Ilustres raperos

ilustres raperos

Algunas palabras previas acerca de la relación del autor de la reseña con David Foster Wallace, que pueden omitirse perfectamente sin que importe demasiado para la comprensión de dicha reseña

Me parece honesto –aunque, por supuesto, eso no implica que sea relevante- empezar este texto declarando algunas de las, digamos, irregularidades del terreno sobre el que se asienta mi relación personal con David  Foster Wallace. Hablo, claro, estrictamente desde el punto de vista de mi relación como lector y, para evitar malentendidos, añadiré que se trata tan sólo de declarar los ingredientes con los que se cocina este documento, y esto no tanto para hacer una confesión (porque escribir nunca debería ser nunca una confesión -aunque tampoco debería ser lo contrario.  Todo este asunto me parece bastante complicado-) sino para advertir de posibles distorsiones y de ciertos condicionantes que pudiera haber en este artículo y en sus propuestas.

Hay un chiste de Los Simpson que resume bastante bien esta relación mía con DFW. Un chiste incluido en un capítulo bastante malo, por cierto. Pertenece a un momento en el que la serie encaraba de forma bastante decidida el camino de la insignificancia y, a ratos, apuntaba a las fosas de mediocridad a las que llegaría en poco tiempo. Pero donde hubo fuego quedan brasas y aquí todavía quedaba algo de calor, aunque no está claro si ese calor provenía de la misma serie o de toda una generación -la mía- que durante años se apiñó alrededor de aquella luz[1].

En el capítulo en cuestión Homer lleva a varios niños a hacer una visita al periódico local de la ciudad: El comprador de Springfield. La visita la guía una empleada, que cuenta al grupo la historia de su fundador: un muchacho que viajó por el país creando periódicos y que es una parodia de Johny Appleseed[2]. La empleada, visiblemente orgullosa, señala a los visitantes la fotografía de un chico ataviado con los pertrechos que uno espera en un repartidor de periódicos comme il faut: un macuto cruzado hecho de piel, boina de plato, pantalón corto… La explicación de la mujer, por otra parte, tiene el tono de quien no cuenta hechos, sino que recopila datos. Datos que no están hechos para ser creídos, ni para ser constatados, ni siquiera para ser ciertos: están hechos para generar un ágora alrededor de la cual se puede erigir una sociedad, materiales para construir un pueblo. Homer mira la imagen con escepticismo. Apunta y dispara:

“¿Y si era tan listo cómo es que está muerto?”

No voy a negar que se trata de un chiste con un punto idiota –bastante, incluso- pero lo traigo al caso porque, con toda su idiotez rampante, si ese chiste fuese un gancho de derecha, sería definitivo. Puede que sea torpe y seguro que no es elegante; pero ahí hay potencia como para enviar a la lona a cualquier contendiente de menos de cien kilos. Además es un chiste que ejemplifica perfectamente mi relación como lector con David Foster Wallace.

Todos los libros de Foster Wallace, pero sobre todo los libros de no ficción, dan la sensación de que detrás de ellos hay un ser resplandeciente de brillantez, de bonhomía, de afabilidad, de sensatez, de cortesía… Soy consciente de que ese no es el verdadero David Foster Wallace. El verdadero Foster Wallace era una personalidad mucho más compleja, mucho más dramática e infinitamente más difícil. Un tipo que no te encantaría tener como vecino y contra el que tramarías accidentes rocambolescos si se presentase en casa de la mano de tu hija.

En la biografía de Foster Wallace siempre asoma el telón de fondo de la enfermedad, la sombra de la adicción y de la depresión; el peso de una autoconsciencia que, a menudo y, pese a los intentos de resistencia del autor, lo arrastran al solipsismo. Pero, como lector, el David Foster Wallace que encuentro es todo lo que uno ha querido ser en la vida: un individuo moral, brillante, reflexivo, inteligente, divertido, afable… Un tipo que, además, ha vivido y ha sobrevivido para contarlo. Un hombre subido en una atalaya de buenos modales desde la que dispara vaharadas de lucidez envueltas en un torrente de términos absurdamente procedentes.

Y si era tan listo…

david foster wallace en una conferencia

Dicho esto, Ilustres raperos es un libro que casi nunca es lo que parece.

Para empezar, Ilustres raperos no es un libro más de David Foster Wallace. No es otro documento recuperado a base de raspar el fondo de la papelera de un autor ilustre para mantener vivo el fuego del negocio editorial,  porque, de hecho, Ilustres raperos ni siquiera es un libro de David Foster Wallace. Ilustres raperos fue escrito al alimón por Foster Wallace y Mark Costello, su antiguo compañero de universidad y, en el momento de escribir este libro, también compañero de piso.

No tenemos certeza absoluta acerca de qué partes de este libro han sido escritos por uno u otro, más allá de las indicaciones del propio Costello. Sí tenemos la impresión de que todo el libro está escrito en un tono, digamos “familiarmente fosterwallaciano”, un tono que afecta incluso a la partes del libro que sabemos con seguridad que es obra únicamente de Costello, fundamentalmente el prólogo. Ahí nos encontramos a un Costello muy contaminado por las mismas influencias y los mismos modos verborreicos que su compañero, aunque también a un escritor inteligente, respetuoso con la memoria del amigo muerto, pero lo bastante honesto como para evitar caer en hagiografías. Como escritor, además, Costello presenta la ventaja de que no muestra el interés de Wallace por vapulear a su lector con frases laberínticas y entrega una prosa mucho más funcional.

Ilustres raperos no es, por tanto, un libro más de David Foster Wallace. Tampoco es, como decíamos una piltrafa exhumada de algún disco duro cosa que, posiblemente, sea el principal prejuicio que puede tener un lector interesado en Wallace. Ilustres raperos es un libro con un interés autónomo, relevante más allá de la relación del autor con el rap[3] o incluso del interés, entre lo erudito y lo anecdótico, que cualquier fan puede tener en las opiniones del autor respecto al género.

Ilustres raperos no es un libro sobre la historia del rap

Al menos, no es y no puede ser el libro sobre la historia del rap que un lector interesado en el género querría encontrar. Para empezar, porque es un libro tremendamente anticuado. Ilustres raperos se escribió en 1989, cuando Wallace y Costello eran dos jóvenes blancos atraídos por la efervescencia de una nueva forma musical en la que primaba lo contestatario. En la que todo parecía grosero y desquiciado.

De hecho, son los propios autores los que son tan conscientes de la caducidad del libro que llegan a advertir que cualquiera que llegue a leer la versión impresa del libro se encontraría con una obra inevitablemente desfasada.

Y, sin embargo, el libro todavía mantiene cierto interés histórico. Porque si en 1989 la historia del rap todavía estaba por escribir, los materiales de esa historia ya estaban formados o en un estado de gestación muy avanzada. Como género el rap había avanzado desde su prehistoria, cuando nació como una contestación fiestera y un tanto cachonda a la música disco. El dj se había replegado detrás de su mesa de mezclas a la espera de asaltar el protagonismo con la electrónica.  El MC había dado un paso adelante y se había convertido en la verdadera cara del movimiento. De la música se pasó al discurso y pronto resultó evidente que lo que tenían que decir los MC, jóvenes negros y airados surgidos de los suburbios pobres de las ciudades de EEUU no iba a ser complaciente.

Public enemy

En el año 1989, cuando Costello y Foster Wallace están redactado el libro, el rap ya no era un género subterraneo. Había saltado de Oeste a Este de los EEUU. Había sufrido sus primeros escándalos (muy tempranos) y sus primera deserciones (más tempranas aún). En cierto sentido resulta representativo que el que quizás haya sido el primer éxito comercial del rap, el Rapper’s Delight  de Sugar Hill Gang fue inmediatamente acusado de ser un robo manierista alejado de las esencias del género. El rap se movió muy deprisa a la hora de configurar su propia terminología y sus propios criterios. Con la misma agilidad con la que el fuego saltaba en los tejados de un Harlem envuelto en incendios, palabras como Flow, def, fresh se convertían en términos de uso habitual, mientras la música electrónica empezaba a mostrar su potencial revolucionario, ampliando a toda velocidad los horizontes de las primitivas técnicas de reelaboración de los DJ que buscaban el Santo Grial del break.

A pesar de todo, no se puede hablar de una historia del rap en el año 1989.  Han pasado demasiadas cosas desde entonces. Incluso para un lector poco familiarizado con el género, como es el caso del autor de esta reseña, muchos de los grupos y las canciones que a día de hoy se consideran el verdadero “canon” del rap todavía no existían.

Pero es que, además, incluso tomado como una foto del status quo, Ilustres raperos presenta desequilibrios claros. Wallace y Costello no tienen demasiados inconvenientes en detenerse en uno u otro tema sin tener muy en cuenta hasta qué punto dicho tema puede ser relevante a la hora de crear un mapa del territorio o, lo que es lo mismo, no tienen demasiados inconvenientes en deformar el dibujo si con ello consiguen sus objetivos entre los cuales, sospechamos –y no discutimos- estaba el de pasárselo bien.

Un ejemplo de esto es que el libro está compuesto por capítulos en distintos tonos y con los que se acercan a su tema desde perspectivas totalmente diferentes, aunque no contradictorias. El primer capítulo es una narración, entre lo periodístico y lo caricaturesco (muy al estilo de DFW) acerca de un pequeño estudio de grabación que intenta abrirse paso en el incipiente mundo del rap, en la que se intercalan apuntes de corte más técnico acerca del sampleado o de cómo los primeros DJ empezaron a modificar el ritmo de sus discos de forma casi artesanal a la caza del codiciado “break” con una descripción más o menos detallada de los avatares que rodean al pequeño estudio de grabación y que incluye varias consideraciones acerca de la ironía (invisible para los afectados) que supone que una prometedora cantante de rap utilice el sampleado de otra canción para una composición en la que pretende precisamente denunciar el plagio que ella ha sufrido a manos de cierta competidora. En los siguientes capítulos el libro navega por los sociológico, lo meramente musical y la arqueología del rap sin renunciar, en un momento dado, a contar la experiencia de los propios autores cuando deciden ir a un concierto de rap en el complicado barrio de Roxbury. Walllace y Costello se divierten dibujándose a sí mismos como dos blanquitos despistados, a la vez aterrados y fascinados por las historias que sus amigos les cuentan acerca del barrio de Roxbury, que incluyen desde asaltos a violaciones múltiples, robos agresiones y, en general, el tipo de cosas que uno espera de un desembarco vikingo medio, sólo para encontrase con que, en el concierto, los únicos que parecen haber escuchado y creído esas historias son ellos mismos y el puñado de policías, también blancos, que vigilan el lugar, mientras los jóvenes del barrio, muchachos de instituto, habitan el espacio con la naturalidad de quien se sabe dueño del territorio.

El rap desde la barrera

You don’t know me, fool
You disown me, cool
I don’t need your assistance, social persistence
Any problem I got I just put my fist in
Ice T

Y, sin embargo, más allá de la anécdota, el capítulo del concierto de rap al que acuden Wallace y Costello en el que ellos mismos ponen todo el interés del mundo en caricaturizarse como dos ratas de biblioteca internándose en la excitante aventura de la selva urbana es una de las razones de ser de este Ilustres raperos. Para buena parte de sus lectores, una de las razones que puede llevarlos a este libro será la curiosidad acerca de por qué el autor llegó a interesarse lo bastante en el nuevo género como para dedicarle un libro entero. Un libro, además, abundantemente documentado. A Foster Wallace se le suele asociar con el rock psicodélico y con el grunge, quizás, en buena medida, por la imagen que cultivaba, con esa eterna badana en el pelo que le daba un aspecto de motero tranquilo. ¿Qué encontró Foster Wallace en el rap? Una pregunta tanto más interesante en cuanto que abre la cuestión paralela. ¿Qué interés podemos encontrar nosotros en el rap o, como en este caso, en un libro sobre un momento de la historia del rap que parece casi olvidado incluso desde el propio género?

Por una parte hay un interés histórico evidente en el libro. Quizás algo que pudo interesar a Wallace en su momento y que puede retener el interés para nosotros mismos es que el rap, como género nuevo, conservaba ese poliformismo original y maleable sobre el que es fácil que queden las marcas de su tiempo. Con sus huesos blandos de criatura en formación, puede que el rap sea más capaz que ningún otro género de darnos un molde de aquella América post Reagan, de aquellas ciudades y aquellos suburbios que, en apenas unos años, se vieron sacudidos por la embestida brutal de las drogas, las bandas, la falta de recursos y la sensación de que el gueto era un lugar del que salir o en el que morir.

Es importante entender que Wallace y Costello insisten mucho en la necesidad de estudiar el rap entendiéndolo como una música que ellos (y nosotros) sólo podemos ver desde la distancia. Wallace y Costello se embarcan en una serie de consideraciones sociológicas acerca de cómo el rap es, sobre todo, un producto hecho por, para y sobre esta comunidad en particular, los jóvenes negros de los suburbios de EEUU, y sobre cómo la visión del mundo del rap desde fuera de dicha comunidad no deja de ser un juego de espejos partidos en el que, en ambas partes, pero especialmente desde la parte observadora y externa, se produce un proceso de deformación constante, en un juego de tensiones entre la sinécdoque y la formación de estereotipos que acaba degenerando en un sofisticado sistema de discursos críticos miopes.

Grandmaster_Flash_and_the_Furious_Five

Dicho de otra forma, a Wallace y Costello parece fascinarles particularmente el hecho de que, delante de ellos, se esté formando un gigantesco monumento musical y cultural al que sólo pueden acceder de forma limitada.

En este punto llegamos a lo más parecido a una tesis que hay en Ilustres raperos: si el rap es un producto hecho por, para, sobre y desde los negros urbanos de clase baja de EEUU, cualquier lectura que se intente hacer obviando esta máxima pecará en alguno de estos sentidos: de paternalista (la lectura de quienes consideran el rap una expresión necesaria, pero menor: un grito de protesta, a ratos desafinado, por parte de una comunidad con evidentes razones para estar muy pero que muy mosqueada), de ignorante (la lectura de quienes intentan juzgar el rap a partir de los patrones establecidos para juzgar otros géneros musicales aplicando los patrones críticos habituales en la música y, en concreto, en la música rock, entre los cuales podemos contar la armonía, la complejidad musical o la profundidad lírica de las canciones, cuando el rap, quizás no vaya abiertamente contra dichos patrones, pero, al menos, se ve perfectamente capacitado para sobrevivir sin prestarles atención, sin aceptarlos ni rechazaros explícitamente) de otro tipo de paternalismo (la lectura de quienes creen que el rap es una música dotada de energía, pero carente de originalidad –nótese que este tipo de paternalismo puede verse como una subcategoría de cualquiera de las dos anteriores) o de tendenciosa (la lectura de quienes creen que el rap no deja de ser una mezcla de géneros groseramente cosidos por un MC que, al final, es una reformulación de ciertos géneros tradicionales de sprechgesang, habituales en muchas culturas).

Hay un momento en el el que la pareja de autores afirma que el nuevo género musical, en realidad, no es música, basándose en que ninguna definición de música de las que se utilizan habitualmente encajaba realmente con el rap.

“La música es el arte de organizar tonos para producir una secuencia coherente de sonidos destinados ao obtener una reacción estética del oyente” o bien son “sonidos vocales o instrumentales provistos de cierto grado de ritmo, melodía o armonía”. Hasta en su dimensión más superficial el rap es un género sin armonía ni contrapuntos.

El crítico literario Sven Birkets escribió en un ensayo sobre Wallace para la revista Wigwag: “En realidad, Wallace no cuenta la historia. En lugar de ello, habita durante largos momentos el espacio vital en torno a sus personajes”. Ilustres raperos se puede considerar una variación de este método narrativo. En lugar de habitar el espacio que hay en torno a los personajes Wallace y Costello habitan el espacio que hay al lado del espacio que hay en torno a los personajes. Hay un paso atrás evidente, y de ahí la importancia de que Wallace y Costelo se  representen a sí mismos como blancuchos despistados, intelectuales casi extravagantes y con cierta querencia por la heterodoxia que se interesan por una música que no les habla –aunque les haga bailar-, una música que ni siquiera los tiene en cuenta y que, si uno atiende literalmente a las letras de algunas canciones –y muchas de las canciones no dan demasiadas oportunidades al público para que las interprete de forma no literal, puesto que muchas de las canciones de este rap son canciones que no se preocupan por los típicos atributos que se suelen considerar deseables en la música popular, tales como la armonía, el ingenio o el sentimiento: hay muchas canciones de rap en el que todo esto pierde importancia y en las que, claramente, lo que puede resultar más valioso y lo que sus autores quieren que se considere más valioso es que dichas canciones muestran una “verdad”, que dichas canciones sean reconocibles como “auténticas” y, por tanto, debe considerarse el hacer una lectura más o menos literal de las mismas- estas canciones están escritas específicamente para NO ser escuchadas, apreciadas o seguidas por ningún individuo asimilable a los autores.

Discografía básica

Rapper’s delight

The message

Rock Box

Fight the power

 

Walk this way

Girls Ain’t nothing but trouble

The Signifying Raper

6 in the morning

ilustres raperosIlustres Raperos. El rap explicado a los blancos
Traducido por Javier Calvo
ISBN 978-84-16665-14-3
224 páginas, Tapa dura

 

 

[1] Puede parecer exagerado pero, a día de hoy, Los Simpson son, de muy lejos, la principal fuente de citas y referencias de las que puedo echar mano para conversar con otro individuo de mi generación. Tengo amigos cercanos con los que he especulado con la posibilidad de mantener una conversación de cierta profundidad recurriendo únicamente a frases y secuencias de los Simpson y, aunque es muy posible que esto sea exagerado, la idea nos proporciona la confortable sensación de participar de algún tipo de comunidad. Sospecho que la intensidad es parecida a la que otros se reúnen alrededor de una bandera o de un equipo de fútbol, aunque en algún momento he hecho ambas cosa y el efecto es considerablemente menos íntimo y mucho menos divertido.

[2] Johny Appleseed es un personaje histórico que pasó al folklore estadounidense. A principios del siglo XIX viajó por los incipientes EEUU sembrando cientos de hectáreas de manzanos.

[3] Por su estética y por su momento histórico existe una cierta propensión a relacionar a Foster Wallace más con el rock psicodélico e incluso con el grunge, por el que, hasta donde yo sé, DFW no mostró mayor interés. En algún momento de su vida a Wallace le gustó empezar a bromear con el hecho de que sus gustos musicales podían coincidir con el de una adolescente de quince años, lo cual es, probablemente, exagerado.

 

Resumen
Nombre del artículo
Ilustres raperos de David Foster Wallace
Descripción
Ilustres raperos de David Foster Wallace. El rap (por fin) explicado a los blancos
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Factor Crítico

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