ARCO 2013; El pabellón 8 o la esencia del arte contemporáneo

por Miguel Ángel Mala

Acabo de volver de mi visita a la feria de Arte Contemporáneo de Madrid ARCO 2013, instalada en IFEMA. No soy pintor, ni escultor, ni artista audiovisual y tampoco he estudiado Historia del Arte. De modo que todo lo que diga en este artículo es susceptible de ser una tontería y si alguien tiene prejuicios contra mi forma de entender la contemporaneidad del arte, puede dejar de leer AQUÍ.

Para los desprejuiciados argonautas que se internen en el siguiente texto, sólo quiero avisar de que voy a decir lo que me salga de los cojones. Ni más ni menos. No habrá falsas alabanzas ni discursos manidos ni un mínimo conocimiento de quién es Juan Muñoz o qué significa su famosa ratonera. No habrá partidismos ni corrientes ni términos como «matérico», «low budget», «body art» o «assemblage». Puede que no haya ni siquiera ideas válidas. Pero será mi sincera opinión sobre lo que he visto, oído, olido, degustado y tocado en los pabellones 8 y 10 del IFEMA.

Nada más llegar diseñé en mi cerebro un recorrido helicoidal para ver TODAS las casetas, que más o menos era así:

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No quería perderme una sola de las obras, por pequeña e insignificante que fuera. Y a lo largo de las cuatro horas que tardé en agotar el pabellón 8 fui almacenando en mi memoria TODAS Y CADA UNA de las obras que encontré a mi paso. También memoricé los nombres y apellidos de los artistas y de las galerías que presentaban las obras, las dimensiones y materiales de las mismas, así como fechas, Copyrights, marcas patrocinadoras, ¡incluso el número de enchufes, alargadores y botones contraincendios! Durante los tres o cuatro minutos en que pude conservar tantos datos en mi memoria, tuve a mi disposición un corpus sobre el que trabajar concienzuda y admirablemente. Por supuesto, muchas de las conclusiones que saqué se han perdido, pero conseguí apuntar algunas en mi libreta de notas.

La primera es que la repentina revelación de recorrer en forma helicoidal el pabellón no fue, ni mucho menos, producto de la mera casualidad. ¡Hallé pruebas incontestables de que mi intuición estaba relacionada con obras de artistas que han expuesto en la feria, como Adolfo Barnatán en Buscando una constelación, que se basa en una hélice!

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Vi más obras que refrendaban mi teoría, tanto en tres dimensiones como en la bidimensionalidad de una fotografía, donde una helicoide asciende las laderas de un montículo de forma sospechosamente túrgida:

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Entonces pensé —y anoté— que ésta, por fuerza, debía ser la primera de una serie de intuiciones que me llevarían con éxito a desentrañar la esencia del arte contemporáneo.

La segunda, y quizás aún más deslumbrante conclusión, es que todas las corrientes del océano del arte están sufriendo un proceso de aglutinamiento, apelmazamiento o fundición en sentido circular, como si el helicoide anteriormente descrito sólo fuera el primer paso hacia un círculo perfecto, o para ser exactos un conjunto de círculos concéntricos que se superpondrían unos a otros como los colores de las banderas en las alas de un avión de la Segunda Guerra Mundial. O, por expresarlo de forma aún más clara, como si colocáramos cualquier objeto sobre la superficie de un plato de giradiscos inmenso, que en su movimiento rotatorio produciría bandas de colores, lo que podríamos denominar un «disco conceptual de objetos reales». Y en efecto, la obra Nazar Boncugu de Gavin Turk da testimonio irrefutable de que esto está sucediendo.

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¿Y por qué está sucediendo? La explicación es casi obvia.

Por la globalización.

Ya no hay fronteras, no hay clases, no hay distancias. Como vemos en el siguiente mapa de Daniel Medina, Bagdad se emplaza en el centro de los Estados Unidos.

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¡Vivimos en la Torre de Babel, señoras y señores! ¡Una torre que –me atrevo a señalar– tendría la planta circular y una escalera helicoidal que ascendería hasta el mismísimo cielo! No quiero abusar de la metáfora antes descrita, pero ¿qué es eso sino un disco de vinilo que gira en un tocadiscos imaginario? ¿Y qué música se escucha? La música de la antiaftermegapostmodernidad –con perdón–.

Esta música es minimalista, por supuesto.

La tercera conclusión es que, en este proceso, todo se mezcla siguiendo dos leyes físicas: la del color y la de las figuras geométricas. Así se aprecia en la performación sobre gomaespuma de Carmen Perrín, titulada Des captures:

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Tal y como la física descubrió hace algunas décadas, los fractales cimentan la arquitectura de la naturaleza. Un mosaico geométrico no hace más que imitar la disposición de los granos de una granada, las celdillas de un panal o las ramificaciones de inflorescencias, arborescencias y raigambres en las plantas.

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Y el artista contemporáneo busca el infinito –el cielo de la Torre de Babel– en tales estructuras, como Iván Navarro en Hopelessness, enfrentando dos espejos –uno de ellos transparente por una de sus caras– para obtener una imagen interminable, en la que el neón ensalza el mensaje, desesperanza, que utiliza el color verde para ironizar sobre el término que niega.

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¡Porque la ironía, el humor, la parodia, son las únicas armas con que enfrentarse a la crudeza de una realidad demasiado viva y envolvente, en exceso compleja y reticulada para poder controlar!

Por ello, el artista recurre al trampantojo, mezclando de nuevo color y geometría, como es el caso de Jesús Soto, que dice textualmente:

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En vez de negar el espacio, busqué utilizarlo.

¡Y por fin vamos a llegar a la cuarta y demoledora conclusión, que es la incapacidad del hombre para comprender ese abismo de datos, ese maremágnum –con perdón– de complicaciones que se le viene encima. ¿Y cómo lo hace, aparte del humor?

Recurriendo a los inventarios o enumeraciones caóticas, tal y como hacía Borges en literatura, imitando algunos de los mejores cuentos chinos y otros de Las mil y una noches. Esto hace Michael Landy en Saint Jerome Tormented by Memories of the Dancing Girls of Rome.

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El artista reúne en sus cuadros elementos variopintos, dándoles entidad de conjunto. Crea, por así decirlo, un universo en el que todo parece cerrado, aunque es evidente que, en realidad, sólo manifiesta su incapacidad para abarcar lo existente, como Eduardo Arroyo en Dictionaire imposible.

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Y no sólo eso, sino que necesita mezclarse con su secular antítesis, su antagonista más sobrio y esquemático, su enemigo number one: la ciencia.

Así, el arte incluye estudios forenses, anatómicos, mecánicos, hidráulicos y electrovoltaicos para sobrepasar la última frontera, superando lo que parecía imposible y alcanzando en su búsqueda insaciable el extremo opuesto del conocimiento humano. El arte absorbe a la ciencia, la fagocita y convierte en su aliada, dándole un papel estelar en muchas de sus creaciones. ¿Y por qué es así –me pregunté yo–?

Porque el arte quiere expresarse a sí mismo.

Necesita absorber los esquemas, las glosas, los recuadritos que surgen de una línea para indicar en un dibujo anatómico qué es el bazo, qué el hígado, qué el encéfalo o el músculo liso. ¡Necesita que lo comprendan con la exactitud con que se interpreta una fórmula matemática! ¡Ah, escúchenme bien, porque no lo repetiré dos veces!:

¡La principal frontera son los demás!

Sí, señoras y señores, los demás y sus organismos, los que no son ni serán, con suerte, nosotros mismos, son la gran frontera que nos limita! ¿Y cómo la superamos? Mediante la palabra, la PALABRA que define con precisión lo que queremos decir, y siglos después de que la ciencia hubiera recurrido a la palabra para descifrarse, el arte recurre a la explicación científica para hacer lo propio. Veamos este singular fragmento de un mural de Álvaro Oyarzún:

factor-critico-arco-13Y así, se llega incluso a usurpar la entidad del documental científico para expresar ideas de tinte filosófico-político, tal y como hace Diego del Pozo en su obra Aprendiendo física, que tuve el honor de audiovisualizar durante varios minutos de sobrecogida emoción. ¡Allí se reunía, en un mismo saco, la astronomía ptolemaica, la copernicana, la galileana con la cartografía, la agrimensura y el barómetro de la Bolsa de Madrid!…

En este punto las notas de mi cuaderno se vuelven incomprensibles y poco después se terminan. Mi memoria, literalmente colapsada por las increíbles revelaciones que acabo de transcribir, dejó de funcionar. Así que muchos de los datos se perdieron, otros pasaron a formar parte de mi registro de nombres propios y otros los pronunciaré en sueños a lo largo de los próximos días, una especie de erupción terminológica que me acontece siempre que recurro a memorizaciones masivas como ésta.

Sé que muchos de los lectores querrían saber cuál fue la continuación de mi periplo por el pabellón 10, pero no me siento con fuerzas de abordar tal empresa hoy. Cuando las tenga, prometo hacerlo, y serán ustedes los primeros testigos del método que utilicé –distinto del anterior por completo y basado en la ingestión de etanoles de alta graduación– para acceder al conocimiento supremo de la creación artística contemporánea.

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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