Charles Darwin. Fundador de Israel II

por Tabaret


Segunda parte de la trepidante serie Charles Darwin, fundador de Israel cuya primera entrega todavía se puede leer aquí


Cuentan que Mcleod, uno de estos representantes de la iglesia anglicana, había sido desde siempre muy aficionado a los libros antiguos. Por desgracia McLeod no era el más honrado de los representantes de la iglesia anglicana. De hecho Mcleod no estaba ni siquiera entre los diez más honrados y su elevada pasión por los libros antiguos contrastaba con la baja estatura de su honestidad. A cambio de este defecto McLeod era un artesano de lo más habilidoso, si bien es cierto que esta cualidad Mcleod la había enfocado fundamentalmente hacia su propio provecho, un provecho no siempre lícito. La combinación de su gusto por los libros, su buena maña con las manos y sus contados escrúpulos acabó por convertir a Mcleod en un reputado falsificador, y casi todos los representantes de la iglesia anglicana que en algún momento habían comprado alguno de los libros de Mcleod sabía o sospechaba que su origen era, por lo menos, sospechoso.

Mcleod sabía muy bien cómo conseguir que los libros aparentasen más años de los que en realidad tenían. Había aprendido a imitar las manchas de humedad en los cantos de los tomos y a darle al cuero la textura de la edad. Conocía mil maneras de envejecer el papel dándole ese color amarillento y ese tacto esponjoso que gasta el pliego viejo. Era muy hábil desgastando los bordes de las hojas, creando dobleces meticulosas y calculadísimas que parecían obra del azar y, en definitiva, aderezando libros más o menos nuevos con medallas que, se supone, sólo los años pueden otorgar. Así es como había conseguido endosar durante años a sus colegas libros que podían pasar por valiosas antigüedades, pero que, en realidad, habían estado bastante más tiempo en su taller que en cualquier estantería.

Mcleod tenía también la habilidad de vender esos libros por un precio ajustado, lo suficientemente alto como para darle algún beneficio a él, pero que no lo fuese tanto como para que el comprador, en caso de sospecha, estuviese dispuesto a levantar la liebre del escándalo, a riesgo de pasar delante del resto por simple delante del resto de representantes de la iglesia anglicana y desvelar que había sido engañado.

Poco a poco la táctica se hizo conocida por todos estos representantes de la iglesia anglicana. Quien más quien menos tenía un libro en la biblioteca del que sospechaba que no era tan viejo como prometía, pero nunca nadie había podido ni, en realidad, había tenido demasiado interés probar nada contra Mcleod. Era uno de esos casos en los que todo el mundo conocía el pecado y todo el mundo conocía el pecador, pero todos consideraban que el secreto, al final, era más provechoso que la justicia, y en el fondo todos se habían acostumbrado a convivir con él igual que se convive con cualquier otro pequeños inconvenientes de la existencia. Al fin y al cabo la pérdida era pequeña y estaba bien repartida. Eso sí, ninguno de los representantes de la iglesia anglicana tenía la intención de volver a caer en dicha pérdida. Sí permitían su existencia y disimulaban, con cierto regocijo interno, cuando se enteraban de que Mcleod había despachado a algún incauto, generalmente un recién ingresado, alguna otra joya de su colección.

En cierta ocasión los representantes de la iglesia anglicana recibieron la visita de un representante de la iglesia católica. Este representante de la iglesia católica era conocido en Inglaterra, pues su familia procedía de Irlanda, y mantenía fuertes intereses económicos en toda Gran Bretaña, colonias incluidas. A pesar de su origen irlandés, el representante de la iglesia católica había sido nombrado años atrás obispo de una diócesis francesa, y residía allí buena parte de año.

A pesar de que nunca había sido un individuo particularmente querido entre la sociedad inglesa, y menos entre los representantes de la iglesia anglicana, ser nombrado obispo católico de una diócesis francesa consiguió humillar más si cabe la popularidad del representante de la iglesia católica quien, por su parte, parecía hacer todo lo posible para abundar en esa dirección. Desde que había sido nombrado obispo insistía a todas horas en que se le besase el anillo. Los representantes de la iglesia anglicana habían observado además que el obispo caminaba de forma extraña, de una de esas formas tan petulantes, en las que el individuo parece que mueve la cadera hacia un lado mientras balancea los brazos hacia el lado contrario ocupando, en la práctica, muchísimo más espacio del que le correspondería en justicia cuando se cruza con alguien en un pasillo estrecho. Para los representantes de la iglesia anglicana esta forma de caminar del obispo era de una tremenda grosería, porque consideraban que la cuestión de cómo y por qué se cruzan dos individuos en un pasillo estrecho es un asunto de bastante importancia.

A pesar de esta mutua falta de simpatía, los fuertes intereses económicos del obispo en Gran Bretaña lo obligaban a viajar con frecuencia a las islas lo que obligaba a los representantes de la iglesia anglicana, así como a otros individuos notables de Inglaterra, a mantener una cierta fluidez en su relación con el obispo. Esta fluidez no resultaba agradable para ninguna de las partes, pero el obispo había llegado a sentir una cierta satisfacción, que no se molestaba en disimular, acerca de su capacidad para incomodar a buena parte de la crema de la sociedad inglesa. Quizás fue por eso, que cuando Mcleod se acercó al obispo durante una comida en su honor ninguno de los representantes de la iglesia anglicana pensó siquiera en alertar al obispo sobre lo que solía suceder cuando Mcleod se acercaba a alguien en una cena elegante.

Lo primero que hizo Mcleod fue despertar la codicia del prelado. La noche de la cena empezó a hablar con él sobre libros antiguos y, al mismo tiempo que desplegaba su indudable erudición sobre el tema, halagaba los escasos conocimientos del obispo sobre la materia. Cada dato que podía aportar el obispo Mcleod lo celebraba como una extraordinaria revelación, una revelación que sólo podía estar al alcance de un individuo de notable gusto que, según el propio Mcleod, sin duda disfrutaría de una visita a su biblioteca personal. Así fue como Mcleod consiguió llevar al obispo a su casa. Una vez allí empezó a sacar de su atiborrada estantería una prolija selección de su colección de incunables, manuscritos, y cartas. Una muestra de todo lo que había coleccionado a lo largo de los años… Mientras los libros y papeles volaban ante los ojos del obispo, Mcleod le explicaba los disgustos que le había costado reunir semejante colección y cómo muchas veces le daba por pensar si en verdad habría merecido la pena tantos padecimientos, especialmente en tiempos tan duros como aquellos que les estaba tocando vivir, cuando la caridad y la generosidad de los fieles pasaban por sus momentos más bajos.

Cada vez que Mcleod sacaba algún libro especialmente vistoso desplegaba la misma ensayada estrategia. Primero lo abría y lo sostenía delante del obispo, a muy poca distancia, pero lejos de su alcance. Luego daba un paso hacia él con un gesto con el que daba la impresión de ofrecérselo para que pudiese examinarlo pero, justo cuando el obispo levantaba la mano para alcanzarlo, Mcleod lo cerraba con un golpe imprudentemente contundente, que quizás habría bastado para deslomar más de un libro con la mitad de años de los que Mcleod achacaba a los suyos. Entonces dejaba el libro encima de una mesa que estaba dos o tres metros a la derecha de donde el obispo estaba sentado, extraía otro libro de la librería y volvía a repetir la operación, escurriendo el libro entre los dedos del obispo en el último momento, justo cuando este estaba a punto de alcanzarlo.

No fueron menos de quince los libros con los que Mcleod empleó esta táctica antes de llegar al que de verdad le interesaba. Un viejo ejemplar que recogía la vida, obras y hechos de Tertuliano. Un ejemplar aburridísimo pero hermosamente encuadernado acerca del cual Mcleod empezó a narrar mil aventuras. Dijo de él que era un ejemplar único. Le atribuyó origen belga y ascendencia holandesa. Lo hizo viajar accidentadamente por España, por Francia y Portugal, corriendo mil riesgos, algunos de los cuales lo bastante estrafalarios como para que el obispo levantase una ceja de sospecha y para luego dejarla volver a aterrizar, convencidos, tanto la ceja como el resto del obispo de que una historia tan rocambolesca sólo podía ser cierta. Animado por su éxito y un tanto excitado por la forma en la que la historia se iba encaminando —más allá de lo que en principio había programado— Mcleod envió el libro a América. Lo trajo de vuelta a Europa haciéndolo recorrer el camino más largo, bordeando las filipinas y escapando por los pelos de un naufragio africano.

Mientras contaba las vicisitudes por las que había pasado el libro Mcleod lo deslizó distraídamente en manos del obispo. Contó nuevas historias sobre él, ahora mientras pasaba las páginas del libro que el obispo sostenía admiradísimo y así siguieron, Mcleod inventando y el obispo admirándose hasta que aquel se decidió a tantear a Mcleod sobre la posibilidad de vender semejante joya bibliográfica.

Cuando Mcleod escuchó la propuesta del obispo se mostró de lo más sorprendido. Arrancó el libro de las manos del obispo, como si fuese su propio hijo el que intentaban arrebatarle. Luego empezó a explicarle al obispo que aquello había sido un lamentable error, que, sin duda, el obispo le había malinterpretado, que nada más lejos de su intención que vender un libro tan raro, la gran maravilla de su biblioteca. Intentó explicarle que aquel no era un libro más, ni siquiera uno más entre sus libros raros, que se trataba de un volumen insustituible y que, por mucho que le gustaría complacerlo era simplemente imposible.

Mcleod siguió hablando y hablando sobre lo valioso e insustituible que era aquel volumen hasta que al fin el obispo entendió. Con una sonrisa maliciosa tomó la palabra y replicó a los argumentos de Mcleod. Le explicó que el placer del verdadero coleccionista no estaba en la acumulación, que la colección, al fin y al cabo, no era más que el resultado de la verdadera pasión que mueve al que colecciona, es decir, de la investigación y la búsqueda. Lo que un bibliófilo como Mcleod deseaba en el fondo no era tanto una joya excepcional, sino un reto excepcional. Si ahora se aferraba a ese libro lo hacía simplemente como recuerdo de su captura más espectacular, pero, el libro en sí, valía poco, en comparación con la posibilidad de una nueva aventura. Y eso es lo que él podía ofrecerle. Al fin y al cabo, como el propio Mcleod había dicho, la situación económica no era la mejor en esos momentos. Y una búsqueda bibliográfica a gran escala requiere gastos. No sólo la compra del libro en sí, a menudo había que pagar viajes, costear informadores e incluso algún que otro soborno, en el caso de que el libro en cuestión formase parte de la biblioteca de un monasterio o cualquier otra institución y sólo pudiese ser adquirido en caso de pérdida accidental.

El obispo declaró que no le podía ofrecer dinero a cambio de un libro tan estupendo, porque entendía que el dinero no podía comprar semejante maravilla. Lo que le ofrecía a cambio era la aventura, el reto, la posibilidad de volver a lanzarse a la búsqueda de una nueva maravilla. Eso era lo que podía comprar si aceptaba venderle el libro. Al fin al cabo él no era un gran profesional como Mcleod, no era un erudito. Su amor por los libros no tenía nada que ver con el del anglicano. Él era sólo un mero diletante y, precisamente por eso, el libro resultaba más maravilloso para él de lo que nunca podría serlo para Mcleod. Para él el libro siempre sería poseería una virtud sin fisuras, nunca tendría nada que reprocharle a su presencia. Mcleod, en cambio, no tardaría en aburrirse de contemplarlo, porque antes o después empezaría a culpar el libro de haberlo privado de los recursos necesarios para lanzarse de nuevo a la persecución de alguna otra joya.

Entonces lo que ahora tenía por su gran tesoro empezaría a deslucirse. Casi sin querer Mcleod empezaría a seguir la pista de algún otro libro del que, inevitablemente, le llegarán noticias a través de su red de contactos. Entonces ese libro que no puede permitirse adquirir ni perseguir se convertirá en su obsesión y cuanto más sepa de ese otro libro, menos querrá saber del suyo. Cada rasgo maravilloso que sepa de aquel será un defecto en el propio y acabará por despreciar su más valiosa posesión y quizás incluso malvenderlo en un rapto de rencor.

Mcleod se sentó en una silla, frente a la mesa en la que había ido colocando la colección de libros que el obispo no había llegado a tocar. Se echó la mano a la frente e hizo lo posible para que el obispo se diese cuenta de lo abrumado que se sentía por sus argumentos. Balbuceó que, por supuesto, le encantaba el trabajo de investigación, que había dedicado su vida a localizar y comprar libros antiguos y que, también era cierto que sus recursos económicos habían menguado y que ya no se podía permitir las expediciones de antaño. Pero aquel libro era demasiado especial. Significaba demasiado para él. Quizás fuese la cumbre de su carrera y de su colección. ¿Qué pasaba si no llegaba a encontrar ningún otro libro a la altura? ¿Y si se deshacía de este y luego no llegaba ese otro tesoro que mereciese o que incluso justificase vender el que ya tenía?

Mcleod cogió el libro y lo colocó encima de la mesa. Para hacer sitio a este movió la columna que se había formado con los demás, apartándolos con el antebrazo de forma casi desdeñosa. Luego abrió el libro, pasando las páginas con mucho cuidado, como si se hubiese caído un cubo de agua sobre el libro y tuviese que separar las hojas una a una. En un susurro subterráneo deslizó que todavía había algo que no le había dicho. Algo importante sobre el libro. No sólo se trataba de una joya bibliográfica. También era una joya religiosa.

Mcleod contó al obispo que, durante el transcurso de uno de sus viajes, concretamente, durante aquel viaje en el que el libro había estado a punto de naufragar frente a las costas de África éste se dio por perdido. Estuvo años desaparecido del círculo de la bibliofilia internacional hasta que finalmente apareció en un pueblecito de Polonia. Nadie sabe cómo llegó el libro hasta allí, sólo que, cuando se encontró el libro se encontraba en un estado sorprendentemente aceptable, pero con una notable diferencia. Una mancha de humedad en una de las páginas del libro había tomado la forma de San Nicolás de Bari. Los vecinos del pueblecito polaco interpretaron la forma de San Nicolás como un milagro y el libro pasó a convertirse en el mayor tesoro de su iglesia. A la mancha de San Nicolás le atribuían propiedades milagrosas. Decían que era particularmente útil para curar el dolor de huesos, o para poder preñar el ganado estéril.

Mientras contaba la historia de la mancha de San Nicolás, Mcleod llegó a la página indicada. Allí, efectivamente, el obispo pudo ver la forma abultada de una mancha de humedad, que si se miraba con algo de concentración ladeando la cabeza tenía un cierto parecido con una forma vagamente antropomórfica. Hoy en día el obispo podría haber mandado examinar esa mancha para certificar su origen milagroso. Entonces se habría encontrado con que la mancha, en realidad, se había formado a partir de uno de los pocos descuidos de Mcleod como falsificador. Cierto día, muy de mañana, cuando Mcleod trabajaba en el libro de tertuliano, se le había derramado sobre él una taza de té. Mcleod llegó a pensar que aquella mancha arruinaría el libro, pero pudo arreglárselas para disimularla aceptablemente, salvo en aquella página, donde resultaba evidente. No fue hasta ese mismo día, en ese mismo momento, mientras Mcleod hablaba con el obispo, cuando decidió que convertiría su error en un acierto, y hasta se diría que en la obra cumbre de su carrera como anticuario. Aquella historia sobre San Nicolás de Bari Mcleod no la inventó completamente. Era la deformación de una historia que había escuchado alguna vez acerca de cierta mancha de café en un famoso y antiquísimo breviario portugués. Lo que sí fue pura inspiración, alentada por la credulidad manifiesta del obispo, fue utilizar la susodicha mancha como el órdago con el que Mcleod aspiraba a cerrar el mayor negocio de su carrera.

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

Please follow and like us:

Quizás también te interese

Revista Factor Crítico

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

Un comentario sobre “Charles Darwin. Fundador de Israel II

Comentarios cerrados.