Más lecturas no obligatorias, de Wislawa Szymborska

por Miguel Carreira

 «No conviene vivir desperdiciando toda nuestra fantasía en cuestiones prácticas»

Wislawa Szymborska

El año 2012 será en la historia de la literatura universal el año que perdimos a Wislawa Szymborska. Una de las voces más originales, lúcidas, irónicas y entrañables de la literatura, de nuestra literatura. No de la polaca, la letona, la canaria o la de Bangladesh. Szymborska es una gran voz de la literatura de nuestro tiempo, de la época que nos ha tocado leer.

Szymborska es una de esas autoras que hay que leer y hay que recomendar, con una alegría y una despreocupación que hoy, sobre todo en poesía, es muy rara. Yo no sé con cuántos poetas se puede ir a tiro fijo de la forma con la que vamos con Szymborska. Probablemente Szymbroska es el último milagro poético, porque en un género en el que siempre hay que tener pies de plomo, en el que nunca se puede estar seguro de si una recomendación va a gustar o caer en saco roto —es tan difícil la poesía de hoy, mire usted, es tan subjetiva, tan técnica, tan metafísica, metalingüística, metaficcional y meta usted el resto de metaloquesea que le parezcan adecuados— que a lo mejor ya sólo nos queda Szymborska como poeta que pueda recomendar a cualquiera, a ciegas, sin temor de fallar el tiro.

—¿Te gusta la poesía?

—No.

—No has leído a Szymborska.

—¿Te gustan los nombres raros y muy largos?

—No.

—Pues te toca aprenderte éste: Wislawa Szymborska una bala de plata que la poesía se tenía guardada.

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Dicen que la poesía es un género de juventud. Que la madurez se inclina más hacia la novela. La poesía suele depender más de la imaginación, incluso de la capacidad de desbocarse de la imaginación, que es una facultad típicamente juvenil. Incluso podríamos ir más lejos y decir que la imaginación es una cualidad típicamente infantil, pero que necesita de un mínimo de capacidad técnica para encauzarla hacia algo mínimamente productivo. A mí la poesía de Szymborska que me gusta es la de madurez, y esto no es un argumento contra la tesis anterior. La poesía de Szymborska tiene un sabor prosaico que mezcla bien con la textura de su humor.

Más lecturas no obligatorias no es un libro de poesía, sino de crítica breve. Yo creo que por ahí es por donde va una parte de la ironía del título, que juega con el hecho de que Szymborska es, sobre todo, conocida por su obra poética y también con el hecho de que absolutamente todo lo que ha escrito debe ser leído, de forma obligatoria y con seriedad sacramental, es decir, debe ser leído con ese grado de seriedad con la que se lee a los autores que parece que no escriben nunca en serio del todo. Más lecturas no obligatorias es el título que continúa Lecturas no obligatorias, también publicado por Alfabia, que se ha empeñado en publicar la obra en prosa de Szymborska.

Aunque no es ortodoxo ni prudente comparar dos libros, porque siempre la comparación depende de múltiples factores y, entrar en juicios valorativos desemboca fácil o inevitablemente en alguna injusticia, éste no es el caso. Si quieren una recomendación clara, Lecturas obligatorias tiene cincuenta páginas más que Más lecturas obligatorias, así que Lecturas obligatorias es cincuenta páginas mejor que Más lecturas obligatorias, del mismo modo que Más lecturas obligatorias es doscientas páginas más divertido, interesante y ameno que prácticamente cualquier libro que se le pueda ocurrir en este momento. Ustedes no se hacen una idea del alivio que supone poder introducir verdades matemáticas irrebatibles en un texto de crítica literaria.

Esta comparativa matemática es exagerada, claro, y no debe tomarse muy en serio. Pero no es del todo desorbitada y es seguramente la parte más veraz de todo este texto.

A pesar de todo, hay algunas cosas que se echan en falta en el libro. Falta, por ejemplo, un poco más de información sobre cada una de las reseñas. No  información exhaustiva, sólo un poco más de apoyo para el caso de que el lector quiera saber más sobre alguno de los textos. Saber, por ejemplo, en qué periódico apareció originalmente la reseña. Tampoco creo que le hubiese venido mal al libro una pequeña introducción. Imagino que la editorial ha pensado que, a estas alturas, una introducción sobre Szymborska es un poco reiterativa, especialmente cuando se está embarcado en un trabajo de edición de la obra del autor. Entiendo la postura, pero no la comparto. Igual que no comparto —por mucho que la costumbre refrende la práctica— insertar un índice que remite a títulos que, en muchos casos, dicen poco que recuerde al lector el contenido del texto. Habría venido bien añadir, aparte del título de la reseña, el del objeto reseñado, por ejemplo. Quizás dividir las reseñas por temáticas o buscar alguna forma de articulación que hiciese el libro más manejable.

Decía T.S. Elliott que todos los grandes escritores de la modernidad (como sabe el lector, en literatura, la modernidad es una cosa del pasado —aunque nos lleva años de ventaja en muchos aspectos— pero éste es un tema en el que no podemos extendernos ahora) han sido a su vez críticos. Aunque Elliott también exageraba —la verdad es Elliott exageraba casi siempre— sí es cierto que, a partir de un cierto momento, la reflexión sobre la literatura saltó desde un medio el que, presumiblemente existió siempre —como pueden ser las discusiones con los amigos o la mente del propio autor— al papel.

Es muy posible que la mayoría de escritores, ya antes de Elliott, tuviesen por costumbre leer de vez en cuando. Tenemos que tener en cuenta que estamos hablando de una época en la que no existía la televisión, ni Internet, ni se hacían presentaciones de libros. Si admitimos la posibilidad de que los escritores leyesen antes de Elliott, entonces podremos admitir también la posibilidad de que dichos escritores se formasen una opinión sobre lo que leían. Lo que Elliott señala no deja de ser la consecuencia obvia de un sistema de producción que estaba condenado a decidir cuán lamentable resultaba perder esos valiosos comentarios, que quedaban desparramados en la mesa de una taberna o incinerados en el candil con el que se alumbraban las páginas por la noche. Es decir, en la conversión de los escritores en críticos, es posible que haya tenido mucho que ver el interés de las editoriales por aumentar el rendimiento de los nombres más conocidos por los lectores. Puesto que no es fácil convencer a un autor para que termine una novela más deprisa de lo que él pretende —a excepción de Balzac, que lo hacía con gusto—, es de suponer que los editores pensaron que sería bueno que sus autores diversificasen su producción volcando en negro sobre blanco esas larguísimas parrafadas con las que opinaban sobre libros, colegas, maestros, rivales, etc.

Por supuesto, esos comentarios, pensamientos y reflexiones de los escritores sobre la literatura, al pasar de la palabra al papel y al cambiar su registro de la conversación —pública o privada— a la lección —que es a lo que tiende necesariamente el texto escrito— tuvieron que adaptarse poco a poco al nuevo medio. Sobre el papel todo está un poco más medido, todo tiene algunas pretensiones. También el tiempo es distinto.

En cualquier caso, no todos los escritores son críticos cualificados. Mucho menos a la inversa, claro, muchos críticos son escritores infames. En cine la cosa ha funcionado mejor, no sé por qué. Dicho lo cual, si tiramos por la calle de la lógica y tenemos las proposiciones: «Todos los escritores escriben crítica» y la proposición: «Algunos escritores son críticos cualificados» llegamos a la conclusión de que algunos escritores no son grandes críticos. Esto no lo digo yo, es una conclusión lógica e irrefutable.

Si nos centramos en aquéllos que sí son buenos críticos el asunto se complica bastante. Para empezar, porque el término «crítica» incluye varias disciplinas, que no están del todo diferenciadas entre sí. Podemos decir que esas disciplinas dibujan el espectro que va desde los modelos teóricos abstractos (aquellos que, de vez en cuando, se acuerdan de que existe la literatura, pero que, si descienden para aplicar sus modelos sobre lo literario a casos prácticos no tienen grandes argumentos para distinguir un poema de Keats de un chiste de Lepe) hasta los resúmenes de libros en los blogs de Internet.

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Desde Elliott, e incluso antes de él, ha habido escritores metidos a críticos que se han inclinado hacia uno u otro de los extremos. Algunos se han embarcado en artefactos teóricos aunque es cierto que no conozco ninguno que haya llegado a grados ridículos de independencia respecto a los textos. Otros han preferido una crítica más impresionista, menos intelectual. Es el caso de Szymborska, que presenta aquí un conjunto de reseñas breves donde la gracia no está tanto en el objeto sobre el que trata —algunos de los libros serán rarezas para los lectores hispánicos— como en la crítica en cuestión. Más lecturas obligatorias es un libro perfecto para leerlo con gusto, no acordarse de un solo nombre al terminar y pasar un rato expuesto al influjo de una prosa perfecta.

Por ahí nos encontraremos, por ejemplo, con la reseña de una nueva traducción de Horacio al polaco. Un tema que, en sí mismo en España sólo puede interesar a eruditos y aún diría que sólo a una especie concreta de eruditos, no precisamente la más atractiva. Esta reseña va acompañada de una reconstrucción abocetada sobre los linajes y escuelas de traductores polacos, asunto que tampoco resultará mucho más sugerente al lector hispánico. Pero, atención. Nada más terminar esta reseña, tenemos otra que trata sobre Hašek y que empieza con esta recomendación:

«Sea quien sea, el crítico literario debería creer en fantasmas. El miedo a que, de repente, a medianoche, se abra la puerta y aparezca el espíritu del escritor al que se está examinando podría resguardar a los exegetas de no pocos disparates».

La conclusión es que no podemos tener la guardia baja. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de una de las voces del siglo, y que la liebre puede saltar a cada párrafo. Leer a Szymborska es como ir al ballet o como ver jugar a Zidane. No importa mucho el tema o el resultado. Lo que resulta atractivo es la perfección del movimiento que, incluso en la traducción —aquí sin duda tiene que ver la buena labor de Manuel Bellmunt— tiene un encanto que tenemos que considerar innato en Szymborska, puesto que no conozco ninguna traducción de la gran poetisa polaca que haya conseguido destruirlo.

Esta reseña sobre Hašek de la que hablábamos después, resulta que no trata realmente sobre Hašek, sino que trata acerca del trabajo de Radko Pytlik sobre Hašek. Yo de Radko Pytlik no sé nada y puede que esta ignorancia mía resulte de lo más lamentable, pero a tenor de lo que veo en Internet es una carencia que se puede disculpar en cualquiera que no tenga ciertas nociones de checo. Lo único que sé sobre Radko Pytlik es que preparó un libro sobre Hašek en el que incluyó algunos comentarios y partió de algunos enfoques que a Szymborska no le parecieron adecuados. Sin embargo, es lo que tiene escribir bien, a día de hoy, después de haber leído esta reseña diminuta que le dedica Szymborska, yo estoy dispuesto a defender, y si hace falta llegar a las manos, el hecho de que Radko Pytlik es un botarate que leyó a Hašek y no se enteró de nada. Puedo jurar con total convicción que Szymborska hace muy bien en zarandearlo y en dedicarle un par de esas puyas suyas, que uno se imagina siempre que se lanzan empujadas desde una sonrisa tranquila y con una taza de té en la mano, muy cerca de la nariz.

El humor de Szymborka surge del mismo sitio del que surge habitualmente el humor de altura, es decir, de la misma altura, de la distancia. Szymborska coge un libro, da un paso atrás y observa lo que hay dentro desde la perspectiva que proporciona la habilidad de levitar cinco o seis metros por encima del mundo. Si, por ejemplo, el libro trata sobre Homero y el autor se empeña en buscar en él verdades geográficas irrefutables (hasta el punto de pretender atribuir a Homero un conocimiento minucioso de las costas mediterraneas) Szymborska retrocede graciosamente un par de metros y se pregunta qué consideración tiene de Homero alguien que necesita ir tan lejos —y por un camino tan incierto— para justificarlo. Esta pregunta, en realidad, Szymborska no la hace de forma literal.

A partir de ahí hay otra pregunta consiguiente: qué concepto podemos tener nosotros de alguien que, en tanto que autor de un libro sobre Homero, sostiene tal juicio sobre el supuesto ciego griego. Esa pregunta Szymborska no la hace. La disuelve a lo largo de un texto que sabe a esa pregunta desde el primer trago, pero no nos obliga a engullir un tropezón grosero de escepticismo.

De vez en cuando, Szymborska se deja llevar por su buen humor e intercala bromas más evidentes. Esto viene muy bien, porque cambia el ritmo y también porque consigue evitar que el humor de Szymborska resulte afectado, tal y como pasa en algunos libros ingleses.

 «Oginski, como es bien sabido, compuso las polonesas de Oginski. Pero es muy posible que la mazurca de Dabrowski sea también de Oginski».

Cosas así.


factor-critico-mas-lecturas-no-obligatorias-finalMás lecturas no obligatorias
Wislawa Szymborska
Traducción de Manuel Bellmunt
Alfabia
ISBN 978-84-938909-9-5
Barcelona, 2012
200 pp

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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2 comentarios sobre “Más lecturas no obligatorias, de Wislawa Szymborska

  • el 20 noviembre, 2012 a las 14:19
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    ¿Acaso alguien puede no caer rendido ante el poder de esta mujer? Leí las Lecturas no obligatorias (http://banquetealatropa.blogspot.com.es/2011/06/por-que-resenar.html) y me quedé patitieso. Me gusta el análisis que llevas al campo ce la crítica, aunque yo creo como tú que el plano de Szymborska es otro, distanciado pero emocional a la vez, en cierto modo aplicando un raciocinio que sin embargo niega la aproximación intelectual a los libros, ¿no? Todo ello no tendría más trascendencia si no fuera por lo cálido y cercano de sus propuestas, por la ironía tan sutil, y, sobre todo, por el curioso bienestar que al menos a mí me proporciona.

  • el 21 noviembre, 2012 a las 18:02
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    Con esta mujer directamente estoy rendido. He leído alguna entrevista que le hicieron y parece que esa forma de escribir, un poco tierna, un poco irónica, con su dosis de mala leche encantadora… todo eso era ella. Hay una anécdota, un poco tonta, pero que a mi me encanta. Cuando le dieron el Nobel empezaron a invitarla a dar charlas fuera de Polonia y parece que ella siempre respondía: “Cuando sea más joven”.

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