleod, que se pasó el resto de la comida muy preocupado, pensando qué habría podido pasar en las últimas horas para enfriar tanto la voluntad del obispo.

Mcleod se tenía a sí mismo por un fino observador de la naturaleza humana. Aunque probablemente sobreestimaba sus cualidades, Mcleod no era ningún imbécil y más de una vez había alcanzado resultados espectaculares a la hora de observar y deducir los comportamientos de sus semejantes. Aquella tarde Mcleod se pasó la comida observando fijamente al católico, y sorprendió un par de miradas inquietantes dirigidas a él. El obispo parecía dar señales claras de estar replanteándose la operación. ¿Era quizás una estrategia para bajar el precio? Mcleod pensó que, hasta ese momento, había estado tratando al obispo como a un individuo más bien simplón, pero tal vez él tuviese sus propias argucias. Al fin y al cabo, en Inglaterra no se le tenía por un imbécil. En alguna ocasión había oído hablar de él como un tipo taimado y, a pesar del poco aprecio que se le tenía en las islas, uno de los pocos reproches que Mcleod no había oído que nadie le hacía era el de ser idiota.

Mcleod empezó a enredarse en sus propios pensamientos. La actitud del obispo lo desconcertaba. Por un lado, sus miradas habían perdido la simpatía que del día anterior. Desde luego, no eran las miradas de alguien que intentase embaucar a alguien para comprar un objeto del que el otro no se quiere desprender. El obispo estaba muy lejos de mostrarse obsequioso pero, aún así, Mcleod notaba que la mirada del obispo se dejaba caer con cierta frecuencia sobre él, cosa que interpretó como signo de interés. Tan hundido quedó Mcleod en sus propios pensamientos que ni siquiera se dio cuenta cuando a su lado se sentó una excelente oportunidad de negocio, en forma del emperifollado hijo de un empresario de la industria textil que insistía en demostrar a toda la mesa sus pocas luces lanzando atronadoras carcajadas por motivos que nada tenían de gracioso y que, si algo tenían, lo perdían en cuanto el  joven empezaba a reír descontrolado. En otras circunstancias Mcleod habría empezado a mirar al joven como los gatos miran a las anchoas y hasta habría tenido que echar mano a la copa de tanta agua como se le hacía en la boca, pero Mcleod sólo tenía ojos para el obispo.

Para sorpresa de Mcleod, cuando terminó la comida, ni siquiera tuvo que acercarse de nuevo al obispo, sino que fue este quien se acercó a él o, más bien, quien le hizo un gesto, indicándole que los dos se reuniesen en un punto discreto de la sala, un pequeño espacio entre un armario y una alacena. El obispo demostró entonces una sorprendente habilidad para señalar un punto de no más de tres centímetros de radio con la precisión de un perdiguero utilizado únicamente el batir de sus cejas. Mcleod se dirigió allí expectante. Aunque en general era un individuo tranquilo había algo que lo inquietaba en todo aquel asunto. El día anterior había parloteado más de lo que acostumbraba y tenía un mal presentimiento.

Casi le dio un vuelco al corazón cuando el obispo le confirmó un oscuro presentimiento que ya había empezado a formarse en la cabeza de Mcleod. El obispo había enviado una carta a cierto amigo suyo, buen conocedor del mundo de los libros en general y de la patrística en particular para consultarle acerca de ese valioso ejemplar suyo. La respuesta, añadió el obispo, llegaría en un par de semanas, tres a más tardar, y entonces, si todo estaba en orden, podrían llevar a cabo la compra en los términos establecidos.

Mcleod no podía haber recibido una noticia peor. Para colmo, tenía esa amarga sensación de que él mismo había contribuido a agravar lo que podría haber sido un simple patinazo. El libro quizás habría podido pasar por real, o, al menos, podría haber convencido al obispo de que se trataba de un ejemplar raro incluso entre los expertos y que no era por tanto extraño que su amigo no hubiera oído hablar de él. Si el experto se limitaba a emitir una breve opinión por carta todavía habría podido convencer al obispo. Pero Mcleod entendió demasiado tarde que el día anterior, en su biblioteca, la lengua le había perdido aún más de lo que él mismo había pensado. Se había sentido tan seguro de sí mismo y de la venta que se había explayado en detalles muy concretos y demasiado fantásticos que harían sospechar a cualquier experto. Sobre todo iba a ser dificil convencer a un experto de que existía un libro con una historia tan fantástica como la de la ya famosa silueta de Nicolás de Bary.

Mcleod pensó que, en el mejor de los casos, la venta estaba echada a perder. Si el experto se limitaba a informar por carta de que la existencia de semejante libro era altamente sospechosa el obispo se echaría atrás. Aunque el obispo era un hombre poderoso era probable que la cosa no pasase de ahí y que, como muchos otros, no querría pasar la vergüenza de reconocer que había dado crédito a un par de historias que quizá no eran del todo verosímiles. Pero había perspectivas mucho más sombrías. En el peor de los casos el experto tal vez sentiría alguna curiosidad y se desplazaría hasta Inglaterra con el fin de examinar el libro. Una vez aquí, la falsedad del libro resultaría demasiado evidente. Un experto cualificado podría llegar encontrar algunas de las trampas que Mcleod había sembrado en el volumen. Pero lo que era seguro es que hasta el más incapaz de todos los expertos se daría cuenta de que el supuesto Nicolás de Bari era en realidad una mancha de café, más bien reciente. Entonces, además de la vergüenza y la humillación, cabía la posibilidad de que la visita del experto francés fuese lo suficientemente notoria como para que otros representantes de la iglesia anglicana, animados por la delación, decidiesen acordarse repentinamente de que también ellos habían sido estafados. Una vez descubierto que el emperador está desnudo, otros podían sumarse a la corriente, coger sus respectivos libros y reclamar por ellos el dinero que les había cobrado y que ya no tenía. ¡Sería la ruina!

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