Asombro existencial; Los que llegan por la noche, de Vicente Marco

Por Miguel Ángel Mala


Durante la mañana no dejaron de caer cabezas.

Es el comienzo de uno de los cuentos de esta colección, «La máquina». Podría citar algún otro, como el de «Cuaderno rojo, (Historia de la incomunicación en la pareja)»: «Creo que tardé algunos meses en darme cuenta de que Glenda había fallecido». Si los inicios de los cuentos sirven como botón de muestra de lo que vamos a encontrar, los citados podrían figurar en una antología, tan brutales como sarcásticos, por la naturalidad con la que muestran hechos que normalmente se presentarían como verdaderas tragedias en un estilo realista.

Los cuentos de este libro cobran vida porque en su interior albergan mecanismos de relojería, infinitud de engranajes, ruedecillas y dientes metálicos que giran sin cesar, produciendo un constante martilleo que resuena en la mente del lector, recordando que la medida del tiempo se funda en criterios puramente mecánicos. Y los dos elementos narrativos que mejor ejemplifican el paso del tiempo son la acción y el diálogo, que unidos a frases cortas y rotundas llegan a causar una impresión inevitable de velocidad, como si en lugar de tener un libro entre las manos estuviéramos viajando dentro de algún tipo de tren supersónico, o como si estuviésemos leyendo el libro en el vagón de un tren de alta velocidad, viendo pasar los paisajes contenidos en las páginas sin que logremos retenerlas lo suficiente, siempre sedientos como Tántalos furtivos, siempre inmersos en el tictac del mecanismo que es Los que llegan por la noche.

El libro comienza y termina con dos cuentos casi gemelos, que comparten ADN estructural, «El cerco» y «Un sobre para Rández». En ambos están contenidos los rasgos básicos del resto de relatos, como es el absurdo, la dominación, el azar controlado, la presión de la sociedad sobre el individuo y un humor muy hispánico —o muy marquiano—, basado en la mezcla de situaciones cotidianas con hechos extraños o abiertamente asombrosos.

Y es que el humor que plantea Vicente Marco se funda en la desproporción. Desproporción entre lo que siente el protagonista y la realidad, entre las situaciones y los personajes, entre la tragedia, siempre sublime, y la vida cotidiana, siempre de andar por casa. Del choque entre éstas y otras desproporciones surge una visión cómica, como cuando el protagonista de «El ojo y las vidas extintas» llega al almacén donde tendrá que vivir durante muchísimos años y es recibido por los demás residentes forzosos con una orden: «A partir de ahora tú te ocupas de los masajes».

La colección se abre con «El cerco», como hemos dicho. Me recuerda —en lo absurdo y en la naturaleza sistemática del proceso de enajenación colectiva— a los cuentos de Félix Palma, sobre todo a Las interioridades y a Los arácnidos. Sigue con «El ojo y las vidas extintas» y «Los edificios del general», metáforas del sistema o de la propia vida como una cárcel, en la que los ciclos se repiten para desesperación de los protagonistas. Son cuentos rápidos, vertiginosos casi, la trama devora a los personajes y los mueve a su antojo como si fueran Josef K, en procesos imprevisibles que se suceden sin descanso, una acción constante y un estilo despojado de pretensión alguna.

«La mujer de la clínica» es una historia rapidísima también, quizá de las más rápidas de la colección, en la que el autor juega con la parapsicología y con un dato tramposo, el de la condición francesa de uno de los personajes, para dejar claro con la propia estructura del cuento cuál es el desenlace. Realmente, es un alarde técnico increíble, de los mejores que he visto en toda mi vida.

«Plato frío» está hecho con malos sentimientos, ahonda en lo peor del ser humano. Es también un cuento tramposo, muy tramposo, pues los personajes hacen lo que tienen que hacer para ser después castigados por un dios inmisericorde, el dios de las grandes venganzas, a lo Mel Gibson en Apocalypto, y el cazador se vuelve una presa. Es divertido, no obstante. Y muy rápido, más que los primeros cuentos, o debería decir todavía más.

«La máquina» abunda en dos vertientes de la literatura occidental: el monólogo desquiciado a lo Poe en «El corazón delator» y las ficciones de anticipación tipo 1984 y Fahrenheit 451, sólo que ésta es una visión despiadada, con un toque de esperanza, sí, pero despiadada y cruel. Hay un sarcasmo subyacente a todos los cuentos que también los ennoblece. Y es curioso, porque el estilo es tan desquiciadamente veloz que se consumen en victorias pírricas, orgasmos que se anuncian en cuestión de segundos y antes de que puedas saborearlos en su justa medida han pasado, imágenes de ese tren de alta velocidad que es este libro. Sin embargo, el personaje de «La máquina» tiene más fuerza que el resto, porque habla de sí mismo, aunque sea siempre en relación con el sistema, y posee ese carácter genial de los monólogos de Poe o Rulfo.

Sin embargo, debo decir que echo en falta los sentimientos en estos cuentos despiadados. A veces falta humanidad, falta ternura, falta amor. Y nada puede ser redondo si no hay vocación de universo, de círculo cerrado y completo. Además, creo que los personajes son demasiado dependientes de la trama, cuando deberían ser menos marionetas y más hombres, a pesar de que Vicente Marco quiera mostrarlos supeditados a un sistema, a un sinsentido, a un engranaje que los vuelve máquinas no pensantes.

En «Cuaderno rojo» el autor va haciendo encajar las piezas de un rompecabezas absurdo hasta que cuadran en una especie de remedo histriónico de lo real, hasta que sus propias leyes, las que ha creado a su antojo, sostienen el entramado con apariencia de solidez. En ocasiones, he tenido la impresión de que el autor debería darse tiempo, más tiempo, e investigar en esa veta de hastío existencial sin perder el estilo tan potente y fresco, tan rápido y asombrosamente propio.

Uno de los ingredientes de esa frescura son los nombres. «Pépgil Conejos», por ejemplo, es una auténtica genialidad. Imagino que algunos representan homenajes a autores como Cortázar, el caso de Glenda en «Cuaderno rojo». Imagino que la mención de Poe no es casual, claro. Yo también admiro lo que hizo, y veo que la literatura occidental no sería lo que es sin sus aportaciones. No habría habido un Conrad, ni un Melville, ni un Lovecraft, ni un Arthur Conan Doyle, ni un Borges ni un Cortázar y el simbolismo francés no hubiera crecido en ciertos aspectos. Él es el padre de lo ominoso y de las ficciones oníricas de marineros, el genio del horror y del monólogo desquiciado, de la perspectiva aberrante y de la crueldad sin límites, de la narrativa detectivesca clásica y de la ciencia ficción, el descubridor de ese miedo esencial que parte de lo más profundo de nuestras almas.

En «El auditor en la isla desierta» sí que se habla de algunos sentimientos y son más poderosos que la trama, pues ésta se esfuma para dejar al personaje a solas consigo mismo. Aun así, creo que la idea, cercana a la película Dawn of the Dead, con centro comercial por medio, debería tener un desarrollo más exhaustivo.

«Los generosos», con ese título tan Palmiano, es un cuento magnífico, hecho también de malas intenciones. La cita de Graham Greene es sencillamente genial. Resulta muy difícil cuadrar un cuento a partir del puro diálogo y el autor lo hace con una maestría inigualable. Recuerdo cierta vez que Juan Cárlos Fernández León me dijo que había leído un cuento de José Ángel Mañas compuesto enteramente por un diálogo, y que a pesar de no tenerle por un gran escritor, había quedado impresionado. En esta colección de cuentos, Vicente Marco demuestra que es un auténtico maestro en ese punto.

«Al otro lado del gris» resulta por momentos grandioso, aunque desde mi punto de vista se desinfla al darle una explicación a lo que sucede. Es mucho mejor el final de «El auditor en la isla desierta», que no explica nada, que termina sin darnos un final cerrado. Y por último, «Un sobre para Rández» me resulta muy conocido. Es, de hecho, junto con «El cerco», la misma idea con ligeros cambios. Sólo que «Un sobre para Rández» termina de un modo mucho más impactante y original.

Hay en esta obra fuertes raíces del absurdo, de Kafka y Beckett, de la corriente apocalíptica de Ensayo sobre la ceguera, de Saramago o La carretera, de Cormac McCarthy. Pero ante todo hay cuentos que me recuerdan mucho al famoso mediometraje de Mercero La cabina, en el que un hombre quedaba atrapado en una cabina de teléfonos y jamás volvía a salir de allí, con un final tan terrible como inexplicable. O con The Cube, obra maestra canadiense del cine de ciencia ficción en la que varias personas tratan de escapar de un enorme edificio sin ventanas formado por habitaciones cúbicas, en el que han sido encarcelados sin motivo alguno.

Mientras uno lee esta colección de magníficos relatos, se plantea si en ocasiones –sobre todo cuando uno sufre y no encuentra un sentido a nada— la vida y el mundo son una especie de juego enigmático del que lo mejor que se puede decir es que no tiene ninguna finalidad. Y leyéndolos llegamos a palpar ese asombro existencial, la crueldad de un sinsentido en el que nos vemos obligados a participar sin que nadie nos consultara de antemano.


Factor Crítico-Los que llegan por la noche-Vicente MarcoLos que llegan por la noche
Vicente Marco
Editorial Versos y trazos
Valencia, 2011
164 pgs
ISBN: 978-84-937494-7-7

Revista cultural Factor Crítico. Somos una revista dedicada a la crítica de cine, crítica literaria, crítica cultural, crítica de ensayo y crítica de cómic

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