La ciudad de las estrellas (La la Land) (2016) | Factor Crítico

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Entre el tráfico, de rostros, miradas y gestos, la circulación puede colisionar con bocinazos, o quizá gestar una partitura musical. Incluso, quizás de la estridencia de una primera impresión surja una coreografía de sentimientos parejos que no imaginabas. En la circulación de la vida te cruzas con miradas que no se percatan de tu presencia. Incluso, colisionas con la indiferencia que te arrolla como si no pudieras integrar el encuadre de su vida, que ya está desbordado por sus propias preocupaciones. Y quizás no fuera así si las circunstancias fueran otras, si tu mirada no estuviera enfocada en otra dirección, en otro escenario que aboca a los márgenes desenfocados las palabras y el gesto de quién te interpela. Y quizás de esa conversación brotara un vínculo que arraigaría como ese amor que no imaginabas que pudiera materializarse, o con el que no habías dejado de soñar como la cartelera de una película que sólo parece suceder en tu mente. los sueños no sino esas películas que se intenta hacer despegar hacia unas alturas que no alejen de la realidad sino que, incluso, la configuren, como cimientos firmes que son a la vez firmamento. O esa es la ilusión. También puede ocurrir que un sueño que parecía consolidarse se desmorone porque ni las circunstancias ni ambas voluntades logran conjugarse para dilatarlas en la duración del tiempo y en la convergencia del espacio.

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En La ciudad de las estrellas (La la Land, 2016), de Damien Chazelle, Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling), se cruzan en varias ocasiones. Hay diferentes maneras de arrancar una relación, y en su posible coreografía se dan varios ensayos frustrantes. En primera instancia, colisionan: el otro es una interferencia, un impedimento, un estorbo, una masa que debe ser sorteada. El primer contacto resulta renqueante, como si no se percibiera la dirección que se insinúa y se tiende más bien a buscar la opuesta, en ocasiones por mero orgullo, en otras por falta de reflejos, como si aún faltara por graduar el discernimiento. Hasta que sus miradas enfocan del mismo modo y se alumbra lo que en principio se prefería negar como quien no quiere quedar, o más bien sentirse, más expuesto que el otro al que quizá más bien se ve como una coraza de suficiencia. Y el proyector se pone en marcha, y la película comienza a correr entre los engranajes de las expectativas.

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En la secuencia final de El apartamento (1960), de Billy Wilder,el personaje de Shirley McLaine tomaba consciencia de dónde estaba la integridad y la posibilidad de un sentimiento más cierto y firme que el espejismo de quien domina las alturas económicas pero no sabe de sentimientos ni le preocupa, y le abandonaba en un bar para correr en busca del personaje de Jack Lemmon, aquel con el que sí podía encontrar la real sintonía. Era la clausura de la película, y a la vez un comienzo. En un momento dado, Mia, observa a su pareja, en compañía de otra pareja de amigos, mientras comen en un restaurante, y toma consciencia de que lo que siente por aquel hombre tiene que ver más con las volátiles apariencias y los fulgores de un ambiente que son promesas de lo que aún son carencias, por lo que decide correr en busca de aquel otro hombre, Sebastian, que parece prometer una real sintonía. En El apartamento, el personaje de Lemmon, de hecho, había propuesto ir al cine como una primera cita que se truncó cuando ella no apareció. En este caso, Mia sí aparece. Aunque no es una clausura de la película. Sí un comienzo, aunque su desarrollo se trunque con el tiempo. Las películas se queman, como los sueños, que quizá no duran lo que se esperaba. Como la misma película que se proyecta, Rebelde sin causa (1954), de Nicholas Ray, se quema en el preciso instante en el que se disponen a darse su primer beso. Y las luces se encienden, y el trance se convierte en guiño perplejo.

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En Rebelde sin causa, los adolescentes sienten su insignificancia y desamparo enfrentados a aquel firmamento que se reproduce en el planetario. Así sienten no sólo su futuro sino su mismo presente, del que se sienten desconectados, desgajados. Sueñan, pero sienten intemperie. También Mia y Sebastian pugnan por realizar sus sueños respectivos, ser actriz o montar su club de jazz. Mia propone vivir su propia película. Vivir su propio planetario en el que sentirse que la realidad se ajusta a sus sueños, que ascienden como si su realidad fuera un firmamento según la coreografía que ambos crean. Pero la realidad comienza a dar sus bocinazos. Sus búsquedas respectivas sufren tropiezos, el desaliento les hace perder el paso e incluso abandonarlo, o asumen que para dotar de cimientos a la relación las direcciones sean aquellas que más bien parezcan materia sintética que piel, concesiones más que apuestas por los propios sueños. Deben por lo tanto, forcejear con lo que deben ser y lo que quisieran ser, y no sólo en ellos mismos, sino entre uno y otro, por cuanto la resignación o la impotencia pueden desdibujar la relación, deteriorar las expectativas de quien admiraba más la fortaleza de un sueño perseverante que el gesto encorvado del cálculo y la adaptación. Y se enmaraña el discernimiento porque adoptas decisiones de acuerdo a lo que crees que tu pareja prefiere, o crees que demanda, y las prioridades y aspiraciones se confunden, y los despegues de los sueños y la realidad de los atascos se atropellan. Son los conflictos que pueden darse cuando intentas construir una red vial para una relación. Quizá no sean claras las señales de tráfico, que a veces pueden asemejarse a una espesura, niebla que cuesta superar, o quizá, aunque el enfoque entre uno y otro sea preciso, en un momento dado las propias narrativas de los sueños particulares determinen direcciones que no convergen.

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A veces, son las circunstancias las que influyen de modo determinante para que la música se interrumpa. Por eso, el pasaje más extraordinario de La ciudad de las estrellas es el número musical final, aquel que relata otro posible desarrollo narrativo de la vida que sí conjugaba a Mia y Sebastian como duración y convergencia en vez de sueño truncado. Podía haber sido de otro modo. Es una conclusión semejante, en su propia reflexión sobre la narración (y la vida como relato), a la de Aliados (2016), de Robert Zemeckis. En esta, se nos ofrecía de modo condensado la otra perspectiva, que pudiera haber sido el enfoque de otro posible planteamiento de la película y que a la vez evidenciaba cuánto de relato tiene la vida, de proyección, especulación, cuánto de películas con las que forcejeamos intentando discernir quién es el otro y qué siente el otro. En La ciudad de las estrellas, como la misma elección estética de la película, que remarca el artificio hasta en la imponente presencia de los cielos despejados, como un fulgor de pantalla de fondo, se pone en evidencia que la trama de la vida puede desarrollarse de múltiples modos según la conjugación de las circunstancias y las voluntades. Y, en ocasiones, quizá la que nos hubiera hecho sentir más plenos es la que no duró lo que quisimos que durará, por lo que quizá, en otra intersección, contemplamos cómo esa dirección que nos alumbró como ninguna otra se desvanece entre la muchedumbre de múltiples historias que nunca se realizarán, o quedarán interrumpidas antes de tiempo, o quizá no se desarrollarán del modo que se esperaba y anhelaba. Sombras de sueños de papel pintado somos.

por Alexander Zárate

La ciudad de las estrellas (La la Land)
Damian Chazelle
Int: Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie De Witt, JK Simmons
USA, 2016
127  min.

 

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La ciudad de las estrellas (La la Land) (2016)
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