El coloso de Nueva York

Todos los fuegos son el fuego y todas las ciudades son Nueva York. Recuerdo cuando me enteré de que Nueva York no era la capital de los Estados Unidos. Fue un momento decepcionante pero, bien pensado, fue sobre todo un momento de desconcierto. Algo parecido a saber que los Reyes Magos no existen, pero con un extraño añadido de lección de geopolítica. Como si, en el momento de explicarte que los Reyes Magos no existen alguien tuviese la gentileza de añadir información sobre las oscuras y extravagantes personalidades de los reyes orientales de nuestros días.

Desde hace cien años Nueva York ha ostentado el título oficioso de capital del mundo. Cuentan que Kant sorprendía a sus visitantes con descripciones muy precisas de sus lugares de origen. Kant no viajaba, eso lo sabía todo el mundo. Se negaba a abandonar su ciudad y su perfecta regularidad de costumbres pero, aparentemente, cuando recibía la visita de forasteros era capaz de regalarles precisas descripciones de sus hogares basándose, únicamente, en los libros que había leído. Nueva York es la ciudad con la que todos podemos ser un poco como Kant y eso no es cualquier cosa. Probablemente en eso reside una parte de su encanto, de la impronta imborrable que queda después de visitarla por primera vez[i]. A partir de películas, de libros, de historias varias, todos sentimos cierta familiaridad con ciertos paisajes de Nueva York. Podemos recrear algunas de sus calles, recitar el color de sus taxis, sentir el ajetreo nervioso de los pasos de cebra de Wall Street o maravillarnos con la línea imponente de sus edificios rascando el cielo…

Skyline de Nueva York – Nueva York – Nueva York – EE.UU. Canon EOS 5D Mark III 1/400s, f 7.1, ISO 100, 70 mm

Antes de publicar El ferrocarril subterráneo, que es el libro que parece haberlo instalado en la celebridad literaria, Whitehead había escrito este El coloso de Nueva York. Un libro sobre la ciudad pero, sobre todo, sobre la experiencia de la ciudad. Un ensayo que no es ensayo. Un texto en el que no se busca la ficción, pero tampoco se niega, en el que nunca se da el paso atrás que permite el análisis de una institución, de una idea o de un territorio. Más bien Whitehead da un paso adelante o un paso al frente o un paso hacia abajo. La dirección no está clara, pero es el paso que le permite caminar por un libro construido, en cierto sentido, desde la confusión, en el que la impresión importa más que la razón y en el que las metáforas (abundantes y no siempre muy justificadas) y las comparaciones (ídem) no funcionan como elementos caracterizadores[ii], sino más bien como bocanadas con las que el autor intenta salir a flote para no hundirse.

El ferrocarril subterráneo
El ferrocarril subterráneo

De todos los inventos concebidos por el hombre, la ciudad es quizás el más inevitable y el más difícil de controlar. Nos agrupamos movidos, en primera instancia por lo esencial (comida, protección, ayuda) y, desde ahí, formulamos estructuras de una complejidad que no se puede resumir, ni prever, ni domesticar. Estructuras que adoptan una personalidad propia, diferente de la de cada uno de sus miembros, influida por todos ellos y reconocida por ninguno.

Quizás lo más sorprendente de las ciudades es su capacidad de descomponerse en ciudades infinitas, porque cada ciudad es un prisma de perspectivas únicas. Cada habitante forja su propio territorio privado. Cada cual tiene su barrio, las zonas por las que escoge pasear, las calles por las que se cita con sus amigos o por las que lleva a sus hijos al parque, el itinerario que le comunica con el trabajo, las estaciones de metro por las que desaparece del mundo para emerger en algún otro lugar que, tal vez, muchos de sus vecinos no vayan a visitar jamás… La ciudad es imposible de domesticar, porque no acaba de existir del todo. Es un agregado de ciudades fantasmas, ciudades que se trasladan constantemente, que se transforman para alegría o fastidio de sus habitantes.

foto Image via Street Art News/ Daniel Weintraub

La fachada del edificio que saluda cada mañana a algunos puede resultar un descubrimiento extrañísimo para otros, incluso para ciudadanos que pasan por esa misma calle cada día, pero nunca han levantado la vista, porque esa fachada coincide con el trozo de ciudad que recorren cada día para ir a trabajar, cuando es demasiado temprano, cuando todavía son las siete y media de la mañana y aún no se han tomado el primer café.

Las ciudades se componen de rutinas y de rutinas frustradas. Esa reforma que tan bien pintaba en el despacho del alcalde, cuando se decidió que los vecinos necesitan una zona peatonal para pasear, puede ser también el motivo de la desesperación absoluta del trabajador que, justamente, se ahorraba cinco minutos cada día para ir a trabajar acortando por ese trecho.  Para él estos cinco minutos serán un infierno aberrante que le fastidiará todas las mañanas y le hará llegar de mal humor a trabajar todos los días durante el tiempo que tarde en acostumbrarse, que pueden ser dos, tres, cuatro semanas. Un tiempo indefinido durante el cual el trabajador no olvidará recordar -puntualmente, cada día, nada más entrar- a sus compañeros de trabajo, cómo la ciudad, básicamente, se ha ido al carajo por esos trescientos metros de calle peatonal, mientras quizás otro compañero susurre por lo bajo que esos mismos trescientos metros han convertido sus paseos matutinos en lo más parecido a vivir en una campiña inglesa en el S XIX.

 

El coloso de Nueva York
Colson Whitehead
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House
2016, 208 pp


[i] El autor, huelga decirlo, no ha visitado jamás la ciudad de Nueva York.

[ii] Es decir, que las metáforas y las comparaciones, en el texto de Whitehead, no persiguen un funcionamiento clásico, en el que el elemento 1 se utiliza en sustitución o como comparación del elemento 2 para resaltar algún rasgo particular de este (también puede ser más de un rasgo, por ejemplo, la famosa “luna de pergamino”, la metáfora que se utiliza casi canónicamente en los libros de texto españoles para explicar cómo funciona esta figura retórica, es una figura particularmente elegante, puesto que, con toda sencillez, es capaz invocar en la imaginación del lector, de forma muy clara, dos características del pandero de la gitana: la figura redonda y el color claro del pandero. La habilidad de Lorca consiste en que la comparación, no sólo resulta ilustrativa, sino que se inserta en el texto sin ningún tipo de preparación y sin necesidad de ningún tipo de explicación, con lo que, no sólo no interfiere en la velocidad del texto, sino que incluso la acelera. Personalmente creo que el uso de imágenes es, de lejos, la mejor de las cualidades de Lorca como poeta, lo cual no deja de ser curioso en un autor que también se dedicaba (diría que con más fortuna) al teatro.)

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