Historia de una pasión (2016), de Terence Davies | Factor Crítico

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Emily Dickinson (Cynthia Nixon) vivía en medio, y vivía dentro de su cabeza. Vivía entre preguntas que no cesaban de abrir brechas en un universo que buscaba demasiado rápidamente unas repuestas, o que se conforma con lo que se parece a las mismas, y a la vez no lograba encontrar las respuestas porque ella misma no dejaba de oscilar entre las paradojas y las contradicciones. De hecho, las respuestas se hicieron cada vez más grietas, porque su vida cada vez rebosaba más de carencias o de ruinas de ilusiones. De hecho, la claridad inicial que parecía ofrecer la quietud que asemeja a la certeza, el refugio de la evidencia tangible, aunque no dejara de ser un margen apartado de las refriegas de la realidad, se descascarilló como una impostura y se tornó densa espesura de sombras y temblores, distancia de la que los dedos no dejarían de llorar por inalcanzable, rumor de silencio cuyo eco rugía amordazado. Aunque en momentos de su vida plácida, si lograra habitar una tranquila pasión, título original de Historia de una pasión (A quiet passion, 2016), de Terence Davies.

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En la secuencia inicial, ya se refleja su naturaleza disidente que se desmarcaba del resto. Su posición en medio era una combativa interrogante. El resto de las alumnas se decantan por una de las dos opciones que la profesora indica. Emily abre la brecha de otro posible ángulo. Su posición frente a la religión siempre se definió entre la reverencia de una idea y la irreverencia de las formas. No se arrodillaba, no dejaba de realizar observaciones que pudieran ser impertinentes, incómodas. Incluso, el luto lo mostraba vestida de blanco. Incluso, se enamoró de un predicador, un hombre que parecía vivir más en la idea que en el cuerpo, casado con una mujer que representaba la cuadrícula de la rigidez y la restricción. Sus ojos parecen querer salir despedidos de sus cuencas cuando espera con expectación el parecer del predicador sobre sus poemas. La presentación del predicador es una imagen de luz, su figura perfilada como un fulgor, como un velo de la mente, superpuesto sobre las cortinas de una de las ventanas de la casa. Es un sueño, una idea. Una luz que también es una sombra: cuando la vida se ha hecho ya más sombra que posible luz, retiro y vida que no fue, Emily imagina, o sueña con, la sombra indefinida de un hombre que entra en el hogar y asciende a las escaleras. Una de las secuencias más bellas que ha dado el cine, y probablemente una de las que mejor ha reflejado la sublimación amorosa, la falta o ausencia, la sombra añorada que desea materializarse en cuerpo de amado.

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Pero Emily se fue convirtiendo progresivamente más en su madre, el contrapunto discreto en el fondo del escenario o del encuadre de la vida: en los primeros pasajes, aún en la juventud de Emily, la cámara se desliza entre la familia, en un movimiento circular, el círculo de la repetición de su vida, de sus rituales, recorre los rostros y las figuras de cada uno de ellos: la expresión de la madre abre una brecha en el conjunto, vibra en una ausencia que parece que duele: evoca a un chico que conoció en su adolescencia, evoca su cautivador canto, evoca cómo murió joven con sólo 19 años: en una frase se concentra toda una vida truncada, una vida ya sin música desde entonces: pide a su hija que interprete música al piano, música que contrarreste ese silencio que crepitaba alrededor de ellos y en ella, como un rasponazo en sus entrañas. Ese silencio que se despliega en la banda sonora, y que hace nítida cada minucia de ruido, el ruido de los gestos accesorios, de la vida entre accesorios, vida que se repite y desgasta. Más adelante, la madre confesará que tiene la sensación de que no ha estado presente en su vida. Una vida que se convirtió en mobiliario y otro tenue ruido. Emily se refugió en su hogar, extensión de ese mundo interior en el que expandió y constriñó su vida. La narración casi no sale de ese espacio. Las imágenes del interludio de la guerra son estáticas, fotográficas. Un mundo más allá que no se dotó de realidad, cuerpo.

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En los primeros pasajes cuando aún parecía todo posible o ese refugio dotarse de la ilusión de plenitud de lo necesario, en los gestos y actitudes resuena la impostura que se irá evidenciando: la afectación implícita de padre e hijo enfrentándose por su diferente actitud ante la intervención en la guerra; en esa forma de habitar la realidad, los cuerpos también son personajes de una obra, actores sin saberlo: La amiga de Emily, Vryling, parece que en cada intervención debiera soltar una frase mordaz e ingeniosa. Es esta precisamente quien le planteará la primera constatación de que vive en una realidad apartada del mundanal ruido, en una conversación que contrastará con una anterior, en el mismo lugar del jardín, y en este caso invertida la posición en que están sentadas. En la primera se trasmite esa quietud pacífica, conciliada, que respira para Emily ese refugio de vida familiar en el que no parece que necesitara más. En la segunda, Vryling le hace ver que hay que adaptarse al escenario social, realizar concesiones, integrarse en el contexto. La transgresión que Emily admiraba de su amiga en sus frases se torna aceptación de las convenciones, como por ejemplo el matrimonio. La marginación del refugio de Emily no dejaba de significar la ilusión de una rebelión que se irá tornando soledad, temblores no realizados, en el amor, y temblores tortuosos, los de la enfermedad que padece en los últimos años de su vida.

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Emily se escinde entre paradojas que se convierten en contradicciones, su amargura en ocasiones la supera y se descarga sobre los otros, sobre la infidelidad de su hermano (más allá de que combata su hipocresía, ya que no aceptaría la de su esposa, pero no le importa que su amante sea una mujer casada). Se convierte en crispada espectadora que decide a su vez apartarse de la vida: sus diálogos en lo alto de la escalera sin dejarse ver por algún pretendiente. Emily queda cautiva de su propia mente, mientras su cuerpo se deteriora. Cautiva de un escenario que es a su vez creación propia, como la protagonista de Sunset song, la obra previa de Davies, queda cautiva de su escenario de vida: es la tierra y la tierra es ella. Emily era su poesía, un haz de luz con el que soñaba en la celda despojada de su vida alrededor. La lumbre de sus versos brota entre secuencia y secuencia, como los espasmos de asomo de vida que dotaron de vibración su discurrir de modo pasajero, fueran una ilusión o una realidad. La música que tanto buscó dotar de cuerpo en su vida como una pregunta que no logró contestarse se despliega en las hermosísimas secuencias finales de su funeral a través de la composición The unanswered question, de Charles Ives, ya utilizada en la también sublime La delgada línea roja (1998). Emily Dickinson, que vivió en medio y en su mente, también habitó su particular línea roja.

por Alexander Zárate

Historia de una pasión (A quiet passion)
Terence Davies
Int: Cynthia Nixon, Jennifer Ehle, Keith Carradine, Jodhi May, Catherine Bailey, Emma Bell
GB, 2016
125  min.

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Historia de una pasión, de Terence Davies
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