El bien de los ausentes, de Elias Sanbar

Por Miguel Carreira

En el mundo del libro la longitud necesaria de los volúmenes es una especie de tópico tácito, a ratos vergonzoso o, cuando menos, algo de lo que se habla pudorosamente. Oficialmente los libros no se miden por el tamaño, faltaría más. Los libros se miden por la calidad literaria, por su interés, por su capacidad de informarnos, de entretenernos, de divertirnos o de hacernos pensar. Eso es lo que aceptamos de los libros, a veces de forma demasiado acrítica. Lo cierto es que somos demasiado benevolentes con el libro, al menos en un cierto nivel, al nivel de la epidermis social, el de las voces públicas, ese en el que no hay violencia, ni drogas, ni discriminación. En ese lugar todo lo que llega del libro es bueno, por necesidad, por ley; como si por estar contenido en un formato prestigioso todo lo que se dice en él debería tener cierta consideración. Se me vienen ahora a la cabeza dos frases de prestigio. Una de Lázaro de Tormes, que pensaba que no había libro no tuviese algo bueno —ay, Lázaro, cuánto ha llovido— y otra de Milhouse Van Houten: «si lo dice un libro tiene que ser verdad».

Lo cierto es que hay libros que se miden al peso, como los garbanzos. Si un editor no aspira al heroísmo o al martirio sabe que una novela tiene que tener una extensión determinada, que best-seller es una etiqueta que no tasa el gusto popular, sino la habilidad para encuadernar de seiscientas a mil páginas entre dos tapas más o menos consistentes. Los libros necesitan su espacio para vivir. Elias Sanbar ha conseguido meter tres libros distintos en ciento treinta páginas. Tiene su mérito.

Elías Sanbar nació en 1947, en Haifa, una ciudad al sur del Líbano y al sur de Siria que en 1947 estaba a un año de convertirse en una ciudad al Norte de Israel. En 1948 se producen las batallas que conducirán a la creación del nuevo estado de Israel. La guerra de la independencia de Israel supuso para la mayoría árabe de Haifa el desplazamiento de sus hogares. Miles de palestinos abandonan sus hogares, mayoritariamente a los países de su entorno. La fundación de Israel cumplía un antiguo anhelo del sionismo, un estado propio para los judíos en la tierra que, desde hace siglos, pero especialmente a partir del S XIX, venían reclamando como el hogar por derecho del pueblo de Israel.

¿Por qué Israel? ¿Qué sucede en Israel que tanto fascina a Occidente? Sabemos que es un lugar conflictivo, pero no lo es más que otros muchos lugares del mundo. En África, sobre todo, hay conflictos empantanados desde hace décadas, que crecen en silencio hundiendo en la tierra sus raíces retorcidas sin alcanzar nunca el protagonismo de Oriente Medio. Darfur, Mali, el problema Kurdo… son conflictos que, de forma más o menos soterrada, han costado al mundo más vidas que el conflicto Palestino ¿Por qué Israel? ¿Por qué los nombres de Arafat, Peres, Netanyahu… nos resultan tan familiares? Quizás porque Israel es el conflicto que marca el final de Occidente, la escombrera en la que se han acumulado los muebles rotos de los últimos cien años de vergüenzas Europeas.

El conflicto de Israel no deja de ser uno más de los epílogos del colonialismo europeo. Si la historia del mundo fuese una novela, el colonialismo sería una obra kafkiana o el híbrido monstruoso que surge de juntar a Kafka, a Kipling y a Philip K Dick —juro que esto va en serio y que la coincidencia de kas es pura casualidad—, esto es, una maquinaria administrativa monstruosa que traza un mapa del mundo y luego se retira para ver cómo el planeta se repliega y empieza a arder sobre esas líneas que, una vez, se dibujaron en un mapa.

Quizás porque se trata de algo poco espectacular, algo que no se puede aislar en un acontecimiento, sino que es un proceso lento y casi siempre aburrido, nos cuesta reconocer que el colonialismo europeo del S XIX es la circunstancia política que más ha influido en el mundo durante los últimos doscientos años. Sin el colonialismo no hay guerras mundiales, no hay EEUU, no hay Israel… El colonialismo, a su vez, es el triunfo de un determinado modelo de organización, la victoria definitiva del estado-nación europeo, un modelo de organización política que se ha hecho tan preponderante que tendemos a olvidar que es sólo una forma de organización.

Durante al menos dos siglos, pero especialmente durante un siglo de la historia, Europa dominó el mundo con una autoridad  sorprendente, si reparamos en el pequeño tamaño del continente en relación con el planeta y sobre todo si también tenemos en cuenta la capacidad técnica de la época. ¿Cómo se puede dominar un planeta que necesitaba semanas o incluso meses para organizar un ejército que pudiese cruzar el territorio de un imperio? El colonialismo europeo es el primer gran aviso —aunque sabe a poco hablar de aviso— de los desequilibrios que la tecnología puede introducir en las relaciones entre los estados. Ahora es importante no interpretar esto como una especie de evangelización ludita, como una llamada a la rebelión contra las máquinas o una exhortación a la quema de telares. Se trata, simplemente, de apuntar al hecho incuestionable de que el avance tecnológico permitió que una porción del territorio mundial —una porción relativamente pequeña, que bajo otras circunstancias quizás habría llegado a considerarse una península de Asia— habitada por un porcentaje no muy elevado de habitantes del planeta impusiese su dominio político sobre el resto del globo.

El dominio de los estados europeos sobre el planeta no sólo impuso un dominio político, impuso también la imposición de un discurso político y, sobre todo, la imposición de esa forma política, el estado-nación, como una forma de organización. A diferencia de otros discursos políticos, que han encontrado réplica, el estado nación no ha sido apenas contestado, a pesar de que su imposición ha sido extremadamente imperfecta en todo el globo. En realidad, el estado nación sólo ha funcionado con relativa coherencia en Europa y en territorios totalmente europeizados.

factor-critico-el-bien-de-los-ausentes-notre-musique-godardSi ahora nos preocupamos tanto por el concepto de estado nación es porque a partir de esta idea se impone una jerarquización entre comunidades políticas que derivó en una jerarquización de individuos. Es decir, el dominio de los estados europeos sobre las colonias no sólo condicionó las relaciones entre esos estados, sino también entre los individuos que habitaban los estados. El colonialismo no sólo propició que Inglaterra —o España, o Alemania o Italia, pero, sobre todo, Inglaterra— determinase la administración de un territorio situado a miles de kilómetros, en el que sus habitantes jamás habían oído hablar del té de las cinco, sino que los individuos que habitaban esos territorios desapareciesen literalmente del discurso oficial. Los territorios colonizados o colonizables quedaron, en muchos casos, despoblados. No se hacía referencia a los habitantes de esos territorios y, si se hacía referencia a ellos, era desde una posición que casi se podría decir que negaba su naturaleza humana.

Los estados sólo negocian con estados, sólo reconocen estados y cualquier comercio con una instancia inferior sólo lo reconoce dentro de sí mismo o como parte de una entidad homóloga, es decir, otro estado. Un estado puede dialogar con las partes que lo componen —no es muy dado a ello, pero puede pasar—, pero no con organizaciones de rango inferior, si no es bajo la consideración de que esas comunidades pertenecen también a otro estado. De ahí el interés de comunidades autónomas por tener representación con nivel de estado en otros países, como sucede con las famosas embajadas de comunidades autónomas españolas. La instauración de esas comunidades no es una contestación de la función de los estados, sino un avance en la aspiración de constituirse a sí mismas como tales.

Uno de los ejemplos más claros de la retórica de esta retórica impuesta en su momento por colonialismo europeo respecto a los territorios colonizables es, como ocurre a menudo, no europeo. La colonización de los EEUU en el S XIX se produjo bajo el presupuesto de que el territorio por el que se iba a expandir la nación era un territorio «vacío». En realidad era un territorio sin estado, lo cual, bajo el punto de vista de la nueva organización mundial, equivalía un territorio sin habitantes. Si, por casualidad, no quedaba otro remedio que aludir a aquellos seres que poblaban los territorios se hacía aludiendo a ellos de una forma deshumanizadora, en ningún caso confiriéndoles el status que podían tener naciones europeas organizadas según el patrón del estado-nación. No se trata sólo de una cuestión de diálogo entre comunidades. La dominación de la retórica del estado descendía a los individuos que la formaban. Si sus entidades políticas no tenían el estatus que les permitía equipararse a las entidades políticas europeas entonces tampoco los individuos que la habitaban tenían el mismo estatus que los habitantes de un estado occidental. Los individuos de los territorios poseídos se convertían en individuos que no podían poseer.

La comparación entre el caso de la colonización estadounidense y el problema palestino se ha utilizado muchas veces. La utilizó Arafat, por ejemplo, aunque es muy probable que la idea original de la comparación estuviese más destinadas a tocarle las barras y estrellas a algún presidente de los EEUU que a establecer una similitud fundamentada. Luego otros retomaron la idea y le dieron consistencia intelectual, entre ellos Elias Sanbar, Genet o Godard.

El proceso, en realidad, es muy parecido. Durante el colonialismo Europa administró el territorio como si se tratase de tierra baldía. Los movimientos de insurrección árabe, sin duda, contribuyeron a darle relieve a la población existente. En Gran Bretaña muchos llegaron a la conclusión de que alguien debía vivir en aquellos territorios, puesto que había una guerra declarada y alguien debía haberla declarado. Cómo llegó a adjudicarse Palestina a Israel es una historia complicada que se ramifica y se enreda a medida que se desciende, pero también a medida que se asciende. El asentamiento de colonos judíos tiene que ver con el auge del socialismo, con el colonialismo, con el sionismo y con el antisemitismo. En este último terreno los movimientos árabes cruzaron el límite que la historia no puede perdonar —y con el que tendrán que convivir— al recurrir a Hitler para el exterminio de los judíos.

Luego llegó la Guerra de Independencia de Israel. Una guerra que para Israel es de independencia y para los palestinos fue de conquista. La historia, como Yahve, tiene muchos nombres, pero sólo el verdadero no se puede conocer. En 1948, el año de la fundación del estado de Israel, alrededor del sesenta por ciento de habitantes eran árabes, el resto, judíos. Alrededor de un cuarenta por ciento de judíos se independizaron de la mayoría de población árabe. En alguna de las casas de los barrios árabes el padre de Elias Sanbar resistió tanto como pudo la ola que los estaba expulsando de sus casas. Casi toda la familia se había retirado ya al Líbano. El recién instaurado gobierno de Israel confiaba en que la población de Palestina se confundiese con la población árabe del entorno. Volvemos sobre la cuestión anterior. Para el gobierno de Israel se trataba de árabes y musulmanes que, al instalarse en países árabes y musulmanes acabarían por fundirse con el resto de población. Los individuos, sin estado, acabarían asimilándose a otra organización, igual que gotas de aceite. Los palestinos, en cambio, se consideraban a sí mismos habitantes de Palestina. Cuenta Sanbar, aunque no sabemos si es un detalle romántico que alguien añadió a las historias que le contaron, que muchos se apresuraban a coger las llaves de sus casas antes de partir.

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Mientras, el padre de Sanbar resistía todo lo que podía en la vieja casa familiar. Lo acompañaba una de sus hijas, una de las hermanas de Sanbar que se había negado a abandonar a su padre, de la misma forma, y quizás también por las mismas razones por las que el padre se negaba a abandonar la casa. La patria es el lugar en el que uno se reconoce, y puede ser una tierra, una casa o un padre. La señal definitiva de que la guerra se había perdido y de que había llegado el momento de abandonar la casa llega cuando el correo deja de funcionar. Cuando dejan de recibir cartas se dan cuenta de que ya no hay un estado y de que, a falta de un estado, han dejado de existir, al menos un poco, al menos políticamente.

De todos los capítulos que componen El bien de los ausentes el de su padre resistiendo en su casa de Haifa es el único que Sanbar no reconstruye desde la primera persona. El único que no vivió personalmente y que reconstruyó a partir del relato de su padre.

A partir de aquí, El bien de los ausentes se convierte en el relato de un individuo, el propio Sanbar, que cuenta su biografía de forma fragmentaria. Pero El bien de los ausentes no es una autobiografía al uso. Es una autobiografía que gira en torno de la posición del autobiografiado respecto a un hogar. No es un libro sobre los desastres de la guerra. Ni siquiera es, en sí, un libro sobre el exilio, sino más bien un libro sobre la forma que toma el tiempo y la distancia desde el exilio. Una forma distinta, llena de algo parecido a la melancolía, pero lo suficientemente sutil como para que se pueda confundir con la lucha o con la esperanza.

Decíamos al principio de este texto que Sanbar había conseguido concentrar tres libros en uno. En libro breve, además. Son apenas ciento treinta y dos páginas en las que seguimos a Sanbar durante su infancia, en su exilio libanés, en su juventud y en su madured. El primer libro es un libro de tono costumbrista, en el que el niño Sanbar va teniendo sus primeros contactos con la vida, con la cultura… Sanbar lo plantea como un crecimiento desorientado. Le llegan canciones y letras de otros países, muchas son canciones europeas que no entienden, pero que repiten. En un momento dado el niño Sanbar adquiere la firme e injustificada seguridad de que habla perfectamente el italiano.

Luego hay un libro sobre un Sanbar joven, incorporado a la intelectualidad europea. Es un segundo libro en el que aparecen personajes de la cultura occidental, especialmente de la cultura occidental más ocupada en Oriente. Por esas páginas desfila Godard, que se le aparece a Sanbar, por primera vez, haciendo el pino en medio de una discusión (sic). Aparece también Goytisolo, pero, sobre todo, aparece Genet, un Genet que es entrañable, provocador, cercano, sensible y a ratos un poco cabrón. De todos los personajes que se pasean por el libro seguramente sea el más amable y el que el autor trata con más cariño. Es también el único del que se habla directa e indirectamente, es decir, del que habla el autor y del que deja que hablen los demás, como cuando Goytisolo dice de él: «Jean era un hombre comprometido y un provocador, pero cuando estaba distraído era un santo»

Ya al final, lo que tenemos es un libro sobre el Sanbar maduro, un Sanbar que quiere y no quiere volver a Israel, que, cuando sabe que alguien va a ir a Haifa lo envía a ver la casa en la que resistió su padre hasta que dejó de llegar el correo. En realidad lo que Sanbar no quiere es ir, a Haifa, sólo quiere volver a Haifa. Sabe que podría ir como un intelectual Europeo. Tiene pasaporte francés y no tendría dificultades. Pero él quiere volver, volver como Palestino, desde el mismo puerto por el que se fue y subiendo las calles por las que se tuvo que retirar.

Al final toda la historia de Sanbar, toda la historia de El bien de los ausentes es una biografía que no ha sido del todo vivida, sino contada. Una historia que se ha reconstruido a partir de relatos. Primero, a partir de las historias que le contaba su familia. Luego, con el tiempo, las historias que Sanbar reconstruía como historiador. Es la historia de un hombre ausente, de una comunidad condenada a la ausencia por la privación del espacio en el que reconocen eso que se llama patria o se llama hogar, y que puede ser, de una forma u otra, un país, una casa o un padre.


factor-critico-el-bien-de-los-ausentes-finalEl bien de los ausentes
Elias Sanbar
Traducción de Jorge Gimeno
Pretextos
ISBN: 9788415297987
Valencia, 2012
132 pp

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