Una cultura a la deriva; Entrevista a Luis Antonio de Villena

Por David Sánchez Usanos

Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) es un prolífico escritor que ha trabajado la poesía, la narrativa el ensayo y la autobiografía. También colabora asiduamente en medios de comunicación y realiza crítica literaria. Con motivo de la publicación de su novela Majestad caída (Alianza editorial, Madrid, 2012) conversó con Factor Crítico.


Factor Crítico ¿Qué lugar ocupa Majestad caída en su obra (más allá de que, por el momento, sea lo último que ha publicado)? Lo digo porque, desde que algo se termina de escribir hasta que aparece como libro, transcurre un tiempo que posibilita cierta perspectiva, ¿está satisfecho?

Luis Antonio de Villena: Sí, es un libro con el que estoy bastante satisfecho. Aparte de cómo ha quedado (porque está muy bien editado), también porque es un proyecto muy antiguo que se desvaneció muchas veces. Surgió en 1981 y comencé a escribirlo entonces. Tenía el argumento de la obra, pero el argumento no es lo principal. En una novela es muy importante la estructura, las voces, el quién habla, cómo habla, desde dónde habla… Y eso es lo que no tenía en aquella época. Escribí unas sesenta páginas, que luego destruí. Lo dejé porque me daba cuenta de que la novela no avanzaba. A lo largo de varios años, con largos paréntesis, en numerosas ocasiones intenté volver, pero seguía sin encontrar el tono. Hasta que, de golpe, el año pasado lo encontré. De modo que la novela se escribió con cierta rapidez puesto que en realidad la tenía dentro de la cabeza. Lo tenía claro pero había faltado ese «clic» que es la manera de contarla. A partir de ese momento todo fue muy fluido.

F C: En relación con lo que dice del argumento, veo en Majestad caída que, a veces, la historia cede protagonismo a una preocupación por presentar una pluralidad de voces, un cierto ambiente, al deseo de exponer una pasión por la belleza y, más que por la literatura, por la lírica.

LAV: Un poco todo eso, sí. Dentro de que el personaje es un hombre desconocido o semidesconocido, es muy complejo, con muchos vectores de cosas que le interesan: la poesía, la narrativa, la mundanidad, el mundo un poco crápula… y, al mismo tiempo, el estudio de lo oriental, el Japón… No obstante, el argumento tiene importancia, porque en este caso la novela está construida como una investigación que se dirige a averiguar quién es Anibal Turena, que se ha medio perdido y de lo que se trata es de rescatarle. Lo que sucede es que ese argumento hay que contarlo de determinada manera. Cuando comencé con ello hace muchos años quise escribirlo como una novela tradicional: con un solo narrador y desarrollándolo todo seguido. Pero la novela ha avanzado mucho, hay técnicas muy complejas. La forma meramente enunciativa, el narrar de una manera directa, en algunas ocasiones puede servir. Hay novelas muy buenas escritas de ese modo, pero para ciertas cosas se ha quedado claramente anticuado. Aunque mucha gente sigue defendiendo hoy en día una novela vieja, lo contrario a una novela experimental. De todos modos, Majestad caída no es una novela experimental, es una novela que aprovecha muchos recursos de la novela moderna como, por ejemplo, el uso de las voces.

Esta novela no tiene un único narrador sino varios: el narrador principal que es quien hace la investigación, el protagonista, hay momentos en los que se reproducen cartas o fragmentos de libros o poemas, en otras ocasiones habla una amiga, después vuelve a hablar el narrador… Son por los menos cinco las voces que se cruzan. Todo eso unido hace que el lector lo entienda claramente pero, a la vez, perciba ese carácter plural. Y ello resulta enriquecedor, puesto que no accede a una única perspectiva sino que son varias (fruto de las distintas voces).

F C:Y, a propósito de esas técnicas que menciona y esa diversidad, ¿usted cree que puede seguir hablándose hoy en día de «géneros»? ¿no cree que lo que, a veces, está en cuestión es la propia división entre «ensayo», «novela» o «narrativa» y «poesía»? Lo digo porque esa variedad de voces resulta notoria en Majestad caída pero en otro libro suyo como La prosa del mundo usted por momentos desafía esa distinción genérica versificando acontecimientos casi de actualidad periodística.

LAV: En términos muy generales, existen los géneros. Lo que pasa es que, en efecto, desde hace años hay una tendencia encaminada a borrar las fronteras entre ellos. La prosa del mundo en realidad son poemas en prosa. Pero no son poemas en prosa tradicionales, sino que se da una gran mezcla de diferentes variantes: los hay que parecen un relato, pero otros son muy líricos, hechos con un lenguaje absolutamente poético. En Majestad caída sí se combinan los géneros. Por un lado es una novela, puesto que el eje fundamental es ficción y, en este sentido, inventado. Pero también hay un elemento de ensayo, puesto que hablo de muchos personajes que existieron realmente, tanto ellos como las obras que aparecen en el libro son reales. Y en otros momentos se presentan poemas del protagonista. Entonces el lector lee, a la vez, una novela, una apariencia de ensayo que busca qué ha sido de un poeta perdido y también accede a poemas concretos, se acerca a la poesía. De modo que, sí, las fronteras se desdibujan. El intento de romper el límite entre lo real y lo ficcional es algo que he buscado deliberadamente. El lector debería dudar acerca de qué es verdad y qué es mentira. Y, de hecho, duda. Es muy difícil saber —salvo para el que lo ha hecho, claro— cuál es la parte verdadera (y ya le digo que hay muchos elementos que son reales) y cuál es la inventada.

F C¿Hay algo autobiográfico en Majestad caída, aunque sea como proyección de determinados gustos o el reflejo de determinada atmósfera?

LAV: No demasiado. Al menos, directamente autobiográfico no hay nada. Más bien diría que estamos ante un personaje cuyas características a mí me resultan simpáticas, afines a mis gustos. Así que, desde el punto de vista del carácter, sí podría ser. Pero, curiosamente, yo he escrito novelas mucho más autobiográficas que ésta. A mí no me ha ocurrido nada de lo que le pasa a este señor. Aunque, sí, claro, hay un clima que se da en todo autor que tiene una obra amplia, en el que acontece el retorno a un tipo de personajes que tienen determinada mentalidad, determinados gustos… a todo eso sí vuelvo en esta obra. Aquí la frontera entre ficción y realidad es muy tenue. Ha habido algún lector que me ha dicho —lo cual es muy curioso—, que ha buscado en Google el nombre «Anibal Turena» porque pensaba que podía tratarse de un personaje real. En cierto sentido es algo que me parece bueno, puesto que es síntoma de que se ha logrado que el lector dude. Porque lo que es cierto es que este personaje no existió pero podría haber existido perfectamente (como, por otra parte, existieron la mayoría de las personas con las que ser relaciona en la novela). Creo que la verosimilitud está conseguida, las coordenadas que se ofrecen de este personaje son reales o muy verosímiles.

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FC: Respecto a esas personas y coordenadas que aparecen en el libro, he de decir que me he reencontrado con ciertos motivos que a mí me interesan mucho y que también he leído en otros de sus libros. Me refiero a ese ambiente literario, entre el malditismo y la bohemia, de la España, y sobre todo del Madrid, de comienzos del siglo XX. Estoy pensando en ciertos retratos de César González-Ruano, en autores como Armando Buscarini, en aquel libro de Rafael Cansinos Assens La novela de un literato o, más recientemente, en la obra de Juan Manuel de Prada Desgarrados y excéntricos

LAV: Sí, hay algo de eso, porque yo he trabajado mucho esas cuestiones. En mi libro Biografía del fracaso aparecen muchos de estos personajes, pero en Majestad caída se da una pequeña diferencia. Esos personajes de la bohemia, tipo Alejandro Sawa, vivieron siempre en un ambiente muy pobre y marginal. Lo curioso de Anibal Turena es que se trata de un hombre que busca relacionarse con gente de la aristocracia. Esto es raro, puesto que la mayoría de estos otros, que vivían la bohemia pura y dura, nunca soñaron con ir a fiestas de marquesas o duquesas ni con tener amigos relacionados con ese mundo. Anibal, a través de un nexo curioso (conocer a la querida de un importante noble), entra, aunque sea un poco por la puerta de atrás, en esas fiestas de la aristocracia. Una aristocracia, la del Madrid de la República, muy decadente. Se trata de fiestas muy especiales que, por otro lado, también son totalmente verosímiles. Por ejemplo, se organiza una fiesta para celebrar al pintor Boldini en la que aparece la marquesa Luisa Casati, una marquesa italiana muy excéntrica y sofisticada; y en ambos casos estamos hablando de personas que existieron realmente. Lo que puede suceder es que muchos lectores, por ignorancia, quizá no sepan que Boldini es un pintor muy importante en la Europa de principios de siglo o que Luisa Casati fue un personaje de la época de entreguerras enormemente conocido. Era una figura de la alta sociedad europea, mujer decadente y verdaderamente extraña. Además, hay otros pequeños detalles: en un momento dado, en una fiesta se dice que van a venir unas bailarinas japonesas de la escuela de Sada Yacco. Pues bien, quizá mucha gente no lo sepa, pero Sada Yacco es una de las primeras bailarinas japonesas que, a comienzos del siglo XX, vino a Europa a realizar bailes japoneses. De modo que en Majestad caída hay muchos nombres y situaciones que pueden ser interpretados como ficción o invención cuando lo cierto es que son reales.

FC: Y ya que hablamos de aristocracia, ¿cree que puede hablarse con propiedad de una tradición de dandismo en España?

LAV: En España evidentemente es algo que tiene mucha menor incidencia si lo comparamos con lo que sucedía en otros sitios. No podemos olvidar que en el siglo XIX España era un país muy pobre y muy atrasado, por lo que cierto tipo de cosas que se hacían en Inglaterra, o en Francia, incluso en Italia (aunque en menor medida), en España se dan poco. Las hay, pero llegan un poco tarde y son muy infrecuentes. Tiene que ver con algo que nunca se enseña, puesto que no es algo bonito que decir de tu país, pero que, sin embargo, es real: lo que acabamos de mencionar a propósito de la pobreza y el atraso de la España del XIX. Se trataba de un país dominado por una derecha anticuada y un clericalismo católico enormemente reaccionario. Resulta duro decirlo, pero eso convertía a la España de finales del siglo XIX en un país de cuarta o quinta fila. Dadas las circunstancias, ya mucho es que con la llamada crisis del noventa y ocho se produzca una especie de reacción y comience a haber autores que buscan la modernidad. Se trata de una búsqueda a veces desesperada en la que cada cual, con su estilo, intenta escribir una literatura nueva. Antes de eso, la literatura era un tanto vieja.

Quizá algo de eso se refleje en el libro mediante personajes que provenían de ese mundo. De modo que el «querer ser un dandi» es algo que puede aplicarse a Anibal Turena. Es un hombre pobre que cuenta de sí mismo que procede de una rica familia francesa venida a menos. Se habla de un alfiler que posee de brillantitos y amatistas, alfiler que luego deja a uno de sus amigos cuando se va a Argentina. Ese detalle de guardar —y ponerse— una joya de familia y el, que, dentro de lo pobre, procure ir vestido de determinada manera, sí que podría vincularlo con cierto dandismo.

Curiosamente es algo que queda muy bien expresado en la portada elegida por la editorial. Se trata de una foto anónima pero que da muy bien la imagen de Anibal Turena. Es una persona que, al mirarla, uno se da cuenta que es pobre (por lo gastado de sus ropas, por ejemplo) pero, al mismo tiempo, va como arreglado.

FC: Sí, como si quisiera transmitir una actitud….

LAV: Exacto, lleva un pañuelo en el ojal, adoptando una actitud distinguida. Eso es lo que quiere ser, lo cual, efectivamente, responde a una cierta tradición del dandismo. Y, sobre todo, a una tradición del arte. Aquella que entiende que el arte no sólo se ejerce a través de la literatura o de la pintura, sino que también se tiene que notar en la persona. El artista se tiene que señalar, tiene que ser visto por los otros sin que él diga nada. Estando en un grupo, alguien reconocerá que ese señor, por la manera en que va, seguro que tiene que ver con el arte y con el cultivo del arte. Detrás de esto está la idea de que el arte es algo que ennoblece la vida, que hace que la vida suba de categoría, vaya más lejos y más alto. Eso también está ahí.

FC: El arte, entonces, como un gesto, como cierto código…

LAV: Claro, como un gesto que debe ser leído. Que no todos son capaces de leer, pero el que sí sea capaz de ello, interpretará que quien tiene esa forma de vestir y  esas actitudes está hablándole, está contándole algo a través del vestido. «La vestidura habla» es algo que ocurría en el dandismo. El dandi se pone cosas que evidentemente comunican algo a quien lo contempla.

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FC: Usted comparaba la situación de España respecto a Europa. A propósito de ello y de lo que hemos hablado acerca de los géneros y sus problemáticas fronteras, ¿cree que hoy en día se puede seguir hablando de literaturas nacionales? Lo pregunto también porque sé que usted es un gran conocedor de la cultura clásica europea y a mí siempre me ha resultado muy sugerente lo que Goethe decía acerca de la Weltliteratur o literatura mundial.

LAV: Sí, es algo que se conecta con lo que hemos comentado acerca de los géneros. Literaturas nacionales hay porque, obviamente, hay una literatura escrita en alemán y nosotros no escribimos en alemán. Escribir en un idioma ya quiere decir muchas cosas, asumir toda la tradición que incluye el propio idioma en su uso. Cuando usamos una lengua, utilizamos, sin darnos cuenta, toda esa tradición que está metida en el idioma. Hay una literatura alemana, distinta de la francesa y de la española. Pero, teniendo en cuenta eso, hoy en día la globalización ha hecho que exista una literatura con muchas menos fronteras. Primero, porque el mundo ya no posee esas fronteras tan sólidas y, después, porque se traduce mucho y eso da acceso, a todo aquel lector que lo quiera, a literatura de diversos lugares.

Eso se traducirá en influencias: actualmente los escritores españoles pueden tener influencias de cualquier parte, bien porque las hayan leído en el idioma original —que son los menos—, o bien porque las hayan leído traducidas. Pero el caso es que, de alguna manera, conocen literatura de muchos otros sitios. Cosa que hasta no hace mucho era rara. Por ejemplo, la generación del cincuenta casi no conocía literatura extranjera. Era una generación muy hispánica y que, como había vivido la postguerra, había habitado una España muy cerrada y la mayoría de ellos —salvo Gil de Biedma, que tenía un horizonte mucho más grande— sólo leían español, cosas españolas y, a lo sumo, cosas latinoamericanas, pero no mucho más.

Después, a partir de mi generación, la de los novísimos, hemos intentado todo lo contrario, meternos en todas partes: aparte del mundo clásico, leer literatura china, japonesa o literatura romántica o literatura simbolista. Siendo todo esto verdad, siempre queda una cierta tradición nacional que va inserta en el idioma, en su propia esencia.

De todas formas, el problema hoy en día no es que haya una literatura de fronteras muy amplias (que efectivamente la hay, y afortunadamente). El problema es que, por un lado hay menos lectores (curiosamente la gente es más ignorante, lo cual es muy preocupante), y, por otro, esa ignorancia no sólo lleva a leer menos sino también a saber menos. Como sabe menos, cuando se pone a leer, pasa por alto muchas referencias e influencias de otras literaturas. Hace treinta años el nivel del lector medio era muchísimo más alto —y me gustaría acentuar ese superlativo— que el actual. Hoy en día hablar con algunas personas hace que a uno se le caiga el alma a los pies. Como es natural, hay afortunadas excepciones.

Ello actúa en sentido contrario a esa literatura que es mucho más rica, con múltiples referencias, que juega con muchos planos, se relaciona con otras literaturas, autores, efectúa determinados guiños a zonas y épocas de literaturas diversas… Y esto no todos los lectores lo pueden captar. Y es una pena.

FC: ¿Qué le interesa a usted ahora?, ¿qué está leyendo?

LAV: Siempre he sido un lector muy amplio. Actualmente leo casi tres libros a la vez. Pero he de realizar una distinción. Escribo crítica de libros, me puedo considerar un profesional de la lectura, ello hace que tenga que leer libros que me han pedido que lea. A veces eso me lleva a leer cosas que yo no leería (digamos que lo hago por obligación, aceptada, pero por obligación). Hace poco he leído un libro pesadísimo del director de cine Julio Medem, Aspasia, amante de Atenas, que es una novela histórica pero muy mala (y extensísima). Normalmente esto yo no lo hubiera leído porque no me interesa. Sí me interesa lo que podría haber sido el mundo de Aspasia, pero el pobre Julio Medem ha hecho una novela mucho menos que regular.

Más allá de la obligación, leo libros un poco por azar. Llevo muchos años leyendo y, de repente, puedo leer una novedad porque la haya escrito un amigo, o porque me lo hayan enviado o por algún otro motivo. Pero muchas veces lo que hago es releer cosas que leí hace muchos años o bien leer libros antiguos que no leí en su momento. Ahora he terminado de leer una novela de Italo Svevo que se llama Selinidad. Es una obra de 1898, que en su tiempo era muy moderna, con lo cual pasó desapercibida, y ahora ha aparecido una nueva traducción que me ha hecho leerla. O, con motivo de la colección de clásicos que ha sacado Alianza, la semana pasada he releído Sobre la vejez y Sobre la amistad de Cicerón. Me voy moviendo así, leo con mucha pluralidad, dentro de los temas que me interesan: el mundo clásico, la Edad de Oro, el Romanticismo y el Simbolismo o el mundo estrictamente contemporáneo (modernidad, siglo XX).

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FC: Ya que menciona lo de su labor como crítico, y como colabora usted con cierta asiduidad en prensa, no puedo evitar preguntarle por la conexión entre literatura contemporánea y periodismo. 

LAV: Tiene que existir esa relación por una razón: la mayoría de los escritores, ya a partir del siglo XIX, han escrito en prensa. Lo que sucede es que en aquella época escribían artículos muy largos; hoy la prensa, por el tamaño que tiene, no admite esa longitud y exige brevedad. Hay un periodismo «de firma», distinto del «de agencia» —que no es literatura, pues es únicamente difusor de noticias—que, de alguna manera, sí puede considerarse literatura. Por lo menos es un embrión o un germen de la literatura. Y es algo que han hecho casi todos los autores modernos: Hemingway, Scott Fitzgerald… la lista sería interminable. Prácticamente todos hemos escrito periodismo. Yo creo que se trata de algo bueno puesto que te enseña a ceñirte a un espacio de brevedad —cosa que no es mala, pues va un poco en contra de la grafomanía—, a trabajar con el idioma y con lo que quieres decir, a ajustarlo, etcétera. También es positivo puesto que te pone en contacto con la realidad, pues te obliga a hablar del mundo en el que vives (y analizar dicho mundo también es bueno). Y, otras veces, en el campo de la crítica, como ya he dicho te hace conocer libros de los que, de otro modo, quizá no habrías tenido noticia y siempre se produce algún hallazgo interesante.

FC: Se cita mucho esa afirmación suya en la que dice que, a pesar de las muchas facetas que ha cultivado, ante todo se define como poeta, ¿cuánto hay de cierto?

LAV: Bueno, es algo que dije en una ocasión y que me han repetido mucho. Tiene una explicación bastante sencilla: por un lado, yo empecé como poeta, mi primer libro fue un libro de poesía publicado con diecinueve años, por otro, he seguido escribiendo poesía siempre, de hecho, en enero de este mismo año he publicado un libro de poesía, Proyecto para excavar una villa romana en el páramo (un libro que, dentro de mi obra, me parece importante). En ese sentido, yo creo que además la poesía es algo parecido a la esencia de la literatura. Entonces, el hecho de que toda la literatura, desde la novela hasta, de alguna manera, el artículo, se salpique de poesía es bueno. Yo me siento esencialmente poeta y procuro que en las cosas que escribo surjan vetas o elementos poéticos.

FC: La verdad es que me sorprende que continúe atribuyéndole esa posición tan central a la poesía en el conjunto de lo literario. Lo digo porque determinada tradición crítica parece afirmar que, si hablamos de literatura contemporánea, la novela habría «destronado» a la poesía.

LAV: En literatura nada destrona a nada. Uno puede escribir tanto poesía como novela. Se dice que la novela tuvo mucha importancia en el siglo XIX. Pues sí, y también la poesía. Puesto que si el siglo XIX es el siglo de Dostoyevski, de Galdós o de Flaubert, también es el siglo de Baudelaire, de Verlaine, de Rimbaud, de Lord Byron o de Yeats. El mismo nivel que tiene la novela decimonónica lo tiene, si es que no superior, la poesía de ese momento. Decir que el siglo XIX es el siglo de la novela es un tópico.

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FC: Por seguir desmontando clichés, y ya para terminar, ¿se atreve a ofrecer un diagnóstico acerca de la literatura distinto de los funestos augurios al uso?

LAV: En cierto sentido ya lo hemos mencionado. El problema de la literatura es que necesita lectores y, hay que decirlo de nuevo, España es un país que, culturalmente, está muy mal. El hecho de que en el famoso informe PISA se nos sitúe en el puesto treinta y cinco atendiendo al número de lectores nos confirma que éste es un país donde se lee muy poco. La gente no lee. Y, además, no muestra ningún pudor al decir que no lee y que no le interesa leer. Esta enorme incultura que hay en España a los políticos no les preocupa en absoluto. No se oye jamás a un político hablar de cultura, los políticos no hablan de eso. Es como si les fuera indiferente (y me temo que les es indiferente).

En España hay, como siempre, buenos y malos escritores. Pero, en fin, hay una literatura pujante. Pero lo que no es pujante es el número de lectores. Son menos, están menos informados, han seguido planes de estudio muy malos, su nivel cultural es mucho más bajo que el de hace décadas. Este es el gran problema. Un problema muy serio. Puede llegar un momento en el que se hable una lengua que el ciudadano medio no entienda. Si ante una pregunta en una entrevista acerca de lo que he estado haciendo esta tarde respondo «he estado convirtiendo los troqueos alcaicos en sáficos», la mayoría no sabría de qué hablo. Creo que en esto no hay que ser blando, hemos de asumir la realidad: España es un país enormemente inculto donde casi nadie hace nada para remediarlo. Es cierto que es una situación que viene de atrás, pero es que antes la gente era menos inculta y ahora va a más. E, insisto, a los políticos este tema no parece preocuparles nada. Bastante tienen ahora con la economía. Pero se debe a que los políticos también tienen un nivel cultural muy pobre. Churchill para realizar una comparación se refería a alguna batalla de la antigüedad. Mariano Rajoy para eso utiliza un partido de tenis o de fútbol. Esas son sus alusiones. Los políticos de hace ochenta años se remitían a la historia, a generales, a batallas o a personajes ilustres. Eso hoy en día ya no lo pueden hacer. Como digo, me parece un problema muy grave .


factorcritico-MajestadCaida-EntrevistaVillena-fondoMajestad caida
Luis Antonio de Villena
ISBN: 978-84-206-7159-8
Alianza editorial
Madrid, 2012
208 pgs

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