La crítica en la literatura infantil y juvenil

por Jorge de Barnola

La creación de una crítica para la LIJ

En la novela Pfitz, Andrew Crumey hacía que un príncipe del siglo XVIII creara una ciudad imaginaria más real que su propio reino: Rreinnstadt. Y para ello haría partícipes a ingenieros, arquitectos, cartógrafos, escritores… todos al servicio de la imaginación y la fantasía, redactando incluso biografías milimétricas sobre los ciudadanos imaginarios, una suerte de Second Life llena de avatares con más peso que la realidad.

Esto viene a colación porque la crítica, como oficio, muchas veces crea artificios que no coinciden con la opinión más generalizada, con lo que se considera plausible y real. Los motivos de un crítico pueden seguir su preferencia personal o la preferencia de un corporativismo X.

Por eso el asunto de la «crítica» dirigida a la Literatura Infantil y Juvenil puede resultar un tanto escabroso e irreal.

Hablábamos de Rreinnstadt porque parece que, a veces, se necesita de artificios para sostener realidades insostenibles.

Porque la crítica dirigida a la LIJ es, sin lugar a dudas, insostenible.

Una «crítica» pasa necesariamente por el sistema por todos conocidos de la comunicación: emisor, mensaje y receptor. Y aquí habría que añadir puntos en cada sema, dotar de una identidad al «emisor», concretar los códigos con los que está construido el «mensaje» e incluso su contexto y su forma de difusión, por no hablar de las particularidades del «receptor». Y éste es el punto más importante de la ecuación, porque es el «receptor» el verdadero protagonista de esta historia.

Cuando leemos una crítica de un libro dirigido a público adulto, sabemos que el «emisor» se dirige a nosotros (por algo estamos leyendo dicha crítica o reseña). Sabemos que el procedimiento de la comunicación se ha puesto en marcha, y somos conscientes de que existe una competencia lingüística y comunicativa que hace que recibamos la información pertinente para que nosotros la calibremos y actuemos de forma positiva o negativa hacia el «objeto» de dicha crítica, o incluso hacia la crítica misma.

La finalidad es sencilla: dar a conocer un producto, informar sobre el mismo, acercar al lector a dicho producto para que lo conozca.

Esto sería bastante simple si fuera cierto, pero la crítica no sólo tiene una función informativa, sino que, por lo general, tiene una función persuasiva porque impera la cultura del marketing social, como bien nos señala Ramón Reig en Dioses y diablos mediáticos:

En la actualidad se observan profesionales especializados que trabajan para determinados gabinetes de comunicación y otros que ofrecen sus servicios a las instituciones desde empresas de comunicación que ellos mismos han creado. Pero ambos tipos de profesionales participan de forma decisiva en las estrategias de información, es decir, en llevar a término una información estructurada que sea estructurante respecto a la mente de los receptores.

Se colige de esto que el mensaje se adaptará de una forma natural a la visión del “receptor”, porque no hay agresión alguna, sino persuasión. O como explicaba Pierre Bourdieu al hablarnos de ese punto intermedio entre lo objetivo y lo subjetivo, el habitus aristotélico.

Las estructuras que contribuyen a la construcción del mundo de los objetos se construyen en la práctica de un mundo de objetos construidos según las mismas estructuras.

Habitus y la crítica de lo que es bello a nuestros ojos

Hablábamos del sociólogo francés porque una parte importante de su trabajo versaba sobre la percepción de lo hermoso y horrible en la sociedad, y se entiende ésta como la idiosincrasia latente de un pueblo, de una cultura. Pero también se entiende desde la óptica del microuniverso familiar, lo que cada uno de nosotros recibe y percibe desde su nacimiento, en su entorno parental.

El arte es educación; su juicio, también lo es. Porque toda percepción se basa en lo aprendido y aprehendido desde que uno es niño, y aquí intervienen factores que quedan anclados en lo temporal, por cuanto toda educación es hija de su tiempo y, por lo tanto, lo que a nuestros ojos es hermoso u horrible responde sencillamente a juicios estéticos con un doble movimiento: uno sincrónico y otro diacrónico (y aquí estaríamos hablando de la corriente historicista).

Como se puede ver, todo responde a antagonismos, formas de ver que chocan por oposición.

Cuando leemos una crítica, ésta puede ser positiva o negativa. El fiel de la balanza siempre se inclinará hacia un lado u otro.

La cuestión es saber la utilidad que tiene ésta realmente para el “receptor”, hacia el lector en ciernes que quiere conocer algún detalle sobre una obra concreta.

El problema de la crítica en la LIJ es sencillo: el auténtico lector de un libro es un niño o un adolescente, y la crítica de ese libro concreto nunca está dirigida a ese receptor. ¿Qué sentido tiene entonces?

Un niño es el lector ideal porque su juicio crítico es inapelable: o le gusta algo o no le gusta. Y su principio básico es el divertimento, el hecho de verse transportado a mundos imaginarios al margen de toda realidad.

Lo bello le gustará, y lo horrible lo detestará. Y si bien sus gustos vendrán dados por el habitus del que nos hablaba Bourdieu, lo cierto es que será el lector menos influenciable que exista. La persuasión del crítico no tiene ningún sentido en esta historia porque el único capaz de persuadir es el propio autor de la obra.

El premio Nobel polaco Isaac Bashevis Singer explicó mediante un decálogo lleno de lucidez las razones que le motivaban a la hora de escribir para los niños. Decía:

1.- Los niños leen libros y no críticas de libros. Los críticos les importan un pepino.

2.- Los niños no leen para encontrar su identidad.

3.- No leen para liberarse de un complejo de culpa, para satisfacer su ansia de rebelión ni para deshacerse del sentimiento de alienación.

4.- Los niños no hacen uso de la psicología.

5.- Aborrecen a la sociología.

6.- No intentan siquiera comprender a Kafka.

7.- Siguen creyendo en el Bien, en la familia, en los ángeles, en los demonios, en brujas, en los diablos burlones, en la lógica, en la claridad, en los signos de puntuación y en muchas otras cosas comprensibles.

8.- Les gusta leer relatos interesantes y no comentarios, ni guías o notas que acompañan a textos.

9.- Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente sin sentimiento de culpa o temor a la autoridad.

10.- No esperan de su escritor preferido que salve la humanidad. Por más jóvenes que sean, ya han comprendido que él no está en condiciones de hacerlo. Solamente los adultos tienen ilusiones tan infantiles.

De cómo el receptor del mensaje se convierte en emisor

El crítico de Literatura Infantil y Juvenil escribe para un no-lector (para el comprador pero no consumidor). La reseña que escriba para una corporación X tiene una única función: la mercantil.

¿Qué juicio puede emitir un crítico sobre una obra que no está destinada a un público adulto? ¿Qué utilidad le presta al receptor-comprador si ese libro no lo va a leer porque no está destinado a un público adulto?

Es entonces cuando el receptor de dicho mensaje (el mensaje que transmite la crítica) se convierte en emisor. Ha sido persuadido por un juicio externo y lo hace suyo para, a su vez, «persuadir» al lector natural de la LIJ. ¿Y cómo persuade un adulto a un niño? Por lo general, obligando. Y esto no es una acusación gratuita.

Se impone la lectura, se le pone la lectura en las manos del niño y se le dice: «Lee».

Entonces vemos que el receptor del mensaje transmitido por el crítico es un padre, un profesor, un familiar… Y éstos, condicionados por la persuasión del crítico, recomiendan la lectura de un libro concreto o lo obligan.

Para colmo, en el sistema educativo, se le pide al niño que haga un «juicio crítico» de la obra que ha leído (generalmente esto se hace para verificar que el libro ha sido leído con éxito).

No corresponde aquí «juzgar» el sistema educativo, sino el sentido de la crítica dirigida a las LIJ. Y en ese sentido, sí podemos encontrar un binomio nada alentador entre la crítica y el mercado, aun a riesgo de utilizar al niño para que la ecuación sea rentable.

Alfonso Sastre, en La revolución y la crítica de la cultura, lo expresa de este modo:

La situación podría describirse así: el arte y la literatura están regidos mercantilmente desde los despachos (burocratismo) de los grandes agentes y editoriales que lanzan, retiran y manipulan las figuras y las escuelas. No hay crítica independiente: la crítica se compone de tics automatizados, y maneja un repertorio de reflejos condicionados por los altos comisarios de la cultura desde sus tribunas […].

Los clásicos al margen de la crítica

Se considera «clásico» a un autor u obra que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier literatura o arte. Se entiende también que está por encima de la moda (ya decía Coco Chanel que la moda pasa de moda, y los clásicos pierden esa etiqueta antes o después, pero la pierden).

Hablar de clásicos de la LIJ es algo delicado porque es difícil poner fechas entre el concepto “LIJ” y lo que es sencillamente literatura dirigida a un público en concreto.

Para empezar, el género didáctico tiene principalmente un lector ideal, y es aquél que se está formando. De ahí que tengamos los dichos, las fábulas o los apólogos, por poner ejemplos, aunque en estos textos el público es plural (la formación es algo que no tiene edad alguna y uno puede estar en ese proceso hasta el fin de sus días).

Cabría en esta selección los exempla, desde Esopo a Don Juan Manuel, y en cada cultura encontraremos los suyos propios en historias parecidas porque muchas nos llegan de épocas remotas en las que no existía la escritura y todo se verbalizaba con la boca, los ojos y las manos.

Si hubiéramos de hundirnos hasta el fondo (aun a riesgo de embadurnarnos), nombraríamos a Charles Perrault, autor francés del siglo XVII que nos regaló clásicos como El gato con botas, La Cenicienta, Pulgarcito…, anticipándose cien años a un movimiento que rastrearía nuestro subconsciente para traernos el misterio y el embrujo: el Romanticismo. Sería entonces cuando empezaríamos a ver definitivamente que un nuevo género (el de la LIJ) empezaba a tomar forma.

Es ahora cuando encontramos una conciencia en el autor de que el público referente es menor de edad, ya sea infantil o juvenil. Es el caso de Adelbert von Chamisso, que en 1814 escribió La maravillosa historia de Peter Schlemihl para el hijo de un amigo suyo. O el caso de Lewis Carrol que redactó su Alicia en el País de las Maravillas para otra niña, Alice Liddell.

En el siglo XIX, tenemos también a Andersen, los hermanos Grimm o a Lear. Podríamos decir que la LIJ había nacido, y pronto las imprentas empezaron a llenarse de nuevos títulos con un público nuevo. En España tendríamos un ejemplo bastante ilustrativo en Saturnino Calleja y su famosa editorial, aunque de él sólo nos acordemos ya del conocido dicho que se decía entonces y se dice ahora: “Tienes más cuento…”.

La industria del libro infantil y juvenil había nacido, loor de la necesidad de alfabetización, algo que había cobrado importancia con el Siglo de las Luces.

Y llegó el siglo XX y la explosión comercial (y la aparición de una crítica de la LIJ) inundó las casas y los sueños de toda infancia que se precie, ya fuera reconvirtiendo títulos adultos a juveniles (Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, La isla del tesoro) o creando títulos exclusivamente destinados a los pequeños (Peter Pan, Pipi Calzaslargas, El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia). También surgirían maestros del género, volviendo a unir las fronteras que se habían creado en el XIX y que separaban al público adulto del público infantil y juvenil: Dahl, Rodari o Ende.

Podríamos decir que, con el surgimiento de esta literatura, nació la verdadera infancia. Y pocas cosas en la vida tienen tanto valor como ese sentimiento de refugio que encontramos en los mundos imaginados por estos clásicos que nos cambiaron para siempre.

La crítica y el lector

Se entiende que existan congresos en donde expertos de la materia de la LIJ se reúnan para compartir experiencias, opiniones y técnicas de mercado. O que hablen del futuro del libro y todas estas cosas que vienen asustando tanto desde la aparición del e-book. Pero la existencia de la crítica como persuasión en la LIJ no tiene razón de ser. Sobre ello ya se ha hablado arriba.

Recordemos el primer punto del decálogo de I. B. Singer:

1) Los niños leen libros y no críticas de libros. Los críticos les importan un pepino. 

Cuando uno rastrea información sobre la crítica en la LIJ, encuentra que hay voces que se levantan porque “hay poca crítica en la LIJ”, porque pocos medios les dedican un espacio de relevancia. Pero es que, en realidad, no es relevante.

¿Con qué derecho un crítico es capaz de persuadir a un padre o a un profesor para que éste a su vez persuada (o, más bien, obligue) a su hijo o alumno a leer un libro en concreto? ¿No hemos sido todos niños (niños todos con la misma escuela de clásicos de la LIJ) y sabemos ya que la crítica de la LIJ es algo que «nos importa un pepino»?

A un niño o a un joven sólo hay que dejarle suelto en la sección de LIJ o en la de cómics (que forma parte ya de nuestra formación cultural y de nuestra personalidad diferenciadora respecto a otros siglos anteriores) para que encuentre lo que necesita leer en ese momento, al margen de la crítica, al margen de la imposición de los medios.

La crítica de la LIJ es como el Rreinnstadt creado por aquel príncipe imaginado por Crumey: un artificio peligroso por lo que tiene de espejismo; nos puede relumbrar y dejarnos ciegos.

Si bien toda crítica responde a argumentos filosóficos y analíticos, a exégesis o a una variante de aquellos comentarios tan necesarios en la Edad Media para llegar a comprender mejor los textos antiguos que llegaban vía escuela de traductores de Bagdad o Toledo, la crítica de la LIJ se nos antoja como algo más parecido a esas cucharadas que nos hacían tragar de pequeño, esas cucharadas a rebosar de cualquier alimento que nos llenaba la boca y sólo deseábamos escupir porque, sencillamente, no nos gustaba. Y si, ya de mayores, aprendimos a tragarnos las cosas (incluso a disfrutar de cucharas rebosantes) sin necesidad de lucha, eso no significa que determinadas lecturas tengan que ser impuestas ni obligadas. Si tienen que ser leídas, ya se leerán en su momento. Porque forzar y persuadir lecturas a un niño o a un joven sólo produce malos lectores.

Factor Crítico. Revista de Cultura