Joyas desconocidas: Messidor (1979), de Alain Tanner | Factor Crítico

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Quizá Callie Khouri, guionista de Thelma y Louise (1991), de Ridley Scott, se inspirara en Messidor (1979), de Alain Tanner. Dos mujeres en ruta, horizonte incierto, pasado insatisfactorio que tiene condición de reclusión o represión, intento de violación, persecución de dos mujeres convertidas en prófugas. La película de Scott puede considerarse la versión pasteurizada (o espectacularizada, si se prefiere el eufemismo). Se puede argüir que quién se acuerda de la obra de Tanner, cuando la de Scott se ha convertido en todo icono, un emblema de movimiento feminista. Aunque su construcción no deja de estar sostenida sobre clichés y esquematismos (aunque también se podría decir que en la vida hay mucho estereotipo ambulante). De todos modos, la obra de Scott se restringe a una disidencia genérica, lejos de las más amplias cargas de profundidad que comporta el juego del espacio y el tiempo vacío que realizan, en la revulsiva Messidor, Jeanne (Clementine Amoroux) y Marie (Catherine Retoré).

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Messidor es el primer mes del verano en el calendario en tiempos de la revolución francesa. Y Jeanne y Marie realizan un acto revolucionario, su desplazamiento por las carreteras del país se convierte en un movimiento a contracorriente. ¿Qué se siente al vagabundear en vez de trabajar?, le pregunta Jeanne a Marie. Ambas rompen con el tráfico de la realidad, se salen de la casilla, como hará el personaje de Sandrine Bonnaire en la posterior, y también magnífica, Sin techo ni ley. (1985), de Agnes Varda. Su cruce es casual. Marie ha perdido su tren para volver a su granja, Jeanne está cansada de estudiar las asignaturas de Historia en su casa (su compañero no se anima a acompañarla; que su voz se escuche en fuera de campo ya apunta sobre la desconexión que siente Jeanne con su entorno). Ambas hacen autoestop, y comienza una amistad, que derivará, en el momento en que se queden sin dinero, en ese juego del espacio y el tiempo vacío, el juego antisistema, vagar, no hacer nada, rebelarse ante la tiranía de los horarios, ser improductivo. Desplazarse sin propósito. Aunque la variación de entornos no evitará, como apunta Jeanne, la constatación de que es un desplazamiento en la repetición; las personas no se diferencian sea el ámbito que sea, aunque se crucen fronteras. La ruptura que supone la apuesta por el desplazamiento en sí se topa con una realidad que parece una sucesión de escenarios intercambiables. La libertad se encuentra atorada en un embudo. La libertad tiene algo de espejismo; la ruptura las escora hacia los márgenes, pero donde finaliza el decorado sólo resta el abismo.

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Su primera colisión la sufren con el primer hombre que se presta a cogerlas cando hacen autoestop, el cual les suelta un sermón sobre cómo la juventud de hoy vive del sudor de los que trabajan como él, y cómo las mujeres se salen de su papel con sus ínfulas de querer estudiar en la universidad, cuando además ya no saben ni freír un huevo. También, como posteriormente, Thelma y Louise, sufrirán un intento de violación. Para salir del trance no recurren a una pistola, sino a una contundente pedrada. Pero el azar pondrá en sus manos una pistola (de un militar suizo que les ha cogido haciendo autoestop, y que se llevan porque no quieren reconocer que estaban curioseando en sus pertenencias, en la guantera). Arma que utilizarán para enfrentarse, o más bien quitarse de encima, a un hosco granjero que se muestra receloso cuando las sorprende durmiendo en su granjero. Hecho que comenzará a tejer un fatal hilo de ponzoñoso destino (o de absurda aleatoriedad) que las acaba convirtiendo en dos prófugas perseguidas por la policía en Suiza y Alemania. Quieren romper con una vida pautada sobre un rígido guión que las fosiliza en un enajenante modo de vida, quieren salirse de la pantalla, convertirse en dos figuras sin nombre, sin destino preestablecido, y acaban convertidas en seres de ficción, personajes en la pantalla televisiva, en la que se las considera peligrosas criminales, y sobre las que se especula sobre sus vínculos criminales.

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La vida es imprevisible. En una cierta secuencia, Jeanne y Marie disparan contra un avión que surca el cielo. En la posterior secuencia un hombre que las cogido, les pregunta si han visto en la televisión un accidente aéreo en Baleares, un indicativo de que ya no hay manera segura de desplazarte por la vida. Nada hay seguro. Pero la sociedad instituida, sostenida sobre el control, sobre un tráfico pautado, alienta esa ilusión, ese espejismo. Jeanne y Marie optan por lo incierto, por lo imprevisible, surcan el espacio, y el tiempo, como si este ya no tuviera límites. Son el disparo de lo imprevisible. Pero la repetición va cerniendo una red sobre ella: los movimientos de cámara que se repiten: marcan elipsis de tiempo pero inciden en la constatación de que su desplazamiento se va confinando en un bucle. La cámara, en muchas ocasiones, se desplaza por delante de ellas, como si así se insinuara cómo los acontecimientos siempre irán por delante de ellas, como una pantalla de realidad se configurará como una red en la que quedarán atrapadas; cualquiera puede ser el colaborador ciudadano que las denuncie. Ahora se desplazan en una realidad que es una pantalla, están expuestas, son el centro del plano. Su marginalidad se acrecienta, pero no pueden siempre desplazarse por la periferia, por los literales márgenes, no pueden desenvolverse en una libertad que es intemperie y hambre y frío, por las montañas y los bosques. Su disparo disidente comienza a apuntar hacia ellas mismas. Tarde o temprano caerán en la red, porque la ruptura no la pueden realizar completamente, y porque el agujero negro de la realidad pautada las absorberá , y penalizará (no deja de ser significativo que sean más frecuentes en los tramos finales los fundidos en negro, como si la respiración de su disidencia ya boqueara). Pero cuando se desvanezcan, cuando su revolución haya sido acallada, aún permanecerá el tráfico. La implacable maquinaria del tráfico que todo lo coloca, o encierra, en su sitio.

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El personaje de Trevor Howard en A años luz (1981) también intentará lo imposible, volar como los pájaros. No resulta fácil transformar la desilusión en proyecto de vida alternativo. El protagonista de la bellísima En la ciudad blanca (1983), también rompe con su vida maquinal, dejándose fluir en un desplazamiento que no sabe de direcciones prefijadas, de horarios; deja fluir su mirada por Lisboa como si observara la realidad con mirada despejada, desnuda, reencontrada. La realidad alrededor parece no ser el espacio donde poder desplazarse. Quizá sólo reste, como expresaba la protagonista de la magnífica Una llama en mi corazón (1987), realizar el auténtico viaje, hacia el centro del corazón, donde quema.

por Alexander Zárate

Messidor
Alain Tanner
Int: Clementine Amoroux, Catherine Retoré, Franziskus Abgottspon
Suiza, 1979
123  min
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Messidor (1979), de Alain Tanner
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5