Charles Darwin fundador de Israel (I)


En la mejor tradición decimonónica, tan querida por Tabaret, publicamos hoy el primer capítulo de la serie Charles Darwin fundador de Israel.


por Tabaret

Cuentan que Charles Darwin fue el fundador indirecto de Israel y por partida doble, además.

A mediados del S XIX, Charles Darwin, que por entonces se dedicaba a revolucionar la biología, había publicado un polémico libro, en el que aseguraba que los seres vivos no habrían tenido desde el principio de los tiempos la forma con la que los conocemos hoy, sino que su estado actual sería consecuencia de un larguísimo y harto complejo proceso evolutivo en el que la vida habría progresado a partir de humildes orígenes unicelulares hasta llegar a formar seres tan sofisticados como los propios humanos.

En la sociedad del XIX las ideas de Darwin no fueron bien acogidas por todo el mundo. Hay que tener en cuenta que se trataba de propuestas muy innovadoras y en absoluto tan sencillas de aceptar como pueda parecer hoy en día. Por supuesto el lector sabe que existen algunos individuos para los que, incluso hoy en día, estas propuestas no resultan tan sencillas de aceptar, pero no se puede estar siempre hablando de lo mismo y hay caminos que no llevan a ningún lado, así que, simplemente, vamos a fingir que no nos damos por aludidos.

En el S XIX los detractores del darwinismo intentaron que hacer cundir la animosidad hacia las ideas darwinianas utilizando la vía de la reducción al absurdo. En realidad, sería más preciso decir que utilizaron la vía de la simplificación al absurdo. Según ellos Darwin habría proclamado que el hombre desciende directamente del mono y habrían usado esa idea para incomodar a la población en general y muy particularmente a ese porcentaje de la población en general que siempre está deseando que alguien les mente a su señora madre, porque es la excusa ideal para empezar una buena pelea. La acusación de que Darwin había hecho al hombre descendiente del mono fue uno de los principales alegatos contra la teoría de la evolución, como si el hecho de que una teoría resulte poco gratificante, e incluso insultante para un grupo en particular (por ejemplo, una especie) pudiera utilizarse como argumento a favor o en contra de la veracidad de una tesis científica.

No fue el único ataque que tuvo que sufrir la propuesta Darwiniana. En Inglaterra, algunos representantes de la iglesia anglicana tramaron un plan de refutación un poco más sutil.

Estos representantes de la iglesia anglicana habrían revisado la biblia concienzudamente para llegar a la conclusión de que, en ella, no se hablaba de monos, ni de evolución, ni tan siquiera de peces saliendo del agua a tomar el aire, y eso a pesar de que en la biblia los peces hacen todo tipo de cosas extrañísimas. Pero ninguna de esas cosas extrañísimas tiene nada que ver con la adaptación, ni con la lucha de especies, ni con zarandajas semejantes, y en ninguna parte se insinúa la posibilidad de que Dios no hubiese creado el mundo en siete días, sino que se hubiese pasado varios miles de años anteriores haciendo bocetos. En la biblia el mundo aparece poco más o menos tal cual lo conocemos hoy en día, con sus peces, sus plantas y sus pulgares oponibles.

Entonces a algunos representantes de la iglesia anglicana se les ocurrió una idea. Dado que la Biblia contenía una verdad revelada e irrebatible, los representantes de la iglesia anglicana pensaron que bastaría con demostrar que Darwin afirmaba cosas contrarias a la biblia para refutar sus argumentos. El razonamiento era irreprochable desde el punto de vista lógico y funcionaba más o menos así: si tenemos una proposión X que es verdadera y otra proposición Y que niega la primera X entonces la segunda proposición Y no puede ser verdadera al mismo tiempo que la primera X y por lo tanto, será errónea. Pan comido.

Por desgracia, esta era un arma de doble filo. Podía utilizarse, efectivamente, para rebatir los argumentos evolucionistas, pero también podía ser que a alguien se le ocurriese invertir el orden de la ecuación y tomase las ideas de Darwin como la verdad de referencia (recordemos: X). En ese caso, el remedio sería peor que la enfermedad. No sólo se estarían afirmando ideas descabelladas acerca de descender de monos y quién sabe qué otras especies innobles, sino que, con el mismo movimiento, se estaría desautorizando la verdad bíblica.

A los representantes de la iglesia anglicana se les ocurrió entonces que había que blindar la verdad bíblica, primero para refutar las extravagancia darwinianas y, segundo, para evitar un posible contraataque evolucionista. ¿Pero cómo? Algunos de estos representantes de la iglesia anglicana sugirieron que bastaría con que Dios se presentase en persona para refrendar que, efectivamente, todo lo que había escrito en los textos sagrados era cierto, pero varios miembros de la iglesia anglicana les recordaron, no sin cierta acritud, que esta táctica ya se había intentado con anterioridad, siempre con pobres resultados y que todo apuntaba a que Dios iba a mantener, también esta vez, su obstinado silencio de los últimos siglos. Los primeros alegaron entonces que su función como iglesia anglicana pasaba precisamente por rezar y confiar, pero los segundos les respondieron, con creciente inquina y aún más acritud, que se dejasen de tonterías, que allí estaban hablando de cosas serias y que lo que ahí hacía falta era un plan contundente. Fue entonces cuando a los representantes de la iglesia anglicana se les ocurrió. Combatirían el fuego con fuego.

Los representantes más pragmáticos de la iglesia anglicana explicaron a sus colegas que Darwin había utilizado fósiles, restos de animales y de plantas como prueba de sus teorías. Estos restos habían demostrado una notable efectividad desde el punto de vista retórico. El hecho de que los fósiles eran objetos físicos, que la gente podía ver y tocar, había demostrado dar mucha credibilidad a los argumentos de los evolucionistas. Aquí algunos representantes de la iglesia anglicana no pudieron evitar hacer un gesto de fastidio, al recordar los muchos años que se habían pasado explicando a la gente que la evidencia empírica era algo muy poco fiable.

Sin embargo ahora los representantes de la iglesia anglicana podían sacar provecho de la obstinación de sus feligreses. Si era evidencia empírica lo que querían evidencia empírica era lo que iban a tener. Utilizaría la misma arma arma que los evolucionistas y lucharían contra ellos fósil contra fósil y huesecillo contra huesecillo. Bastaría con desplazarse hasta Tierra Santa en busca de pruebas palpables que demostrasen la indudable verdad de la Biblia. Una vez esta hubiese sido confirmada bastaba con emplear el silogismo anteriormente descrito —aquello de la X y la Y— y Darwin y sus monerías quedarían definitivamente desacreditados.

Así fue como una comitiva de representantes de la iglesia anglicana partió hacia Tierra Santa con el objetivo de comprobar in situ cuantos aspectos del libro fuesen comprobables. Embarcaron en un navío en el que previamente habían cargado todo el equipamiento que pudiera ser necesario para la misión. Allí había artilugios de todo tipo: aparatos de medición, cajas llenas de polvos para pruebas químicas, tubos de ensayo, palas, paletas, lupas, brújulas, un par de mulas, galletas, bagatelas, salacots, pantalones blancos, camisas de manga corta hechas de algodón, cantimploras, unos cuantos rifles por si las moscas, biblias, cajas de todos los tamaños especialmente adaptadas para guardar y transportar pruebas móviles que pudiesen trasladar a Inglaterra, más biblias, libretas, plumas, tinta, lápices, navajas, varios galones de agua de la campiña inglesa para beber, unos pocos decilitros de agua de la campiña inglesa para bendecir, caballos, tiendas de campaña, quinqués etc, etc, etc.

A través de viajeros expertos los representantes de la iglesia anglicana habían contactado, con guías aún más expertos quienes a su vez les habían prometido presentarles a rastreadores más expertos todavía, que les ayudarían sin duda a seguir la pista hasta de la más mínima afirmación de la Biblia que pudiesen comprobar. Iban, en definitiva, preparados para trazar un exhaustivo mapa que no sólo dibujase un territorio, sino que se hundiese en el tiempo y trazase una clara y distinta línea de verdad hasta los confines del hombre.

Por desgracia, lo que encontraron no podía ser más descorazonador. Tierra Santa no se parecía absolutamente en nada a lo que esperaban. La lengua, le gente, las costumbres… Todo era distinto a lo que la Biblia les había enseñado. ¿Qué posibilidades había de encontrar allí nada que no fuesen restos de camellos y viejas piedras de mezquitas? ¿Por dónde empezar a buscar siquiera, si no quedaba ya nada que recordase mínimamente los tiempos de las escrituras? El asunto no era sólo que todo fuese diferente a lo que la Biblia contaba, era peor que diferente: era intolerablemente diferente, grotescamente diferente. La verdad y la historia jugaban con ellos al escondite. ¿De qué valdría buscar restos arqueológicos si, aún cuando los encontrasen, seguiría estando a la vista de todo el mundo aquella descarada Judea irreconocible?

Pese a la magnitud de la decepción algunos representantes de la iglesia anglicana que habían partido en la comitiva hicieron un esfuerzo por conservar la calma. Intentaron explicar a los demás que era muy normal que las cosas hubiesen cambiado, que al fin y al cabo habían pasado casi dos mil años desde que se habían escrito los textos más recientes y más de cinco mil (pero menos de seis mil) desde la creación del universo. Casi se diría que era de esperar que nada siguiese como antes. Pero a esto los representantes menos pacientes de la iglesia anglicana respondieron que no habían ido hasta allí buscando sutilezas intelectuales. Que si se habían metido entre pecho y espalda no sé cuántos kilómetros de viaje cargando libretas y llevando salacots —que seguro que iban muy bien para el sol del desierto, pero la verdad es que les hacían parecer imbéciles— no era para explicarles a sus feligreses que, hombre, las cosas van cambiando y que a poco que pasen un par de miles de años a Tierra Santa no la reconoce ni San Juan Evangelista (patrón de los cartógrafos).

De entre estos representantes de la iglesia anglicana no demasiado pacientes se distinguió un grupo especialmente molesto, que quisieron aprovechar la ocasión para recordar a sus colegas cuántas veces habían recurrido ellos mismos al siempre socorrido sentido de la evidencia para refutar las tesis darwinianas. Curiosamente, estos mismos representantes de la iglesia anglicana particularmente impacientes y que en muchas ocasiones habían recurrido al sentido de la evidencia eran prácticamente los mismos que se sentían muy incómodos ante el recurso de ciertos de sus feligreses a la evidencia empírica.

Estos representantes de la iglesia anglicana habían utilizado la evidencia de otra forma que ya les había funcionado muy bien en alguna otra ocasión. Su uso de la evidencia se basaba, no tanto en darle credibilidad a los acontecimientos observables, sino en interpretar dichos acontecimientos de forma llana y directa, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Esto habían funcionado muy bien, recordaron, tiempo atrás, cuando se formó aquel lío con todo ese asunto del sol y la Tierra, sobre si la Tierra era o no el centro del universo y esas cosas. Es verdad que luego las cosas se torcieron para los representantes de las iglesias, y es verdad también, que, a la larga, su credibilidad había sufrido un duro golpe con aquello. Pero también es verdad que el argumento de la evidencia había funcionado muy bien durante un tiempo y es verdad que estaba funcionando muy bien ahora.

Los representantes más impacientes de entre los representantes de la iglesia anglicana explicaron a sus colegas que, cuando algunos de sus feligreses se ponían pesados con todo ese tema de Darwin y de la evolución ellos sólo tenían que ponerse frente a ellos poniendo una cara muy seria, señalarse con el dedo apuntando directamente a la nariz y preguntar a los feligreses si acaso creían que ellos se parecían en algo a un mono. Sea por educación o porque lo creían de veras la mayoría de feligreses reconocían que no, que los representantes de la iglesia anglicana no se parecían en nada a monos. Entonces, antes de que los feligreses pudiesen replicar que, en realidad, Darwin no había dicho nada de descender de los monos, ellos sólo tenían que gritar «¡Ajájá!» poner gesto de triunfo y salir de allí para dejar a los feligreses un tanto confundidos y dar la discusión definitivamente zanjada.

Ese argumento lo habían estado utilizando durante años. Ahora bien, si algunos de sus feligreses más latosos se daban cuenta de lo poco que se parecía la Tierra Santa actual a la Tierra Santa de la Biblia entonces ellos podrían recurrir al mismo truco. Podrían ponerles delante una fotografía de la actual Palestina y preguntarles si aquello se parecía en algo a lo que se describe en la Biblia. Entonces ellos tendrían que reconocer que no y, antes de que pudiesen explicarles nada sobre los dos mil años que han pasado desde que se escribieron los textos más recientes esos feligreses podrían decir «¡Ajajá!» poner gesto de triunfo y salir de allí para dejarlos a ellos confundidos y dar la discusión por zanjada.


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