Raquel y Rachid; Alberto de Casso

Hacia un nuevo realismo

Comienza la obra. África Hurtado, Raquel, aparece de espaldas al público, sentada en una silla negra. Está revisando papeles cuando surge Julio Alonso, Rachid, de las tinieblas del fondo del escenario. La luz es más bien pobre pero suficiente. Se saludan, uno descubre que están en un centro de educación para adultos, en una clase de español para inmigrantes. Cuando hablan no parece que lo estén haciendo para nadie. Uno tiene la sensación de estar de más, de ser un infiltrado en la conversación de dos semidesconocidos y eso casi es voyeurismo o lo es en toda regla, porque es como si todo el público no estuviese allí, como si no estuviésemos presenciando una obra de teatro sino una escena de la vida real.

Esto no debería ser raro en un teatro.

 

Desde que André Antoine acuñó el término de cuarta pared refiriéndose al espacio vacío que queda entre el público y el escenario, uno debería tener a menudo la sensación de estar asistiendo a un momento íntimo en el devenir cotidiano de una familia o de una pareja o de quien sea. Una rebanada de vida cortada con celo exquisito por las manos de un autor teatral y servidas en formato de espectáculo por un director y unos actores y unos técnicos de luces y sonido. Quizás esa fuera la sensación del público europeo ante las obras de Ibsen o de Chéjov o del propio Strindberg a finales del siglo diecinueve. Quizás esa fuera la sensación del público ante las obras de Arthur Miller o de Tenessee Williams o de Horton Foote en la Norteamérica de los años cincuenta.

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Pero esas obras a uno ya no le parecen del todo realistas.

Le parecen efectistamente realistas.

Le parecen acolchadas y psicológicas, las primeras. Desgarradas y algo excesivas, las segundas. Algo así como flores de papel en un jarrón chino que aún conservan un aroma antiguo a rosas.

Porque en esas obras hay muchas trampas.

Y no es que las trampas sean ajenas a la literatura, sino que las trampas, por definición, son ajenas a la realidad y eso es poco realista. A no ser que creamos en un Dios aficionado a las artes con alma de poeta, dedicado a tejer complicadas tramas invisibles entre sus criaturas y objetos, pero esa cuestión deberíamos dejarla a alguien que pudiese comprender esa obra ilimitada. A mí, la realidad me parece muy poco tramposa, porque nadie la manipula.

 

Las conversaciones entre las personas pueden tener un objetivo, pero no creo que sea el de continuar una trama y darle un final adecuado. Las personas tienen intereses y se conducen según éstos intereses o principios o gustos, no hay mucho más. Se rigen por necesidades y vínculos afectivos, instintos y algo de razón bien dosificada. Y eso  es lo que uno ve en Raquel y Rachid.

 

Los dos personajes mantienen un ten con ten de hora y media en el que no hay una orientación marcada, y si la hay no está demasiado clara. Son seres que se encuentran y hablan y discuten y se quieren y se odian a ratos. Nadie puede aprender mucho de ellos, ni sacar una conclusión clara de lo que REALMENTE son. Eso es lo que sucedería con dos personas en una conversación de hora y media. Uno jamás podría deducir qué piensa sobre algo o quién tiene delante. Sólo podría extraer una idea vaga de la persona con la que ha hablado y compartido algo de tiempo y energía.

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Este tipo de realismo lo había visto antes, en ciertas películas y en ciertos autores de teatro o de cuentos. En sus primeras obras, Pinter presenta personajes en momentos cotidianos, gente que podrían ser asesinos o delincuentes y cuya sombra de maldad a veces planea sobre su ser más normal y correcto. Salinger tiene un cuento en el que los diálogos son deliciosamente banales, llamado “Justo antes de la guerra con los esquimales”. Soderbergh dirige Bubbles en 2005 y vemos seres anodinos que viven vidas anodinas sin nada de poesía, aunque finalmente hay un asesinato y eso tensa la trama, pero en esencia todo está tan despojado de trampa que parece real. Son obras en las que se experimenta un paso hacia delante en el realismo de finales del siglo veinte y principios del veintiuno. Quizás Raquel y Rachid vaya aún más allá, porque creo que hay todavía menos retórica en esta obra que, precisamente por ello, es encantadora.

 

Los dos actores trabajan el texto con mucha valentía. Salen al escenario dispuestos a ofrecernos un diálogo en el que no se llegará a ninguna parte, nada complaciente y del que nadie podrá extraer ninguna conclusión clara, y esto es difícil porque ellos NO SON Raquel y Rachid. Y sin embargo, uno llega a creer que lo son, que tiene delante a dos personas que se llaman así y que hablan y discuten y se odian y se quieren por turnos como cualquier hijo de vecino haría con un semidesconocido con quien tiene el placer o la necesidad de pasar unas horas, una de esas intimidades forzadas que tanto nos trastornan cuando no estamos hechos del todo y nos vemos obligados a cuestionarnos.

No hay más.

Por eso me parece maravilloso.

 

por Miguel Ángel Mala


raquel-y-rachid-factor-critico-finalTeatro Lagrada : 29 y 30 noviembre, 21 horas y 1 de diciembre, 20 h

Teatro Liberarte:  6, 7  y 13, 14 de diciembre, 21 horas

Raquel y Rachind
Alberto de Casso
Reparto: Africa Hurtado, Julio Alonso

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