El cine que no se estrena: La quinta estación (2012) de Peter Brosens y Jessica Woodworth | Factor Crítico

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Prefiero ser un hombre de paradojas que un hombre de prejuicios, dice Pol (Sam Louwyck), filósofo itinerante, cuando los habitantes del pueblo belga de las Ardenas discuten qué decisión tomar con respecto a la anómala situación que sufren. La naturaleza parece haberse rebelado. El ciclo natural se ha interrumpido, y la primavera no llega. No se genera vida. Las vacas no dan leche, las abejas mueren, las plantas no germinan, el gallo incluso no canta y la madera de los árboles que se quema en una pira como rito de paso del invierno a la primavera no arde. Pol quiere evitar lo inevitable, una paradoja, por eso propone el racionamiento ante tal adversa circunstancia. Pero la mayoría de los habitantes no quiere saber nada de compartir, acostumbrada a lo pródigo, al derroche. Prefieren negar lo real, prefieren borrar las fechas de caducidad. Antes de que Pol exprese su opinión, la cámara encuadra a los convecinos reunidos en el bar, pero se desplaza hacia él, y le integra en el encuadre. Pol representa el movimiento, frente al inmovilismo en el que están engarfiados casi todo el resto. El gallo, emblema del pueblo, no cantará, pero él no deja de hacerlo con su hijo. La quinta estación (La cinquieme saison, 2012) cierra la trilogía realizada por el admirable dueto creativo que conforman cineasta belga Peter Brosens y la estadounidense Jessica Woodworth. Una trilogía tramada sobre la conflictiva relación entre el ser humano y la naturaleza, o la progresiva degradación que ha sufrido esta, y por derivación las comunidades más débiles, por la inconsecuente actividad industrial, por el maltrato o abuso sin medida ejercido por el ser humano sobre la naturaleza.

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Si en La quinta estación la naturaleza misma toma una (enigmática) posición activa, cual gesto de protesta, al interrumpir su ciclo habitual, en las dos primeras, Khadak (2006) y Altiplano (2008), cuya acción, respectivamente, transcurre en Mongolia y (mayormente) en Perú, se centra en los lesivos efectos sobre el propio ser humano, en su salud, sobre comunidades tradicionales con otros modos de vida, más apegados a la tierra, a causa del reverso de un progreso tecnológico que arrasa sin miramientos con el entorno natural. En Khadak una familía de nómadas se ve extraída de su entorno, el desierto del Gobi, por la amenaza de una plaga que afecta a los animales, su subsistencia, y son arracimados en un espacio industrial, unos bloques de cemento, erigidos por el gobierno en medio del desierto, como trabajadores en unas excavaciones de una mina de carbón. Un espacio que es despojo, purgatorio, una aridez sin horizonte, comprimida. La mirada, vaciada, inexistente, inerte, de ese entorno que les asfixia, se refleja en ese plano desde la cabina elevada móvil que se desplaza sobre la excavaciones. Es un falso movimiento, el de la repetición sin sustancia. Es la mirada de la mudez inexpresiva que se hace cemento. En Altiplano los habitantes de un pueblo de los Andes sufren los efectos mortales de una mina de mercurio. En la primera secuencia, una procesión sale de la iglesia, pero se ve abortada cuando su virgen se precipita en el vacío y se quiebra. Los ojos sangran, como si fueran cegados, como si se les extrajera su mirada interior, una mirada, como se evidencia con el chamanismo en Khadak, que sobrepasa límites, y los difumina, porque germina tanto la revelación de lo que no parece posible como la interrogante que cuestiona lo posible.

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Esa es, precisamente, la singularidad de la fascinante mirada de sus dos directores que hace cuerpo de esa ruptura de los límites. Su territorio expresivo es el de los versos, el de la música, el de la filosofía itinerante que pone en interrogante la realidad y su representación, el del vuelo de un ave entre los árboles, el de unas fotografías deslizándose en la corriente de un río, el de la música desplegándose como si brotara de tristeza un personaje que observa un entorno con el que parece que se ha perdido la contraseña de la comunicación mientras a su espalda regueros de leche surcan la pared como lágrimas. En su obra hay planos que parecen retablos por la disposición simétrica de las figuras, y hay otros en los que la cámara realizada largos y elaborados movimientos como acordes musicales. Hacen epifanía de lo estático y del movimiento, coreografía y transfiguración. La entraña de la realidad no sabe de registros, sino de versos que se sublevan ante los límites de lo prosaico, allá donde la música subvierte lo figurativo, allá donde lo que quizá no tenga nombre, o sea una visión, un posible, lo inconcebible, el fulgor de la intuición, transgrede los rígidos márgenes en los que se nombra el mundo, esos márgenes que son barrotes. Antes, o entre los nombres, hay fisuras que nos abren y transfiguran la mirada, una mirada, además, que protesta, porque se nos han hurtado las elevaciones de lo posible por las vanas superficies, y estas se han convertido en abusiva prisión que asfixia incluso nuestra condición elemental.

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En Khadak el joven protagonista, Bagi (Batzul Khayankhyarvaa), tiene visiones. Quizá se deban a su epilepsia, o quizá tenga un particular don. Quizás el relato sea su visión del futuro. En las secuencias iniciales busca una oveja que se ha perdido. Así se sentirá el mismo, como su familia, desalojada del entorno familiar, despojada de su voz, como si les extrajeran la misma vida y convirtieran en figuras de piedra. El título original alude a un pañuelo sagrado, de color azul, que se utilizan en los rituales. Es el color del cielo, que parecen haber perdido al ser enclaustrados en aquellos edificios de piedra, entre aquellas excavaciones que arrancan vida a la naturaleza. En Altiplano una fotógrafa, Grace (Jasmin Tabatabai) siente que su mirada sangra en su interior cuando es forzada fotografiar la ejecución de su guía en Irak. En Perú, su marido, belga, Max (Olivier Gourmet), es un oculista que intenta sanar las enfermedades oculares que sangran los ojos de los habitantes de la zona. La cámara se desliza en sinuosos y largos movimientos de cámara en cuyo mismo desplazamiento se realizan elipsis temporales. La realidad se desprende de límites. La fotógrafa se desplaza en un vagón entre hombres enmascarados, a ambos lados de las vías, que soplan unas largas trompetas. La mujer de la localidad, Saturnina (Magaly Solier), que se rebeló contra las autoridades se suicida con mercurio, y las paredes caen, como si fueran las de un decorado, entregándola a la naturaleza de la que le habían separado, con la muerte por intoxicación del hombre que amaba. La narración se desliza, como las imágenes de los fallecidos, en los compases musicales de la sinfonía número tres de Henryk Gorecki.

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La armonía perdida se canta, o se alza, en su plenitud a través de la desolación y la pérdida. De la degradación se hace luz, la luz de lo que podría ser, como también sueña el cine de Tarkovski. Y ese posible reside en una mirada que se alza, como la de los propios cineastas, una mirada que sabe de cielos. Los hombres se encierran en sus máscaras, como si así pudieran encontrar una certeza en la disgregación, una ilusoria autoafirmación. En Altiplano dos niños permanecen con las máscaras del sol y la luna, a la espera de que un hombre ciego recomponga la virgen que se quebró en múltiples trozos. Un hombre ciego que ve más que cualquiera, porque en su interior no ha perdido contacto con la amplitud de lo real, con lo que puede ser, con lo que es pero no se advierte. En La quinta sesión, los habitantes del pueblo se colocan unas máscaras, que apuntalan su separación con respecto a quien no pertenece a su entorno, a su tribu, para ejecutar un sacrificio, el recurso de la superstición, cuando la incomprensión, la ignorancia de la soberbia, y la desesperación les ciega, y su reacción es la de la contrariada rabia: si el gallo no canta, se le corta la cabeza, si alguien no opina igual se le quema en la hoguera. Retornan a comportamiento primitivo que recurre al chivo expiatorio. En Khadak, en cambio,sea sueño, premonición, o realidad, la disidencia clama por recuperar la conexión perdida, o extirpada, con la tierra, y desmonta la falacia de una epidemia inexistente. Algo está mal, y debe ser arreglado. Todo es cuestión de saber mirar. De hacer de la mirada, sublevación. De nuevo, la música ejerce de impulso de alzamiento, de reclamo de lo sagrado perdido, deteriorado. La música es el fuego que depura, el lazo azul con las alturas asfixiadas por el cemento. Bagi si escucha a los animales que dicen que han muerto. Y los pañuelos azules brotan del cielo, y el lazo se establece de nuevo. Y los animales retornan. En las paradojas, donde se evita lo inevitable y se hace posible lo imposible, se gestan las revoluciones.

por Alexander Zárate

La quinta estación (La cinquieme saison)
Peter Brosens y Jessica Woodworth
Int: Aurelia Poinier, Django Schrevens, Sam Louwyck, Gill Vancompernolle
Bélgica, 2012
93  min.

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La quinta estación (2012) de Peter Brosens y Jessica Woodworth
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