El matrimonio de los peces rojos; por Guadalupe Nettel

By | julio 2, 2013 at 8:30 am | No comments | cuento, Miguel Carreira | Tags:

por Miguel Carreira

La relación de los humanos con la gran cadena del ser resulta problemática. Mi impresión es que esa problemática adopta, además, una forma particular en occidente. Para ser sincero, hay bastante de especulativo en esta frase, porque no tengo un conocimiento fundamentado de otras tradiciones culturales (mi conocimiento de la tradición cultural occidental, de hecho, tampoco es para lanzar cohetes, pero es lo que tengo para ir tirando) por lo que me veo obligado a reconocer que gran parte de lo que, al respecto, se expresa en esta crítica no deja de ser mera conjetura con poco asiento.

Como (buenos) occidentales sabemos que con el resto de seres compartimos el mérito de la existencia. Sobre esta idea, en principio simple y clara, ha habido notables desavenencias, tanto en lo que respecta a la existencia y su realidad como en lo que se refiere a que dicha existencia sea más o menos meritoria. Sin embargo, por no demorarnos demasiado, vamos a aceptar la proposición como si fuese una cosa evidente. Al fin y al cabo, aceptar esta idea es lo que hacemos todos los días por las mañanas y, nos vaya bien o mal, la alternativa es bastante más lóbrega.

Creamos o no en la existencia o en el mérito de la misma, lo que está claro es que como (buenos) occidentales  no tenemos ninguna duda acerca de nuestra posición en la jerarquía del ser. Nosotros estamos arriba, en la cúspide de la pirámide. Luego viene la masa del resto de entidades. Existen sistemas que han perfilado con bastante definición la escala de los seres. Dichas escalas se ordenan, siempre, en función de una complejidad que se arbitra por la medida del hombre. Si el orden de las especies se decidiese, por ejemplo, en relación al peso de cada una respecto al total de la biomasa las hormigas serían la culminación indiscutible de la vida en el planeta, pero, para nosotros, afirmar que las hormigas son la especie dominante es algo que sólo podemos concebir en boca de uno de esos pirados que se fabrican sombreros con papel de aluminio y creen que hay un duende viviendo en su nevera.

El pensamiento griego, que también conjeturó la existencia de duendes y del que luego vino casi todo lo demás, estableció en términos claros la preeminencia del hombre como el ser superior, el más complejo y el más elevado. La gran baza de nuestra especie al respecto es la racionalidad. Por ella somos el indiscutible ápice de la escala y la forma de dirigirnos al resto de eventos de la cadena gira siempre alrededor de esa supremacía.

Hay una escena que se repite mucho en las películas de marcianos. Varios personajes están reunidos en una sala, comentando muy asombrados las variadas y tremendas atrocidades que los invasores alienígenas están cometiendo sobre los seres humanos. El comportamiento de los marcianos resulta inusitadamente cruel. Son capaces de destruir una ciudad entera para instalar una plataforma en la que colocar sus naves y no tienen demasiados reparos en abrir a un individuo en canal para observar, más por usanza que por interés, cómo funciona su sistema digestivo.

Entonces un individuo, normalmente un científico un tanto majareta cuyo comportamiento a lo largo de la película se ha balanceado alegremente entre lo repulsivo y lo fascinante, con ciertos regustos de sociopatía, lanza la idea definitiva: los extraterrestres no son buenos ni malos. Los extraterrestres nos tratan como insectos, porque eso es lo que somos para ellos. Nos consideran animales y eso sitúa su comportamiento en una esfera de pavorosa amoralidad.factor-critico-el-matrimonio-de-los-peces-rojos-alien

La sugerencia, por mucho que se haya repetido, siempre tiene el mismo efecto entre el resto de personajes de la película. Por alguna razón el cine de extraterrestres es, al mismo tiempo, el más autorreferencial (las películas siempre están plagadas de alusiones a películas precedentes) y el menos autoconsciente (en dura pugna con las películas de terror adolescente) de los géneros cinematográficos. En general, en las películas de marcianos, ningún personaje parece haber visto jamás una película de su propio género, a no ser, claro, que haya intenciones paródicas, pero ese es otro juego. Salvo vagas alusiones (que los marcianos son verdes, por ejemplo, cosa que luego casi nunca sucede en las películas), casi todos los clichés les resultan de lo más sorprendente y tienden a cogerlos desprevenidos.

Cuando nuestro sardónico científico —que quizás se habrá quitado las gafas con un gesto dramático para subrayar la gravedad de su revelación— comunica su conclusión al resto de personajes, estos se quedan un poco aterrados y muy ofendidos, porque la extraña civilización alienígena, groseramente empeñada en masacrarlos, ni siquiera les concede una categoría acorde con sus  méritos como especie. Pero más que aterrados e incluso más que ofendidos, se muestran anonadados, extrañadísimos por el hecho de que alguien tan avanzado tecnológicamente pueda ser al mismo tiempo tan pazguato que no sepa apreciar la diferencia entre un ser humano y por ejemplo, un avestruz.

Uno de los ejemplos más claros de nuestra incapacidad para pasear por esa cadena del ser es El planeta de los simios. Todo el mundo ha visto la película o, al menos, sabe de qué va. Charlton Heston aterriza en lo que él cree que es un planeta dominado por monos, donde existen unos seres muy parecidos a los humanos que, sin embargo, están claramente por debajo de los simios en cuanto a su sofisticación intelectual y social. En la película se supone que Charlton Heston está convencido de ser el primer humano que contacta con esa especie inteligente. Es, por decirlo así, la madre de todos los embajadores, el hombre que va a representar a la especie humana en el primer contacto intergaláctico de la historia. En ese sentido resulta un tanto chocante que la primera frase que Charlton Heston, como representante de la especie humana, le dedica a un individuo de lo que, hasta donde él sabe, es la especie superior del planeta, es «Quítame tus sucias zarpas de encima, sucio mono».

factor-critico-el-matrimonio-de-los-peces-rojos-el-planeta-de-los-simiosComo sabemos, al final de la película resulta que Charlton Heston no está en un planeta extraño. Hoy todo el mundo conoce la película, todos sabemos cómo acaba y así resulta muy difícil verla sin tener esto en cuenta, sin recordar que Charlton está en realidad, en la Tierra y sin pensar que, cuando se pone del lado de la especie inferior, se está poniendo del lado de los humanos. Pero siempre me ha parecido divertido especular con la posibilidad de que esto no fuese así. ¿Qué habría pasado si Charlton Heston, en realidad, sí hubiese estado en un planeta extraño, si hubiese contactado con una raza alienígena y hubiese conseguido volver a la Tierra? ¿Cómo le explicaría a sus superiores su actitud?

 No podemos alargarnos mucho más con la cuestión, pero incluyo aquí un breve entremés que he titulado «Cómo Charlton volvió a la Tierra» y que incluimos en página añadida para no entorpecer el transcurrir de esta reseña:

Sea como sea, es verdad que el comportamiento de los monos es bastante sombrío y uno podría interpretar la predilección de Heston por los humanos como resistencia ante la moralidad perversa de los simios. Pero, al mismo tiempo, esa moralidad perversa no es muy distinta de la que Charlton habría podido ver habitualmente durante su vida en la Tierra. No creo que sea un detalle menor recordar que, en la película, Charlton trabaja para el gobierno.

 La existencia de seres que nos aventajen en capacidad intelectual nos resulta fácilmente asimilable, incluso indispensable. El ser humano parece tener la necesidad inherente de crear seres que sean la potencia de sí mismos. Seres que se entienden a partir de la prolongación de nuestras propias cualidades. A lo largo de la historia hemos creado dioses, reyes, nobles, sacerdotes, ídolos, artistas o alienígenas, categorías que tienen en común la superioridad antropomórfica respecto al ser humano. Las leyendas quieren dioses fuertes, reyes justos, sacerdotes de infinita sabiduría o que posean una capacidad sagrada para comunicarse con las deidades, es decir, para hacer lo mismo —pero mejor— que el creyente intenta en sus ritos personales.

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Pero igual que nos resulta sencillo medirnos con estas versiones superiores de nosotros mismos, nos resulta muy complicado recorrer la cadena en sentido inverso. El individuo occidental no se compara con los animales y, cuando lo hace, es porque atribuye a los animales características en base a su propio ser. No estamos hablando aquí de antropomorfización —que también podría ser— sino de utilizar las cualidades por las que el hombre se define como patrón para calificar otros seres. Hablamos de crueldad, de fidelidad, de inteligencia o de honestidad, a pesar de que, en la mayor parte de los casos, esas cualidades responden más bien a un mero instinto diseñado para favorecer las posibilidades de supervivencia de la especie o, más bien, un cierto instinto cuya aparición ha favorecido las posibilidades de supervivencia de la especie. Lo que en los humanos consideramos cualidades nunca o casi nunca aparecen en animales y, cuando aparecen, suelen estar motivadas por razones que las invalidarían si se aplicasen a seres humanos.

Decía al principio que no sé hasta qué punto esto mismo ocurre fuera de la tradición occidental. Si insisto tanto en la idea es porque, aunque quizás sea una idea peregrina, tengo la impresión de que hay algo en este Matrimonio de los peces rojos que no habría sido posible sin el contacto con una tradición cultural menos categórica

Guadalupe Nettel es una escritora nacida en México pero, atención, no estamos diciendo aquí que El matrimonio de los peces rojos sea un libro que tenga poco que ver con la tradición occidental ni estamos sugiriendo que existan en él elementos que remitan de forma clara a otro tipo de tradiciones. Aunque hay algunas pinceladas que llegan de China, diría que El matrimonio de los peces rojos es un libro rabiosamente occidental y aun así tintado con una cierta consideración sobre el reino animal que me parece original en esa tradición. Si ese tinte proviene del contacto con una tradición alternativa o se ha generado desde dentro no sabría decirlo.

De hecho, el primer animal, con el que tenemos contacto en el primer relato —«El matrimonio de los peces rojos» que es el que da título al libro— se llama Oblomov, aludiendo así a un momento, un lugar y una tradición a la postre centrales para la construcción del actual espíritu occidental. En el libro no hay ni rastro de animismo, ni panteísmo ni nada que se le parezca. Los personajes suelen ser individuos particularmente cultivados, en la mejor tradición de lo que significa ser un individuo cultivado en occidente. Algunos personajes podrían ser protagonistas de un Cuento moral. Son burgueses que viven en París, o viven en casas enormes, personajes que tienen bibliotecas y que tocan instrumentos musicales, hombres y mujeres que se permiten construir habitaciones separadas si consideran que eso puede aportar algo a la construcción de su personalidad.

Con esa fuerte impronta de la cultura occidental creo ver un rastro, un contacto quizás subterráneo con otra forma de tradición en la manera en la que los personajes se relacionan, tanto con los animales como con su propio destino.

Guadalupe Nettel no ha escogido para estos relatos animales grandes y espectaculares. No aparecen halcones, ballenas o elefantes. Son animales pequeños, muchas veces domésticos, que se infiltran en la cotidianidad de los personajes y cuya metáfora no surge de la oposición respecto al hombre ni de la asimilación de comportamientos, sino a partir de un discurrir paralelo, silencioso, incluso cauto.

factor-critico-el-matrimonio-de-los-peces-rojos-cucarachaEn El matrimonio de los peces rojos no he visto mucho de Kafka —aunque sí he leído que la autora lo cita como fuente— y, desde luego, no he visto ni rastro de la Fontaine. No hay monstruos ni tampoco fábulas al estilo clásico, como sucede, por ejemplo, en los bestiarios de Tomeo (DEP). Sí he visto, y quizás haya sido una visión condicionada, a Marianne Moore, a Arreola, a Cortázar (sobre todo a Cortázar), autores que, casualidad o no, son todos americanos. Contemporáneos he visto a Hempel o a Costamagna (sobre todo a Costamagna). Esta última, por cierto, una autora incomprensiblemente poco publicada en España. Vale la pena detenernos a denunciar el caso. A excepción de Junta de Vecinas, una antología de cuentos aparecida en Algaida el año pasado y que, hasta donde yo sé, es el único rastro de esta autora chilena en nuestro país, Alejandra Costamagna no encuentra acomodo en el mercado editorial de la Península, el mismo mercado en el que sobra espacio para traducir memeces sobre gente que no encuentra paz en el mundo hasta que decide seguir los dictados de su corazón, cosa que está muy bien, no digo yo que no, pero que a nosotros no nos lleva a ningún lado.

En fin.

Ya hemos visto que el primer cuento de El matrimonio de los peces rojos es el que da nombre al conjunto. El cuento trata sobre un matrimonio joven que adquiere una simbólica pareja de peces betta, los peces rojos a los que se refiere el título. Los betta son una especie de peces asiáticos que destacan por su extrema agresividad. Dos peces betta macho no pueden compartir un único acuario. Un pez betta macho y un pez betta hembra pueden o no compartir el acuario sin llegar a agredirse.

El matrimonio está formado por dos profesionales liberales que, en el avance de su relación, se enfrentan a la evolución habitual (¿esperable?) de una pareja. Tienen un hijo y entonces es ella la que abandona (en principio de forma provisional) su trabajo para ocuparse del retoño.

En este El matrimonio de los peces rojos hay varias clases de cuentos. Algunos se parecen más a la concepción tradicional del cuento, en el sentido de que nacen y se agotan con el impulso de una idea inicial que funciona como esqueleto de la narración. Si esa idea desaparece, la narración deja de tener soporte, y entonces es hora de darle final. El ejemplo más característico de este tipo de cuento en el conjunto de El matrimonio será el segundo cuento «Guerra en los basureros».

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El primer cuento, «El matrimonio de los peces rojos» es en cambio el paradigma del caso opuesto. Es un cuento al que podemos tratar de tal únicamente en función de unas dimensiones pero que, en realidad, funciona como una novela. No se alimenta de la fábula, sino del desarrollo de los personajes.

Aunque «El matrimonio de los peces rojos» es el cuento que da nombre al conjunto no creo que sea la narración más lograda. Al mismo tiempo, puesto que «El matrimonio de los peces rojos» es el cuento que da nombre al conjunto tengo que suponer que la autora no está de acuerdo conmigo en esta valoración, y que considera que «El matrimonio de los peces rojos» es, o bien un cuento particularmente bien conseguido o particularmente representativo de sus intenciones en este volumen, cosa con la que puedo estar más de acuerdo.

Es verdad que, por mi parte el mismo género del que forma parte (estos cuentos que son, más bien novelas breves) no es mi preferencia personal y eso puede haberse acoplado al ruido del juicio. Pero, más allá de las preferencias genéricas creo que es aquí donde más destacan las dos características que menos me interesan de este conjunto de relatos: el paralelismo entre la historia de los humanos y la historia de los animales aquí se me antoja demasiado rígido. El camino paralelo entre la existencia de los peces y el discurrir de la vida de pareja se me antoja demasiado rígido, menos sutil que en el resto del conjunto. Aunque no llega a funcionar como una alegoría, el reflejo del matrimonio y el monopolio de la voz narradora aquí tienen unas dimensiones que ahogan la existencia de los personajes, precisamente en el cuento en el que los personajes juegan el papel más importante.

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Sospecho que será «Hongos» el cuento que la mayoría encontrarán más destacable. Las razones me parecen perfectamente válidas. De los cinco cuentos, «Hongos» es el que transmite una mayor sensación de profundidad en los personajes, el que hila más fino y cala más hondo en las paradojas de las relaciones y los sentimientos. «Hongos» es, quizás, el cuento más humano de este pequeño semibestiario.

En cambio «Guerra en el basurero», que quizás sea el cuento más irregular del conjunto o el que tiene un final menos notable, me ha resultado especialmente interesante. «Guerra en el basurero»  trata sobre un muchacho que se va a vivir con su tía y el resto de su familia, exiliado de su propio hogar durante la desintegración del matrimonio de sus padres. Allí, después de un arranque complicado, encuentra una forma (no buscada) de comunicación y cercanía con su familia de acogida a través de una guerra improbable contra las cucarachas que han empezado a invadir la casa, y que la familia ataca mediante la aún más improbable táctica de comerse a las cucarachas.

«Guerra en el basurero» es un cuento de resonancias Cortazarianas. No dudo de que, igual que el género al que se adscribe «El matrimonio de los peces rojos» ha podido despertar algún prejuicio Creo que las resonancias están ahí, pero no me parece que esté ahí la clave de mi simpatía (aunque lo comento por una cuestión de honradez). Más bien me parece que es aquí donde las relaciones de los personajes, los animales y el espacio crean un verdadero movimiento, casi un baile. Hay en este cuento algo de inexplicable, casi mágico, que resulta particularmente atractivo pero, sobre todo, hay un espacio para la aparición de otros personajes, en concreto, la pareja formada por la criada de la familia y su madre.

factor-critico-el-matrimonio-de-los-peces-rojos-serpienteGuerra en el basurero es la historia de un muchacho exiliado del seno de su familia que consigue crear una cierta relación de unidad con la familia que lo acoge a través de una guerra contra las cucarachas que invaden la casa. Pero es también un cuento de agresión y resistencia. Decía más arriba que había visto poco a Kafka en estos cuentos. «Guerra en el basurero» es la excepción. Pero, inopinadamente, en este cuento de aliento Kafkiano surgen unos personajes particularmente entrañables, lo cual no es la característica más habitual en las narraciones Kafkianas. En ningún otro cuento del conjunto los personajes parecen cobrar una existencia tan independiente de la voz narradora principal. Aquí hay algo que rebosa el propio cuento, hay una historia bajo la historia que discurre al margen de la estructura que se plantea.

En El matrimonio de los peces rojos diría que los personajes se mueven en una especie de tragedia débil. Siempre es complicado definir la tragedia. Nosotros vamos a jugar con una concepción de la tragedia en la que esta se caracteriza por la sumisión de los caracteres a un destino implacable. La definición, sin embargo, ofrece flancos vulnerables. No estoy seguro de que en la tragedia podamos hablar de sumisión de caracteres o de caracteres en general sin error. Habría por lo menos que puntualizar que los caracteres trágicos no son como los caracteres novelescos, en los que no importa tanto su evolución o su psicología como su papel como representantes del género humano en el entorno de una fábula. Es decir, de Edipo no importa Edipo, ni de Orestes Orestes, sino que importa la tragedia implacable en la que se mueven. Lionel Abel señalaba que en la literatura Europea la tragedia era un género escaso, porque los personajes de la literatura europea son fundamentalmente «autoconscientes». A la cabeza de estos personajes estaría Hamlet, que es algo así como el paradigma del personaje perfectamente capaz de echar una trama entera por la borda a cambio de su querida reflexión. Si Shakespeare no se hubiese puesto serio quizás Hamlet habría preferido pasarse toda la obra monologando y dialogando sin llegar a un final.

Los personajes de El matrimonio de los peces rotos parecen moverse en una especie de falsa tragedia. La presencia de animales actúa a modo de señales que parecen advertir  la existencia de un designio, contra el cual los personajes apenas se rebelan. En el primer y el último relato El matrimonio de los peces rojos y La serpiente de Beijin resulta especialmente poderosa la existencia de una fuerza que parece haber decidido el destino de los personajes haciendo caso omiso del libre albedrío que se les supone. Ante la avalancha de su destino los personajes sí mantienen una acerada autoconciencia. Reflexionan sobre su existencia, sobre el movimiento de sus vidas, sobre su condición, sobre su destino… pero, al mismo tiempo, parecen dispuestos a dejarse arrastrar por él.

Si sucede que eligen rebelarse, todo resulta inútil. El muchacho que vive con sus parientes en «Guerra en el basurero» se acerca (consciente o inconscientemente) a su nueva familia de acogida, pero, al final, se da cuenta de que existe un lazo atávico superior. En Felina el destino se comporta como un niño cruel y juega a llevar la contraria a la protagonista en cada una de las decisiones que emprende.

La autora parece reflexionar sobre un movimiento de los destinos que corre bajo la piel de la razón. Un movimiento que se mueve entre la necesidad y el instinto y que no es del todo ajena a la fatalidad.


factor-critico-el-matrimonio-de-los-peces-rojos-finalEl matrimonio de los peces rojos
Guadalupe Nettel
Páginas de Espuma
ISBN:9788483931448
Madrid, 2013
128 pp

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Factor Crítico. Revista de Cultura