Novelas en extinción: entrevista con Alberto Olmos (II)

Segunda parte de la entrevista con Alberto Olmos. Primera parte de la entrevista a Alberto Olmos.


FC: Antes hablabas de Cela, ¿te gusta? A mí La familia de Pascual Duarte me parece un libro impresionante, qué velocidad…

Alb: Claro. La colmena es un libro muy bonito también. De todos modos, mis novelas favoritas de Cela son las mismas que las de Umbral: San Camilo, 1936 y Oficio de tinieblas 5.

FC: Curiosamente me compré el mismo día Off-side y Oficio de tinieblas 5

 Alb: Es que lees esos libros y es la nocilla de su época pero bien hecha: más moderna, más fragmentaria, más fascinante.

 FC: Intuyo que no, pero ¿tienes algún ritual a la hora de escribir?, ¿te pones a leer algo que te guste?

Alb.: Pues no. Me parece un poco ridículo cuando la gente te cuenta: «Pues siempre escribo con un boli de tal color…». No, no tengo ningún ritual. Cuando empecé a escribir lo hacía con una máquina eléctrica. Yo tenía veintiún años, y, como cualquier jovencito, no mucho dinero; escribía en unas hojas algo más grandes que el DINA-4 y preocupado por el precio de los cartuchos. Por todo eso, apretaba mucho las líneas y ensanchaba los márgenes para no estar todo el tiempo poniendo un folio nuevo. Entonces, claro, la tensión que tenía cuando escribía esa primera novela mía —que curiosamente no creo que sea una novela especialmente bien escrita— y el concepto de espacio que te dan las matrices —en términos de: completas una hoja y lo dejas, o sigues, pero sabes que llevas una hoja— no tiene nada que ver con el ordenador. Es algo que también comentaba Umbral respecto a su Olivetti. No sé si escribir más novelas con esa máquina… Pero, en cuanto a los rituales, mantengo los mismos que cuando era estudiante, escribir a cualquier hora, cuando me encuentro a gusto. Creo que más por la noche que por el día y más en invierno que en verano. Como todas las personas normales. En verano, con el calor, ¿quién puede hacer algo intelectual?

De todas formas, existe el mito de escribir como si fuese picar piedra. A ver, estamos alfabetizados y escribir es sencillo. Coincido con Andrés Neuman en que, si te dedicas a escribir todos los días, es raro que al final del año no tengas doscientas páginas. Es como si a un alfarero le pidiésemos un botijo al año. Si estás inspirado una página sale sola, si cuesta demasiado es mejor que te vayas a dar una vuelta y que vuelvas con la mente fresca para escribirla de un tirón. Yo las mejores páginas que tengo me han salido de un tirón. Kafka decía que había que escribir todo seguido, hasta lograr una tensión y una concentración casi física. La otra idea, el escribir una frase e ir retocando y retocando puede dar lugar a algo perfecto pero con lo que no estás tan implicado. Lo idóneo es que te olvides de que estás escribiendo y te parezcas, supongo, a lo que hace un pianista o un músico de jazz cuando improvisa.

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FC: Eres alguien que lee mucho y me da la sensación de que estás leyendo todo el rato, pero, a la hora de escribir, ¿no te da reparo leer cosas que no estén escritas originalmente en castellano?, ¿o cosas que consideres mal escritas? Por miedo a que te «contamine», por así decirlo.

Alb: No, para nada. Tampoco tengo problemas con leer cosas que me gustan. Como llevo tanto tiempo escribiendo, creo que conozco mis cuatro registros, así que es difícil que lea, por ejemplo, a Fernando Vallejo y, aunque me atrape mucho y me parezca muy adictivo, acabe por influirme en lo que estoy escribiendo. Eso también varía mucho de unos autores a otros. Del mismo modo que hay autores que lo planean todo antes de escribirlo y luego lo ejecutan, otros escriben a toda velocidad el manuscrito para acabarlo incluso en dos meses y luego se ponen ya a retocar y retocar y a darle forma. Yo trabajo lentamente y cuando lo acabo, ya está terminado. Hay que tocar cuatro cositas y ya está.

Respecto a lo que me preguntabas, hay dos tipos de autores: los que, mientras están escribiendo, no leen nada de nada y los que leemos porque nos da lo mismo. O diría que incluso me ayuda leer a otros autores, ver cómo escriben. A veces tienes dudas de si lo que has escrito es una auténtica estupidez y entonces lees a otros autores para ver cómo lo hacen. A mí me ayuda, de hecho recurro a ello. En ocasiones abro libros al azar, normalmente novelas canónicas, para ver si lo que estoy escribiendo es tan absurdo como pienso. Cuando estás obsesionado con escribir pones: «“Hola”, dijo Juan» y piensas: «esto es una basura, esto no puede ser gran literatura». Entonces abres cualquier libro y te das cuenta de que está lleno de «“Hola”, dijo Juan» o «subió» o «se despertó», «miró por la ventana»… Así que consulto mucho otros libros mientras escribo, incluso los míos.

FC: A la hora de valorar una obra de ficción, una novela, hay dos aspectos en los que me fijo siempre: descripciones y diálogos. Creo que es ahí dónde se distingue a los escritores, no sé qué opinas al respecto.

Alb: Sí, es curioso porque ser escritor suena a algo unívoco, unitario, como «soy albañil». Supongo que ser albañil también tiene sus ramificaciones, pero ser escritor implica muchas facultades: hay gente a la que se le dan muy bien las descripciones, gente a la que se le dan muy bien las tramas o simplemente escribir, el estilo —es el caso de Umbral, como decíamos: escribe muy bien pero no hace tramas—. Los diálogos son una disciplina en sí misma (hay gente a la que no le salen muy bien y otros que la dominan). Ser escritor demanda muchas cosas: cierto conocimiento de la psicología humana para que el personaje tenga un poco de profundidad, a la hora de describir manejar cierto vocabulario para ser suficientemente preciso… Lo que mencionas respecto a las descripciones me recuerda a aquello de que al buen escritor se le descubre en el adjetivo. En cuanto a los diálogos, puede que luego descubra que yo hago unos diálogos horrorosos, pero el caso es que me resultan muy fáciles de escribir. Por eso coincido con Nabokov en aquello que decía de que él iba a una librería, hojeaba un libro y, si tenía muchos diálogos (en español muchas rayas, en inglés muchas comillas), no lo compraba. Digo esto dejando constancia de que tengo una novela, Tatami, que es todo diálogos. Si echas un vistazo a cualquier best-seller verás que está lleno de diálogos, ¿por qué? Por que se lee más fácil, avanzas más deprisa… Creo que, salvo para cosas muy específicas, habría que poner muy pocos diálogos independientemente de cuál sea el propósito del libro, sin duda me parece un registro menor. Una vez le oí a Piglia decir que él, escribiendo, se había dado cuenta de que en la novela sólo hay dos cosas: descripción o acción. Cuando estás describiendo no hay acción, ésta se para. La acción está en los diálogos y en expresiones como las que mencionábamos antes: «se mató», «subió», «bajó», «se paró» o «salió de casa»…

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FC: Es interesante, pero me parece un poco rígido porque también se pueden describir acciones, ¿no?

Alb: No recuerdo exactamente cómo lo dijo, pero me pareció interesante la idea de que en un momento dado no pueden pasar cosas porque estaba describiendo la casa, por ejemplo. Esto vale para aquellos que sigan describiendo, claro, que hay mucha gente que ya no lo hace. Yo recuerdo cuando estábamos en octavo de EGB y teníamos la tarde de los jueves para leer, pues precisamente lo que a todos nos aburrían eran las descripciones. De niño te aburría y luego de mayor es lo que te gusta.

FC: Sí, sí. Yo, al menos, es donde veo el mérito

 Alb.: Por eso me encanta Off-side, porque está lleno de descripciones que, al ser deudoras del  nouveau roman, son tremendamente minuciosas, persiguen determinar con precisión cómo se llama cada cosa.

FC: Por cosas que estás diciendo, y también porque juraría habértelo leído alguna vez, sospecho la respuesta, pero no puedo dejar de preguntártelo, ¿para ti ser escritor equivale fundamentalmente a escribir novelas?

Alb: Es complicado, porque como vivimos en un mundo políticamente correcto en el que hay que decir que sí a todo, siempre queda mal la restricción y el poner aranceles al qué o al quién, y decir si una cosa vale o no vale. Pero, si nos dejamos de tonterías, lo cierto es que hay muy pocos autores que tengan la misma intensidad o dignidad de un Juan Rulfo. Tú lees Pedro Páramo y te das cuenta de que estás ante un escritor inmenso. Por lo que quieras: porque se trata de un libro nuclear, explosivo, porque te parece tan intenso que resulta normal que sea breve… pero lo que no puede ser es que cualquier bobaínas que escribe cien páginas —que son cuarenta en Word— vaya por ahí diciendo: «soy escritor», «tengo un libro». De esas ciento cincuenta o doscientas páginas, setenta están en blanco (porque cambian de capítulo y mil cosas por el estilo). Insisto, en Word son cuarenta páginas, y no las has escrito desde la autoexigencia sino desde la incapacidad. Precisamente por la sobrepoblación de escritores, yo confío más en un tipo como Pablo d’Ors que escribe seiscientas páginas o en Gonzalo Torné que, aunque no me entusiasme, al menos escribe con ambición. Pero estas cositas de decir: «toma, mis cien páginas, ya soy escritor»… Encima luego son malas, que es lo más triste. Es evidente que la calidad no equivale a la cantidad, lo cual quiere decir que el que una novela sea breve no quiere decir que sea buena. Esa es la idea. Esta gente se cree que porque es breve supone un proceso de depuración detrás del que hay años de escritura. No. Es breve y es malísima igual, aunque hayas estado tres años para escribirla. Salvo casos como el de Juan Rulfo o, en nuestra generación, un Alejandro Zambra, ser escritor como Dios manda es una cuestión de ambición. Y en España y América latina somos unos niñatos comparados con lo que se hacía antes, ya nadie hace novelas de seiscientas páginas. Pero no porque su poética atienda a lo breve. Es más por pereza, y por esa fiebre de pedir becas para escribir y luego no escribir nada que está hoy tan extendida. Hay gente que parece que no le gusta escribir.

Aparte de que una novela de seiscientas páginas es más difícil de escribir que una de cuarenta páginas en Word. Y hay una cierta correspondencia entre escritura y lectura. Si es más difícil de escribir y supone un gran esfuerzo, también lo que entregas al lector es más complejo y más adictivo en el caso de que le guste. Es lógico, ¿qué es mejor, una buena novela de cien páginas o una de mil? Pues una de mil, porque el contacto con la novela dura más tiempo, te enriquece mucho más.

A ver, que me puede gustar mucho una novela corta como Adolphe de Benjamin Constant, pero la experiencia de un Tom Jones o de las grandes narraciones de Tolstoi, es otra cosa. Así, no es raro que yo piense que los cuentos son una práctica menor. Un cuento lo escribo yo todos los días. Puede haber un cuentista que es excepcional, pero él es el excepcional, no el género. Por eso me gusta la novela, porque es un género que está blindado, ahí no entra cualquiera. En el mundo del cuento, cualquiera es cuentista. Y no digamos ya poeta. Tú eres poeta en cinco minutos, pones en verso: «Aquí hay una servilleta/estoy con/Alberto Olmos/hablando de/literatura» y ya tienes la credencial para tu desvergüenza: «soy poeta porque he escrito una poesía». Con la novela tienes que estar ahí horas y horas y horas, y eso impide que cualquiera pueda decir «soy novelista», es el único género realmente exigente.

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FC: Bueno, no sé si importa demasiado, pero estoy absolutamente de acuerdo contigo. A propósito de la escritura y la novela, ¿te resultan creíbles aquellas novelas que no son contemporáneas, que no están ambientadas en el propio tiempo de quien las escribe?

 Alb.: Tú no te las crees, ¿no? Por eso lo preguntas…

 FC: [Risas] No, no me las creo. Pero lo que interesa es qué piensas tú.

Alb.: Yo tampoco entiendo que alguien no escriba sobre su época. No te podría nombrar ninguna novela histórica o ambientada en épocas distintas a aquellas en las que vivió su autor que me haya gustado. Yo creo que hay que escribir sobre el presente, o más o menos sobre el presente. Es un dogma muy sencillo, muy simple y muy cerrado, pero lo pienso. Cuando leo a alguien vivo, actual, es porque quiero dialogar con el libro y no saber cómo era la Grecia del siglo III. Ahí está el dicho aquel: toda novela acaba volviéndose histórica. La novela de Mañas [Historias del Kronen] sobre cómo veía él el Madrid de los noventa, dentro de cien años puede ser una novela histórica o un documento histórico (si es que no puede ser algo más desde el punto de vista estético). Pero que dentro de cien años un tipo se ponga a recrear cómo hablaban los jóvenes en Madrid a finales del siglo XX y qué se metían… no lo entendería. Creo que eso son recursos de gente que no tiene nada que escribir. No sé, yo mismo lo he pensado a veces, como ya he escrito bastante, por hacer algo distinto me he dicho: «voy a buscar un personaje histórico que me apasione…», pero sería un divertimento por salirme un poco de mi línea. Como hizo Benet con El aire de un crimen, por probar a hacer una novela comercial. Sí, es cierto que cuando se ha escrito mucho —y esto es algo que no entienden los profanos, porque los profanos básicamente no entienden nada— constatas que la vocación está en los primeros años y después todo es una inercia, fuerza de gravedad. Yo sigo escribiendo porque me acuerdo de que yo quiero escribir, pero tras haber publicado no sé si ocho libros y miles de tonterías en internet no siento esa pasión. No sé si dentro de veinte años encontraré un filón de pasión, pero no en este momento. Se parece a la pasión sexual, si quieres. Uno escribe por inercia y no hace cosas que parecen artísticamente puras, pero son maneras de seguir hacia delante y entonces escribe libros que no es que los tenga en el alma y necesite comunicarlos, sino que los hace «por probar», como quien prueba a hacer una obra de teatro.

Yo mismo, que ahora estoy acabando una novela que me ha llevado bastante y es puramente vocacional (es decir, salvaje), estoy pensando en hacer luego un libro de cuentos, o un poemario, o un nosequé simplemente por hacer algo distinto. En mi vida he escrito menos cuentos que novelas, lo cual es una cosa fascinante.

 FC: Tú y yo somos de una edad parecida, ¿cómo crees que ha cambiado la literatura desde cuando éramos adolescentes?

Alb: Bueno, yo siempre ando propagando la idea de que la literatura cuenta poco en la sociedad, pero puede que siempre haya contado poco. Probablemente yo tenga más lectores que Dostoievski en términos absolutos, ¿quién leía en el siglo XIX?, ¿cuántos leen en el siglo XXI? Es absurdo, pero vas a Dublín y Joyce está por todas partes, con sus cuentos, Dublineses, y con el Ulysses. Pero, en realidad, ¿cuánta gente leyó Dublineses en 1914?, ¿más o menos de los que leen mis propios libros o los cuentos de Eloy Tizón? No sé, pero lo cierto es que antes la gente se molestaba en dedicar un bar a Joyce o en poner una placa diciendo «Hemingway estuvo aquí» y creo que eso ahora no tiene lugar. También es verdad que si pienso en mis contemporáneos y los comparo con la imagen que yo tenía de Javier Marías hace quince años, parecemos una división menor. A lo mejor Muñoz Molina, Millás y Martínez de Pisón eran igual de tontos que nosotros en la treintena, y lo que pasa es que yo tengo un problema de presbicia. Siento que los autores de mi generación no estamos a la altura de lo que yo recordaba que era esto, pero puede ser una cuestión personal, de que no me creo a mi generación como intelectuales, así que es probable que no seamos muy distintos a cómo era esta generación hace veinte años.

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FC: Para mí el concepto clave es el de «influencia» y no tanto el número de gente que te lee (al fin y al cabo ahora hay más población y, en términos absolutos, es posible que haya más gente que lea). ¿No crees que ahora la literatura (y también el periodismo) es menos influyente que hace veinte o treinta años?

Alb: Sí, creo que sí. Ahora, con Internet, hay un montón de gente escribiendo gratis sus cosas y la gente no discrimina. Introduces un término de búsqueda en Google y salen uno debajo de otro tanto El País como un blog y la reputación queda a un lado. Hace no tanto, en los años noventa, en literatura se esperaba la reseña de Babelia temblando, si la reseña era positiva era la felicidad y, si era negativa, se estaba toda la semana amargado. Eso, con Internet, se ha acabado. Te planteas: «¿por qué tiene es poder este fulano, que a veces no tiene ningún mérito, por tener un trozo de papel en El País?» Los blogs al menos tienen el mérito de que uno va generando capital simbólico, al principio (el primer post, el primer mes) tú no eres nadie, la gente va llegando y, si le gusta, se va quedando y va creciendo la audiencia. En El País no. Si te hacen crítico de ese periódico desde tu primera reseña tienes un poder increíble aunque no hayas demostrado nada y puedes hundir, encumbrar y hacerte amigos poderosos. Aquello era un poco exagerado, en este sentido ya no tiene esa influencia.

FC: ¿Pero no crees que se da cierta coordinación? Me explico, ahora ninguna reseña encumbra ni hunde, pero no es algo privativo de la crítica, pasa con cualquier cosa que escribas, también con la literatura. Me da la sensación —aunque también puede ser parte de una mitología personal— de que hubo una época en la que los libros eran importantes, que había incluso libros «generacionales», y eso ya no sucede.

Alb: Yo también tengo esa sensación, hay miles de factores implicados. A lo mejor se lee más que nunca pero también existe menos influencia que antes. A mis padres, por ejemplo, los libros nunca les han importado nada y a estos chavales de la mesa de al lado posiblemente los libros tampoco les importen demasiado, ¿cuál es la diferencia? Insisto, yo también tengo esa sensación de que cada vez importa menos. Los adelantos, a la gente que los cobraba, han bajado mucho; hace poco lo comentaba Ray Loriga: «ha pasado el tiempo en el que a Martin Amis le pagan un millón de dólares por un libro». Será porque la gente lee menos o compra menos libros o se deberá a la crisis.

Pero es algo que no sucede con las series de televisión, vas a cualquier lado y está todo el mundo hablando de series de televisión. A mí me gustan algunas, pero no estoy todo el santo día hablando de ello. Tengo amigos escritores, cuyos libros respeto bastante, que sólo hablan de series de televisión. Los escritores mismos, en sus espacios públicos, no hablan de libros, pero, de series de televisión, lo que quieras; cuando las series, salvo dos o tres, siguen siendo lo que han sido toda la vida, desde MacGyver a Canción triste de Hill Street: puro ocio. Tampoco es para tanto, yo veo Juego de tronos y son tetas y sorpresitas de vez en cuando y Mad Men… Lo que me sorprende de esas series es que, siendo espectacularmente machistas como son, parezcan blindadas frente a lo políticamente correcto y al discurso bienintencionado que está por todas partes y que no tolera luego ni un post blasfemo en Malherido. Y ahí tienes a todo el mundo recomendándolas.

Volviendo a los escritores, es muy habitual oírles una de las frases más tontas de la cultura occidental: «yo no leo a mis contemporáneos». Es una frase repetidísima. Date cuenta de la publicidad negativa que te haces a ti mismo. Porque dan ganas de decir: «pues yo no te voy a leer a ti». Y el lector puede pensar, «si estos señores no se leen entre ellos, ¿para qué vamos a hacerlo nosotros?». Puede que haya un punto de prevención, quizá haya quien no lee a sus contemporáneos por no sentirse presionado por si lo hacen mejor o peor, para mantener una especie de paz interior siguiendo su camino y leyendo sólo a sus autores favoritos o «clásicos», tratando de permanecer en su registro estético sin leer lo que hacen otros para no desestabilizarse. Pero decir esa frase en público es contraproducente.

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FC: De todos modos, si eso es verdad apunta a algo interesante: ¿qué influye a los escritores a la hora de escribir?, ¿para qué o para quién escribes? Alguna vez, leyendo a según qué autores contemporáneos, me ha dado la impresión de que no leían, que querían ser escritores pero que no era gente que leyese, que sus influencias provenían del cine o de la música —que es inevitable— pero muy poco de la propia literatura, de otros libros.

Alb: Bueno, a mí el que un escritor no lea o lea poco no me parece mal. Creo que hay muchos escritores a los que no les aporta nada leer, salvo aquello que tiene que ver con su propia poética. A Javier Marías —que objetivamente me parece el escritor vivo más importante de este país— no le aporta nada leer toda la literatura obscena y políticamente incorrecta desde Céline a Houellebecq. Le puede gustar, pero no le aporta nada. Un escritor no necesita formarse como un informático que ha de estar atento a los nuevos lenguajes. No. Un escritor, si ha encontrado su estilo y su camino, todo lo demás lo puede obviar y no pasa nada. A uno no le hace falta ni leer a Shakespeare, de hecho. No creas que tengo claro que que te guste leer y que te guste escribir vayan a la par.

FC: Yo creo que tampoco, pero si realmente no te gusta leer, algo falla cuando intentas escribir…

Alb: Que no te guste nada leer es una cosa, que no guste muchísimo leer no me parece tan grave. Aparte, puedes haber tenido una etapa —hasta los treinta, por ejemplo— de leerlo todo, y, a partir de entonces, no seguir leyendo con esa intensidad pero seguir escribiendo debido a esa inercia de la que hablábamos antes. En todo caso, lo que no me parece lógico es que los escritores hagan una promoción tan mala de sí mismos.

FC: Bueno, creo que es algo muy español, que además pasa en más ámbitos y que no es una pose, sino que es verdad. Lo veo en la música, por ejemplo. Se da el caso de muchos grupos que dicen no escuchar nada de música en español, que incluso la denuestan, y que se dedican, o pretenden dedicarse, a ello. Con lo cual se produce una cosa muy rara, una especie de diálogo en el vacío, o con los muertos. Creo que eso a veces se produce en la literatura: en ocasiones se escribe para un público fantasmal; es cierto lo que dices, no tiene por qué gustarte leer muchísimo, pero si te dedicas a escribir libros, si no estás pensando en quien tienes al lado, en el vecino, ¿para quién los estás escribiendo?, ¿para una especie de posteridad?

Alb: Bueno, eso tampoco está tan mal. Escribir con un lector muy concreto en mente no me parece lo adecuado. Cuando escribo pienso en que me guste a mí y, si quieres, a un lector único o a un lector modélico e incluso a esa posteridad a la que te referías, no pienso en un lector inmediato. No creo que ningún escritor de verdad piense en un lector/consumidor. Cuando los albañiles hacen una casa no piensan en los que van a vivir en ella, por supuesto estará hecha para que se pueda vivir en ella, hacen su trabajo artesanal y conceptualmente. Pensar en un lector concreto no tiene ningún sentido.

FC: Antes decías que estabas acabando una novela…

 Alb.: La estoy revisando.

 FC: ¿Tiene título?

Alb: No se puede decir nada. Yo no puedo decir nada. Tiene título, principio, final… tiene de todo.

FC: ¿Responde a las cosas de las que hemos hablado?, ¿está llena de diálogos y versitos?, ¿es una colección de cuentos o es una novela de verdad (y contemporánea)?

 Alb: Es una novela como Dios manda, sí. Tiene diálogos, pero pocos.

 FC: ¿Lees prensa habitualmente, columnas de opinión…?

Alb: No, la verdad es que no. Antes, cuando había periódicos de papel sí que leía las columnas de Umbral, Carlos Boyero, Vicente Verdú… y me di cuenta de que duraban cuatro años. Después ya los das por hecho. Carlos Boyero me gustaba, pero lleva treinta años con las mismas referencias culturales (Morrison, El apartamento…), llamando «moderno» a lo moderno y metiéndose con Almodóvar. Con la llegada de Internet me aficioné a algunos blogs y a ciertos autores, pero, justo en este momento, no soy nada devorador de actualidad, no tengo ningún interés en las revistas. En esto sí que cumplo con lo que antes decía que no me gustaba de los escritores. Para que lea algo de eso me lo tiene que recomendar alguien o alcanzar cierto protagonismo, que sea trending topic o algo. Me marea tanta gente opinando, diciendo cosas y abriendo tendencias. Bueno, a veces me acuerdo de leer a Manuel Jabois, porque escribe muy bien. Ya no tengo un tipo que me interese especialmente lo que diga.

 FC: ¿Tampoco para Malherido tienes ninguna referencia?, ¿por qué empezaste?, ¿cómo te sale ese gesto?

Alb: No lo sé, supongo que una parte de mi carácter debe de ser así: malhumorada y con malhablada. Sobre todo al principio, se trataba de escribir sólo cuando estuviera enfadado, y por eso salía con esa rabia. En realidad, uno nunca elige nada. En la generación de Cela y de Umbral estaban obsesionados con aquello de «tienes que encontrar tu propia voz», «un escritor de verdad es aquel que es reconocible por una página leída al azar», los conceptos de aquella época —o éxitos como Cincuenta sombras de Grey— pueden hacer pensar que esas cosas se planean, que se puede averiguar qué hay que hacer. No, es todo suerte; la suerte de que lo que tienes que ofrecer de pronto resulte comercial o único. Todo es más natural de lo que parece. No hay elección. Como decía aquél, el carácter es tu destino… y también es tu escritura. Yo sé que Javier Marías no ha escrito en su vida un texto con tacos; le oyes hablar, ves cómo va vestido y lo entiendes, no ha elegido no escribir con tacos, es que no le van a salir nunca. En un prólogo a Historias del Kronen se insistía en lo bien elegida que estaba la voz del libro. Yo estoy convencido de que Mañas no eligió nada, no dijo: «voy a escribir en primera persona y con el vocabulario de un chico que sale de copas»; simplemente le salió así. Luego se tiene la suerte de que funcione o no funcione.

 FC: Una última cosa, además de la literatura, ¿estás atento a la música o al cine?, ¿son importantes para ti?

Alb: Más el cine que la música. Antes sí tenía la música más presente, pero con el tema de las descargas me fui desentendiendo. Quiero decir que me bajaba tanta música que ya ni la escuchaba. Al final perdí todo interés. Creo que la cultura ha de costar dinero, es lo mejor que nos puede pasar. El cine me lo tomo más en serio y lo sigo con más atención. Ocasionalmente me registro en Filmin para ver algunas películas y sigo yendo a las salas, aunque sea sólo una vez al mes. Drive, Canino, todo el cine de Lukas Moodysson, Andrea Arnold, el cine coreano… Trato de estar al día. Me gustó mucho El árbol de la vida, precisamente porque es muy cristiana y eso me parece lo más políticamente incorrecto que se puede ser hoy. Con todo, leer sigue siendo, de largo, la actividad a la que más horas dedico cada día.

 FC: Muchas gracias, Alberto, ha sido un placer.


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Alberto Olmos
La uÑa RoTa
ISBN: 978-84-95291-24-0
136 páginas
2012

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