Joyas desconocidas: Mambo (1954), de Robert Rossen | Factor Crítico

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Sea el escenario de las competiciones deportivas, el boxeo en Cuerpo y alma (1949) o el billar en El buscavidas (1961), o de instituciones como la política, en El político (1951) o el militar, en Llegaron a Cordura (1959), en la obra de Robert Rossen sus actores se enfrentan a la enajenación de la vanidad, el sentimiento de protagonista escénico, el privilegio de la posición de poder, la consecución del éxito y el disfrute de sus lujos. Algunos sucumben (El político), otros logran rehacerse (Cuerpo y alma), y aunque lo consigan ese proceso implica una irreparable pérdida (El buscavidas). Aquellos que son considerados héroes, como en la última de las obras citadas, se revelan como seres mezquinos y rastreros sin redención ni voluntad de cambio alguna. El escenario de la vida está regido por el caos (¿ha quedado mejor reflejado que en su sublime ultima obra, de 1964, Lilith ?), y la corrupción, la utilización y provecho de lo demás para conseguir los propios propósitos o conjurar las propias carencias. Resta, como para Giovana (Silvana Mangano), protagonista de Mambo (1954), la aflicción como compañía de navegación en la vida, y quizá la promesa de sosiego que puede deparar el arte. No es que sea el escenario del arte, en este caso de la danza y la música, el desentrañado en sus miserias, pero la infección de la corrupción rodea y amenaza a Giovanna, poseedora de un talento singular. Asedia a la ilusión que la estimula y eleva .

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Pero la decepción la consume. Algo que ya se transmite de modo implacable desde sus primeros secuencias: Tras una representación musical (vemos a la imagen, lo que Giovana representa, la pantalla exterior, la máscara), se manifiesta su voz interior: su nausea y hastío de la vida se hacen palpables a través de la afilada grisura encapotada de la iluminación, que ya establece una atmósfera opresiva, cargada, que no parece nunca acabar de supurar, y se articulan, durante su viaje de retorno a sus raíces, Venecia, a través de la evocación de su herida emocional. Mambo comienza con un flashack como Cuerpo y alma. En esta el boexeador protagonista, encarnado por John Garfield, en la víspera de un decisivo combate que implicaría ‘venderse’ definitivamente, se confrontaba con su vacío presente, con cómo se había traicionado a sí mismo por alcanzar el éxito. En Mambo Giovana se confronta con el vacío del que proviene (la mancha que envenenó su ingenuidad e ilusión que ni el arte ha podido contrarrestar).

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Alrededor Giovanna, unos quieren aprovecharse de ella, como su primer novio, Mario (Vittorio Gassman), quien primero no quería que se fuera a Roma, sino impedirle sus sueños (supeditándose a él). Para conseguirlo, para anularla y someterla, recurrió a la violencia física. Fue quien le inoculó la concepción de que en esta vida para sobrevivir hay que utilizar a los demás. Enrico (Michael Rennie) intenta comprarla con la imagen de privilegio de su posición de aristócrata (durante una fiesta de carnaval, escenario de máscaras y representación, la avasalla con su deseo). Y hay quien, como Tony (Shelley Winters), directora de la obra escenificada, proyecta en ella su frustración, lo que no pudo ser, y algo más, un sentimiento que a veces explota de modo indirecto, como en el palco, cuando culmina su acerada discusión con Mario, al que intenta convencerle de que deje en paz a Giovanna, con un desaforado grito de impotencia y rabia, conminándole a que abandone su teatro; a lo que él responde con un gélido y desafiante mi chica.

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La infección no deja de alcanzar a la propia Giovanna, consciente de cómo la envilece el hecho de que piense en una retribución, en una venganza, con respecto a Mario y Enrico (admirable la secuencia en la que ella baila y canta en el club, y el plano encuadra a ambos; las miradas anuladoras que la convierten en un objeto/representación; el pensamiento combativo, entre la rabia y la enajenación). Esa pérdida de rumbo, ese envilecimiento, del que es consciente, la sumergirá en un más hondo abismo. Marío le arrastra a perderse en la corrupción del engaño. Aprovechándose de que es croupier intentará que ella apueste el dinero de Enrico, pero ella se resiste. Pero cuando pierde ese empleo, como le resulta difícil encontrar trabajo, le propone a Giovanna que acepte la propuesta de matrimonio de Enrico, ya que sabe que le queda poco tiempo de vida por su enfermedad.

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La vida es una prisión, pero no sólo para los que sufren carencias, sino para los que disponen de más ventajas, como expresa Enrico, encuadrado en un espejo (en correspondencia con la mascarada inicial de su primer encuentro), que señaliza la simulación, la representación. Se palpa en su mansión otro tipo de malsana corrupción, el de la inflexiblidad, encarnada en su madre. Pero un reflejo puede ser equívoco, o no ser una evidencia de una realidad sostenida sobre engaños.Quizá entre escenificaciones pueda entreverse una fisura de real conexión, de sentimientos genuinos, el rostro de la vulnerabilidad expuesta, de la honesta firmeza, condensado en ese bellísimo plano de Giovanna en la secuencia de la lectura del testamento, con esa luz, como una aureola, detrás suyo, equiparable a algunos de los encuadres de Ordet (1955), de Carl Dreyer, que utilizan ese recurso de iluminación. Entre tanta maraña de relaciones, hay un escenario que se revela más auténtico, y liberador, el del arte, la danza, el mambo, que no sabe de conveniencias, manipulaciones, tácticas ni proyecciones.

por Alexander Zárate

Mambo
Robert Rossen
Int: Silvana Mangano, Vittorio Gassman, Shelley Winters, Michael Rennie
USA-Italia, 1954
110  min.

 

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Mambo (1954), de Robert Rossen
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