Contra Quentin Tarantino

por Tabaret

Para esta entrega de Malas Pulgas he decidido recuperar una preocupación que para mí es antigua y que, además, es algo así como un vicio nacional. Si todos lo hacen, yo también, he pensado esta mañana: voy a meterme con gente.

Y sí, ya sé que esto de meterme con la gente y, sobre todo, esto de meterme con la gente amparándome en que lo hace todo el mundo no es un principio demasiado heroico, pero, qué se le va a hacer. Vivimos en una época de cinismo y yo soy un hombre de mi tiempo. En fin, vamos a lo nuestro: Quentin Tarantino.

¿Ha visto usted alguna entrevista a Quentin Tarantino? Si no la ha visto, no se preocupe, le ponemos aquí mismo una para que sepa de qué hablamos. Fíjese bien. No hace falta que preste demasiada atención ni que escuche la entrevista entera. Tampoco hace falta que sea esta entrevista precisamente. Yo le dejo escoger. Lo que me interesa son las manos. Si quiere incluso podemos precisar más: lo que me interesa es la forma en la que utiliza las manos durante la conversación. Cómo las mueve, cómo las apoya, cómo las utiliza para subrayar algunos gestos o para hacer ver a su entrevistador que está pensando o que ha tenido una idea.

No, la idea no es que Tarantino gesticule demasiado. La idea es que gesticula de una forma artificial, de esa forma en la que gesticula la gente cuando actúa, cuando reproduce un discurso. Yo le recomiendo mucho que se fije en las manos. Es una norma que vale también para los políticos o para el tipo de recursos humanos. Si alguien ha aprendido a utilizar las manos de una forma determinada siempre oculta algo.

Y no es que vayamos a reprocharle esto al Sr Tarantino, aunque sí es evidente que el Sr Tarantino se ha construido algún tipo de máscara para presentarse de cara al público, presumiblemente una máscara que sirve para ocultar una timidez que explicaría, por ejemplo, eso años de consumo masivo de películas. Quentin Tarantino es lo que en estos lares se conoce como friki, pero en una mutación especial. Es un friki que se ha construido una máscara molona con la que le habla al mundo. Pero tampoco es esto lo que le vamos a reprochar. Al fin y al cabo, todos los grandes tenían su máscara.

Ford la tenía. Se hacía pasar por un tipo socarrón al que no le interesaba nada de lo que sucedía más allá del campo que registraba su cámara. Valle-Inclán la tenía, y juraba que para él era una cuestión de primerísima importancia su derecho a subirse al tranvía con dos leones. Hitchcock la tenía, da Vinci la tenía y hasta Shakespeare la tenía: se llama Bacon.

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Pero a Tarantino la máscara se le ha ido pegando y ya no estamos seguros de si él mismo sabe dónde empieza la máscara y dónde termina la piel. En las primeras películas todos aplaudimos las citas, los homenajes… esas cosas. Eran como luces que brillaban de repente, también eran guiños del friki interior de Tarantino, que lucía orgulloso su erudición cinematográfica y eran una carta de amor a aquel adolescente encerrado entre muros de VHS. La carta que todos hemos querido escribir alguna vez y que le dice que puede estar tranquilo, que eso que tanto le preocupa tiene remedio.

Pero a Tarantino la cosa se le empezó a ir de las manos. Jackie Brown abundó en su manía cinéfila y el mismo material que había utilizado para cimentar la construcción empezó a tener un papel más importante. Luego llegó Kill Bill y de nuevo ese  mismo material que antes se utilizaba en el encofrado ahora estaba por todas partes. Kill Bill es como una casa hecha de hormigón, o de madera, o de cualquier material que siempre se ha utilizado para algunos aspectos concretos y que Tarantino ha dejado que invadan la casa. Ya no sólo estaba en las vigas y en el suelo. Empezó a utilizarlo en las ventanas, en los muebles, en las lámparas y en los tazones del desayuno. Ya no era una alusión fugaz. En Kill Bill Tarantino se montó una película que no iba sobre nada —y esto tampoco se lo vamos a reprochar, no me parece mal— para que su público se volviese loco de satisfacción cuando lanzase un zoom de cuñadogrababodas al mejor estilo del cine de Hong Kong.

Y todavía lo podíamos perdonar, y quizás todavía lo podemos perdonar. Todavía podemos soportar al adolescente apasionado, aunque a ratos un tanto pesadito, que descubre entusiasmado que su pasión es compartida y que se empeña en hacerla protagonista absoluta de todo su trabajo. Todavía nos resulta divertida en los bastardos, todavía nos resulta digerible en Django porque la casa se sostiene y el mobiliario es más o menos cómodo. Pero empezamos a sospechar que ahí no se puede vivir para siempre. Al final acabaremos por pedirle algo más, algo que venga de detrás de la máscara, si es que todavía se la puede quitar.

Quentin Tarantino es como un muffin. Puede que le guste a los modernos, puede que te entretenga un rato, puede que sirva para distraer algunos minutos en la hora del café cuando no se tiene mucho que decir: pero, pregúntenle ustedes a sus madres, que siempre tienen razón en estas cosas: eso no alimenta.

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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4 comentarios sobre “Contra Quentin Tarantino

  • el 25 enero, 2013 a las 18:14
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    Tabaret, si no hubiera visto Django antes, te partiría la cara, pero lo voy a dejar pasar por esta vez porque, en el fondo, estoy de acuerdo contigo. Hace poco leí un tebeo muy majete, que se titula “Infame”, en el que un crítico de cine le dice a otro: “Nos conocemos desde hace más de veinte años. Te considero mi mejor amigo… pero no hacemos otra cosa que hablar de cómics o de cine, de cosas que nada tienen que ver con nosotros… De hecho apenas sé nada de ti. Siento que todo esto es una excusa para llenar con algo nuestra vacía existencia”. Creo que lo mismo se le podría decir a Tarantino. Cuenta algo sobre ti mismo, hombre. Algún día se dará cuenta de que lo que mejor se le da es contar historias de amor, como en Pulp Fiction o Jackie Brown.

    • el 26 enero, 2013 a las 15:59
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      Pues estoy muy en desacuerdo contigo (y con Tabaret, aunque sí es cierto que Tarantino se protege con las manos, como si estuviera practicando algún tipo de arte marcial; para no hacerlo, con las que veía que le iban a caer). ¿Me estás contando que Django no es una historia de amor? ¿Entonces qué es?
      A mí me pareció un peliculón. Pero es cierto que no es el Tarantino de sus anteriores películas. Ha dado un golpe de timón inesperado, y tal vez sea eso lo que haya dejado descolocado a más de uno.
      Hay que adaptarse al nuevo Tarantino. A mí me gusta el nuevo rumbo de su cine que propone. Ya era hora de que lo hiciera.

  • el 26 enero, 2013 a las 13:33
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    Como saben, Tabaret tiene prohibido responder directamente a comentarios —las experiencias que hemos tenido en ese sentido siempre han salido mal y Factor Crítico no puede permitirse más demandas judiciales— pero, ya que sale el tema, queremos recordar a nuestros lectores que para amenazar a Tabaret o retarlo a duelos de honor pueden escribir a amenaza_a_tabaret@factorcritico.es.

  • el 2 febrero, 2013 a las 17:10
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    ¿No fue un muffin la motivación de Proust? A mi me gusta el Tarantino adolescente y friki, creo que sería insoportable haciendo una película a lo Bergman.

Comentarios cerrados.