La corrupción como una de las malas artes; El síndrome de Alí Babá de Mª Ángeles López

 por Miguel Carreira 

Para hablar de El síndrome de Alí Babá, vamos a empezar con una pequeña escena de introducción. La idea es que la escena funcione igual que esos minutos previos que hay al principio de las películas de catástrofes, antes de los títulos de crédito, y que sirven más para dar la clave del ambiente que para avanzar en la trama. En realidad, en estas películas no hay trama o hay una trama muy ligera, y esto de por sí ya es bastante distinto de lo que vamos a ver en El síndrome de Alí Babá, donde hay tramas por todos lados. El síndrome de Alí Babá, le pongo sobre aviso, trata de la corrupción en la política española, así que hay más entramados que en una alfombra persa.

Pero vamos a nuestra película, e imaginemos que la película en cuestión trata, por ejemplo, de la aparición de un terrible virus que asola a la raza humana. En esta película, la escena introductoria sería más o menos así. Tendríamos una carretera americana, y una cafetería en esa carretera. Una de esas cafeterías que en las películas de Hollywood nos presentan como paradigma del podríapasarencualquierparte y el ustedyahaestadoahiysabequeestelugarexiste. Los americanos esto lo han hecho tan bien en las películas que nosotros, que a lo mejor no hemos estado nunca en una cafetería en la que te sirvan el café con una jarra de cristal, sentimos esa sensación de yoestesitioyaloconozco en cuanto la cámara entra a través del enorme ventanal.

Como se trata de dar una sensación de normalidad, el camionero hace lo que suponemos que hacen los camioneros en las carreteras comarcales americanas. Bebe café en una taza con asa, toma algo llamado «tortitas», flirtea con la camarera y se despide de los parroquianos habituales que, cuando salen del bar, le palmean la espalda y le dicen una de esas frases que estamos totalmente convencidos de que es lo que dicen los camioneros americanos en las carreteras comarcales: «Nos vemos dentro de un mes», «No si el colesterol te mata antes», «Ten cuidado ahí fuera Joe». Cosas así.

Aunque sea una reflexión que no viene mucho al caso, se me ocurre ahora que he conocido a algunos americanos, pero ni uno solo que se llamase Joe.

De repente, los ojos de nuestro camionero se abren mucho y se quedan fijos. Nota una sensación extraña. Es algo que no sabe identificar muy bien, algo a lo que no le puede poner un nombre en ese mismo momento. Lo único de lo que está seguro es de que hay algo que no marcha bien. La camarera, que acaba de mandar a nuestro hombre a paseo –nada especial, Joe no se lo ha tomado a la tremenda, es parte del ritual que cierra sus flirteos habituales– lo mira con preocupación. Le pregunta si está bien. Joe, en lugar de contestar, empieza a convulsionar. Es una de esas enfermedades de película, una de esas enfermedades asquerosas que hacen que la gente vomite sangre y que los ojos revienten como uvas. Luego se desploma sobre el mostrador. La camarera grita. La epidemia está en marcha. La cámara sale por la ventana mientras el grito se desvanece. Entran los títulos de crédito. En nuestra película, no se trata de una enfermedad, pero sí de una epidemia. Nuestro camionero, se va a llamar Eduardo Zaplana.

Estamos en el año 1991, Eduardo Zaplana no es camionero ni es americano. Es abogado y vive en la Comunidad Valenciana. Desde el principio, Zaplana ha visto en la política una senda prometedora, un camino por el que uno puede hacer algo en esta vida. Eduardo ha seguido un camino que muchos recorrieron con él, el que llevaba de la deprimida UCD al remozado y vigorosamente democrático Partido Popular. Se hace con la alcaldía de Benidorm gracias a una moción de censura en la que contó con la inestimable colaboración de Maruja Sánchez, diputada tránsfuga a la que se conoce con el colorista nombre de La Bienpagá. Un año antes, Eduardo Zaplana había sido grabado en una franca conversación con Rafael Palop, en la que reconoce sin pudor que es un corrupto y que quiere hacerse rico. En realidad, no es que quiera, es que no le queda más remedio. En tono lastimoso gimotea que necesita hacerse rico porque tiene que comprarse un coche. La conversación se utilizó como prueba en el transcurso del caso Naseiro, pero la defensa consiguió inhabilitarla. No porque se discutiese la veracidad de la misma, sino porque dicha grabación se consiguió ilegalmente. Como el señor Zaplana tiene las mismas garantías que cualquier ciudadano en un estado de derecho, la grabación no se consideró válida y él mismo fue absuelto por falta de pruebas. La enfermedad empezaba a manifestarse. Parece un pequeño sarpullido, pero todo va a ir a peor. En España es tremendamente difícil probar un caso de corrupción. Hay que tener mucho, mucho cuidado con la forma en la que se consiguen las pruebas, porque España es un estado de derecho y todos los ciudadanos tienen derecho a ser iguales delante de la Ley y a exigir que las pruebas en su contra se hayan recogido siguiendo el procedimiento adecuado. La Ley es espectacularmente meticulosa en este asunto. En una ocasión –sólo una– se llegó a inhabilitar a un juez por esta razón.

Pero volvamos a las cosas de Eduardo. Decíamos que la cinta no pudo utilizarse como prueba en el juicio, sin embargo, el señor que hablaba era, indudablemente, Eduardo Zaplana y la naturaleza de la conversación no era cuestionable. Eduardo Zaplana, corrupto confeso, salió libre de aquel atolladero, porque hizo su confesión donde y cuando debía hacerla, en el margen oscuro de la Ley. Después se presentó a las elecciones y se hizo alcalde de Benidorm, volvió a presentarse a unas elecciones y se convirtió en presidente de la Comunidad Valenciana, dos veces. La segunda por mayoría absoluta. Eduardo estaba redimido, redimido por el más eficaz de todos los desinfectantes, por el baño purificador de las urnas. En política, en España, ésa es la verdadera Ley, la de las urnas. Luego lo hicieron ministro. Después diputado, portavoz, diputado… Cuando se cansó, dijo que quería fomentar la renovación en el Congreso, renunció a su puesto de diputado y se encontró, como quien no quiere la cosa, con un puesto en Telefónica. Su sueldo: un millón de euros, que no está nada mal. Claro, que es Telefónica. Allí los hay que cobran más. Entran los títulos de crédito.

El síndrome de Alí Babá es un libro con un punto veraniego. Incluso en la portada aparece un caballero plácidamente tumbado a la bartola. Ya se sabe que en verano todo es un poco más difícil. Hace calor, trabajar es más duro y el buen tiempo invita a pasear y a disfrutar del aire libre. En el verano no apetece ni ver la tele. Los programas son menos rentables, a las cadenas no les conviene gastar mucho dinero y tampoco meter mucha materia gris, de modo que es habitual que a alguna cadena se le ocurra uno de esos programas recopilatorios en los que se recogen las canciones del verano de los últimos veinte años, los mejores goles del mundial, las series de tu vida… cosas así. Son programas que uno puede ver sin dejar de dormir la siesta. Estoy seguro de que hay una fase del sueño específica para definir ese estado de duermevela estival. Sólo hay que tumbarse y escuchar canciones que ya conocemos, músicas machaconas y letras que, incluso antes de oírlas, ya sabemos lo que van a decir. El síndrome de Alí Babá tiene algo parecido. Es una especie de recopilatorio de canciones que hemos estado escuchando los últimos años. Cambia, eso sí, el espíritu con el que lo recibimos. Poco a poco, a medida que avanza el libro, en lugar de crecer el sopor lo que crece es una sensación de profundo malestar, que es el eufemismo que hemos escogido ahora para no decir aquello de que te pillas un cabreo de doce pares de cojones. Eso, a pesar de que ya has oído todas las canciones, a pesar de que más o menos, ya sabes de qué va la letra y cómo va a sonar la música en cuanto lees el título de cada capítulo.

El síndrome de Alí Babá no es un ensayo. Tampoco un libro de investigación. Yo creo que la definición que más se adapta es ésa, la de recopilatorio. No encontramos en él una narración acerca de los orígenes de la corrupción endémica que ha asolado el país. No propone una causalidad, aunque se apuntan algunos hilos, como, por ejemplo, la extraña opacidad de las cuentas de los partidos políticos, que algún día tendrán que contarnos cuánto dinero deben exactamente a los grandes bancos de este país. Hay propuestas sobre por dónde habremos ido en estos años, pero no una ruta definida. Tal vez porque no haya forma de dibujar esa ruta, porque hay demasiados factores implicados, porque la corrupción, en este país, no es un defecto del sistema, no es una tumoración, sino una parte del propio sistema y un sistema en sí mismo que consta de numerosísimos factores solidarios entre sí. Volvemos a la metáfora de la película sobre el virus letal. No es frecuente que en esas películas se muestre la forma en la que el virus se puede haber originado ni el modo en el que actúa. La idea es ir a lo espectacular, a la pandemia. La idea es ir directamente a la constatación de que, año a año, España se ha convertido en un país en el que la corrupción se ha convertido en una plaga feroz.

¿España siempre ha sido un país corrupto? Sí, como cualquier otro lugar del mundo. En cualquier lugar y en cualquier tiempo siempre ha habido quien se ha aprovechado del poder que se le otorga por su posición en un sistema determinado para enriquecerse a costa de perjudicar el bien común. Mª Ángeles López, que es una demócrata convencida y bienintencionada, tiene la previsión de arrancar el libro con un capítulo sobre la corrupción en tiempos de Franco, no sea que a algún iluminado se le ocurra mezclar churras con merinas y llegue a la conclusión de que la corrupción es una consecuencia de la democracia. En época de Franco, por supuesto, había corrupción, es más, aquella corrupción era, en algún sentido, más sangrante, porque añadía a su existencia el hecho de que estaba protegida por un poder excesivo y arbitrario que la hacía invulnerable. Pero también hay un sentido en el que la corrupción en tiempos de Franco resultaba menos insultante al español, que, cuando menos, no se sentía insultado por el pretexto de que el chorizo de turno estaba legitimado por el aplauso popular. En cierto modo, podríamos distinguir entre corrupción y abuso. Si el matón de clase le quita el bocadillo a los compañeros, no hablaríamos de corrupción. Si lo hace el profesor, a lo mejor estamos hablando de algo distinto. ¿Era Franco un corrupto? Por supuesto que sí. Quien lo dude sólo tiene que comprobar las propiedades del Generalísimo y su familia desde que entra en el poder hasta que sale de él con las piernas por delante y un buen saco de palacetes, fondos, depósitos, etc., injustificables en razón del sueldo que se le suponía.

El síndrome de Alí Baba propone la idea de que, con el final del franquismo, una nueva generación llega al poder. Sería exageradísimo decir que llega limpia de polvo y paja, pero es cierto que la transición supuso una época en la que la sociedad española veía los partidos políticos como representantes de una alternativa ilusionante a un sistema, el franquista, que, para casi todo el mundo, estaba agotado. Visto en perspectiva, el franquismo se había hecho imposible. Había sobrevivido por pura inercia en una Europa democrática, en la que era una rancia extravagancia, pero no una propuesta. El franquismo era algo así como un coche muy viejo y muy contaminante que sigue circulando por las calles y que Europa toleraba porque se suponía que se iba a parar tan pronto que no merece siquiera el esfuerzo de prohibirlo. Además, el coche sólo circulaba por una finca particular. ¿Para qué meterse en líos?

El franquismo sobrevivió porque consiguió o tuvo la suerte de que una serie de circunstancias convirtiesen sus debilidades en fortalezas. Franco estaba aislado, pero precisamente ese aislamiento lo hacía menos amenazador para las democracias europeas. No había ninguna posibilidad de que se extendiese y, por tanto, no era un peligro real para Europa. Por no tener, el franquismo no tenía ni siquiera una ideología que a alguien pudiese darle por imitar. Hubo que ponerle un nombre –aquello del «movimiento»– para envolver el regalo y que no se notase mucho que no había nada dentro de la caja. Había simpatías, claro. Había aquello de tirar en un momento hacia lo católico, en otro hacia lo falangista, pero ideología, lo que se dice ideología no había, a menos que se considere que es una ideología aquello de «ser como Dios manda», que te gusten los toros y llevar peineta. En cualquier caso, ninguno de estos elementos, incluido el catolicismo, corría el riesgo de extenderse por la Europa de los sesenta y setenta, lo cual permitió a la Europa de los sesenta y setenta sentarse cómodamente a esperar que el Régimen, en lugar de caer, se secase poco a poco. No se puede decir que fallasen en el cálculo.

El Régimen, entonces, agonizó con Franco y murió con Franco. Una coincidencia que venía pintiparada para hacer una transición tranquilita. Muerto el perro, se acabó la rabia, fallecido el caudillo los franquistas desaparecieron en masa. La mayoría de los que estaban dentro del Régimen, los que habían defendido el «movimiento» y esas cosas se dieron cuenta de lo que se había dado cuenta todo el mundo, que aquello tenía que cambiar de alguna forma. Se trataba de ver cómo iba a cambiar. Si el cambio iba a ser por las buenas o por las malas. Si habría muertos o no. Mientras esperaban a ver en qué paraba la cosa, se empezaron a formar los partidos políticos de la democracia.

Por un lado, estaba la derecha. La más afín al franquismo –pero que había entendido que el juego democrático era inevitable– se agrupó en torno a lo que por entonces se llamaba Alianza Popular, a cuya cabeza estaba Manuel Fraga que, según supimos más tarde, había sido algo así como un topo infiltrado en el régimen franquista para abonar las futuras reformas democráticas.

Fraga era un arribista. Estaba dotado de una capacidad intelectual muy notable y una capacidad política escasísima. Era mucho más inteligente que la mayoría de politicastros que estaban a su alrededor pero no conseguía hacer ver a la gente las ventajas de esa inteligencia. A Fraga le interesaba el poder. Estaba convencido de que un hombre de su valía tenía la capacidad de gobernar y también de que era bueno que así fuese, pero le costaba horrores convencer a los demás de esta idea, aparentemente tan simple. En pequeños círculos su personalidad debía ser intimidante y era capaz de hacerse respetar. Cuanto más se alejaban de él, menos poderosa era la influencia de su persona. Fraga vencía, pero no convencía. Podía fraguarse un círculo más o menos amplio de seguidores, pero siempre era un círculo cercano. A gran escala, era incapaz de generar simpatía. Años después se determinó la longitud del radio de su influencia: una comunidad autónoma.

Políticamente, Fraga fue a buscar el poder allá donde estaba. En el régimen franquista fue franquista, con todo lo que eso supone, incluida la complicidad con el Régimen, pero seguramente fue de los primeros en darse cuenta de que el Régimen estaba condenado a desaparecer. Era mucho más moderno que la media del «movimiento». Su Ley de Prensa supuso una apertura de importancia histórica, en cuanto que sirvió para ejercitar, o al menos desempolvar ciertos engranajes de una maquinaria que, de otro modo, podrían haberse roto cuando entraron a funcionar a pleno rendimiento con la democracia. Cuando ésta llegó, Fraga se convirtió en demócrata. Nunca perdió los modales despóticos, que se pueden achacar a su contacto con la dictadura o a una mala leche considerable.

Por otro lado estaba la UCD. La UCD se formó de una impresionante coalición de partidos que incluía a los socialdemócratas, a los democratacristianos o a la Acción Regional Extremeña. Para la mayoría de españoles era el partido de Suárez, en lo bueno y en lo malo. Suárez no nació más demócrata que Fraga. Tampoco lo movían ideales más nobles para entrar en política. En Anatomía de un instante, que trata sobre el 23-F, pero casi trata más de Suárez, Cercas insiste en llamarlo «chisgarabís», pero también recuerda que, en un momento dado, quizás por evolución personal, quizás por pura cabezonería –esto no lo dice Cercas– Suárez se convirtió en el auténtico campeón de la democracia, en el cargo político que más arriesgó –y hablamos de arriesgarlo todo– para que la democracia se instaurase como el sistema político en España.

Para formar la UCD Suárez recopiló a su alrededor una flota de partidos recién nacidos, en los que había un poco de todo. El nombre del partido, Unión de Centro Democrático, puede ser el único ejemplo de la historia en el que se haya bautizado un partido siguiendo procedimientos matemáticos, en concreto, sacando el mínimo común denominador. Ideológicamente, Suárez tendía a ser conservador, pero, a diferencia de Fraga, consideraba la democracia como un fin y no como un medio. Consideraba que la transición sólo podía llegar a partir de una integración lo más extensa posible de las distintas tendencias, de ahí el tapiz de agrupaciones que constituyó su partido, en un momento en el que la UCD era el sol que más calentaba.

Por aquellos años, si tu ideología no estaba lo que se dice, demasiado clara, o no había sido demasiado explícita, o había sido bastante clara y bastante explícita, pero querías medrar rápido en el nuevo sistema, lo más inteligente era afiliarte a la UCD. Suárez era como un equilibrista, que amontonaba un plato tras otro encima de un listón de madera mientras bailaba sobre una gran pelota de goma y llevaba la presidencia en otro listón, equilibrado sobre la nariz. Cuando le dieron una patada a la pelota y Suárez se fue al suelo, su formidable coalición de partidos se hizo añicos contra el suelo. Suárez intentó arreglar el desaguisado, pero todo el que haya intentado pegar un plato roto sabe que el resultado nunca es una cosa que se pueda enseñar a las visitas. Además, muchos pedazos habían ido a parar a otros partidos, especialmente a Alianza Popular, que ya estaba a puntito de cambiarse el nombre.

La izquierda estaba representada fundamentalmente por dos partidos, el PSOE y el PC. El PSOE había sido algo así como la línea blanda de la oposición al Régimen. No habían colaborado con el franquismo y habían roto tiempo atrás con el radicalismo del PSOE de tiempos de la República. Para los simpatizantes del Antiguo Régimen, eran menos amenazantes que los comunistas, demonizados hasta el absurdo durante años. Los socialistas eran demócratas, eran jóvenes, eran guapos, eran la tormenta perfecta de la democracia en España.

El PC, por su parte, había sido durante años la verdadera oposición al Régimen. Aunque sus esfuerzos, al final, resultaron inofensivos, el PC era la reencarnación de la República, simbolizaba la oposición sin concesiones al franquismo. Su inclusión dentro del juego democrático fue uno de los momentos más tensos de la transición. Para poder jugar, el PC tuvo que sacrificar algunos principios que buena parte de sus bases consideraba inseparables del propio partido. El PC aceptó la constitución y la monarquía. Sus dirigentes se fotografiaron con una bandera que, para muchos de sus seguidores, era la bandera de la traición a la legalidad establecida. Lo que hizo el PC –y Carrillo en particular– puede verse como una traición a sus principios y también como un ejercicio de responsabilidad. Quizás el PC se había vuelto viejo, cínico, estaba cansado de la vida clandestina y quería participar de una vida democrática normalizada. Si ahora echamos la vista atrás y recordamos el grado de tensión al que se llegó en la época, incluso con las concesiones del PC, es indudable que la posición del PC salvó vidas. No le sirvió de mucho en las urnas. La traición fue demasiado difícil de digerir para sus viejos simpatizantes. Los jóvenes entendían mejor el discurso socialista. El PC se fue hundiendo más y más en sucesivas elecciones. Acabó disuelto en la amalgama de IU y nunca, ni siquiera durante su mejor momento con Anguita, llegó a tener opciones serias al gobierno del país.

Lo que estamos haciendo ahora es pasar los títulos de crédito. Estos son los protagonistas principales, pero falta uno: la Constitución española. El primer paso para alcanzar la democracia era una constitución que sirviese de plataforma legal a la misma. La Constitución española se redactó con el loable objetivo de contentar a todo el mundo. Es una constitución que contaba con la ventaja de que sus redactores tenían muchas constituciones previas para utilizar como modelo y algunas experiencias traumáticas que evitar. Por ejemplo, durante la Segunda República se echó en falta un poder bicameral, así que, en la Constitución española se puso mucho cuidado en no caer en la misma piedra. También se hizo una generosa repartición del poder entre distintas instituciones. Había que contentar a todos y dar cabida a muchos. Había que contentar a los nacionalistas, que querían hacerse con la mayor cuota posible de poder, a los conservadores, que querían sostener su cuota de poder centralizado, había que evitar que la ruptura con el Régimen fuese tan brusca que pudiese desencadenar la violencia, pero había que dar también señales a los reformistas de que se trataba de una constitución inequívocamente democrática. La Constitución fue un trabajo de ingeniería, un milagro equilibrado sobre las intuiciones, los conocimientos y la creencias de siete padres de la Constitución que presentaron al refrendo popular un texto complejo, cuya aprobación debía dar la norma básica de la convivencia democrática. Pero la Constitución era algo más que una norma básica. Era un plano muy detallado del edificio de la democracia en el que la totalidad del poder descansa en los representantes políticos.

La tradicional división de poderes en la democracia (poder legislativo, poder ejecutivo y poder judicial) se difuminaba en la práctica. En particular el poder ejecutivo y legislativo mantienen fronteras difusas que desaparecen totalmente si un partido tiene mayoría absoluta en el parlamento. El poder judicial está tutelado por un órgano seleccionado desde esos mismos poderes. Los miembros del CGPJ son seleccionados por las cámaras, el ministerio fiscal depende, en última instancia, del Fiscal General del Estado, que elige el ejecutivo. ¿Quiere decir esto que la Constitución fue una maquiavélica obra destinada a garantizar el poder de los partidos políticos? ¿O simplemente, hay un defecto de diseño? Aunque me inclino por la segunda opción, la consecuencia fue la misma, hay una concentración de poder tan grande en las cámaras que, si el funcionamiento de éstas se pervierte, el sistema se contamina automáticamente.

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El mapa de la corrupción en España según la información recopilada por la web PPLeaks.com (PPLEAKS) 04/03/2011

Ahora sí. Éstos son los títulos de crédito. Éstos son los protagonistas. El síndrome de Alí Babá es la película de las catástrofes. La historia de cómo el poder de las cámaras se corrompe poco a poco encerrándose sobre sí misma, creando algo que podemos denominar sin exagerar «casta política» cuyo poder garantiza la posición de quienes la ocupan.

Naturalmente, en un sistema democrático, siempre existe la posibilidad de que nuevos individuos accedan al poder. Sin embargo, la progresiva acumulación de este poder por parte de unos pocos grupos, pese al creciente descontento que esta misma acumulación genera en la población –a la vista de las encuentas– revela de nuevo un defecto de diseño en el sistema. Si es verdad que el poder es permeable, ¿cómo es posible que la gente no sea capaz de verlo? ¿Cómo es posible que los partidos, que una vez se consideraron tenedores del cambio, hayan pasado a ser una de las principales preocupaciones de los españoles? Tener el poder garantiza el poder. Tener el poder garantiza el uso de los sistemas de comunicación institucionales o permite la expansión de los propios intereses hasta formar todo un ejército de simpatizantes distribuidos entre los miles y miles de cargos políticos que existen en el país. Tener el poder permite la distribución interesada de los fondos publicitarios, acaparar fondos para alentar la bases… tener el poder da mucho poder. Demasiado.

Hay que diferenciar entre dos tipos de corrupción. Una es la corrupción ilegal, aquélla que se puede perseguir en base a la Ley. Podemos decir, porque así lo creemos, que esta corrupción se persigue de forma demasiado laxa y se castiga con mucha más benevolencia que la que se aplica en otros delitos.

Hay otro tipo de corrupción, quizás más grave, que es la corrupción del sistema. Es una corrupción más grave porque no se puede castigar, porque viene impuesta legalmente. Es una corrupción que quizás, durante muchos años, sus protagonistas ni siquiera han visto como corrupción, una corrupción que cometían sin resquemor, sin tener dudas acerca de su derecho a llevarla a cabo. Es esa corrupción del sistema que permite la contratación de miles y miles de puestos públicos como cargos de confianza, la multiplicación de coches oficiales, la concesión arbitraria de obras, a menudo inútiles o redundantes. La corrupción, también, que implica dictar tus propias condiciones salariales[1].

E incluso hay un tercer tipo de corrupción, que es la corrupción de las formas. El modo en el que la corrupción del sistema se exhibe, como si fuese el mismo sistema. Hay un tercer tipo de corrupción que, como el óxido en los barcos, trabaja silenciosa, pero es quizás la más peligrosa de todas. Es la corrupción de la desvergüenza. La corrupción de quienes han llegado a un punto de degradación suficiente como para lamentarse de estar entre los diputados peor pagados de Europa, como si no fuesen los representantes de uno de los pueblos peor pagados de Europa. La corrupción de que te toque siete veces la lotería, decirlo en voz alta y sonreír. La corrupción que supone la degradación barriobajera del Congreso hasta llegar a asquear a los ciudadanos. La corrupción que supone pretender que el sistema no puede ser otro y que puede llevar a un país entero a la peligrosísima conclusión de que, si el sistema es éste, tal vez éste no sea el sistema.


[1] Durante la revisión de este artículo han aparecido multitud de pecados que, me han sugerido, son tan dignos como éstos de entrar en la lista. Si no se incluyen es porque pretender ser exhaustivos en este tema podría prolongar dicha lista ad infinitum. Podríamos empezar a hablar de expropiaciones, de apropiaciones, de compadreos, de la cantidad de cargos públicos cuya carrera ha desembocado en empresas fuertemente ligadas al juego político. Podríamos hablar de tránsfugas que luego, nadie sabe cómo ni a santo de qué, aparecen en listas cerradas y se llevan a casa un acta de diputado en propiedad. Podríamos hablar también de diputados que, a su vez, diputan a tres o cuatro compañeros para que voten ellos, para que hablen ellos, para que mantengan ellos el trampantojo del debate democrático –que, si existe, no existe donde debiera– y que sólo se presentan en los plenos, como alumnos perezosos que se pasan por clase para ir los exámenes (por si acaso), a la entrega de notas y el día que se juega a fútbol en gimnasia. La lista es tan larga que no hay lista: sólo ejemplos al azar.


factor-critico-el-sindrome-de-ali-baba-fondoEl síndrome de Alí Babá
Mº Ángeles López de Célis
Espasa
Barcelona, 2012
224 pgs

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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