Las calles de la crítica

por Miguel Carreira

Quizás usted no se lo crea, pero lo cierto es que la crítica literaria está de actualidad. Por supuesto, la frase admite todo tipo de entrecomillados, matices y notas al pie que, quizás, no serían del todo superfluas en una frase tan dudosa, pero tememos que el lector quede empantanado en una discusión estéril y que, con ello, se desanime para leer el resto de este número. Retomemos pues la afirmación, pero esta vez para seguir adelante con ella. La crítica literaria está de actualidad, al menos de relativa actualidad. Decir más sería exagerado,es cierto, pero tratándose un una disciplina como esta, que no deja de ser un círculo reducido dentro del círculo de la literatura, casi podemos hablar de vorágine informativa.

Vamos a ser un poco más precisos, lo que está de relativa actualidad es la reflexión acerca de la validez de la crítica literaria. Pongámonos en antecedentes. En noviembre del 2011 el diario El País dedicó un especial a la crítica literaria en su suplemento Babelia. No era un especial cualquiera. Era un especial de crisis, en el que se preguntaba a una serie de expertos por el estado de la crítica. Para eso El País hizo lo que, seguramente, le correspondía hacer en virtud del tamaño del medio y del papel que juega como medio de comunicación. Se acercó a las figuras más conocidas de la crítica en el entorno europeo y americano y fue a ellos a quienes preguntó por qué desde hace un tiempo se vienen escuchando voces acerca de la legitimidad de la crítica, de si la crítica sirve para algo. Presentes Bloom, Pivot o Reich-Ranicki El País dejó cubierta la opinión de buena parte de un sector de la llamada crítica “oficial”. Pero es que es la propia “oficialidad” de la crítica la que está en entredicho.

Para poder hacer un análisis más claro vamos a ensayar una división de la crítica en tres modalidades, que analizaremos de forma individual. Por un lado está eso que todavía podemos llamar la crítica “oficial”, esto es, la crítica que aparece en periódicos, en los suplementos culturales de los periódicos o en revistas. Una de las primeras cosas que constatará un observador externo acerca de la crítica literaria en España es que, a diferencia de países como Alemania o Francia, no existe un espacio de televisión, ni un crítico que sea particularmente conocido y que ejerca en radio o televisión. No tenemos un Pivot, por ejemplo, así que la crítica literaria en España es, fundamentalmente, una cuestión escrita, lo que, sin duda, es de una coherencia ejemplar.

Esta crítica literaria «oficial» que se escribe en España, a su vez se puede dividir en dos subconjuntos que se diferencian de forma muy neta: por una parte existe la crítica «académica» y por otra la crítica «periodística». No sé si hay algún otro país en el mundo en el que las distancias entre estos dos modelos de crítica sean tan importantes. La crítica «académica» ha ido derivando, cada vez más, hacia un tipo de discurso técnico, que resulta directamente incomprensible para todo aquel que no sea un especialista en la materia. Es una crítica de consumo interno, que utiliza su propia terminología y está embarcada en unas cuestiones que contactan poco con la industria editorial -alrededor de la cual la crítica «periodística» gira necesariamente–. La distancia entre esta crítica académica y la «industria editorial» es lo suficientemente grande como para que en España las editoriales universitarias discurran, prácticamente, por un circuito independiente. En general, la industria y la academia mantienen una relación de mutua ignorancia con la que ambas parecen razonablemente satisfechas.

El proceso de tecnificación del lenguaje crítico académico no es ni mucho menos un proceso exclusivo de la disciplina. En general afecta a todas las disciplinas relacionadas con las ciencias humanas. Bien es cierto que no todas las disciplinas están en el caso de la literatura. Para empezar, no todas las disciplinas tienen detrás -o en este caso, a los lados– una industria relacionada con esa disciplina. Por supuesto, uno puede comprar en las tiendas mapas y bolas del mundo pero no se puede decir que la geografía, por poner un ejemplo, tenga la misma importancia a nivel cultural que la literatura. La gente no discute sobre antropología y, aunque es verdad que tampoco lo hace sobre literatura, es un escanario que podemos imaginar. La literatura es comparable, en cuanto a su importancia social, a otras disciplinas artísticas, pero tampoco a todas. Será comparable con el cine o con la música, que son medios que se dirigen a las masas y que, como la literatura, tienen detrás una industria de fabricación masiva. No será comparable, o al menos no estará en el mismo registro, con la pintura, con la arquitectura o con la danza.

La literatura, no obstante, tiene algo de lo que carecen el resto de disciplinas. Ni la música ni el cine disfrutan del privilegio de estar implantada en el currículo educativo. Los alumnos no estudian cine en las clases y la educación obligatoria se termina, en el mejor de los casos, con nociones extremadamente vagas de pintura, arquitectura o música. La literatura, en cambio, es una asignatura obligatoria que obliga, al menos en teoría, a conocer los autores más representativos de la literatura nacional en cada periodo.

Probablemente este papel de honor de la literatura en los planes de estudio tenga mucho que ver -o lo habrá tenido en el pasado– con el hecho de que la literatura es la más «política» de las artes. Se habla de literaturas nacionales con una vehemencia que no se acusa en la música, por ejemplo -a excepción de Rusia–. El mismo concepto de estado nación apareció muy vinculado a la idea de lengua y de ahí vendría esa necesidad de establecer un corpus de modelos de uso de cada lengua como forma de legitimación de la comunidad. A pesar de esto, la literatura -y aquí literatura podría utilizarse como «crítica literaria» en su acepción más amplia– no ha sabido sacar partido de la formación de base que se inculca por ley en su futuro mercado.

Si comparamos la literatura con el cine, por ejemplo, veremos que, aunque la crítica sobre cine también se ha visto progresivamente tecnificada -probablemente sea un proceso inevitable, muy ligado a la atracción que ejerce la ciencia como paradigma de verdad y que lleva al intento constante de emularla– existe un cierto número de revistas dedicadas a la crítica que se podrían considerar un puente entre la crítica «académica» y la crítica «periodística». En España Caimán cuadernos de cine o Dirigido por son revistas que, sin ser académicas, hacen crítica con unas pretensiones de profundidad —juzgue cada cual hasta qué punto consiguen dichas pretensiones, pero es evidente que el interés existe— que no creo que tenga un paralelo claro en la crítica literaria. Son además, sobre todo en el caso de Caimán publicaciones con más conciencia de proyecto común, es decir, que si bien no dudamos —no tenemos razones para hacerlo— de la autonomía de los autores, sí hay una idea de proyecto común, algo parecido a una ideología crítica. Cuando se lee Caimán —lo que antes era la edición española de Cahiers du cinema— el lector es consciente de que se defiende una forma de cine, hay una cierta volunta de resistencia respecto a los canales de distribución convencionales, se atiende a películas de escasa o nula difusión comercial… Todo esto gustará más o menos a los lectores, pero es indiscutible que le da a la publicación un carácter del que carecen las revistas literarias. Resulta significativo que los proyectos más parecidos no parecen tener un mercado suficiente. Revista de letras o Revista de libros son proyectos sostenidos gracias a la colaboración de la Fundación Cajamadrid y La Vanguardia y, en cualquier caso, la brecha entre estas y la crítica académica literaria parece evidente que es mucho mayor que la que hay en el caso de estos productos dirigidos al cine.

Si los conceptos de «crítica académica» y «crítica periodística» no resultan del todo claros, podemos utilizar dos añadidos. Quizás no resulten demasiado clarificadores pero, usados junto a los anteriores pueden aportar alguna luz. Vamos a hablar de «crítica especializada» y «crítica mayoritaria». Vamos a hacer un uso casi cuantitativo de estos conceptos. Entenderemos por crítica «especializada» aquella que va dirigida a un público con una formación amplia en el campo de referencia. A menudo son incluso profesionales del sector u orbitan alrededor del círculo profesional. La «crítica mayoritaria» quedaría definida en negativo: son todos los demás.

En principio no hay nada que obligue a que la crítica especializada y la crítica académica sean exactamente la misma cosa. Incluso se podría decir que, aunque hay un solapamiento inevitable, la existencia de ambas de forma independiente proporcionaría una crítica más rica. Pero en España, en Literatura, la crítica académica y especializada están muy cerca de ser exactamente la misma cosa. En el circuito de prensa mayoritaria, en lo que se llama «grandes medios» hay muy poco espacio para libros realmente complicados, para aquellos libros que no son digeribles por la mayoría. Esos libros, que muchas veces son necesarios -otras veces no– pero que no tendrán una gran difusión comercial, en España apenas tienen representación crítica. Es la academia la que se tiene que encargar de ellos, pero la academia, por su propio funcionamiento, tiende a centrarse en obras que ya se han instalado en el canon. Para que las obras lleguen a figurar en ese canon -se admita o no, el canon está ahí– debe haber una crítica especializada que ejerza un trabajo de desbroce.

Si esta crítica no existe lo que ocurre es que, por una parte, se reducen las posibilidades de la literatura más arriesgada, desde el punto de vista formal. Esa literatura, que de por sí tiene un público reducido, lo verá menguar aún más si no tiene espacio dentro de los medios. Creo que no somos demasiado displicentes si decimos que cualquier observador imparcial constataría que este es uno de los pecados de la literatura española. En España se produce una cantidad ingente de libros (cerca de cien mil al año) de los que una buena parte son obras literarias. A juzgar por esos números se diría que España goza de una excelente salud en cuanto a la creatividad literaria de sus ciudadanos. Pero hay que tener en cuenta que una parte muy importante de esos títulos son traducciones. Mientras países como EEUU son casi impermeables a las novedades extranjeras, en España la traducción es casi una manía, cuya parte positiva es que se ponen al alcance del público hispano obras de todo el mundo. El inconveniente es que algunas de esas obras que se traducen no tienen ningún valor literario. Su única ventaja consiste en que la obra se puede adquirir por un precio relativamente bajo y, quizás, añadir una faja en la que se asegure que la obra ha sido un éxito de crítica y público en su país de origen, dato que nadie se dignará a comprobar.

Pero la falta de esta crítica tiene una consecuencia peor, en la medida en que es más peligrosa. Si la crítica que debería cumplir la función de examinar esas obras «oscuras» falta en el sistema literario, entonces hay un barrio sin ley en la ciudad de las letras. La imposición de un canon tienen una fama nefasta y es cierto que, si ese canon se impone de forma despótica, puede tener efectos perniciosos sobre las letras. Ahí está la Ilustración para demostrarlo. Pero lo contrario, la falta de cualquier tipo de guías que ayuden al lector a valorar la obra, puede resultar aún peor, porque el canon tiene una función tan básica como la pedagógica. El canon, la crítica, sirve para eso, ni más ni menos. El lector que se introduce por primera vez en esa ciudad de las letras -vamos a ver si estiramos un poco la analogía– debe ser capaz de tener una mínima orientación. Esa mínima orientación, esa función que en el espacio físico cumplen los puntos cardinales, en el mundo literario lo cumple el criterio, pero el criterio es una habilidad. Hay quien lo tiene de forma más o menos innata, igual que hay quien nace con la habilidad de meter un balón en un cubo de una patada a treinta metros. Pero como toda habilidad debe ser entrenada y la función de la crítica es crear las condiciones para que ese entrenamiento sea posible, señalar los caminos transitables, cuidar de que los caminos estén iluminados y las zonas más o menos definidas. El criterio tiene que echarse a la calle y correr; hacer kilómetros y ver mundo. La crítica tiene que advertirle de qué calles son demasiado peligrosas, que callejones no tienen salida y cuales conducen a un precipicio. Dicho esto, si la crítica pretende volverse despótica, habrá sobrepasado sus atribuciones. Su labor es señalar y hacerse a un lado. El lector debe decidir si quiere hacer o no determinados recorridos.

Si la crítica falta y hay toda una zona del barrio a oscuras, entonces corremos el peligro de que los lectores jamás se atrevan a entrar allí. Si alguna vez hay quien tenga el arrebato de investigar esa zona umbría, como va a oscuras, es probable que termine pisando el barro o dándose contra un muro. Entonces quizás asuma que todo ese barrio es una construcción retorcida llena de lodazales y tabiques inoportunos.

El resultado de la desaparición de la crítica, y especialmente de la desaparición de cierto estrato de la crítica -aquel que tendería puentes con la academia– lo hemos visto ya en otras disciplinas, como las artes plásticas. En literatura, hay toda una región, llamada poesía, en la que el «todo vale» y la falta de rigor han terminado por arruinar los campos. Es duro de asumir, sobre todo para quien tenga un mínimo -basta un mínimo– conocimiento de la tradición literaria y para quien sepa que hay gente haciendo esfuerzos honestos en ese terreno, pero la poesía ha perdido casi totalmente su ascendiente popular. La poesía ni se compra ni se vende, no se habla de ella, no se conocen poetas, la gente no conoce versos. La decadencia de la poesía, que me parece indiscutible, seguramente se debe a muchas razones. No presumimos de saberlas todas, pero seguro que todos coincidiremos en unas cuentas. La dimisión de la crítica -y no de la crítica académica, que ahora mismo está muy ocupada con lo último de Celan- de hacer mapas de ese terreno es una de estas razones.

Pero vamos a dejar de ocuparnos de la crítica que no existe y vayamos a la que sí tenemos. Hablábamos al principio de este artículo de que existe una crítica oficial. A base de clasificar y categorizar llegamos a establecer una serie de etiquetas, que podrían ser las de «crítica académica» y «periodística», con una zona intermedia de dudosa existencia.

No nos detendremos más en la crítica académica, e iremos directamente a la periodística. A este tipo de crítica se la acusa, por un lado, de haber quedado subordinada a los engranajes de la maquinaria editorial. No es un reproche nuevo. Desde siempre, allá donde ha habido crítica, ha aparecido también el fantasma de los intereses que podrían mover a esa crítica. Amistad, dinero, poder, sexo, ascenso social…, nada que no hayamos visto ya en las películas de Scorsese, pero mucho más aburrido. Es verdad también que la aparición, no precisamente nueva, de la comunicación de masas y la agrupación bajo una misma bandera de agentes que, bajo la teoría de la independencia, deberían ser autónomos se ha utilizado como prueba palmaria de que la crítica es parte interesada y, por tanto, su juicio ha de ponerse en entredicho. Si la casa editorial pertenece al mismo grupo que la encargada de la crítica o si el escritor en cuestión comparte practicamente escritorio con quien está encargado de juzgar su obra, entonces es cierto que la crítica, para ser imparcial, tiene que atravesar una prueba de la que no siempre ha salido indemne. En España el caso más citado es el de El País, cuyo grupo edita uno de los suplementos culturales más influyentes(Babelia) al tiempo que tiene fuertes intereses en el mundo editorial, lo que ha servido para poner en duda la independencia de las críticas que aparecen en aquel.

Pero más allá de los intereses de los grupos, la crítica oficial ha sido acusada, sobre todo últimamente, de haber renunciado al análisis exhaustivo, de haberse alejado, quizás demasiado, de la teoría, de haber caído en un círculo de autocomplaciencia que, desgraciadamente, ha sido roto en más ocasiones por enfrentamientos personales que por iniciativas de revitalización de la disciplina. En el fondo creo que estas críticas no están muy lejos de la denuncia que hacíamos más arriba acerca de la dimisión de un estrato crítico, digamos, elitista.

Una de las razones por las que las limitaciones de la crítica oficial se han puesto de actualidad es la aparición de otro tipo de crítica, aprovechando las posibilidades de las nuevas tecnologías de comunicación. En España la aparición de Internet ha supuesto también la aparición de nuevos tipos de crítica, diferentes de la crítica tradicional en forma y contenido. Por supuesto, buena parte de la producción crítica virtual aspira a seguir el modelo de la crítica tradicional. Pero también han aparecido numerosos blogs y páginas los que pretenden formular una nueva forma de crítica y que a menudo esgrimen como razón de ser la necesidad de hacer una nueva crítica independiente, que evite el discurso interesado de la crítica “oficial” y que se enfrente a la redacción de crítica desde una perspectiva diferente.

Mientras la creación literaria en Internet se mantiene, por lo general, dentro de una esfera muy minoritaria , la crítica que se hace desde la red sí ha conseguido su cuota de poder en el mundo literario. Algunos blogs y páginas se cuentan hoy entre los espacios críticos más influyentes. Dos de los casos más notables son los de http://lectormalherido.wordpress.com/ y http://lamedicinadetongoy.blogspot.com/ que se, dos  espacios literarios muy conocidos y comentados en la red y a los que citamos aquí expresamente como ejemplos porque ambos fueron, a su vez, criticados por Alberto Santamaría (http://albertosantamaria.blogspot.com.es/2012/02/la-critica-kitsch-o-el-retorno-de-la.html) que los acusó de ser los puntales de un nuevo movimiento de crítica conservadora que, amparados bajo una postura contestataria, reivindican en realidad un modelo reaccionario de literatura (“lo kitsch es la cultura conservadora del efecto sin contenido”) que alinearía a Santamaría en la misma postura que Ignacio Etxeberría alegó en su momento en una polémica con Alberto Olmos (el autor detrás del ya mencionado Lector Malherido).

Esta crítica pasa, en primer lugar, por un tono más desenfadado a la hora de escribir sus textos. Contra la complacencia de la que acusan a la crítica oficial, cada vez son más los blogs que utilizan un discurso duro, muchas veces hostil, en el que el humor juega un papel importante.

Las páginas citadas arriba no dejan de ser obra de autores que están inmersos en el mundo de la literatura. Profesionales al fin y al cabo que, con independencia del valor que se les conceda a unos o a otros, tienen un conocimiento de la literatura por encima del lector medio. Esto los opone a otro fenómeno que se viene dando en los últimos tiempos, que es el de la crítica a la que podemos denominar “amateur”. Aquí el amateurismo no lo condicionamos a recibir un beneficio económico. Por supuesto, el hecho de que haya dinero de por medio, el hecho de que un crítico viva o no de lo que escribe, es un factor que se debe tener en consideración a la hora de analizar la crítica literaria, pero la diferencia que nos ocupa ahora está en que estos blogs de los que hablamos están escritos por críticos que ni son, ni aspiran a ser profesionales. Críticos que se reconocen e incluso hacen gala de un grado de conocimiento o de una relación con la literatura por debajo de aquellos que ellos reconocen como “críticos”. No lo hacen por modestia naturalmente -habrá alguno que sí– sino porque de lo que se trata es de reivindicar una lectura hecha desde el mismo nivel que ese lector medio al que, al fin y al cabo, se dirigen los libros. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en la página Papel en blanco, abastecido por múltiples colaboradores que no dudan en hacer afirmaciones como la siguiente:

Quién me lo iba a decir a mí… que después de una sequía lectora (que por suerte ya ha acabado) iba a elegir para mi vuelta este libro. Y es que he de reconocer que Para siempre de Susanna Tamaro no estaba ni mucho menos en mi lista. Pero los lectores tenemos estas cosas, que a veces nos da por un título en el que no nos habíamos fijado anteriormente. El caso es que empecé a leer las primeras páginas de ‘Para siempre’ y acabé leyéndolo enterito y en muy poco tiempo.

Por supuesto, no se trata de que el crítico en cuestión se declare ignorante. Lo que se hace -no digo que conscientemente– es dar al lector el mensaje de que la relación del crítico con la literatura es una relación «de consumidor» y que, por tanto, la relación que establece con el lector de crítica es una relación entre iguales. El «crítico» aquí ya no se reivindica como guía, sino como un lector más, al mismo nivel que sus lectores y, por lo tanto, más capacitado para hacer un juicio de valor. Al asumir esta posición respecto al lector, el crítico deja entrever que, si a él le gusta o le disgusta la lectura, se puede suponer que al lector -que es como él– le gustará o le disgustará. Es un tipo de crítica que esconde un arma de calibre grueso. Se dirige al lector de forma directa y, por tanto, tiene un componente pragmático que la hace poderosa y conecta además con un cierto espíritu, bastante difundido en internet, de que la construcción del conocimiento colectivo pasa por la equiparación de todos los tipos de conocimiento o, lo que es lo mismo, que al fin y al cabo, todas las opiniones son posibles e igualmente válidas. Estoy de acuerdo en lo primero, en aquello que concierne a la posibilidad. No en lo segundo que, además, es una postura que puede implicar ciertos peligros.

¿Tienen su lugar todos estos tipos de crítica en el mundo editorial de hoy, cuyas fuerzas decrece constatemente por la crisis económica y la amenaza digital? Nosotros diríamos que sí. Cada cual tiene su función y su lógica dentro de un sistema que, no lo olvidemos, está inmerso en una mutación radical que ha cambiado radicalmente los sistemas de producción, que amenaza con cambiar los sistemas de distribución y comunicación y que aún no sabemos cómo afectará al propio hecho literario. El peligro está, más bien, no en el exceso de formas críticas, sino en la falta de ellas. El peligro está en que, al faltar alguno de los apoyos, el sistema se desequilibre y vuelque. Algo de eso hay ya. La ausencia de esa crítica de alto nivel puede tener algo que ver con el hecho de que hoy, España, tenga muy poca relevancia en la literatura internacional. Aunque sea desagradable de escribir, España apenas tiene nombre que poner encima de la mesa a la hora de hablar sobre los grandes valores literarios de principios de este siglo. ¿Qué nombres españoles suenan cada año en Suecia, a la hora de barajar las opciones para un premio que ningún Español ha ganado en los últimos treinta años? Y no se trata de enaltecer el premio, ni querer darle un valor que seguramente no tenga. Pero pongamos por un momento que lo tiene. Imaginemos un -absurdo– campeonato del mundo de los escritores en el que cada año se premie al mejor escritor del planeta. ¿Qué nombres pondríamos desde aquí? ¿Seguiremos con Goytisolo? ¿Tendrá esto algo que ver con nuestra forma de leer? Quizás nos estamos perdiendo algo.