El amante, de Harold Pinter

por Miguel Carreira

Irving Wardle utilizó el término Comedy of menace para referirse a las obras que, a finales de la década de los cincuenta, estaban escribiendo autores como David Campton o Harold Pinter. El término fue desactivado posteriormente, en buena medida por el propio Wardle y en buena medida también porque el uso del término se desbocó. Comedy of menace es un titular afortunado que hubo que desterrar porque explicaba nada y llamaba demasiado la atención, es decir, es un titular afortunado que hubo que quitar de en medio por ser un titular afortunado, en lugar del concepto teórico que se quiso hacer de él. Una categoría más que sucumbió a la inflación de etiquetas con las que, desde finales de los cincuenta, se empezaba a catalogar cada rasgo de cada corriente artística en una vorágine taxonómica que ha llegado hasta hoy, aunque es cierto que no en todas las disciplinas por igual. En cualquier caso, Comedy of menace sigue funcionando, pero si lo utilizamos, no como categoría, sino como epíteto.

En un hogar de época más o menos indefinida —la obra está escrita en los sesenta y buena parte de la ambientación lleva a pensar en esa época, por ejemplo, el tocadiscos que ocupa el espacio central— un hombre le pregunta a su esposa si su amante va a ir hoy a visitarla. Por el tono neutro del esposo, por el contraste entre la familiaridad doméstica de la escena y lo peculiar del diálogo, El amante se lleva desde el principio al espectador dentro de sus leyes específicas, dentro del universo de la obra.

Wardle decía que en la comedy of menace los personajes podían bromear sobre la situación mientras limpian un revolver. Aunque la analogía no se puede aplicar exactamente a El amante, aunque los personajes no bromean ni sacan las armas a relucir, enseguida empiezan a aflorar las amenazas. Algunas son muy sutiles. Al principio de la obra, cuando todo lo que sabemos es que el amante de la mujer es una circunstancia admitida por el marido, algunos reproches sutiles «¿Has llegado un poco tarde hoy» empiezan a cargar la violencia de la escena.

La entrada en escena del amante es como una nueva vuelta de tuerca. Si el engranaje de la maquinaria que une la obra con la realidad chirría (no en un sentido peyorativo, sino en la forma estruendosa de hacerse notar) nada más arrancar la obra cuando el marido pregunta tranquilamente por el amante de su mujer, la entrada de este vuelve a girar las tuercas y vuelve a hacer resonar el chirrido de lo que allí ocurre. Hay una impresión física de que en ese momento la obra entra en combustión, de que una serie de pistones empiezan a funcionar. Es como si la primera escena hubiese puesto, tras los actores, un papel pintado en el que se muestra un mundo muy similar al que consideramos nuestro, pero con ligeras variaciones que estamos dispuestos a consentir. Luego, con el amante, un segundo telón se superpone a este, con nuevas variaciones, modificando más algunas de las siluetas del telón inicial o añadiendo detalles nuevos.

Empieza en adelante una sucesión de movimientos que no se sabe si son adiciones o de desnudos, en los que no se sabe muy bien si son máscaras que caen o máscaras que se recobran. La obra empieza a pivotar alrededor de la relación entre un hombre y una mujer, cuyos comportamientos, perspectivas y visiones cambian con sus nombres y sus títulos.

El amante se estrenó por primera vez el 28 de Marzo de 1963. Aunque se cumplen sesenta años de la obra la directora, Susana Gómez nos cuenta que la coincidencia de fechas es casual, que el proyecto llegó por iniciativa de la pareja protagonista, Sara Niego y Gustavo González. Para esta representación se ha preparado una nueva traducción del texto, más acorde para el público español que la traducción argentina de Losada.

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Por el impacto que supone para la representación no se puede hablar de esta puesta en escena de El amante sin pasar por su escenario. La obra se representa en un pequeño espacio madrileño llamado La casa de la portera, cuya gran peculiaridad es que se trata de un piso reconvertido en teatro. Pero el objetivo no es reducir un teatro convencional, es decir, no hay un espacio específicamente destinado a la representación, sino que la obra transcurre en la casa mientras el público se sitúa alrededor. El escenario se mantiene fijo y es el público el que se mueve de una estancia a otra cuando la obra lo requiere.

El cambio en el espacio escénico lleva a readaptar el planteamiento de la obra. Como casi siempre, cuando el cambio es brusco, hay cosas que se ganan y cosas que se pierden. El espectador pierde perspectiva y, en consecuencia, pierde la carga de significado que establecen las distancias entre los personajes. También pierde su posición privilegiada. Hay ocasiones en las que el espectador no estará seguro de a dónde mirar. Uno casi espera que lo dirijan también en el transcurso de la obra.

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A cambio se gana exactamente lo mismo. La desorientación del espectador no deja de ser uno de los efectos que se persiguen. No estoy seguro de que este mismo espacio pudiera ser funcional para otro tipo de piezas. No estoy seguro de que pudiese funcionar Yerma, por ejemplo, y mucho menos una obra de teatro clásico. Si alguna de estas funciona, deberá ser a costa de una transformación notable en el planteamiento de la puesta en escena.

En ese sentido esta El amante no deja de ser una representación tradicional en un espacio atípico. Y lo cierto es que funciona, bien impulsada por el trabajo de los actores. Sara Nieto deja una actuación regular y irónica mientras que Gustavo Gonzalo, que quizás arranca con un registro menos convincente, crece con la obra hasta completar un trabajo muy apreciable que completa una interesante propuesta.


factor-critico-el-amante-finEl Amante
Dirección: Susana Gómez
Interp: Sara Nieto y Gustavo Gonzalo
La Casa de la portera http://lacasadelaportera.com/
Todos los Lunes de MARZO.
Dos pases: 20h y 22h.
Duración: 1h.

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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