Novelas en extinción: entrevista con Alberto Olmos

Por David Sánchez Usanos


La historia de la literatura es una historia de derrota y ambición; una aventura, sí, pero más seria de lo que parece. Alberto Olmos (Segovia, 1975) publicó su primera novela en Anagrama con veintitrés años y fue finalista del premio Herralde. Aquel año ganaron Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. En lugar de sestear paseando ínfulas, o lloriquear maldiciendo el oficio, Alberto Olmos siguió escribiendo, que es la forma suprema de lectura, y, de paso, nos dio algunas de las mejores páginas de crítica literaria de las últimas décadas. No sé si se pueden decir estas cosas, pero Juan Malherido fue un soplo de aire fresco en un cuarto que olía demasiado a cerrado. En Factor Crítico teníamos muchas ganas de entrevistarle y La uÑa RoTa, un sello muy querido en esta casa, nos ha dado la excusa perfecta. A finales del año pasado publicaron Pose, un libro formado por dos textos de corte autobiográfico en los que, agazapado tras un registro aparentemente frívolo, el autor hace algo cada vez más insólito en estos tiempos: dice verdades. Lo hace con gracia y cierta velocidad pero, atención, la cualidad más peligrosa de Olmos es otra: tiene criterio, que es la enfermedad de los lúcidos. Con ustedes Alberto Olmos, escritor.


Factor Crítico: Hola, Alberto. Me gustaría empezar hablando de tu último libro, Pose, ¿has quedado contento?

 Alberto Olmos: Sí. Me sorprende que esté teniendo tanta difusión, sobre todo si consideramos que lo publica una editorial pequeña y que es un libro «en la orilla» (desde luego no tiene la aspiración de ser «mi obra maestra», ni mucho menos). El caso es que, con todo, a mí me gusta mucho, digamos, dentro de mi obra, sobre todo el segundo texto, acerca de la feria del libro de Guadalajara.

FC: ¿Has retocado los textos? Lo digo porque el libro presenta dos mitades claramente diferenciadas, una «ambientada» en Japón que comienza en el año 2005 y la otra, la que mencionabas, que se refiere a la Feria del Libro de Guadalajara (México). Pero, además de la circunstancia espacio-temporal, desde el punto de vista estilístico, a pesar de que ambas sean dos piezas autobiográficas, unos diarios o dietarios, las veo muy diferentes.

Alb: Sí, ambos textos son «de su momento». Los de la parte japonesa salieron en una editorial norteamericana, me gustaban y al editor de La Uña Rota también. Para su publicación en España decidimos que estaría bien añadirle esa crónica de la Feria del Libro de México, enfrentar 2005 y 2010, Japón y México y ver qué pasaba.

El primer texto, el de Japón, es una colección de escenas, en cierto modo es un diario más puro, mientras que el de México, a pesar de estar fragmentado, lo escribí a la vuelta del viaje, prácticamente de corrido.

 FC: Lo «reconstruiste», vamos.

Alb: Sí. A ver, en México estuve bastantes días haciendo… bueno, haciendo nada, porque realmente fui para nada [risas] y, cuando llegué a Madrid, escogí una serie de momentos estelares de las muchas cosas que allí pasaron. Lo escribí en unos dos o tres días. Como te digo, estoy bastante contento con esa crónica. Con la otra parte del libro también, pero lo tenía ya muy visto, mientras que el de México creo que tiene un tono encantador.

 FC: A mí también me gusta más. En cierto modo te «reconozco» más en ese texto. Es algo muy personal, claro, pero yo te conocí primero por tu faceta como crítico y por tu avatar Malherido y el texto de México encaja mejor en lo que esperaba, y me gusta, de tu escritura. Creo que te ha quedado muy bien. Alberto, dado que estos textos tienen un componente autobiográfico, desde Factor Crítico nos gustaría hablar contigo de tu trayectoria y, en general, de literatura.

Alb: Perfecto, adelante, pregunta.

FC: ¿Cuándo decidiste que querías ser escritor?

Alb: Pues nunca tuve nada que me empujase a ser escritor, ni unos padres especialmente letrados ni un hermano mayor que leyese mucho y me introdujese en los libros. No sé, creo que lo esencial de la literatura es que… iba a decir: «que alguien se ponga a contar historias», pero no, «contar historias» no es algo que me haga especial gracia… La literatura existe porque alguien se puso a escribir y, en este sentido, mi vocación es bastante pura, es algo como «la literatura en sí misma». Yo escribía tonterías desde que tenía catorce años y, conforme fui avanzando en el sistema educativo, fui derivando hacia la escritura de novelas. En la universidad empecé a leer mucho.

 

FC: ¿Qué estudiaste?

 Alb: Periodismo, en la Complutense; simultaneé tres años con Filología Románica, pero acabar, acabar, sólo acabé Periodismo. Quizá debería haber hecho Filología Hispánica, que era lo que me interesaba, pero para el «mundo real» Periodismo parecía ofrecer más salidas, como se decía entonces.

 FC: ¿Has trabajado como periodista?

Alb: Sí, sí, colaboraciones periodísticas siempre he hecho bastantes, y llegué a ser director de un periódico pequeñito de Navalcarnero… Pero, volviendo a lo de la vocación literaria, creo que de donde surge es de no estar adaptado a las circunstancias. Yo vengo de un pueblo de la provincia de Segovia, después fui a vivir a Segovia, después a Madrid; cada cambio exige un esfuerzo de adecuación. Considero que los escritores que merecen la pena, los escritores «como Dios manda», escriben por inadaptación, por soledad, por problemas personales o por conflictos con el entorno. Estoy totalmente convencido. Hay muchos escritores actuales que no son escritores «pura raza». Se los identifica muy fácilmente porque son gente estomagantemente feliz. Es como si se dijeran: «quiero escribir un libro» del mismo modo que dicen: «algún día quiero viajar a Las Vegas, es muy divertido ir a Las Vegas, ¡vamos a Las Vegas!». Así que dicen: «es muy divertido hacer libros. Voy a hacer un libro». Y lo hacen. Lo hacen con aplicación, pero se nota —no quiero parecer muy dramático pero así lo siento— una falta absoluta de dolor, les falta dolor. Por supuesto, puedes hacer un libro muy divertido y muy frívolo, pero ha de haber conflicto, cuitas. Esa literatura ingenua, que se da en muchos autores nuevos o semi-nuevos, de juegos florales, de «voy a hacer un libro, así me entretengo por las tardes» no me la creo.

FC: Estoy de acuerdo contigo en que el primer impulso tiene que provenir de cierta inadaptación, puesto que desde la felicidad no se crea nada…

 Alb: Exacto. Si tienes veintidós años, y un montón de amigos, estás todo el día de fiestas, haciendo viajes, ¿quién se cree que vas a decir: «un momento, no quiero ir con vosotros a tomar cañas, me voy a mi habitación, casi a oscuras, a escribir una novela»? Imposible. Y lo mismo pasa con muchas otras cosas. ¿Tú crees que Zuckerberg habría creado Facebook si hubiese tenido a todo el mundo reclamándole, diciéndole: «vente con nosotros a Lisboa, vámonos a tomar setas a San Francisco, mira qué chica te quiere conocer»? Nadie se puede creer que hubiera dicho: «no, por favor, chicos, me quedo en casa trabajando». Pues es así. Y la literatura también es así. Dicho por las bravas: el mundo avanza gracias a aquellos a los que quiere dejar atrás.

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FC: Sí, es verdad. Lo que te quería decir antes es que coincido contigo en que, como estímulo inicial, ha de existir esa inadaptación, ese compromiso por parte del escritor con algo vivido, con algo que importe pero, ¿no crees que si esa inadaptación —en forma de misantropía, por ejemplo— se nota demasiado acaba conspirando contra el texto? A mí a veces me pasa al leer ciertos libros que veo a un señor permanentemente cabreado y me resulta fallido.

 Alb: A mí no me molesta que se note que está enfadado. Pero, vamos, Céline, que es un señor que escribe enrabietado, no me gusta especialmente. Viaje al fin de la noche nunca he podido acabarlo porque no me entero de lo que me quiere contar y no soporto tantos puntos suspensivos.

 FC: A mí tampoco me interesa demasiado, no. Alberto, sé que esto quizá sea un poco «atraco» pero, ¿cuáles son tus escritores favoritos?

 Alb: Tengo muy fresco en la memoria el recuerdo de los primeros libros que me compré (con quince años, en Segovia), que fueron La metamorfosis de Kafka y El extranjero de Camus. Este último me marcó bastante. La metamorfosis, y Kafka en general, yo creo que no lo entendí. La primera vez me pareció soporífero, pero luego lo volví a leer y, claro, me deslumbró. Después, en la universidad, me impresionó mucho leer a Francisco Umbral y a Henry Miller, y también a Bukowski… ese tipo de escritores agrios y líricos (incluyendo a Dostoievski). También la poesía de César Vallejo y la de Vicente Aleixandre. Y ya, siendo más adulto… Bueno, el caso es que Bukowski cada día me cae mejor. Hace poco vi un documental acerca de su vida y leí algún poemario suyo último y, aunque suele ser un autor que se asocia con la adolescencia, yo creo que aguanta mucho mejor que otros el paso del tiempo. Me parece más «de adolescencia» García Márquez que Bukowski, ahora que lo pienso. Por ejemplo, cuando los leí en la universidad, García Márquez me gustaba y Vargas Llosa me parecía aburrido. Pero ahora creo que Vargas Llosa es mucho mejor novelista y escritor que García Márquez, que es muy de adolescencia y post-adolescencia. Tiene eso que te comentaba antes: todo es muy feliz. Lo de Vargas Llosa, sobre todo en sus novelas buenas (porque no sé si hace cuarenta años que no escribe un libro que a mí me guste demasiado) es otra cosa.

El caso es que he seguido leyendo, y ahora tengo un canon que se separa de esas lecturas que me marcaron. Cuando publiqué mi primer libro en Anagrama, se me dijo que recordaba a Thomas Bernhard. Yo no había leído a Thomas Bernhard; sin embargo, ahora he leído todo o casi todo Thomas Bernhard (traducido) y puede que sea mi escritor favorito. También tengo que mencionar al colombiano Fernando Vallejo, la novela Tom Jones de Henry Fielding y la Ilíada. O sea, que va uno madurando. La Ilíada, en la traducción que existe en Cátedra, es espectacular: esos endecasílabos son como títulos de novelas uno detrás de otro… Absolutamente espectacular.

De los libros que más me han impresionado últimamente citaría Off-side, de Gonzalo Torrente Ballester, que me fascina; me sorprende mucho que no disfrute de una mayor fama. Es La Colmena de su momento (años sesenta) y es rabiosamente moderno, además.

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FC: Curiosamente me lo compré hace nada porque un amigo me habló del libro en términos parecidos…

Alb: Sí, a mí me pasa que, cuando en mi entorno se producen dos o tres menciones a un libro no puedo soportarlo más y necesito leerlo. Por ejemplo, los de El ojo crítico me hablaron muy bien de Lecciones de ilusión de Pablo d’Ors y hace poco el periódico ABC hizo una encuesta para elegir la mejor novela en español de lo que llevamos de siglo XXI y vi que Juan Manuel de Prada escogió ésa. Así que tuve que leerla y el caso es que no está mal. Me hace gracia cómo funcionan las cosas a este nivel. Yo, la primera vez que escucho una referencia la dejo como latente, en cuarentena, y, si me la vuelvo a encontrar, entonces decido que me estoy perdiendo algo y que la tengo que leer (o ver, si es una película). Es algo que me gusta, porque no soporto esa actitud de «ya no leo, sólo releo», de dejar de leer novelas y leer sólo ensayo, de dejar de sentir curiosidad y de estar pendiente de las novedades. Esa actitud, que suele darse en autores consagradísimos, me parece muy triste.

FC: Dado que sigues leyendo y sintiendo esa curiosidad, ¿cambiarías algo de esa lista de autores que en su momento te impresionaron?

 Alb: A los quince años eres muy impresionable. Como te decía antes, ahora mismo considero que evidentemente La Ilíada es una cima absoluta y, cuando estaba en la universidad, la leí así un poco en diagonal y me pareció una cosa vieja, y ahora sí la sé apreciar. Y el Tom Jones ni lo conocía. De las referencias que te he dado antes sí puede que Henry Miller haya quedado un poco adolescente —por la cuestión del sexo y esas astracanadas— pero creo que Umbral, por ejemplo, un autor al que vuelvo muchas veces, está muy bien posicionado. Es de los pocos autores muertos que, a los dos años, ya tenía un estatus estupendo. Hoy en día, por ejemplo, nadie reivindica a Cela, está totalmente sepultado, algo a lo que puede contribuir su orientación política, pero a Umbral se le sigue leyendo.

 FC: Hombre, es que escribía de maravilla. Quizá el problema, para algunos, es que no escribía novelas…

Alb: Ya. Mira, hace poco me leí Travesía de Madrid, que es un libro con una estructura horrorosa, puede que no sea una novela pero todo el tiempo tiene pasajes, ideas, frases impresionantes, tiene un dominio del lenguaje…

FC: Exacto. A mí lo que me fascina es eso, la pericia con la que maneja y controla el idioma

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Alb: Pero es que además dice muchas cosas, muchas verdades. Aunque yo no me puedo comparar a él —tampoco por la pasta que ganaba— sí es cierto que estoy todo el día opinando de autores y de libros y me reconforta —o me acompaña— algo que comenta acerca de que puede poner a alguien a parir en el periódico, prácticamente insultarlo en una columna, y, esa misma tarde, verlo en un bar y abrazarlo con emoción. Porque separas. En cualquier caso, yo procuro no mostrarme demasiado afectuoso con gente por cuyo trabajo no siento mucho aprecio. La literatura se parece a figuras en el aire: son libros firmados por autores sí, pero cuando los conoces en persona, parece que ya no puedes criticarlos. Es como si los comprendieras mejor. Resulta curioso. Lo mejor para un crítico sería no conocer a nadie, que fuesen sólo nombres y fotografías en Internet y así poder juzgarlos sin piedad. Porque si los conoces en persona descubres que, al final, todo el mundo es bastante majo. Podría parecer que hay capillas, mafias y que esto está lleno de hijos de puta y la verdad es que éstos últimos son cuatro, el resto son bastante decentes. Así que, ¿para qué nos vamos a poner a parir si es un negocio de cuatro duros? Pero, volviendo a la cuestión de los autores, las lecturas, y cómo el paso del tiempo las reevalúa, he de decir que no hay ningún autor que me dé vergüenza que me haya gustado. Bukowski debería ser el que me diese vergüenza, pero, como te he comentado, hace un año leí un poemario suyo llamado Lo más importante es saber atravesar el fuego y me pareció estupendo.

 FC: Apoyándome entonces en esa referencia a Bukowski, si tuvieras que elegir entre franceses o angloamericanos, ¿con cuáles te quedarías?

 Alb: Resulta curioso que me preguntes por los norteamericanos. Siempre he observado que los españoles teníamos, por defecto, que inclinarnos o hacia Europa o hacia América Latina. En ese sentido yo siempre me vi más próximo a Europa, más inclinado hacia lo cerebral que hacia lo sensitivo propio del boom (pienso en Alejo Carpentier y la selva, por ejemplo). A mí me gustaba más lo intelectual y cerrado, lo propio de Centroeuropa, de autores como el mencionado Bernhard. En cuanto a Estados Unidos, yo creo que se trata de una atracción muy juvenil. Un autor mucho más joven que yo, Antonio J. Rodríguez, a quien conozco, está (o estaba) muy fascinado por Foster Wallace, un autor que cuando desembarcó en España a principios de los dos mil, cuando yo tenía su edad, también me compré. Los americanos nos llegan nimbados de una aureola siempre mítica, de modo que, para un joven, será más atractivo leer a JT LeRoy que a Pisón, inobjetablemente. Foster Wallace, Michael Chabon son autores como de revistas de moda y tendencias. En el fondo, no me interesan tanto los americanos como podría parecer.

 FC: No te lo preguntaba porque tu escritura me lo sugiera, sino porque es una de esas preguntas que me gusta plantear a los escritores y porque entre los autores que has mencionado antes estaban referencias claramente «continentales», pero también hablabas de Bukowski…

Alb: En realidad me gustan más los europeos, cada vez más. Lo de los americanos es muy juvenil. Es cierto que tienen un montón de novelas estupendas y hay autores llamativos, pero no tantos como podría parecer. Por ejemplo, yo nunca he entendido a Saul Bellow. Me parece un redactor, un realista aburrídisimo, un plomo; y figura de genio. Herzog es una tontería de novela, sinceramente. No en el sentido que te podría decir que el Ulysses es una tontería, pues ahí hay margen de maniobra, jugamos a otro nivel. Pero Herzog es la redacción de un tipo que es su alter ego acerca de si liga o no liga con las tías. Hay mil novelas como ésa en la historia de la literatura, incluso en la española. Yo me esperaba una cosa de decir: «Dios mío, qué intelectual, qué profundo» o «qué novela más compleja», pero no hay nada de eso. A ver, Proust no me gusta, pero Proust es Proust: es otra cosa, hay una sintaxis, hay pasajes… simplemente no me apetece leer sus cócteles literarios. Pero lo de Bellow no lo acabo de pillar. Por decirte un americano, vamos. Foster Wallace tampoco me interesa, me gusta como cronista, como crítico, pero sus novelas son infumables; como El rey pálido: aparte de que ni siquiera esté acabada, hay páginas en las que te dices: «¿Por qué tengo que sufrir yo esto?». Tampoco me gusta Pynchon. Vamos, que los americanos no me deben de gustar mucho, ¿eh? Porque Pynchon… Primero me leí La subasta del lote 49, porque era cortita: infame. Y luego me leí Vicio propio con el mismo resultado: infame. No te digo que no me guste, te digo que me parece infame. Habrá quien le considere el gran maestro, un genio… Pues estupendo, yo seré tonto, pero Vicio propio es una novelucha «b» de unos diálogos absurdos. El arco iris de gravedad y Contraluz desde luego están mucho mejor, pero no me interesan demasiado.

FC: Bueno, de Pynchon creo que tengo opiniones parecidas a las tuyas pero de Bellow te diría que, si te apetece, pruebes algún día con las Cartas. Creo que podrías encontrar cosas que disfrutar ahí. Aunque creo que estoy de acuerdo con eso que insinúas a propósito de Foster Wallace y de Bellow, el hecho de que, cuando se intenta mostrar en cada párrafo lo reflexivo e inteligente que eres, aquello no funciona…

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 Alb: Claro, claro. Me lo dijo de una manera muy afilada mi amigo Juan Aparicio Belmonte: «Esto es la novela del primero de la clase» (en lo cual podemos incluir a Juan Benet también). O sea, tú eres el primero de la clase, sacas un diez en matemáticas, en lengua, en historia, en filosofía y hasta en deportes sacas un nueve. Y dices: «Ah, yo una novela la hago fácilmente». Y la novela no tiene que ver con eso; que seas muy inteligente o que hayas leído mucho no tiene que ver con que domines el lenguaje estrictamente narrativo. Lo que pasa es que hay un tipo de lector que ve a alguien inteligente y dice: «una gran novela». No, lo que pasa es que eres un acomplejado y, al leer a alguien más inteligente que tú, crees que estás ante una gran novela. Esa novela, ¿te emociona?, ¿te engancha?, ¿te lleva a otro sitio? No. Son novelas del primero de la clase. Pynchon puede que sea muy inteligente, Foster Wallace sí me parece un tío inteligentísimo, pero no me impresiona lo más mínimo. Muy bien por él, pero su novela es un puto coñazo. No guarda relación alguna ser muy inteligente con escribir buenas novelas, así de simple.

 FC: Sí, por eso te hablaba de las Cartas. Creo que ese tipo de escritura (autobiografías, epistolarios, incluso ensayos…) aguanta mejor ese gesto.

 Alb.: Sí es verdad. El Otoño en Madrid de Benet no me entusiasmó pero me gusta más que sus novelas.

 FC: ¿Has leído sus Ensayos de incertidumbre? Ahí hay cosas que te podrían interesar

Alb.: Leí La inspiración y el estilo pero esa no. Me lo apunto.


Segunda parte de la entrevista a Alberto Olmos

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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2 comentarios sobre “Novelas en extinción: entrevista con Alberto Olmos

  • el 19 junio, 2013 a las 0:57
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    Sus inicios (de Alberto Olmos) fueron espectaculares…. Literariamente está en retroceso ahora. Ejército enemigo es una novela endeble y descuidada. Y su ojo crítico perdió credibilidad cuando se puso a promocionar al club petardo de Luna Miguel y Antonio.j.Rodriguez. Quizás lo suyo sea ahora las entrevistas y el postureo d’enfant terrible.

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