Lou Reed | Homenaje

Lou Reed Homenaje Factor Crítico
La primera vez que escuché a Lou Reed fue en televisión.  Grabando vídeos en algún canal, me topé con «Dirty Boulevard». Tenía 14 años. Me impactaron aquellas imágenes de desesperación extrema filmadas en un blanco y negro azulado. Y estaba aquel tipo embutido en cuero, con gafas redondas, que me haría caer en sus redes con una serie de coincidencias maravillosas. Una canción en una cinta, inédita en su discografía («Voices of freedom»); un concierto inencontrable de la presentación de New York (1989) en las primeras emisiones de la primeriza Canal Plus, en abierto, donde se le veía sentado en un pequeño bar-teatro, fumando constantemente, increpando irónica y suavemente al público («Ahora vamos a tocar una canción que sale en una banda sonora de una película… ¿queréis saber qué película es? –Silencio- Ah ok, pues no lo digo… esta canción se llama “Busload of faith”»), hablando de su música con la duda del perfeccionista compulsivo e inseguro que sabe que lo que tiene bajo el brazo forma parte de una ignominia monstruosa y lo enseña con orgullo y devoción («el guitarrista va a imitar los sonidos del océano… así es como sonamos, para bien o para mal», decía antes de «Last great american whale»)… Vi ese concierto infinitas veces, y me resultaba curioso escuchar a mi padre decir que aquel rockero era su favorito, porque carecía de aquello que le resultaba artificioso del rock: las luces, la pompa, el espectáculo sin sustancia.

 

Lou Reed formaba parte de una forma de vida espartana e intelectual que siempre he asociado a mi padre. Llegó a mi adolescencia a través de un video sencillo, de una colección de canciones grabadas en cintas de cromo, de conciertos retransmitidos cuando la televisión de pago aun se emitía en abierto. Reed era siempre lo contrario de los tiempos. O mejor dicho, era el hombre con el que cambiaban los tiempos. Mis tiempos.

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Después llegó 3º de BUP. Aquel fue un año importante. Fue el año que descubrí los primeros amores dolorosos, aquellos «amores rotos sin estrenar» que cantaba el que fue mi Lou Reed español, Ramón Higueras, integrante de una banda desconocida e ignorada llamada Los Sentidos. Aquella canción que hablaba de Lou se llamaba «Mi Generación». Era un tema que sonaba en Siroco, que nadie conocía, y que trataba, como las grandes odas, del curioso e inevitable binomio que siempre ha definido mi existencia y la de mis allegados. Aquello de anhelos y frustraciones. «¿Dónde está mi generación? ¿Dónde han dejado su rastro? Tal vez fueron los Stones, Bowie, Reed o Nacha Pop; pero voy a buscar la huella que dejaron al pasar, volver a recordar amores rotos sin estrenar…»

 

Llegó el viaje en primavera a La Almoraima, aquel viaje de iniciación y desconcierto, de hachís y Velvet Underground. Por este orden, descubrí The Velvet Underground (1969), Loaded (1970) y The Velvet Underground & Nico (1967). El incendiario e inescuchable White Light/White Heat (1968) llegaría más adelante… pero aquellos discos, en especial los dos primeros (cronológicamente en la discografía de «la» Velvet, el tercero y el cuarto, ya sin John Cale y con Doug Yule), fueron un cataclismo. Me cambiaron. Me definieron musical y vitalmente. No podía creer la fluidez deconstruida de las guitarras de Sterling Morrison, la suavidad endurecida en la forma de cantar de Reed y Yule, el desenfreno contenido con el que aquella colección de canciones se presentaba ante mí. Era una sorpresa constante, un martirio agradable y llevadero. «Beginning to see the light», «What goes on», «Candy Says», «Pale Blue Eyes», «Jesus», «Cool it down», «New Age», «I found a reason»…. Todas aquellas canciones detallaban los sinsabores del amor que sentía por una chica que nunca fue mía. Eran desconcierto y pasión indescifrables, llenos de dudas, de sinrazones, de desolación. Escuchaba y disfrutaba a Lou en soledad, encerrado en mil sentimientos encontrados. Rabia, ira, frustración, incomprensión, marginación… se agolpaban en la puerta de un chaval que hasta entonces siempre había sido un niño feliz, sensible, vehemente, apasionado, libre. No entendía y no hacía por entender qué era toda aquella serie de errores que cometía con una entrega absoluta. Las drogas, la infidelidad, las mentiras, la tristeza. Todo aquello que sentía y en lo que militaba, todo estaba presidido por la música de Lou Reed.

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Pasaron los años y sus discos fueron llegando en cadena, como una cascada. Por unas cosas o por otras siempre acababa haciéndome con «otro disco de Lou Reed». Primero fueron aquellos directos, Rock and roll animal (1974) y su hermano pobre, Lou Reed Live (1975). Pronto llegó New York. Nunca fui mucho de Berlín (1973), porque nunca entendí aquella frialdad tan hermosa. Con los años, acabaría gustándome. Tampoco fui muy apasionado de Transformer (1972), aunque ahora lo entiendo como parte fundamental de una de las cosas que más admiré siempre en Lou: esa asombrosa capacidad de beber de muchas fuentes. Transformer simboliza la capacidad de Reed de mutar, de absorber, de trasplantar. En este caso, de un maestro (que siempre me gustó menos que Lou) como David Bowie. Esas canciones deslavazadas, que en directo se revestían con un prodigioso armazón, hoy las contemplo como pasos lógicos en su carrera, pero desperdigados a lo largo de mi vida. Siempre he entendido «Vicious» y «Satellite of love» como una unidad, como una sola roca. El muro que Reed nos entrega, ayudado por Dick Wagner y Steve Hunter, en el excelso e infravalorado Lou Reed Live. No conozco muchos inicios de concierto mejores. Menudas dos bombas encadenadas.

 

En cuanto a los directos, cito siempre Rock and roll animal como mi disco en vivo predilecto, junto al Live 1975-85 de Bruce Springsteen. En realidad, no tienen mucho que ver: uno tiene menos canciones y cubre un periodo de tiempo similar pero mutando las canciones hasta el paroxismo, y es mucho más corto. El otro es triple (quíntuple en formato LP) y saciado, y aunque las canciones están transformadas, por lo general resultan más fieles a las tomas originales de estudio. En cualquier caso, ambos son directos monstruosos. En realidad, aunque separados por mil circunstancias, ambos personajes eran en esencia seres inseguros y ensimismados. Bruce acabó siendo ídolo de masas, algo que ha terminado por resultarme molesto, y algo que, por lo demás, Lou jamás podría haber sido.

 

Pronto comprendí que toda esa ira en las letras de Lou Reed, toda esa violencia, eran consecuencia directa de una sensibilidad atormentada que trataba de justificar sus mil caras, todos aquellos revestimientos, las tomas donde simulaba pincharse ante la audiencia, el cambio en el color de su pelo, su ambigüedad sexual. Reed para mí era un compañero, un referente y, esencialmente, un escritor de canciones soberbias. Nunca me importaron sus declaraciones, que por lo demás releo a día de hoy y encuentro entrañables. Me pasa como a tantos, que creía que no me caía demasiado bien y sin embargo fallece y me percato de que era esencial, indiscutible, un guía innegable. Su pasión, su desenfreno, sus secretos, conmutaban el castigo que sentía por todas mis inquietudes. Aquellas cosas que decía que Candy o Caroline decían, aquella misoginia enternecedora, esos alegatos por la libertad de elección, las definiciones de sensaciones tan imposibles de describir, a su vez me ayudaban a comprender mi propia personalidad. «Heroin», o el viaje desesperado. «Sweet Jane», o la rutina. «Rock and roll», o el rock and roll. Dijo Lennon que el rock se llamaría Chuck Berry si no se hubiese llamado rock and roll. Yo creo que el rock se llamaría Lou Reed si se hubiese fabricado siempre en la calle, y no en una oficina.

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Reed era el hombre que escribía las notas de otro disco en directo (Perfect Night: Live in London, de 1998) hablando de lo mucho que le impresionó un amplificador que le fabricó un tipo para enchufar la guitarra acústica. Porque era también un sabio, un artesano de la canción, como mi añorado Antonio Vega. Siempre encontré que compartían muchas cosas, aparte de la obvia. Aunque en Lou decían que era leyenda urbana, algo que nunca me lo creí. Reed, además de adicto, era un ser experimental en sí mismo. Experimentaba con el amor, con el sexo, con la androginia, con la canción, con el público, con la guitarra, con el color, con la palabra.

 

Entre mis primeros encuentros con él, también quisiera destacar aquel maravilloso directo que sacó en 1993 tras la reunión de Velvet Underground para una gira europea, Live MCMXCIII. Nunca le vi en directo, y es una espina que no he conseguido quitarme. Aunque vi aquel concierto de Canal Plus junto a mi padre mil veces. Me gustaba. Era como ver a mi viejo hecho rock. Lou Reed era la cabeza del rock. Era lo que el rock no es y debió ser. Era rock sin focos. Rock sin esperpento. Rock auténtico.

 

Entre sus discos, encuentro New York una inspiración, Magic and loss (1992) un tratado, Songs for Drella (1990) un enternecedor invento. Todos ellos son homenajes. En ellos, Reed se tributaba a sí mismo y a su ciudad. Lou Reed era egocéntrico y complicado, y también generoso y desprendido. Reed era el hombre que se había encerrado a grabar “Afterhours” con la batería de Velvet Underground Maureen Tucker cuando en el estudio todos se reían de ella, porque era fea y contrahecha y cantaba con un timbre inocente e insulso. Él la cogió y consiguió sacar de ella aquel momento único en la historia del rock, tan desnudo, sencillo y apasionante. Él era la banda sonora de todas aquellas cosas que me pasaban. Porque todo pasaba con 16 años. Nada se quedaba. Todo era rápido, doloroso, incomprensible. Todo era como es a los 16 años. Y además estaba Lou, que lo hacía todo mucho más complicado. Todo se convertía en insoportable cuando escuchaba a Lou Reed. Y precisamente por eso me gustaba tanto.

 

«Cuando te veo venir sólo tengo ganas de correr», cantaba en «Vicious». Y veía a mis amigos lejos, y a aquella chica a una distancia descomunal. Y Ramón, el cantante de Los Sentidos, había vivido en Portobello Road, conocido al amor de su vida y compartido con ella un viejo colchón, y se había enganchado a la heroína y había contraído el SIDA y componía canciones maravillosas. Y Antonio Vega me cantaba del Madrid que estaba empezando a conocer en profundidad. La Malasaña del 93, créeme, no tenía bongos ni rastas. Eh, nada en contra. Sin ofensa. Simplemente, no los tenía y nunca olvido que Lou Reed no dejaba títere con cabeza en Take no Prisoners (1978), y nunca nadie le acusó de racista o conservador. En cierto sentido, y esto es algo que los que me conocen ya saben y respetan -e incluso diría que les hace cierta gracia-, siempre me he sentido desplazado. Demasiado rojo para los fachas y demasiado retrógrado para mi círculo de izquierdas. Demasiado misógino para las chicas de Femen y sin embargo admirador de Lara Álvarez, a quien respeto y admiro secretamente, incluso lascivamente. A ella le produciría escalofríos, y quizás sería una buena forma de explicarle el porqué de ciertas cosas poner «Endless Cycle» en un altavoz. «Él es un seguidor, no un líder». Cómo cantaba Reed del género humano. Incluso desde el desapego o el insulto, era fácil conocer y practicar una cierta sordidez. Con él era más sencillo nadar a contracorriente, pelear a la contra incluso sin haber leído el libro de Bukowski. En consonancia con la música de Lou, amé y fui malinterpretado, me expresé y me acusaron de portar fuegos artificiales, mentí cuando dije la verdad y dije la verdad cuando mentía. Fui, y sigo siendo, egoísta, algo radical, vagamente superficial, malhablado, y también amante y amigo y padre. Y casi siempre estoy enfadado, porque me gusta el rock, sí, pero llevo el pelo corto.

Lou. Cuánto te echo de menos.

Porque en gran parte, te debo ser como soy. Es una putada ser como soy. Es una putada que me hayas enseñado cómo soy. Y es jodido no tenerte más. No he leído ni una palabra aún sobre tu muerte. Al día siguiente, estaba en Coruña (encorbatado, sorbiendo un zumo de piña porque pretendo adelgazar, pero pegándole al vino cuatro horas después) en una cafetería y vi que El País dedicaba ciento cincuenta páginas a tu muerte. Incluido un artículo de Ray Loriga. No escribía Boyero, pero sí Diego Manrique. Robé aquel periódico por varias razones, pero la más sencilla es que no sabía si iba a poder comprarlo a lo largo del día.

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Me enteré de la muerte de Lou escuchando al acostarme un programa de fútbol. De boca de Paco González, que me cae mal, pero que puso «Sweet Jane» en la versión del Rock and roll animal, aunque la cortó a los tres minutos porque no había tiempo para más. Estaba la habitación oscura, estaba durmiendo junto a mi mujer. Me quedé tan triste que no pude decir nada. Me acurruqué un poco, y me sentí terriblemente solo en aquel momento. Después, a la mañana siguiente, de viaje de trabajo, compartí sensaciones con un amigo a través de whatsapp. Me parece horroroso todo. Me resultan lamentables una parte importante de las cosas que uso o hago durante el día. O de vez en cuando. No miro casi el Facebook porque lo utilicé para promocionar mi banda de rock, odio el whatsapp porque tecleo demasiado rápido y tengo dedos como pollas para escribir con ese teclado tan minúsculo, me toca los cojones recibir ochenta emails por día, y el teléfono me castiga el cerebro y los nervios. Mi padre era mucho más sabio. Ignoraba la tecnología y amaba la lectura y las ideas, las amistades que perduran, andar por la mañana varios kilómetros, comer con ansia y disfrutar de todo lo que hacía. Y no parar de darle vueltas a la cabeza.

 

Hoy me apetece decir la verdad porque siempre me han atraído las mentiras. Me parecen mucho más arriesgadas y apasionantes. Aunque no me salen a menudo, me resulta una práctica maravillosa. Recuerdo que tenía un amigo que decía que él soltaba por costumbre una media de diez o quince mentiras diarias. Mentiras sin importancia, piadosas, mentirijillas. Pero le excitaba. Yo no soy así, pero sí me conmueve el contubernio. Todos los días grito un poco. Todos los días leo un poco. Todos los días escucho un disco. Todos los días le doy un beso a mi mujer (o varios) y a mi hijo. Todos los días comparto impresiones con amigos. Sigo viviendo de las cosas que me excitan. Las vibraciones cordiales comunes. Las leyendas urbanas. La suciedad. Las cosas que odio. Las cosas que respeto. El país que desprecio. La gente a la que quiero.

 

Siempre me han gustado las mentiras, Lou. Por eso robé aquel periódico. Por eso no lo he leído aun, porque quiero mentirme y no quiero leer que has muerto. Aunque sé que mi admiración/desprecio por Ray Loriga me va a hacer disfrutar de su artículo, y que mi admiración/desprecio por Diego Manrique me va a hacer disfrutar de sus palabras. Sé que me va a gustar ver tus fotos, y las mentiras que se dicen sobre ti. Tengo el periódico que robé aquí al lado y aun no he podido abrirlo. Porque una parte de mí cree que va a morir por leer que has muerto.

 

No he leído nada en internet sobre su muerte. Será tan extraño como desenterrar Set the twilight reeling (1996), o Coney Island Baby (1975), discos que amo y apenas escucho. Lo que sí he hecho ha sido desenterrar el Lulu (2011), el disco de Lou Reed con Metallica. Menudo final, Lou. Sólo un chalado de mierda como tú podía terminar su carrera con ese espantoso final. Escuché el disco en su momento, y logré disfrutarlo. Era un castigo indescifrable, un monstruo inaccesible, un pecado de virtud y facultades ocultas bajo un muro asqueroso de distorsión y metal de tercera. Y sin embargo, ahí estaba Lou, con sus textos y su forma de cantar/hablar. Y algunas melodías me gustaban. Así de sencillo. Me gustaban. Como me gustan algunas canciones de Coldplay o el disco Beautiful World de Take That, solo que al revés. Igual que el chicle con sabor a sandía o un beso con sabor a sudor. O los canelones. O el final de los Soprano. Es igual, no intentes que te lo explique. No lo entenderías. Lou era arrogante e impertinente. Esa gallardía, esa altanería, ese donaire, siempre fueron conmigo. El inmenso, inexplicable y maravilloso placer de no tener que explicar que una cosa te gusta porque te gusta, coño, porque te importa de poco a nada lo que opinen de ti, aunque en el fondo te importe, porque eres dueño de tu contradicción y de tu estupidez, y del incontrolable amor propio que sientes, porque defiendes algo y te gusta defenderlo, porque crees en ello, porque estás solo y te gusta estarlo en ese argumento. Es tu argumento. Lo sientes, lo tienes dentro. Te gusta y lo dices. Aunque suene raro. Aunque crean que lo dices por soltar una boutade. No, no… no. Es un tema de principio, de base. No creo en la sinceridad de «te lo digo porque soy sincero, te jodo vivo, pero ¡eh! Te lo digo sinceramente». Creo en la sinceridad de «me gustan Coldplay, sí. No, gracias, no quiero la chapita de militante. No, tampoco una bandera. En todo caso, la del arco iris, que es casi republicana».

 

He leído una sola cosa sobre la muerte de Lou. Ha sido en el magazine de El Mundo, y ha sido una cita de Patti Smith. «Recientemente, lo había visto en la ciudad con su esposa, Laurie, y había sentido que estaba enfermo. Un cansancio ensombrecía su brillo habitual. Cuando Lou dijo adiós, sus ojos oscuros parecían contener una tristeza infinita y benevolente», escribió. Patti le admiraba y parece que le veía igual que le veo yo. «Lou era un hombre complicado, animaba nuestros esfuerzos, entonces cambiaba y me provocaba como un colegial maquiavélico. Llevó la sensibilidad de las artes y las letras a su música. Fue el poeta de Nueva York de nuestra generación, defendiendo a los inadaptados como (Walt) Whitman había defendido a sus trabajadores y (Federico García) Lorca a sus perseguidos». Luego, descubrió que el 27 de octubre era la fecha «de los cumpleaños de Dylan Thomas y de Sylvia Plath. Lou había elegido el día perfecto para zarpar, el día de los poetas, el domingo por la mañana, el mundo detrás de él».

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Esto es lo único que he leído sobre la muerte de Lou, y por ahora no quiero leer nada más. Quiero ver el concierto que filmó Julian Schnabel y beber y estar solo. Y quiero escuchar Lou Reed Live porque quiero volver a esa oda triste, a ese principio inquietante, ese teclado neurótico, esas frases soltadas como escupitajos hermosos. Porque Lou cantaba impulsivo y feo, y a la vez era perfecto, poético, tan despiezado como bello. Era profunda y miserablemente humano.  Era, si quieres, como lo que siento por la gente que quiero. Un compendio de cosas inexplicables que las juntas y sale lo que hace que me estalle el pecho. Sigo sin poderlo soportar. Sigo sintiéndome como Ramón, mi Lou Reed español. Sigo sintiéndome afín, solo y de pie, sigo sin haber soñado anoche, sigo en mi laberinto emocional. Sigue gustándome el dibujo libre «y la Gran Vía cruzar, de lado a lado, sin parar». Sigo viendo un paisaje descomunal en cada rincón donde me siento solo a contemplar. Sigo inmerso en mi radiografía permanente, en mi recuerdo eterno, en la extrañeza de vivir sin mis padres. Sigo queriendo a mis viejos amigos, a los que no veo, con los que estoy cabreado porque no les veo. Sigo queriendo a los amigos con los que hablo de Lou Reed, de fútbol, de chicas, de Chris Robinson, de la muerte del rock, de los Chicago Bulls. Sigo queriendo emborracharme porque echo de menos demasiadas cosas. Sigo queriendo escribir aunque sospecho que a estas alturas nadie me estará leyendo. Y sigo sintiendo que cuanto más me implico en las cosas, peor me salen.

 

Me pasa un poco como a Lou Reed, ¿no crees?

por Manuel López Sacristán

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2 Comments on "Lou Reed | Homenaje"

  1. Llegué aquí buscando “Lou Reed, te echo de menos”. Yo tampoco me quiero creer que hayas muerto, Lou. Mira si te quiero que de pequeña pensaba que eras de la familia, porque mi padre se parece a ti y siempre estabas, en cada mañana de domingo y en cada viaje a León. Estas navidades te lloro,como lloré a mi abuela, como llora quien siente que parte de su vida desaparece irremediablemente cuando alguien como tú nos dejas, aunque me quede tu música, el magic and loss que quizá dentro de 15 años me atrevo a volver a escuchar. Aunque te vea tan vivo en las fotos, el mundo es peor para mí desde que sé que tú no estás en él…

  2. Ni siquiera me he atrevido a leer esto entero…

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