Willow Creek, de Bobcat Goldthwait

En el festival de Sitges siempre hay alguna película fuera de la sección oficial que bordea los límites del género sin tocar plenamente lo fantástico, y que a pesar de no atraer a un público muy numeroso, resulta ser al final una de las mejores películas del festival. El año pasado ocurrió con Vous n’avez encore rien vu de Alain Resnais y este con Willow Creek de Bobcat Goldthwait. Unas treinta personas en una sala que merecería haber estado llena hasta los topes.

Willow Creek Sitges Factor Crítico

 

Quizá los lectores que lleven siguiendo desde hace un tiempo Factor Crítico ya estén familiarizados con el nombre del director de Willow Creek, un realizador del que varios miembros de esta redacción somos absolutamente acérrimos. Para los que no conozcan su nombre, os recuerdo que Goldthwait era la antigua pareja cómica de Robin Williams en clubes nocturnos, un reconocible rostro secundario en decenas de películas protagonizadas por cómicos del Saturday Night Live durante los ochenta, y que también, y esto ya acabará por situar su rostro, que interpretaba a Zed, el poli punki de estridente voz que aparecía en Loca Academia de Policía y del que nadie con un poco de corazón y espíritu infantil puede haberse olvidado. Pero también, y esto es más importante, hay que decir que Bobcat Goldthwait, después de aquello, se pasó detrás de la cámara para convertirse, actualmente, en el mejor director de comedia de los Estados Unidos de América.

 

Pero antes de seguir leyendo esta reseña, me gustaría proponer el siguiente test:

Cuando eras pequeño, al leer un cuento de hadas, ¿con quién te identificabas?

A) Con el héroe.

B) Con el monstruo.

¿Cuál de estas dos ocupaciones te merece un mínimo de respeto?

A) Mimo.

B) Payaso.

¿Qué película prefieres ver en una tarde lluviosa?

A) Una de Chaplin.

B) Una de Jerry Lewis.

Willow Creek Sitges Factor Crítico

 

Si la mayoría de tus respuestas son “A”, quizá sería mejor que ni te molestes en seguir leyendo esta crítica. Bobcat Goldthwait simplemente no tiene nada que decirte. Pero si has contestado “B” a las tres preguntas, entonces deberías ir viendo urgentemente todas sus películas, una detrás de otra, empezando por su obra maestra, World’s Greatest Dad, a mitad de cuyo metraje la risa se te corta con el filo de una lata oxidada al darte cuenta de que, en realidad, lo que estás viendo es y era ya desde el principio, una película de terror.

 

Escalofriante es la única manera de definir el negrísimo humor de Goldthwait, cuyas películas siempre tratan en cierto modo aquello que decía Jean-Paul Sartre de que el infierno son los otros; con una capacidad de emocionar infinitamente superior a la de Sartre, bien entendu. Todas sus películas parten de una situación cotidiana. Por ejemplo, Sleeping Dogs Lie, uno de los pocos títulos de Goldthwait que sí se han estrenado en España, presenta a una pareja aparentemente convencional. Están a punto de casarse y el chico le propone a la chica un de esos “divertidos” juegos de la sinceridad: confesarse el uno al otro cuál es la marranada sexual más extravagante que han hecho nunca. Y entonces la chica, armada de confianza, le cuenta lo que ella cree una historia inocente casi enterrada ya en su pasado. Aquello que hizo aquel día con su perro y un tarro de mermelada. “No pasa nada”, dice el chico con una sonrisa temblorosa. Pero el recuerdo de esa historia y el no poder dejar de ver la cara del perro cada vez que mira a su novia le van minando por dentro hasta destruir por completo lo que siente por ella.

 

Goldthwait habla de hipocresía, sí, pero también de algo que va más allá de lo meramente social; habla del Yago que todos llevamos dentro, de ese amiguete que le decía a Otelo que Desdémona era mala, que le engañaba, de esa vocecita que te dice que esa historia trivial con un perro que ella te acaba de contar es solo la punta del iceberg de algo mucho más profundo. El infierno son los otros, pero no porque los otros sean unos hipócritas que no pueden aceptar al monstruo, como el chico de Sleeping Dogs Lie, sino porque incluso aunque tengamos a nuestro lado a la persona más generosa y comprensiva, siempre habrá una vocecita en nuestro interior que nos dirá: “es diferente a mi, no me comprende, nunca podrá compartir lo que yo siento”. Y ahí es donde el cine de Bobcat Goldthwait adquiere verdadera profundidad, al demostrar que conoce como nadie la naturaleza de la psicología humana.

Willow Creek Sitges Factor Crítico

La pareja protagonista de Willow Creek tiene bastantes puntos en común con la de Sleeping Dogs Lie. El chico (Bryce Johnson, precisamente el protagonista de Sleeping etc.) es un fan del mito del bigfoot y convence a su novia (Alexie Gilmore, World’s Greatest Dad) para rodar un documental sobre el tema. Ambos conducen hacia Willow Creek, el paraje donde, en los años sesenta, dos aficionados, Roger Patterson y Bob Gimlin, consiguieron rodar las que supuestamente son las únicas imágenes, estáticas y en movimiento, del peludo monstruo comehombres [http://www.youtube.com/watch?v=Us6jo8bl2lk]. Willow Creek sigue la estela de las películas de metraje encontrado; es decir: es un documental falso en el que vemos cómo la pareja protagonista entrevista a los lugareños de la zona acerca del mítico monstruo y se internan en el bosque para ir en su busca. Pero aquí acaba todo el parecido que esta película pueda tener con La bruja del bosque de Blair o películas de sustitos similares. Goldthwait juega constantemente con nuestras expectativas haciéndonos creer, por el tipo de estilo que utiliza, totalmente inusual en él, que vamos a ver una simple película de terror. Entonces es cuando nos damos cuenta que la película no trata sobre el bigfoot sino sobre la relación sentimental que existe entre la pareja de documentalistas. De hecho, Willow Creek es el primer documental falso de género romántico.

 

El conflicto en esta pareja estriba en que ella no está convencida de la existencia del bigfoot; es más: ciertos signos en sus respuestas, en sus gestos, hacen pensar que ella considera que la obsesión de su novio con el bigfoot es algo que se interpone en la relación. El conflicto de caracteres se hace evidente según avanza la película. Ella quiere ir a vivir a Los Ángeles, mientras que a él (con mucho sentido común, tengo que decir), la capital cultural del mundo occidental le parece, simplemente, un lugar estúpido donde al sushi le ponen fruta. Pero Goldthwait es sutil como solo él puede serlo. No es cínico ni le gusta usar un trazo grueso al describir a sus protagonistas, pues él y ella, a pesar de todo, se adoran. Ella acepta perfectamente las rarezas de su novio, y él que a ella de vez en cuando le apetezca hacerse pasar por una persona “normal”. No habla de parejas que parecen estar hechas el uno para el otro para luego descubrir que no se aman con sinceridad. Habla de parejas que a pesar de amarse con sinceridad, descubren poco a poco que nadie está hecho el uno para el otro.

 

Eso es lo que pasa en la escena más impresionante de la película: un larguísimo plano fijo en el que los protagonistas, acampados dentro de una tienda, se abrazan el uno al otro mientras escuchan aterrados los sonidos de una supuesta manada de bigfoots en el exterior (o una panda de paletos que quieren asustarles, quién sabe). Ése es el punto de inflexión al que siempre llegan todas las películas de Goldthwait, el momento en que descubres que, después de todo, era desde el principio una película de terror. Pero no porque ocurra nada que asuste al espectador o porque el elemento fantástico asome de repente en medio de la película, sino porque te das cuenta de que, después de esta escena, pase lo que pase, esa pareja se va a separar y ya nunca volverá a ser la misma. Y que eso es así siempre, tanto si la separación es real o metafórica.

 

Todas las parejas tienen su bigfoot, parece estar diciendo Bobcat Goldthwait. Pero por una vez, el monstruo no es presentado como un ser tierno a pesar de su brutalidad (el payaso que interpretaba Goldthwait en Shakes the Clown o la pareja de asesinos de God Bless America), sino como un símbolo de todo aquello que nos separa a los unos de los otros en nuestras relaciones sociales y amorosas. Una verdadera maravilla de película (quizá entre sus dos o tres mejores obras) que hemos tenido la oportunidad de disfrutar en Sitges con la presencia del mismísimo Goldthwait en la platea, sentado entre el público, para luego poder disfrutar de la afabilidad del monstruo en una rueda de prensa tan surrealista como sus películas; tan solo cinco periodistas presentes ante un director divertido al estar atendiendo nuestras preguntas en un espacio tan singular: en medio de un centro social de ancianos, los cuales nos contemplaban detrás de un cristal mientras jugaban al dominó y al tute en mesas con tapete verde.

 por Roberto Bartual

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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