Joyas desconocidas: El amor por tierra (1984), de Jacques Rivette | Factor Crítico

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La vida es sueño, la vida es un escenario, las relaciones un entramado de representaciones. Del mismo modo que, como señaló Nietzsche, lo que hay de no-intencional en un acto es lo que presta un valor decisivo, y que todo lo que en él parece premeditado, todo lo que se puede ver, saber, todo lo que llega a la consciencia, forma parte todavía de su superficie, de su piel, que como toda piel, oculta muchas más cosas de las que revela, ¿cómo discernir, o separar, el escenario de lo real, la escenificación de lo espontáneo, si estamos tramados, o tramamos nuestras acciones, o actuaciones, con proyecciones, ideales, expectativas o transferencias? Y aún más patente en el escenario dentro del escenario, el escenario del amor, condicionado por las estatuas aladas de las idealizaciones, que El amor por tierra (L’ amour par terre, 1984), de Jacques Rivette, despedaza, del que muestra sus engranajes y agujeros negros y puntos en fuga y confusiones, sacude entre escenarios las máscaras incrustadas en la carne, echa por tierra las idealizaciones para mostrar su real rostro, quizá múltiple, quizá indefinido. Por eso, quizá sólo queden los interrogantes (antes de la nueva función).

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En las secuencias iniciales nos sitúan en un territorio que fusiona ambos espacios, realidad y escenario. Un grupo de gente sigue a una especie de guía por las calles de París, el cual les dirige a un piso, en donde parece desarrollarse una acción cotidiana, pero no es sino una escenificación, una representación teatral, en la que participan dos actrices, Charlotte (Geraldine Chaplin) y Emily (Jane Birkin), y un actor, Silvano (Facundo Bo). Una historia de conflictos amorosos a través de la figura de un triángulo, de ocultaciones y simulaciones. Uno de los espectadores confiesa que es el autor, Clement (Jean Pierre Kalfon), que ya no se acordaba de su creación, y les propone representar en su mansión su próxima obra, aún en proceso de escritura, pero también tramada sobre un triángulo, inspirado en sucesos reales, porque él siempre escribe sobre lo que ha vivido (ficción y realidad retroalimentándose en un incierto juego de reflejos). Los otros personajes en los que se inspira, una está desaparecida, y el otro, mago, Paul (André Dussollier), enigmático, provoca visiones (las premoniciones que visualizan Charlotte y Emily), y hace aparecer (objetos, animales), aunque ¿es él quien parece sentado a oscuras, como un muñeco al que se ha dejado de dar cuerda, en una habitación calificada de prohibida?. Lo fantástico se aposenta en la narración, los límites se despedazan, como los que separan las escenificaciones de la realidad.

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En un momento dado, Charlotte expresa que no sabe quién es ni qué hace. Identidad, acción yactuaciones. ¿Qué es lo que sienten? ¿En qué medida influye en sus relaciones, fuera de las escenificaciones, lo que representan? Repeticiones, variaciones, permutaciones y combinaciones. Los personajes parecieran resortes que ejecutan acciones, sentimientos, sin que sepan muy bien porqué. ¿Mecanismos reflejos, espontaneidad, sugestión?. Todos se confunde, enmaraña, hasta los géneros. Emily interpreta a un personajes masculino en la representación de la mansión, personaje que representa a Paul, con el que precisamente entablará una relación sentimental (como si lo hiciera consigo misma, con su personaje). Pero Paul, después, establecerá una relación con Charlotte, que representa a la mujer desaparecida que amó. ¿Quiénes son y por qué hacen lo que hacen y qué sienten realmente?¿Con quién se relacionan realmente (o con cuántos a la vez en una misma persona, entre lo consciente e inconsciente, intencional y no-intencional)?. Por mucho que se despedacen las idealizaciones, la virtualidad que sugestiona e influye en las relaciones, siempre los trozos volverán a recomponerse, para un nuevo escenario, del que no parece poderse escapar, para seguir descifrándolo (o para seguir siendo un muñeco de invisibles hilos).

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Pero el sueño también es vida, y el escenario es vida. Ese disfrute, ese vitalismo lúdico, en y por los procesos de creación, emana de esta cautivadora narración, y no sólo de los procesos creativos de la elaboración de la obra, sino porque refleja que la vida misma es una tarea en progreso, un proceso de continua creación, un tanteo de actantes ofuscados e interrogantes que buscan encontrar el hilo de la trama sobre el que sostenerse (o que ilumine al que parece sostenerles, su origen o sentido), que tantean, especulan, se interrogan, y eso hace de la vida un apasionante desafío, un campo de juego en el que evitar que las estatuas de los ideales nos aprisionen como la mirada de la medusa, mientras intentamos desentrañar sus engranajes, o sea, los nuestros, por qué actuamos como actuamos, por qué sentimos como sentimos, por qué deseamos y amamos como deseamos y amamos. ¿Y soy yo el qué desea y ama o me han o he sugestionado para que lo desee o ame? Desentrañar la magia, sin que esta pierda su cautivador misterio, mientras no dejemos de jugar a ras de tierra.

por Alexander Zárate

El amor por tierra (L’amour par terre)
Jacques Rivette
Int: Jane Birkin, Geraldine Chaplin, André Dussollier, Jean Pierre Kalfon, Laszlo Szabó
Francia, 1984
129  min

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El amor por tierra (1984), de Jacques Rivette
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