Técnicas de iluminación – Eloy Tizón

Una oscuridad demasiado brillante.

John Milton

 

Yo soy la luz del mundo

Jesucristo

 

Podemos perdonar a un niño que tiene miedo de la oscuridad. La verdadera tragedia es la del hombre que tiene miedo a la luz.

Platón

 

Dos formas de propagar la luz: ser la vela o el espejo que la refleja.

Edith Wharton

 

Una historia imposible de la humanidad (imposible, pero no descabellada, al menos si dejamos a un lado el notable problema de ser inviable) es la historia de la luz. Quizás una raza alienígena o alguna forma de inteligencia que funcione con parámetros distintos a los nuestros pudiera resumir la historia de nuestra especie como la fascinación de un puñado de bípedos implumes por una parte de la radiación electromagnética que (diría esta improbable historia de la humanidad) dicha especie parece considerarse especialmente bien dotada para capturar,  a pesar de que otras especies muestran aptitudes muy superiores para percibir dicho rango de la radiación electromagnética y a pesar de que algunas incluso son capaces de apreciar partes diferentes de la misma. La curiosa capacidad de raciocinio de la especie humana habría llevado a esta a configurar una visión del mundo en la que prácticamente todo, incluso la misma existencia, tuviese alguna relación con lo visible.

Por supuesto, un resumen semejante de la humanidad pecaría de incompleto. Es lo que tienen los resúmenes. Como la luz, desvelan tanto con lo que dicen como con lo que dejan en las sombras.

Técnicas de iluminación es uno de esos libros de los que se puede decir, con seriedad y al margen de tópicos, que es un libro esperado. Seis años de espera, nada menos, una cantidad de tiempo que deja al sr. Tizón (al que no conozco personalmente pero que conocidos comunes me retratan como un individuo cabal) al borde mismo de la excentricidad editorial. Podemos ensayar un resumen al trote y recordar que Eloy Tizón escribió, allá por los noventa La velocidad de los jardines, probablemente, el libro de narrativa breve más reverenciado en este país en los últimos veinte años y, sin duda, el más influyente. Vivimos una época recelosa de fenómenos tales como las generaciones, las épocas, los estilos y las corrientes porque casi todo esto; las generaciones, los estilos y las corrientes, al final son algo así como relatos epigonales de todo lo que no ha sucedido nunca o de cosas que han sucedido sólo en parte o ha sucedido sólo un poco y porque sí, aunque alguien —normalmente un crítico, normalmente bienintencionado— los haya intentado encajar con escuadra y cartabón en el motor de la historia. Si no fuese así, si viviésemos una época que, por lo menos en lo literario, fuese más dada a la síntesis para reconocerse a sí misma –la crítica moderna es decididamente analítica, quizás esté bien que sea así- probablemente diríamos que La velocidad de los jardines es poco menos que la piedra angular sobre la que se puede entender la última generación de relato breve en España. A esta afirmación, claro, se le pueden poner infinitas salvedades y encontrar infinitas excepciones, pero no hay ningún libro en España en los últimos veinte años, ni en poesía, ni en narrativa, ni en ensayo y creo que tampoco en poesía que esté tan cerca de algo así.
Retrato de Lunia-Czechowska-Mondrian
Retrato de Lunia-Czechowska-Mondrian

Sólo por esto, por los servicios prestados, cada libro de Eloy Tizón se espera con una expectación excepcional, con una expectación que es ya muy rara en la literatura y que produce en el observador un calor peculiar.

¿En qué ha invertido estos seis años el Sr. Tizón? Pues una parte de ellos los ha invertido en este libro. Habrá hecho otras cosas el Sr. Tizón mientras tanto, por supuesto. Quizás haya aprendido a jugar al squash o a alguno de esos deportes plácidos de domingo, no lo sabemos. Buena parte de esos seis años se le han ido en este libro breve, que no llega a las ciento setenta páginas, con el que Tizón vuelve al cuento. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde su último libro y midiendo el grosor de este, uno podría espera un libro denso, que arrastrase al leer la cola de cometa de un ritmo de producción Flaubertiano. En cambio Técnicas de iluminación entrega una narrativa que no queremos tachar de ligera por las connotaciones del término, pero en la que quizás sí podemos hablar de agilidad, porque la agilidad es además uno de los pocos puntos en común dentro de un conjunto de cuentos en el que destaca el esfuerzo consciente del escritor por ser heterogéneo, por no encerrarse en un único plano y ofrecer una variedad de voces, de posiciones y de distancias.

 

Técnicas de iluminación no parece, desde luego, el libro de alguien que arrastra la necesidad por publicar, por escribir o incluso por expresar. Si había urgencia no se detecta, sino que se desenvuelve con gracia, el estilo peculiar de Tizón corretea por los recovecos de la curiosidad y desprende un profundo interés por el uso de la literatura. La sensación de estar indagando en las posibilidades de su medio es una constante en el libro y aparece al lector con una evidencia que es muy rara en la literatura. El que suscribe la relaciona más con el cine, un medio que, hasta el día de hoy, todavía es capaz de ensimismarse en un descubrimiento, casi juvenil de sí mismo. En este sentido la literatura de Tizón no ha perdido su deuda con las vanguardias históricas.

 

Técnicas de iluminación podría leerse como el acta de una perplejidad o, más bien, como el registro de una investigación vital y literaria. Esto es lo más destacado o, por lo menos, lo más impactante del libro: la exploración constante, intensísima, tanto de las posibilidades de lo literario como del universo que intenta retratar. Por momentos es como si el autor buscase un viaje por la misma sensación de asombro que le produce un mundo en el que lo concreto y lo difuso, lo cognoscible y lo misterioso se entremezclasen sin disolverse completamente.

 

El mundo de Técnicas de iluminación está escindido en dos frentes inseparables e indivisibles, como las luces y las sombras. Tenemos un universo que podemos aprehender, un cosmos (en el sentido clásico) que se  puede medir y pesar y que cae dentro del feudo de la ciencia, del conocimiento pero que, al mismo tiempo, sin abandonar ese peso cartesiano, es inasible, fragmentario, excesivo, atravesado por la vida humana que se desintegra ante su propio avance y que, a la vez, es inamovible, como un que río cede con indiferencia al casco de un barco. En el primero de los cuentos: Fotosíntesis nos encontramos estas líneas: «Uno camina y camina. Camina a la sombra. Camina al sol. No deja de caminar nunca, despacio o rápido dependiendo de los días».
Naturaleza muerta-Theo van Doesburg
Naturaleza muerta-Theo van Doesburg
La vida de estas Técnicas de iluminación consiste en avanzar, cuando avanzar es el movimiento y la memoria de un recorrido. Vivir en Técnicas de iluminación es un recuerdo borroso y la historia de su disolución en el recuerdo de una vida que, al mismo tiempo, está por hacerse mientras se deshilacha en hondas y se concentra en partículas; entre lo hermoso y lo tremendo. Vivir es el vértigo y el asombro del vértigo, la lástima y la esperanza y siempre, a la vez, el entusiasmo.

 

En el paréntesis de un beso no pronunciado el mundo, de repente, deja de llover o se hace música y duele.

El segundo cuento de la colección «Merecería ser domingo» arranca como la música somnolienta de un diario, es algo así como un cuento adolescente, en el que se plasma por escrito una realidad ínfima que sólo puede justificar su acceso al texto porque es la realidad del propio escritor o de la voz que toma el propio escritor. El narrador toma el lápiz (el ordenador, en este caso) y empieza a tomar nota de lo que sucede a su alrededor, alude al repicar de su teclado, que discurre paralelo al crepitar de la nieve que cae fuera y subraya el ritmo mediante un fraseo entrecortado, repetitivo, cadencioso. Igual que en aquel libro de Pla, en el que el autor intentaba concentrar en un escrito la realidad que le alcanzaba desde lo alto de una montaña, el narrador, desde la primera persona, arranca fiscalizando su realidad más inmediata que, al instante, se le desencaja en recuerdos que van cayendo por una espiral de distorsión, doblando las esquinas de lo verosímil hasta convertirse en un viaje por la fantasía de lo recordado.

 

Amanecer - Murnau
Amanecer – Murnau

El relato entonces deambula por la vida del narrador hasta amanecer sobre sus experiencias sentimentales. El domingo del presente desde el que se escribe es como una placa de hielo bajo la que discurre un tiempo pasado, que es tan inaccesible como inevitable, o bajo el que discurre el único tiempo realmente accesible, porque es el único al que se puede llegar desde la memoria, cuando la memoria es el único lugar desde el que se puede llegar a algún lado.

Entonces el pasado se convierte en alucinación o en sueño, pierde sus ínfulas de registro y pasa a convertirse en construcción. Es una construcción que se desengancha de la narrativa para adentrarse en la lírica, en un terreno en el que el lector se limita a asistir al espectáculo del yo volcándose sobre sus recuerdos que genera un texto poético: «Se pensaba con los ojos. Se tocaba con las yemas de los ojos. Se acariciaba reptil. La tapa de la alcantarilla, vista desde cierto ángulo, podía ser la cola abierta de un pavo real»

 

 

Igual que sucedía en «Fotosíntesis» el cuento acaba derivando en una marcha, en una larga caminata en la que la ciudad se va deshaciendo, volviendo a algo parecido a una forma de originalidad física, cuando el camino se hace barro, y conceptual, en esa última casa que se encuentra en el camino y que es, nos dice el autor, algo así como el remedo de una casa caricaturesca de dibujo infantil. Después, cuando ya no queda margen para la descomposición del espacio, se asaltan las líneas del tiempo, de la narración e incluso de la historia que, sin previo aviso, se transforma en algo que, el lector intuye con cierta desazón, podría terminar por arrastrarnos hasta el fin de los tiempos. Por momentos da la impresión de que lo que busca el autor es un cierto análisis del caos.

 

«Merecería ser domingo» merecería ser un relato sobre el apocalipsis y lo es, en cierto sentido. No es tan malo el apocalipsis, cuando uno lo piensa detenidamente. Todos tenemos el nuestro, más de uno, en realidad, y aunque siempre es vertiginoso, no sabríamos vivir sin él. Cuando llegamos al final de este «Merecería ser domingo» y empezamos a salir del flujo onírico empezamos a recordar que Tizón es uno de esos tipos no ha perdido la esperanza en la literatura: todavía aspira a trabajar con ella como materia artística, y no sólo intelectual. «Merecería ser domingo» es un experimento (todo el libro lo es, todo libro debería serlo, al menos un poco) que intenta jugar con las normas de la narración. El resultado podrá gustar más o menos, pero, sin duda, es un equilibrismo mucho más osado (y más sólido) que algunas novelas juveniles de terrible recuerdo que hemos podido leer (empezar a leer) en los últimos años. Tizón cuenta con una ventaja. Es evidente —tanto que se hace raro decirlo a estas alturas— que Tizón posee una calidad literaria por encima de lo normal, una capacidad para la escritura que le permite meter al lector en determinados bosques (aquí hay un chiste pequeñito, pero hay que leer el cuento para entenderlo) sin que a este le importe demasiado, porque siempre cuenta con las perlas de Tizón volcadas sobre el cielo como estrellas que señalan al norte.

 

A continuación nos encontramos con otro relato «Ciudad dormitorio», que es una adaptación del mito de Orfeo. De repente, otra vuelta de tuerca. Si «Merecería ser domingo» es una deconstrucción de la narración (el crítico es consciente de que muchos amigos le van a echar en cara esta frase) «Ciudad dormitorio» pasa a dialogar con la tradición en término casi de parodia. Aquí tenemos un Orfeo que no es hombre, sino mujer, que no está enamorado, sino que tiene un trabajo mal pagado en un centro comercial, y que no busca a otra mujer ni a una persona amada, sino que desciende al centro de la tierra para enfrentar el trabajo que le encomienda un jefecillo repulsivo. Del mito de Orfeo quedan los huesos: el viaje, la curiosidad y la prueba y también la certeza de que el contrapunto es una de las técnicas de composición elegidas. De ahí el cambio constante del punto de vista, la alternancia del narrador entre la primera, la tercera y la siempre extraña segunda persona. El colocar un cuento sobre una boda justo antes de un cuento sobre un divorcio. El variar el género de los narradores. El cerrar el conjunto con un cuento sobre uno apocalipsis terrible, la muerte de un hijo. Lo peor que puede pasar y que, sin embargo, no altera demasiado el flujo indiferente de la vida. Todo sigue. Hay vida más allá de la muerte, de todas las muertes: la de los vivos.

 

Al final de este último cuento, «Nautilus», nos encontramos con un final solemnemente rotundo. Como un toque de platillos al final de una sinfonía.

«Hasta que un día.»

por Miguel Carreira


tecnicas-de-iluminacion-eloy-tizon-factor-critico2Técnicas de iluminación
Eloy Tizón
Páginas de Espuma
ISBN: 9788483931523
Madrid,2013
168 pp

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

Please follow and like us:

Quizás también te interese

Revista Factor Crítico

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic