Entrevista a Guillermo Aguirre

por Miguel Carreira

El 20 de Mayo de 2013 nos reunimos con Guillermo Aguirre en el Hotel Kafka, en Madrid, para hablar acerca de su última novela, Leonardo que acaba de publicar Lengua de Trapo. Charlamos con él y lo sometemos a nuestro breve test.


Factor Crítico.– Segunda novela

 Guillermo Aguirre.– La segunda que publico, sí.

 F.C.– Siempre es una diferencia interesante.

G.A.– Sí. La primera fue Electrónica para Clara (Lengua de Trapo, 2010) que publiqué hace tres años. Ya llevaba dos novelas tiradas a la basura por entonces. Esta es la segunda y en el medio hay otra que se ha descartado. De hecho, esta novela no estaba planteada para ser publicada (en un principio) porque era algo demasiado personal y, aunque no sea una historia totalmente biográfica sí que hay elementos de partida que lo son. Era un momento en el que yo intentaba explicarme algo a mí mismo. Sobre todo la parte que tiene que ver con los ataques de ansiedad y con el pánico y sí que hay algunos personajes que podrían verse dentro de la narración, sobre todo en la primera parte. Hubo por entonces una exnovia a la que no quería, o que yo pensaba que no quería, hubo alguna infidelidad. En fin, la historia tenía demasiados matices autobiográficos como para, como se suele decir, como para no publicarla sin que ciertas personas estuvieran muertas, pero Lengua de Trapo había descartado una cosa anterior y retomé esto que me gustaba, con lo que llevaba un tiempo trabajando, aunque fuese de una forma muy privada. Le di forma, añadí los diálogos (que no estaban al principio) y la historia de piratas y de ahí salió este Leonardo. A veces no se puede esperar a que todos estén muertos.

F.C.–Y esa novela descartada ¿Sigue en proceso? ¿Sigues trabajando con ella?

 G.A.– Está en proceso. Como tantas cosas. Tengo cinco, otras tres novelas más. Esta novela se publica ahora, pero se escribió antes de que se publicara Electrónica para Clara y Electrónica para Clara se escribió cuatro años antes de su propia publicación. Como quien dice llevo un jet lag de cuatro años y desde hace cuatro años varias novelas en diferentes procesos de gestación que no sé si acabaré en algún momento o sencillamente tiraré a la basura.

 F.C.– Y habiendo pasado tanto tiempo desde que la escribiste hasta la publicación. ¿Cómo la ves ahora? ¿Cómo le ha sentado la distancia?

G.A.– En realidad no hay tanto tiempo. Hay mucho tiempo desde el primer borrador pero luego hay tantas versiones… es lo mismo que pasa con Electrónica para Clara, la he revisitado tanto y de forma tan habitual que no da tiempo a que te cambie demasiado la visión. Aun así tengo que decir que en líneas generales estoy contento y las veces que he retomado Electrónica para Clara, que tiene aún más tiempo…o ahora, leyendo Leonardo…en fin, nunca las he vuelto a leer enteras después de publicadas, pero los párrafos que releo no me hacen sentir eso que a veces se siente: «¡Como he podido yo escribir eso!» Eso no lo siento. A lo mejor dentro de tres años te digo todo lo contrario.

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F.C.- Pues vamos a retomar algún párrafo de Leonardo. Me he encontrado uno que creo que podría ser representativo de la personalidad de Leonardo, cuando dice «Había sido relegado a mi propio y minúsculo dolor» ¿Leonardo se siente un poco acomplejado por la sociedad?

G.A.– Yo creo que Leonardo es incapaz de satisfacer lo que cree que la sociedad le exige. Y es lo que él cree porque la sociedad, entre tanto, está formada por demasiadas partes como para tener una exigencia única, pero Leonardo cree que hay que tener hijos, que hay que tener una relación madura. Luego está acomplejado por la sociedad, es incapaz de aportarle nada, está arrasado por ella. Y sí, es un egocéntrico, un ególatra. «Su minúsculo dolor». Es una persona que intenta darle algo a la sociedad pero pensando exclusivamente en sí mismo, y encima ese algo que debe dar es algo que él no quiere. Está en la lucha feroz entre ingresar en lo que él cree que es la sociedad y la lucha feroz por satisfacer sus propias necesidades, que son muy animales: es promiscuo, egoísta, egocéntrico, poco dado a observar a los demás. Y entre esa naturaleza suya y la exigencia social se produce el pánico. El ataque de pánico, la ansiedad y todo lo que Leonardo va experimentando a lo largo de la novela.

F.C.– Se podría decir que Leonardo no es capaz de sentir algo a lo que podemos llamar amor, pero sí deseo. Incluso de forma muy intensa y muy variopinta.

 G.A.– Muy intensamente, sí. No, algo que se pueda llamar amor, no. No, porque la relación que él quiere emprender la emprende única y exclusivamente para satisfacer una exigencia externa, porque sus amigos emprenden relaciones, porque parece que el universo te exige el hecho de tener una relación con alguien y vivir con ese alguien. No, si siente amor no lo está sintiendo por alguien, lo está sintiendo por la idea de sentirlo, una idea que es tan elevada que no puede ser sino destruida de antemano. Yo creo que él tiene en muy alta estima algunas palabras o conceptos que para otros no son así, y como no puede satisfacer esa idea, su fracaso es continuo y envilecedor. Hay un momento en el que C. se lo dice en una conversación que tienen: Ni la vida es lo que tú te crees que es, ni el amor es lo que tú te crees que es, ni una relación es como tú te crees que tiene que ser.

 F.C.– Leonardo ha dibujado sus cuadros, ha dibujado un cuadro de lo que es el amor, unas líneas maestras y luego se topa con…

G.A.– Se topa con la realidad, con la realidad cotidiana, algo que no puede entender, que no se puede afrontar.

F.C.– Y siendo una novela que has escrito o que has empezado a escribir hace tanto tiempo, aunque luego la hayas ido retomando. ¿Cómo crees que la realidad habría alcanzado a Leonardo? ¿Cómo crees que reaccionaría Leonardo en esta nueva realidad?

G.A.– Te refieres a…

F.C.– Sobre todo a la crisis, a la gran realidad de la crisis.

 G.A.– Algo hay de fondo en la novela.

 F.C.– Hay esbozos.

G.A.– Hay esbozos, pero Leonardo no puede ver eso porque la narración está tan ensimismada dentro del personaje que es incapaz de ver la sociedad. El ve la crisis por ahí, ve a unos sujetos en el metro, ve a una gente que está paseándose por el fondo de la narración, pero él piensa que son unos perroflautas o unos colchoneros y no los sabe distinguir, no sabe si son bárbaros o qué son. La crisis surge al final de la novela, cuando hay un terremoto, como hay un terremoto en Electrónica para Clara, y entonces lo llama su madre diciéndole que han perdido todos sus ahorros. Ahí es cuando Leonardo decide actuar, cuando pierde la posición que ha tenido a lo largo de toda la narración, una posición burguesa muy acomodada: su madre le mandaba dinero, el trabajo era un juego (trabaja para el padre de su novia). Para él la vida ha sido un juego, hasta el final de la novela, que es cuando decide ir a ver a la mujer del pecho blanco, esa mujer idílica con la que él sueña cuando no puede afrontar la realidad: la Teta Blanca. Ahí Leonardo actúa por primera vez y quizás cuando roba el cuadro también. En el resto de la novela no piensa para actuar. Va un poco como detrás de los sucesos.

F.C.– Incluso cuando roba el cuadro, más que actuar casi reacciona, o ni siquiera eso, da la impresión de que es algo así como un sueño.

 G.A.– Sí, un sueño o algo inconsciente. Va por detrás de sus pulsiones. Casi no hay ningún movimiento pensado, excepto ahí, cuando decide «Tengo que ir a buscar la mujer, la teta blanca que hay bajo este cuadro con el que me he obsesionado».

F.C.– ¿Y tú cómo te llevas con Leonardo? Porque hay un momento en el que… bueno, él va digamos decayendo en su trayectoria vital y hay un momento en el que directamente queda reducido a un estado casi infantil, algo peor. Bastante lamentable. Yo me quedé con ese capítulo en el que Leonardo visita en calzoncillos la habitación del niño que va a tener y dice: «Me puse a llorar y tuvieron que dejarme a solas sentado en un puf infantil» Aquí toca fondo.

 G.A.– Leonardo tiene el síndrome de Peter Pan y además se siente monstruoso porque su cuerpo está creciendo. No puede aceptar la idea de envejecer y, sí, ahí está ya tocando fondo, ya va siendo el final. Además el niño lo tiene sin saber por qué lo tiene. Corre a tener un niño pero la forma en la que convence a C. nosotros no la sabemos porque es algo que queda fuera de la narración. Al final se lo cuenta su psiquiatra, pero nosotros no sabemos qué cojones ha estado haciendo en casa. Está utilizando al niño como coartada de otra cosa, se ha metido en un tinglado enorme. No solamente no quiere a la mujer que tiene sino que, además, decide tener un niño con ella. Esa imagen en el cuarto del niño es una bonita metáfora del síndrome de Peter Pan que habita la novela. La progresión de un joven a un adulto.

 F.C.– Bonita, por decirlo de alguna forma.

G.A.– Y en cuanto a mi relación con él: pues me parece patético, pero un hijo puta patético y entrañable.

F.C.– ¿Esa era la idea de la que partía el personaje?

 G.A.– Sí, el punto de partida era ese. Un poco me apetecía tirar piedras contra mí mismo. Sobre todo coger las partes negativas de mí mismo y tratarlas con un humor extravagante.

F.C.– Da la impresión de que hay bastante de autocastigo por ahí, lo digo a partir de los datos que se localizan. También es un escritor, es muy joven…

G.A.– Habrá autocastigo pero se hace a través del humor, sobre todo para iluminar lo que realmente quería contar. La habilidad de algunas imposiciones sociales y todo el proceso, digamos, de culpa, de ataques de pánico, que siembran la relación de Leonardo y que para mí tienen mucha importancia en cómo actúa.

 F.C.– Y esta novela de piratas que hay por ahí en medio…. Al principio sorprende bastante. En ella hay un momento en el que se dice que en el mar es todo más inestable, que no se puede cimentar el mar.

G.A.– Nada está dicho en el mar.

F.C.– Pero un poco más adelante los propios piratas dicen «intentamos pisar el suelo como si acaso tuviésemos alas, salvando las astillas de madera para que no crujan tras nuestros pasos». También estos piratas sufren una especie de anhedonia, son incapaces de ser felices. Se están quejando en el mar, en su barco que prácticamente flota sobre la mierda y cuando pisan tierra lo primero que piensan es que ojalá tuvieran alas. ¿Qué pasa con esta gente?

 G.A.– Los piratas en principio eran una metáfora de la sociedad ideal de Leonardo. Un sitio vil, embrutecido, cruel…y de algún modo todos los piratas son Leonardo. Pero yo creo que los piratas son felices. Son felices de alguna manera a lo largo de su travesía. Creo que están de acuerdo con el lugar que ocupan, al menos. Y la idea era esa. Era el lugar al que iba a dar la locura de Leonardo. Él está impedido para aceptar la sociedad real y se va a su sociedad idílica, que es esa. Yo creo que los piratas son felices a lo largo de toda la travesía o al menos viven una juerga permanente. Incluso, cuando llegan a la isla, continúan viviéndola.

 F.C.– Bueno, en la isla sí, pero antes de eso…

G.A.– ¡Antes también!

F.C.– Pero se les ha suicidado un grumete.

 G.A.– Y lo tiran al mar, claro, pero eso es vivir bien. Y, bueno, sí. Leonardo también mata a otro marino, después de que aborden un barco. Pero ya lo dicen en un momento dado: no hay conciencia en el mar, ni hay culpa. Todos esos supuestos excesos se olvidan de la noche a la mañana porque hay que seguir arriando velas, tirando hacia delante, atando cabos. Los piratas no son conscientes. Viven a gusto en su pequeño universo vil.

F.C.– Hay una lectura un poco cruel aquí. Leonardo no puede ser feliz porque no encuentra su sitio, porque no se puede situar en la sociedad, porque no encuentra sociedad, digamos y es, incluso demasiado libre. Se ha fijado unos parámetros que luego no encuentra y eso lo lleva a la ansiedad. Los piratas en cambio tienen una sociedad que en el fondo es muy estrecha. Viven en un barco, están obligados a estar en él e incluso cuando bajan a la isla… se dejan hacer.

G.A.– Y por eso es una sociedad sin imposiciones, son libres todos. Es una sociedad sin futuro, un presente continuo.

F.C.– Parece que realmente es la falta de futuro la que les da la libertad.

 G.A.– Y, sin embargo, la sociedad en la que Leonardo vive es una sociedad absolutamente lapidada por las ideas de futuro. Por el tener que dejar algo aquí, por tener que crear algo que te pueda dar de comer y de vivir el resto de tu vida. Esas son las razones que provocan generalmente la ansiedad. En mi generación hay cada vez más gente con ansiedad diaria, cada vez más jóvenes, sobre todo en las grandes ciudades. Creo que la ansiedad está terriblemente cercana, en muchos casos, al estado precario, a aquello que no es seguro y a la construcción ideal que supuestamente tenemos que alcanzar en la sociedad. Esa imagen idílica que tenemos, cuando estás intentando llegar a ella, suele provocar estados alterados, entre ellos la ansiedad.

F.C.– Ya que usas la palabra generación. ¿Ves esta novela como un intento de hacer una novela generacional?

 G.A.– No del todo, pero sí hay un momento, cuando estaba trabajando con Leonardo, sobre todo más allá de la primera mitad de la novela, cuando empecé a enfocar el personaje, no tanto hacia mí, sino a que tuviese algún tipo de utilidad. Entonces Leonardo sí que se me apareció como un posible representante de un lado de mi generación. No es el tópico, no sirve para toda la generación, pero sí que me parece que es un producto de mi generación. Hijo de una burguesía muy clara, de madre funcionaria, muy mimado, al que se le ha dado todo, que tiene una concepción muy clara del lugar que tiene en la sociedad. Él sabe que no es un fontanero y desde ahí sí que me parecía un producto oscuro de mi generación. Supongo que diez años arriba o abajo….

F.C.– Sí, porque parece que se ha diluido bastante. Los quince años de Ortega nos saben a poco.

 G.A.– A eso me refiero. Y sí que me parecía que Leonardo podía servir en cierta medida al menos como reflejo oscuro, como producto oscuro.

 F.C.– Sí, por lo menos como representante de algo de lo que se ha acusado a parte de esa generación, de haber sido en su momento culpable de dejarse derrotar por falta de batalla.

G.A.– Sí, vivir entre sedas, estar teóricamente muy preparada y luego en el día a día….

F.C– No pueden ser fontaneros.

G.A.– O vivir el día a día en una empresa cruel, dificultosa… Son la proyección un poco de la madre de Leonardo, que aparece poco en la novela pero tiene un peso claro. Por lo que sabemos le paga la casa a Leonardo, le paga la medicina privada… incluso le ofrece hacerle una reforma en casa con tal de que deje de fumar.

F.C.– Sí, la madre es un personaje que aparece poco pero tiene mucho peso. Como poco es un personaje siniestro. Siempre está maquinando detrás de Leonardo.

G.A.–  El culpable es Leonardo, desde luego, pero algo de culpa tiene la madre. Algo de culpa por haber criado a ese hijo. Leonardo es eso, es mimado a más no poder. De hecho a C. casi casi la convierte en su madre. Cuando él cree descubrir su lugar en la sociedad, que es su «lastimosa calidad de enfermo» como él dice, C. prácticamente es su madre y, de hecho, es cuando mejor están él y ella. Cuando él está allí enfermo y ella le controla las llamadas, le pone las pastillas y le controla las visitas.

F.C.– Para Leonardo es su relación ideal, claro.

 G.A.– Sí, la del absoluto dependiente, porque la dependencia absoluta es liberadora de responsabilidades.

 F.C.– Recuerda un poco a algunos clichés del humor judío. Los típicos chistes del humor judío, como aquel que dice: «Sabes que tu madre es judía si por la noche te levantas a mear y al volver la cama está hecha», pero también a este fatalismo típico del personaje del que dicen que se cae de culo y se rompe la nariz y también recuerda a cierta forma de neurosis muy típica del humor judío. No sé si tienes en la recámara este tipo de referencias.

 G.A.– No, tengo muchas lecturas de autores judíos centroeuropeos y una obsesión clara hacia la Segunda Guerra Mundial y los libros de historia de esa épocas, pero sobre todo bélicos. También los chistes de judíos creo que los he hecho como el que más, aun así quizás lo judío sea representativo también de una sociedad burguesa, acomodada, con alto nivel intelectual. Hay algo judío en toda la burguesía europea.

 F.C.– Sí, puede que quede mal decirlo así, pero parece que hay una parte de la sociedad que se ha vuelto muy parecida a los relatos de humor judíos.

 G.A.– Desde ahí sí puede haber relaciones..

 F.C.– Vamos a hablar ahora de tu trayectoria. Esta es tu segunda novela. Nos has hablado ya sobre el orden de las novelas y sobre cómo las has ido retomando pero, por orden de aparición, tenemos una novela, Electrónica para Clara que llamó mucho la atención en su momento, y ahora aparece esta Leonardo. ¿Hacia dónde crees que vas como escritor? Si es que crees que vas a algún lado. ¿Ves que haya habido una evolución?

 G.A.– No, no del todo.

 F.C.– ¿Te ves como un escritor que evoluciona o como un escritor que abunda en temas?

 G.A.– Me veo como un escritor muy apegado a vivencias personales, creo. Muy incapaz de afrontar temas generales sobre el mundo. Me veo incapaz de escribir una novela sobre las crueldades del trabajo en los albores del S XXI, a no ser que yo viviera las crueldades del trabajo en el los albores del S XXI. Eso es lo que voy viendo por ahora. Creo que soy bueno transformando vivencias propias digamos… en construcciones narrativas. Pero no tengo ni idea de a dónde voy a ir, ni de si voy. De hecho, ya te digo que tengo varias novelas abiertas y no siento tampoco ninguna ansiedad de publicar, con lo que podrían pasar perfectamente cinco o seis años hasta que publicase otra cosa. Ahora mismo estoy trabajando con un amigo escribiendo a cuatro manos una novela de ciencia ficción de humor muy alocada. Muy en la línea de Terry Pratchett. Me estoy divirtiendo mucho porque hacía tiempo que no me divertía escribiendo y hacerlo con alguien es como trabajar en un equipo de guionistas. Pero yo trabajo (de verdad, no escribiendo) la jornada normal al día, no tengo excesivo tiempo como para pensar en mi trayectoria.

 F.C.-No piensas en el escritor que quieres ser de aquí a treinta años.

 G.A.– No, no me despierto por las mañanas pensando en esas cosas. No me obsesiono con la literatura, me la tomo de forma bastante lúdica. Si no me estoy divirtiendo puedo tirar una novela de la que haya escrito doscientas páginas y mandarla al cuerno.

 F.C.– ¿Y esa literatura más lúdica es también la literatura que a ti te gusta leer?

G.A.– Cada vez leo más intentando divertirme y abandono más novelas a las quince páginas. Antes leía buscando recursos o tragándome cosas que supuestamente tenía que leer porque uno tenía que saber lo que se estaba haciendo aquí o allá, pero, del mismo modo, ya te digo, cada vez me convierto más en un lector normalizado, por así decirlo, o sea, sin carácter de escritor. En los últimos meses he vuelto a las lecturas de mi juventud e infancia. Me he leído Alicia, las dos, me he leído otra vez Peter Pan, me he releído El viento en los sauces, me he leído a Stevenson, sobre todo he vuelto con dos novelitas que me gustan mucho, una es Catriona, es la segunda parte [la primera es Kidnapped]. Leo amigos, sobre todo porque llevo aquí una página de cultura, Ámbito cultural de El Corte Inglés. Leo a amigos porque me gusta y también para hacer alguna entrevista, alguna reseña, cosas parecidas, pero casi mi contacto con la actualidad literaria pasa por esas páginas.

 F.C.– Puestos a volver a algo mejor volver a Stevenson

 G.A.– No es mala idea. Una novedad que me he leído hace poco es la última de Stephen King 22/11/63, me lo he pasado muy bien. No me había leído nada de Stephen King, excepto Mientras escribo y me lo he pasado muy bien. Tiene una velocidad y una frase corta… si lo quieres leer como quien bebe agua funciona muy bien.

 F.C.– Es raro encontrarse a un escritor de tu edad que no tenga por detrás una trayectoria de mucho cuento.

 G.A.– Pues yo soy un escritor joven sin mucho cuento por detrás. He escrito cuentos cuando estaba en La Escuela de Letras y aquí en el Hotel hice el primer Máster que hicimos hace seis años y solamente hacía los cuentos de clase. Ahora he publicado un cuentito en una antología en la editorial Demipage, que celebra sus diez años de vida. Cuando el editor,  David Villanueva me lo pidió, le decía: David, no he escrito un cuento en mi vida, no tengo ni idea de cómo se hace esto, yo me pongo a escribir y me salen treinta páginas. Al final me salieron diez y tuve que dejarlo en cuatro. A la gente le ha gustado el relato y yo creo que es porque para dejarlo en cuatro páginas tuve que quitarle hasta determinantes. Ha quedado ingenioso. Pero no, cuentos tenía los que escribía para clase y siempre buscando fórmulas y cosas de esas. Pero yo empecé a escribir y ya empecé con novelas. A los dieciséis años escribí doscientas páginas de una novela imposible de soportar pero que, bueno, fueron doscientas páginas escritas a mala uva. Diario de hojas secas, se llamaba, te puedes imaginar. Las lamentaciones de un adolescente, pero, bueno, ya eran doscientas páginas de principio a fin. Siempre he tenido tendencia a intentar hacer novelas. De poesía tuve algo, aunque luego no se publicó nada, pero durante un tiempo la escribí bastante.

F.C.– ¿Y ahora?

 G.A.– No, hace ocho años o así que no he vuelto a escribir un poema. Supongo que me frustré.

 F.C.– Vamos con el test ¿Qué es escribir?

G.A.– Bufff, despertarse sin resaca.

 F.C.– Para qué escribir.

G.A.– Buffff [este es un buff mucho más largo] ¡Santo cielo! Para qué escribir. Para nada. Sólo si te libra del suicidio. Si ordena.

 F.C.– ¿Lo dejamos en para nada?

G.A.– Para nada a menos que te libre del suicidio

F.C.– La tercera de Sartre es ¿Para quién se escribe? pero nosotros, a veces, la cambiamos por ¿Quién escribe? Puedes escoger.

 G.A.– [Esta vez muy rápido] ¡Escribo yo! ¡Escribo para mí! ¿No? [Pausa] ¿Quién escribe y para quién escribe? Rafa Reig dice que escribe un hombre en pijama para un hombre en pijama. Esa es buena. ¿Quién escribe y para quién escribe? En España ahora mismo creo que los autores para los autores.

 F.C.– Y tú como ves el panorama literario ahora. Como escritor joven.

G.A.– La literatura en sí la veo musculada y capacitada. Lo que veo más condenado cada vez es el medio, los canales de difusión, distribución, cantidad de publicaciones y lo que vendría siendo la relación objeto y cliente. Pero la literatura en sí creo que vive una época positiva y los autores que yo conozco de mi quinta me gustan, me parece curioso lo que hacen. Creo que el nivel de texto escrito es bueno, pero no creo que exista un verdadero negocio, salvo en la literatura de gran consumo. Quizás hay que hacerse a la idea de ello y dejar de quejarse. Quizás tenemos que hacernos a la idea de que es bastante tener la oportunidad de publicar y dejar de intentar vender lo imposible, a menos que se intenten escribir bestsellers. A mí me encantaría escribir bestsellers, pero no puedo.

F.C.– ¿Nunca te has puesto?

 G.A.– Ahora, con esto que estoy escribiendo a cuatro manos, intentamos que sea algo dirigido a unas ventas mayores, pero lo hago con alguien, porque yo solo sería incapaz de afrontarlo en soledad. Querer que el mercado sea otro cuando no hay cliente al que dirigirse lo hace complicado.

 F.C.– Un editor español dijo que ya no había literatura española porque todos vemos las mismas series de televisión. ¿Tú crees que vamos hacia ahí? ¿Crees que ya hemos llegado ahí? ¿No estás de acuerdo para nada…?

G.A.– ¿Un ejercicio patrio? Yo creo que sí, hay ciertas tendencias, aunque están cada vez más diluidas y si el mundo está en un proceso de globalización también afecta a la literatura. Ahora de repente aparecen superhéroes en nuestra literatura, porque está muy permeabilizada, pero sí creo que hay tendencias claras, por el tipo de prosa de nuestro lenguaje ya se dan diferencias respecto a otros idiomas. Hay una tendencia a la subordinada, a la adjetivación… quitando todos estos que son carverianos, pero es porque nuestro lenguaje lo pide. Y luego  hay muchos elementos en nuestra literatura del esperpento, de estar muy vinculada a las tramas, hemos tenido un revival bastante grande de literatura negra, pero casi siempre con zonas de nuestra geografía, haciendo retratos de nuestras ciudades, sobre todo de Madrid y Barcelona. Ahí sí se hace ejercicio patrio. ¿Tendencia general? No creo, pero tampoco creo que haya grandes grupos de autores con tendencias estilísticas. Hay grupos de amigos, por generación y tal, pero en general el autor va por libre.

 F.C.– Pues podemos dejarlo aquí. No sé si quieres añadir algo más. Un lema para la venta, a lo mejor. Algo así como; «Compre usted Leonardo porque…»

G.A.– Yo creo que es una novela divertida. Es una manera de acercarse a un tema dramático de una manera divertida. Si quieres ver a un hijo puta en acción, Leonardo puede cumplir ese hueco. Eso si es que alguien quiere ver a un hijo puta en acción.


Factor-critico-leonardo-finalLeonardo
de Guillermo Aguirre en Factor Crítico
 [artículo de Mateo de Paz], [artículo de Miguel Carreira]

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