Joyas desconocidas: Acto de violencia (1948), de Fred Zinnemann | Factor Crítico

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¿Cómo se puede construir una vida si renquea en tus entrañas, como una cojera, la sombra de una culpa que te persigue como una quemadura de la que no te puedes desprender? Quizás esa cojera tenga cuerpo, el de Parkson (extraordinario Robert Ryan), quien persigue, con la determinación de una mirada abrasada, la de la obsesión, a Enley (portentoso Van Heflin) en Acto de violencia (Act of violence, 1948), un apasionante film noir que no dudaría en calificar como la gran obra de Fred Zinnemann. Hubo también cineastas como Mark Robson o Jean Negulesco que realizaron estimulantes, cuando no excelentes obras, en la década de los cuarenta, e inicios de los cincuenta, para luego convertirse en desvaídos ilustradores, aunque nunca alcanzaron el prestigio de Zinnemann, en cuya filmografía abundan las obras premiadas, o que forman parte de la mítica popular del cine, pero que no me parece que sobrepasen la discreción, caso de Solo ante el peligro (1952), De aquí a la eternidad (1953), Un hombre para la eternidad (1966) o Julia (1977).

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Los finales de los cuarenta en el cine estadounidense son una época apasionante, una era convulsa en la que forcejeaban encontradas fuerzas. Era un país que se reconstruía, tras superar el trauma de la guerra, con la satisfacción de la victoria, pero que había abierto a la vez heridas. Curarlas implicaba transformar de raíz un país en el que se advertían miserias como la que se habían combatido, caso de la xenofobía, pero había quienes querían poner un esparadrapo engañoso aunque la herida siguiera supurando, como los que establecieron la enconada Caza de brujas, una forma legitimada de purgar al molesto disidente. Precisamente, el guionista de Acto de violencia, Robert L Richards (sobre una historia de Collier Young), fue una de sus víctimas. Tras escribir el guión de la magnífica Winchester 73 (1950), de Anthony Mann, al quedar estigmatizado por su inclusión en la lista negra, ya no pudo firmar guión alguno. Desistió y se hizo carpintero, falleciendo, en México, con amargura, por la vida que había perdido. Amargura es también la que sentía Zinnemann, porque sus padres habían fallecido durante la guerra en campos de concentración, al llegarles demasiado tarde los pasaportes estadounidenses para unirse con él y su hermano ( y esa culpa parece que atenazó al propio Zinnemann). Esa doble convulsión, la colectiva y la individual, se palpa en esta admirable obra que es toda una desgarrada inmersión en los abismos, la desesperada asunción de que se vive en un túnel del que ya nunca se podrá salir por mucho que se quiera autoengañar. Hay cimientos de vida que se sostienen sobre lodazales.

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¿Por qué persigue con esa obcecada furia Packson a Enley? Enley parece la representación de la más inofensiva e intercambiable normalidad, un constructor de éxito que vive con su joven esposa, Edith (Janet Leigh) y su pequeño hijo. En las primeras secuencias. el primero parece la amenaza que acecha en las inmediaciones de la casa donde vive Enley, o en el río donde está pescando con un amigo. Parece conducirse como si su cuerpo estuviera permanentemente expuesto a una sobrecarga eléctrica, lo que desde sus primeras imágenes propicia que la tensión se adhiera a la narración, que ya se mantendrá hasta las últimas secuencias, las cuales, elocuentemente, finalizan con una colisión. Con la sombras valga la paradoja, empezará a hacerse la luz (magnífico trabajo lumíníco de Robert Surtees), cuando se desvele qué vínculo les une así como se insinúe que la luz puede ser engañosa, como la propia normalidad de Enley. Porque Packson es la sombra de Enley (el instante en el que Edith le dice que Packson había estado en casa, es sobre un plano de él en sombras). Es la sombra de su culpa: la revelación del por qué, relacionados con la estancia en el campo de concentración en el que ambos estuvieron prisioneros, implica un salto de eje demoledor, porque ya no es fácil dirimir quién es victima.

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Packson, desde luego, parece alguien tan marcado por ese pasado, por la herida a hierro vivo en sus entrañas, que parece incapacitado para vivir, para amar, como ejemplifica Ann (Phyllis Taxter), la mujer que le persigue a su vez para que desista de su venganza. La huida de Enley implica sobre todo intentar fugarse de sí mismo, pero es más fácil desasirse de Packson, que de sí mismo. Enley entra en otro mundo de callejones oscuros y sórdidos tugurios, una zona que parece la de otro universo, opuesto a aquel luminoso en el que vive de él, de casas adosadas y amplios ríos. Aquí todo parece angosto, entre vidas al margen, como la de Pat (excelente Mary Astor, lejos del glamour de El halcón maltés), que intenta ayudarle, un resquicio de cómo aún quisiera verse, y vidas mezquinas que se aprovechan de los otros cuando pueden (quizá su reflejo de lo que fue). Desde luego, angosto es su propio corazón que grita ya desesperado mientras corre por un túnel, siente la tentación de dejarse arrollar por un tren, o ahogado en el alcohol intenta convencerse de que quizá se libre de su sombra encargando a otro que la mate. Pero de sí mismo no hay manera de desprenderse, de ese recuerdo de lo que hizo que se agarra a sus entrañas como un parásito cojo que nunca dejará de hacer sangrar sus sombras.

por Alexander Zárate

Acto de violencia (Act of violence)
Fred Zinnemann
Int: Van Heflin, Robert Ryan, Janet Leigh, Mary Astor, Phyllis Taxter
USA, 1948
82  min.

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Acto de violencia (1948), de Fred Zinnemann
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